• El Diario conversó con la familia Torres Reyes para conocer la historia de Francisca Hernández, una mujer que ejerció la enfermería hasta los 83 años de edad y, tras su jubilación, fue diagnosticada con alzhéimer

Francisca Hernández siempre tuvo una mente prodigiosa y recordaba detalles con mucha precisión. Su profesión —que ejerció hasta los 83 años de edad— se lo exigía. Sin embargo, su familia comenzó a notar cambios en su comportamiento: olvidaba las cosas hasta el punto de no reconocer su propio rostro en el reflejo de las ventanas de vidrio.

Francisca empezó a trabajar en el área de la salud desde que estudiaba bachillerato. Luego, realizó sus estudios como técnica superior universitaria (TSU) y la licenciatura en Enfermería cuando tenía 72 años de edad. Trabajaba en tres lugares diferentes en simultáneo: en el Hospital Vargas, en el Seguro Social de Chacao y en el servicio médico del Instituto Nacional de la Vivienda (Inavi).

Casi nunca estaba en casa. Salía en las mañanas y a veces regresaba en las noches. También debía hacer guardias en la madrugada. Era muy poco el tiempo que compartía con ella su familia. Casi ni conversaban. Sin embargo, en ocasiones, Francisca les relataba algunas anécdotas del Hospital Vargas. Cuentan que la que más les impactó fue la historia de una joven de 17 años de edad con leucemia que falleció porque debía recibir transfusión de sangre y su familia se opuso por convicciones religiosas.

Ella vivía con nosotros. Casi no compartíamos porque tenía su vida muy activa. Trabajaba en el Seguro Social de Chacao como supervisora en el horario de la tarde, y en el Hospital Vargas en las noches. De hecho, también trabajó en el Inavi. Los fines de semana a veces le tocaba hacer guardias”, detalló su nuera, Andreína Reyes, en entrevista para El Diario.

Los fines de semana en los que estaba libre, salía de paseo por las plazas del centro de Caracas. Y cuando estaba en casa, ubicada en la avenida Panteón, le gustaba limpiar y planchar. Esas eran las actividades con las que ayudaba.

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Foto: Jose Daniel Ramos @danielj2511

La jubilación la entristeció

Cuando Francisca se jubiló tenía 83 años de edad. Su familia asegura que “aplicaba inyecciones mejor que una enfermera joven”. Pero la jubilación la entristeció. Ella estaba acostumbrada a su rutina diaria. Por lo que cambiar los pasillos del hospital por la sala de su casa fue un “golpe brusco” para ella.

Su familia recuerda que las señales que percibieron antes de ser diagnosticada con alzhéimer fueron de pensamientos vagos. Decía que había perdido su cédula, o sus libretas de ahorro. También extraviaba sus lentes.

A ella le gustaba coser. Hizo un curso de corte y costura. Se sentaba en el sofá para tejer, pero a veces no recordaba dónde dejaba sus lentes. Andreína, su nuera, contó que la primera vez, los buscaron por todos lados y cuando se levantó del sofá, los lentes estaban justo al lado de ella.

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Ella era muy reservada. Con sus nietos, la relación era muy distante. Pero cuando las primeras señales del alzhéimer aparecieron, su relación con ellos se tornó agresiva. Discutía con mucha frecuencia y sin ningún motivo que justificara su comportamiento.

Su nuera recuerda que siempre la escuchaba discutir con sus hijos. Aunque les parecía extraña la actitud, ellos se quedaban callados. Nunca le respondían.

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Foto: Jose Daniel Ramos @danielj2511

“Un día estaba yo en la cocina hirviendo agua y escuché que le dijo a los muchachos que si seguían peleando con ella les iba a echar encima la olla, eso nos impactó”, agregó Andreína.

Relatan que la escena que encendió sus alarmas se produjo una tarde cuando Augusto José, el mayor de los nietos de Francisca, se encontraba frente a la computadora realizando un trabajo. Ella se paró detrás de él con un cuchillo y le dijo que si seguía molestándola lo iba a lastimar.

“Mamá, mira lo que tiene mi abuela en las manos”, gritó Augusto asustado. El hijo de Francisca, que también se llama Augusto, le quitó el cuchillo. Ella no se resistió. Luego la llevó a la habitación y le preguntó: qué le pasaba, por qué había tenido esa actitud. Ella no pidió disculpas. Tampoco intentó justificar la acción que minutos antes había protagonizado en la sala con su nieto.

Se confirma la sospecha

La familia contó que desde ese momento decidieron llevarla al médico. Ellos sabían que algo estaba mal. Luego de practicarle todos los exámenes de rigor, el médico confirmó lo que ya todos sospechaban en casa: Francisca Hernández, a sus 84 años de edad, tenía alzhéimer.

