A lo largo y ancho de los pasillos de las facultades de Letras, donde desempeño mi tarea investigadora y docente, creo que puedo decir con conocimiento de causa que pocas cosas resultan tan indignantes y pertinaces como el aroma a papel añejo y la inusitada obsesión de ciertos académicos por la virginidad metodológica. Entre las variadas retóricas que han acompañado al desarrollo evolutivo de la vertiente moderna y contemporánea de las humanidades, ninguna, a mi juicio, es tan conceptualmente frágil —y, reconozcámoslo, tan cómica observada desde fuera— como la apelación a la “pureza” de la práctica intelectual. Una “pureza apriorística” y, además, ridícula por falsa. Y el campo de la filología, en general y por desgracia, no ha representado la excepción a esta neurosis consuetudinaria.
Aproximadamente desde el siglo XIX viene pavoneándose por ciertos contextos académicos europeos (porque Hispanoamérica, una vez más, es nuestra firme atalaya de resistencia) el decrépito fantasma de la denominada “filología pura”. Se trataría de una actividad presuntamente rigurosa, sin mácula, autocontenida y hermética con doble cerradura, y cuya terca legitimidad radicaría, por tanto, en una canina finalidad a los márgenes escuetos del documento y en un rechazo casi monástico a cualquier contaminación exterior. Áreas tan dignas —y aun con mayor alcance operatorio que la filología— como la filosofía, la sociología, o la historia cultural de la psicología y la teoría literaria, son tratadas por la estela ilusoria de la “pureza” como dolencias venéreas de las que el buen filólogo debe guardarse a toda costa.
He sufrido la incansable escucha, como si fuera un mantra más que una tesis bien razonada, de que la “pureza” ilumina y caldea nuestro objeto de estudio. Pero esta noción, espuria de cabo a rabo, no es únicamente un grosero error teórico monumental, sino, además, una simplista coartada conservadora. Si uno acude (muchas veces previo pago de cuotas sangrantes) a ciertos aquelarres académicos, puede detectar rápidamente una especie estrafalaria y sospechosa: el filólogo puro. Es fácil observar cómo este tipo de personaje se autopercibe en condición de fraile paleográfico, que alberga la certeza de tener un nimbo sobre su cocorota, pero que, en realidad, en lugar de pluma y tinta, usa bolígrafo BIC, y se inclina sobre libros y pergaminos con devoción litúrgica para seguir echando leña al fuego de su clamorosa falacia filológica. Es divertido en ocasiones exagerar los acontecimientos, así que definamos su atuendo rápidamente: suele ir armado con lupa, guantes de algodón reutilizables, bata blanca y una desconfianza plena hacia cualesquiera otras formas exegéticas. Así es como este personaje asume que su misión se orienta a purificar los textos, exiliando del sagrado espacio de los archivos posibles y recalcitrantes “herejías teóricas”.
Lo más alucinante y, al mismo tiempo, tragicómico de esta fauna no es siquiera la prestigiosa figura del catedrático que atesora citas y proyectos financiados y que lleva, por lo menos, 50 años sin salir del Archivo de Simancas, sino su imberbe padawan, es decir, ese becario de estatus predoctoral, ese veinteañero que, con un contrato precario y ojeras de mapache, adopta gustosamente la pompa y soberbia de sus maestrillos. Y ahí van, convencidos de que transcribir y codificar para, a la postre, volcar ingentes datos sobre largas columnas de Excel les convierte en detectives de la ciencia, como si descubrir una variante donde hay una coma mal puesta por un beodo copista los elevase, directamente, al trono de Academias muy ilustres (aunque sean de alcanza local, de café con leche y torta de aceite). En fin, pareciera que para todos ellos las nubes de polvo de los legajos del siglo XV o XVI son una exquisita sustancia gourmet, un incienso purificador o, quizá, solo quizá, un narcótico que les induce a sostener, en efecto, la falacia de la pureza.
El archivo se convierte así en capilla cofrade, en club de filólogos castos. La crítica textual, que verdaderamente es un recurso indispensable y de gran valor, sufre aquí el martirio de una enfermiza absolutización. Porque cierto es que se restaura el texto, se fijan esquemas, se editan variantes y, después, en un giro de guion incomprensible, se abandona el documento a la buena de Dios. Este proceso conduce al triunfo del fetichismo sobre el intelecto, a la idolatría del soporte material, y es así como, en última instancia, se escurre el bulto para no tener que afrontar el terrorífico reto hermenéutico de trasladar el contenido, ya fijado, hacia otras dinámicas conceptuales que discuten y amplían el manantial de la memoria desde sus orígenes.
