La carencia alimentaria que ha afectado al menos al 18 % de los nacidos en Venezuela entre 2015 y 2019, y a un promedio del 14 % entre 2020 y 2025, constituye mucho más que una estadística nutricional; es una sentencia biológica de por vida. Estos nuevos venezolanos están siendo programados para una menor capacidad productiva y una mayor dependencia sanitaria futura, una dinámica que convierte el hambre en un agente estructural de empobrecimiento.
I. ADN y Epigenética: El software de la vida
Para comprender esta condena, debemos acudir a la biología. Si el ADN es el hardware (la estructura inmanente de la vida), la epigenética es el software (el conjunto de comandos que decide cómo y cuándo se utiliza ese hardware). Mientras la modificación genética enfrenta limitaciones tecnobiológicas y morales, la epigenética, esta programación estratégica del uso de los genes, es altamente influenciable por la nutrición y el ambiente de desarrollo en las etapas tempranas. Por ello, la epigenética convierte a los primeros 52 meses de vida en el lapso temporal más importante de intervención para las políticas públicas y la corresponsabilidad social.
Esta programación se articula mediante dos procesos moleculares clave que dependen de la disposición de micro y macronutrientes:
–Metilación del ADN (Silenciamiento): consiste en la adición de un grupo metilo a la citosina. Funciona como un comando de “no ejecutar”, silenciando o retardando la activación de genes, lo que en la adversidad se utiliza para ahorrar energía.
–Desmetilación del ADN (Activación): es el proceso inverso que permite la expresión del gen.
La correcta ejecución de estos comandos define si un ser humano queda predispuesto a ser sano e inteligente o si es programado para la enfermedad crónica y una menor capacidad intelectual.
II. Las tres etapas críticas de la programación
La ventana de intervención se extiende desde la concepción hasta los 52 meses, abarcando tres lapsos críticos:
1. Etapa Prenatal (Gestación): se establece la programación fundacional.
2. Etapa de 0 a 24 meses (Ventana de oportunidad de los 1.000 días): en la que se da la orogénesis funcional, consolidando la capacidad de los órganos.
3. Etapa de 24 a 52 meses: donde avanza el neurodesarrollo y la consolidación del eje Neuro-Inmune-Metabólico.
III. El fenotipo ahorrador: un déficit de reserva biológica celular
En concreto, ¿en qué se traduce la carencia nutricional superior al 30 % que ha padecido una porción significativa de nuestros niños? El organismo queda programado por el fenotipo ahorrador, con un déficit de reserva biológica celular que se expresa en los siguientes sistemas:
Daño metabólico y cardiovascular
La programación induce una reducción estructural permanente en órganos vitales:
–Páncreas: disposición de células Beta (productoras de insulina) al menos un 30 % menor. Esto genera un riesgo entre 50 % y 130 % mayor de desarrollar diabetes mellitus tipo 2 y un riesgo de síndrome metabólico entre 400 % y 500 % mayor.
–Riñones: disposición de al menos 40 % menos nefronas (células funcionales), lo que se traduce en una predisposición a la insuficiencia renal crónica entre 35 % y 60 % mayor.
–Hígado: un número de hepatocitos al menos 35 % menor al regular, predisponiendo a la desregulación de lípidos y glucosa, y un desarrollo de hígado graso entre 80 % y 130 % superior.
Impacto cardiovascular y respiratorio
El sistema circulatorio queda estructuralmente comprometido:
–Vasos sanguíneos: las células endoteliales (que dan flexibilidad a las arterias) se disponen en al menos 25 % menos. Esto conlleva una predisposición a la rigidez arterial (arteriosclerosis) en un 150 % a 180 % más. El individuo queda programado para desarrollar hipertensión arterial en al menos 40 % a 70 % más.
–Corazón: se genera un déficit de cardiomiocitos (células responsables de la contracción) de entre 15 % y 35 %. Esto se traduce en mayor rigidez ventricular, remodelación cardíaca y capacidad insuficiente, generando una propensión al desarrollo de insuficiencia cardíaca o cardiopatía isquémica temprana al menos 200 % superior, además de una limitación de la capacidad de ejercicio de al menos 40 %.
–Pulmones: menor arborización bronquial y disposición de alvéolos al menos 20 % menor, reduciendo la capacidad de ventilación máxima. Esto se correlaciona con una mayor incidencia de insuficiencia respiratoria (10-40 % mayor), infecciones respiratorias (50-65 % mayor) y asma (120-130 % mayor).
La condena neurocognitiva e inmunológica
Por si fuera poco, la carencia alimentaria también ataca el desarrollo cerebral y el sistema de defensa:
Trastornos neurocognitivos y de conducta: la desregulación del eje HPA (Hipotálamo -Pituitaria-Adrenal) programa al adulto futuro para vivir en tensión permanente, con un “termostato de alerta” desajustado. Esto se traduce en un riesgo de trastorno de ansiedad (300 % mayor), depresión (250 % mayor) y trastorno por déficit de hiperactividad (TDH) (250 % mayor). El individuo reacciona sobredimensionadamente al estrés, con un correlato potencial de violencia.
–Inmunosenescencia acelerada: el desarrollo no equilibrado del eje Neuro-Inmune-Metabólico se traduce en un envejecimiento temprano del sistema inmune, al menos 10 a 20 años antes de lo previsto.
–Riesgo autoinmune y oncológico: la predisposición a trastornos autoinmunes (lupus, artritis reumatoide) y cánceres aumenta al menos 60 %, derivado de la desregulación crónica del sistema inmune.
Reflexión final: el costo de la inacción
Venezuela tiene al menos siete millones de menores de 18 años de edad. De ellos, al menos 1,1 millones han padecido desnutrición aguda recurrente y presentan retardo de crecimiento, desarrollándose con la programación epigenética que hemos descrito.
El impacto de la desnutrición, que comienza desde la concepción, no es una circunstancia enmendable; deja una marca permanente que convierte el déficit de reserva biológica en una sentencia de enfermedad crónica.
Es imperativo que, como sociedad, enfrentemos preguntas ineludibles:
-¿Por qué quienes han gobernado permitieron que un sexto de nuestros niños y adolescentes quedase marcado de por vida por los efectos del hambre?
-¿Vamos a permitir que este mal siga marcando a los venezolanos que nacen?
-¿Cómo podemos y debemos cuantificar monetariamente el costo de no intervenir a tiempo?
En síntesis, el hambre marca, y en la era de la epigenética, sabemos que esa marca es profunda, cruel y constituye una hipoteca generacional ineludible sobre nuestro capital humano.