Lo primero que hicieron fue evaluar cuáles iban a ser los cambios que aplicarían en casa. Ellos no contemplaron la opción de internarla. Eso nunca pasó por sus mentes. Tampoco contemplaron la posibilidad de buscar a alguien más que los ayudara porque tenían temor de que reaccionara de forma violenta. Pero sí buscaron asesoría para tener más herramientas que le permitieran abordar la situación, la cual no era desconocida para ellos porque la hermana de Francisca también había sido diagnosticada con la enfermedad y sus familiares le contaron cómo fue su proceso.

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Foto: Jose Daniel Ramos @danielj2511

Todos en casa tenían su rutina. Andreína, y los dos Augusto debían ir al trabajo. Andrelis, la hija menor, a la universidad. Sabían que sus vidas no podían detenerse, así que decidieron esconder todos los cuchillos de la cocina y todos los objetos con los que Francisca pudiera lastimarse.

En la entrevista con El Diario, la familia Torres Reyes refirió que el hijo de Francisca salía de su trabajo a las 12:00 pm porque era el que se encontraba más cerca de la casa, ubicada en la avenida Panteón, en el centro de Caracas, y debía encargarse de darle la comida a su madre, la cual dejaban lista antes de salir.

En la nevera dejaban varias frutas para su merienda. Pero luego tomaron la decisión de cerrarla con seguro porque notaron que Francisca no estaba controlando la saciedad, ya que no solo se comía las frutas, sino también la comida que guardaban para los días siguientes.

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“Cuando yo llegaba del trabajo me decía: qué bueno que llegaste porque en esta casa no me han dado comida en todo el día”, relató Andreína.

Agregaron que los productos del mercado que colocaban en la despensa también tuvieron que guardarlos en otro lugar porque Francisca los botaba en el lavaplatos.

Ellos sabían que Francisca no podía salir sola, por eso explicaron que tomaron la decisión de quitarle las llaves y cerrar la puerta principal. Ella solo podía abrir la puerta de madera. Cuando lo hacía, comenzaba a gritar: “auxilio, auxilio, me tienen encerrada. Sáquenme de aquí, por favor”. Los vecinos, alarmados, llamaron a Augusto al trabajo para comentarles que Francisca estaba pidiendo auxilio porque estaba encerrada. Él les explicaba cuál era la situación por la que estaban atravesando.

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Andreína recuerda que en una ocasión, abrió la puerta principal para botar la basura y en ese momento, Francisca vio una oportunidad para salir de casa. Andreína se dio cuenta de que su suegra había salido a los pocos minutos. Se asomó al balcón y la vio pasar.

Yo empecé a rezar, y pensaba: ‘Dios mío, ahora qué le voy a decir yo a Augusto cuando llegue del trabajo y vea que su mamá no está’”, detalló Andreína.

Uno de los vecinos, que conocía el caso de la familia Torres Reyes, ayudó a Francisca a regresar a casa. Desde ese episodio, trataron de vigilar más sus posibles salidas.

Deambulaba por la sala en las noches 

Comentaron que sus vidas eran muy agitadas. Ni siquiera en las noches podían descansar porque Francisca se levantaba de la cama y comenzaba a caminar por la sala.

Andrelis compartía la habitación con su abuela. Al principio, estaba tranquila, pero luego, comenzó a notar algunos comportamientos extraños.

“Se despertaba en la madrugada. No sabía si de repente iba a pensar que yo, que estaba ahí durmiendo, era una extraña”, relató Andrelís Torres en entrevista para El Diario.

También indicó que Francisca vociferaba algunas palabras mientras dormía. Era como una especie de murmullo. Lo hacía con los ojos cerrados. Sin embargo, con el paso del tiempo, los murmullos se transformaron en frases sin sentido. Ella se incorporaba de la cama. Se levantaba, luego se sentaba de nuevo; y comenzaba a hablar, como si alguien más estuviera en la habitación con ellas. Esos episodios la aterraban.

“Yo me estaba quedando dormida. Estaba en ese proceso y de repente la escuchaba. Al principio intenté fingir que no estaba escuchando nada, pero luego se puso muy alterada. No sabía cómo iba a reaccionar, era como una película de terror”, añadió Andrelis. Ella se los comentó a sus padres y decidieron cambiarla de habitación.

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Francisca comenzó a dormir sola. Una noche se levantó de su cama y se dirigió a la habitación de su hijo. Augusto y Andreína estaban dormidos. Se despertaron al escucharla hablar. Francisca le dijo a Augusto que se quería divorciar. En ese momento su mente viajó a otra fecha. Pensó que estaba con su esposo.