Olvidan con descaro estos pontífices del archivo que los popes de la disciplina jamás fueron retrógrados. Pensemos en Erich Auerbach, que demostró en reiteradas ocasiones que el análisis filológico solo resulta solvente cuando se mezcla dentro de los complejos vericuetos de las formas culturales. Pensemos, también, en Leo Spitzer, que propugnaba que la observación lingüística minuciosa ha de conducirnos, de modo inevitable, a la interpretación sociocultural. Pensemos, por qué no, en el erudito y novelista Clive Staple Lewis, que atendiendo al mundo clásico desde Lucano y Apuleyo hasta Calcidio y Boecio, y desde las artes liberales del medioevo hasta la configuración del aparato cognitivo humano, ofreció una exhaustiva explicación filológica y filosófica sobre la implicación necesaria entre mens mundi y animus mundi. Pero el filólogo puro, enrabietado, se tapa los oídos y patalea. Para él, el círculo filológico es un dilatado aro en llamas por el que rehúsa saltar.
Desde la perspectiva lógica, la pureza es una categoría periclitada, absurda, patética, porque carece de contenido propio. En consecuencia, es algo así como una tautología del vacío, puesto que solo puede definirse, en esencia, por aquello mismo que excluye. Theodor Adorno nos enseñó, al hilo de lo expuesto, que lo que se proclama puro en el dominio de la cultura, generalmente, es síntoma de empobrecimiento. Y Hegel expuso con soberana lucidez que cuando la identidad se formula en términos absolutos (A = A), caemos en la falsedad unitaria de lo que la dialéctica, precisamente, no prescribe, dada sobre todo su naturaleza tendente a polemizar tanto con polos opuestos como afines. Si entendemos por “filología pura” el exclusivo trabajo con textos, la expresión se convierte de inmediato en una perogrullada máxima, sin paliativos y sofocante (pues un botánico realiza su faena con plantas, ¡oh, sorpresa!). Pero si implica extirpar procesos culturales de la historia y el pensamiento analítico y la interconexión del saber, entonces, por reducción, la filología se limita a un mecánico trabajo de chapa y pintura textual. En cualquier caso, la reducción conduce al absurdo.
Es justamente en esta esfera constreñida de aislamiento epistemológico donde se sustenta la ilusión central, a saber: el contumaz convencimiento de creer que el texto constituye un acontecimiento incomunicado, atemporal, y no el resultado ineludible de un incesante entrecruzamiento de matrices discursivas. Con razón intentó Mijaíl Bajtín derruir las fronteras artificiales del formalismo, indicando que, en puridad, la razón de ser de todo texto está en el contacto con otros muchos textos, forjando así un vasto correlato de aperturas que ensanchan el funcionamiento actancial del universo filológico. Esta función transversal es un postulado elemental que nuestra filología de corte más rancio ignora y desdeña, prefiriendo abrazar un delirante determinismo donde la letra parece explicarse por sí sola, ingrávida en el vacío, errátil en su inercia desviada.
Sin embargo, lo grave del asunto es que, lejos de reflexionar sobre esta marcada estrechez de miras, sus protectores la exhiben en las aulas haciendo gala de una insoportable beatitud jerárquica, negándose sistemáticamente a admitir las consecuencias lógicas del error derivado de la falacia de la “pureza”. Y, por su parte, esta actitud castradora, que a menudo queda excusada desde un rigor que solo es producto del celo mal entendido, propicia un evidente ensombrecimiento de la labor crítica. El análisis que debiera ser vibrante y abarcador se acartona en el desciframiento estéril de aquello que, paradójicamente, ya queda dicho antes de decirse.