“Le dijo: me voy a divorciar de ti. Ya no voy a seguir casada contigo, porque tú te vas en la mañana y lo que haces es venir por la noche. Así que me voy a divorciar de ti”, recuerdan.

Francisca se despertaba por las noches. El médico le recomendó a Augusto que le diera unas pastillas a su madre. Con ese tratamiento, ella lograba dormir mejor. De hecho, se acostaba a las 7:00 pm y despertaba a las 6:00 am del día siguiente. 

Todos recuerdan que cuando estaba en casa, ella era muy inquieta. A veces se sentaba frente al televisor con la mirada perdida. A los pocos minutos se levantaba, luego se sentaba nuevamente.

No reconocía su imagen

Otras veces miraba su rostro a través de las ventanas de vidrio. No se reconocía. Pensaba que la persona que se reflejaba ante ella era alguien más. “¿Quién es esa mujer que me está viendo?”, preguntaba.

También recuerdan que solía asomarse al balcón y gritar el nombre de su hermana María Rosario, quien falleció hace 20 años. Sus vecinos se alarmaron con los gritos. Algunos, incluso, los amenazaron con denunciarlos porque creían que ellos la maltrataban.

Mi abuela se asomaba al balcón y gritaba: María Rosario, espérame, yo voy contigo. Tantos eran los gritos que la vecina del piso de arriba, que también se llama Rosario, bajó para saber qué estaba pasando. Cuando mi abuela la vio, le dijo: es que estoy llamando a mi hermana para que me espere porque yo me voy con ella, ahí nos dimos cuenta de que la situación estaba empeorando”, contó Andrelis.

A Francisca le gustaba maquillarse. Andreína rememoró que en los días de guardias en el hospital, su suegra antes de salir de casa, se maquillaba muy bien el rostro y se iba con su uniforme impecable. Pero cuando los primeros síntomas de la enfermedad aparecieron, no lograba atinar los colores con los que se pintaba. Usaba tonalidades muy fuertes de coloretes, eran como manchas poco armónicas, presumen que por eso algunas personas al verla en la calle, cuando aún podían salir sola, pensaban que alguien la agredía en casa.

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“Ella se echaba colorete, muy fuerte, como si se pusiera onoto en las mejillas. La gente nos preguntaba si nosotros le estábamos haciendo algo”, señaló Andreína.

La familia también comentó que al principio Francisca no quería ir al médico. Decía que duró muchos años de servicio y que ella estaba bien. Augusto tuvo que ir con ella obligada la primera vez. Tampoco le gustaba tomar sus medicamentos. Ellos recuerdan que los precios eran elevados, pero los seis meses que tuvieron con Francisca desde que fue diagnosticada, lograron conseguirlo a través del Seguro Social.

“Los doctores me decían, estos medicamentos no la van a curar, pero sí van a evitar que la enfermedad avance más rápido”, dijo Augusto Torres en entrevista para El Diario.

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Andreína le daba la pastilla y ella no quería tomársela. Ante esa resistencia, optó por triturarle la medicina en las comidas para que de esa forma fuese más digerible.

Los días pasaban y la enfermedad avanzaba. A Francisca le costaba gesticular. Ellos sabían que ella quería comunicarse, solo que no lograba conseguir las palabras apropiadas.

“Su caminar también se volvió inseguro. Teníamos que sujetarla del brazo”, expresaron.

La familia cree que Francisca estaba cansada de esa situación. Toda su vida estuvo acostumbrada a ser una mujer independiente, pero dependía de los cuidados de su familia. Ellos creen que esa fue la razón por la que unos días antes de su muerte, simplemente  dejó de levantarse de la cama hasta que falleció.

Horas antes de partir, recuerdan que emitió un largo suspiro. Su hijo Augusto sabía que era una señal de que pronto se iría. Llamó a su esposa e hijos. Todos estuvieron muy atentos.

Francisca emitió otro suspiro, pero recuerdan que esa vez fue más bajo. De esa forma se despidió a sus 85 años de edad el 4 de agosto de 2019.

Ellos estaban preparados para ese momento. Habían comprado una póliza funeraria. Sin embargo, estuvieron muy agitados durante los días posteriores a la muerte.

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Augusto sabía que sus vidas no podían detenerse, así que fueron recuperando la normalidad de forma progresiva. Comentan que vivieron momentos muy duros, y que la clave para poder salir adelante en una situación como esa, fue aceptar la enfermedad, buscar ayuda de un profesional, tanto para el paciente como para las personas que cuidan, y apoyarse en todo momento como familia.

“Cuando las personas se sientan muy agobiadas es importante que busquen orientación, alguien que las pueda dirigir o darles consejos y que los pueda apoyar al menos en ese ámbito para que la persona no se sienta tan sola y sienta que hay soluciones”, enfatizaron.

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