Incluso si, atravesados por un nervio ingenioso y enérgico, osamos llevar tales consecuencias a la ontología formal, advertimos que la pureza absoluta hace aguas. La utilidad práctica de sus fines desaparece, y, asimismo, el deslizamiento conceptual de su atribución se vuelve intransitivo. Por este motivo un conjunto categorial debe definirse, si aplicamos un mínimo de seriedad, mediante un criterio de pertenencia, y ese criterio exige necesariamente la introducción de modulaciones relativas al alcance de una determinada definición. Un término supuestamente puro, dentro de un conjunto atomizado que no se relaciona con otras realidades que lo delimitan, rompe el principio de transitividad y produce una aberrante sucesión de carencias metodológicas. Para que quede claro: la pureza filológica no es un atributo real, es una cegadora nebulosa mental. Es el pueril capricho de pretender congelar un sistema de significados y contextos que, por naturaleza, está vivo y siempre en movimiento.
La pureza no es solo un callejón sin salida, es también un garrote sociológico. Por tanto, conviene cobrar conciencia de que las proposiciones que vehiculan toda noción de pureza son peligrosas dentro de una caótica irradiación semántica determinada, pues ahí se genera la confusión fenomenológica de su aplicación social. Entre los intrigantes susurros que ventilan el siempre enrarecido clima de la academia, convocar la idea de pureza representa, simple y llanamente, un calculado mecanismo de exclusión. Parece que el mensaje implícito que profieren estos custodios es nítido. Podría parafrasearse como sigue: “Nosotros, los verdaderos iniciados en el nobilísimo arte de descifrar la muy arcaica letra procesal, somos los únicos guardianes de la verdad; ustedes, los que hacen teoría literaria, constructos culturales, estudios feministas, sois charlatanes de extrarradio”.
A mi juicio, dentro de las coordenadas del hispanismo, esta arrogancia adopta la morfología de una empalagosa nostalgia con fuerte querencia por el Siglo de Oro. Según esta narrativa casposa, la auténtica filología alcanzó su clímax gracias al desempeño de los archivistas del pasado, y cualquier conato audaz de emplear corpus procedentes de la teoría y la crítica contemporáneas representa una degeneración intolerable. Pero como advertía Ernst Robert Curtius, la literatura europea no puede desligarse de variaciones exponenciales, pues es un flujo dinámico, y no una serie de bloques estancos que anula la recomposición de oquedades canónicas.
No obstante, presenciamos (y el plural hace justicia a otros muchos testimonios que ratifican lo que aquí se expone) escenas harto cómicas de académicos —titulares y becarios por igual— que, embriagados por un síndrome de Stendhal invertido, disfrutan de la inhalación prolongada de ácaros. Se pasean por simposios y seminarios levitando, en trance, persuadidos de que la renuncia a los estadios metaliterarios y a repensar el texto en su contexto social los hace inmunes a la frivolidad. Supongo que, para la mayoría de ellos, la aplicación de un prisma sociológico o una disertación de carácter poscolonial sobre la recepción de un texto clásico es similar a hacer un baile de TikTok en frente de la fachada de la Real Academia Española, es decir, una horterada vomitiva.
Con esta cerrazón de la pureza filológica, en virtud de la falacia que se trata de imponer, se aprecia el colapso de la propia ambición personal. Porque cualquier disidencia teórica planteada dentro de las tensiones de un debate interdisciplinario responde a un modo de proceder contrario a la fe que ellos profesan, y entonces se asimila la hibridación en sentido peyorativo. Actúan en tribunales de tesis como ínfimos duendes con voz acusadora, dispuestos a penalizar la sutileza del desvío hermenéutico, la elipsis o la digresión reflexiva que no se encauce, con fiel mansedumbre, en la corriente de la ortodoxia documental. Qué bochorno. Qué aburrimiento. Qué dislate. Creo que olvidan por completo las insoslayables concomitancias entre disciplinas y subestiman la relación de codependencia estructural que todo manuscrito mantiene respecto a su entorno sociopolítico material.
Cuando la rigurosidad de los tecnicismos transmuta en excusa para no analizar prolijamente el objeto de estudio, el planteamiento de anotación editorial y ensayístico deja de ser riguroso por la descarada inconsistencia de sus componentes metodológicos, y es así como la pureza se vuelve, más bien, un cínico dogmatismo corporativo. Me hace gracia imaginar que el filólogo puro camina por el archivo como si estuviera en una senda natural, dando por sentado que los documentos que investiga brotaron espontáneamente allí, como champiñones de alguna pretérita etapa geológica. Y también me divierte pensar que, en su colosal y enternecedora candidez, creen que los textos son diluvio de los cielos, caídos como maná encuadernado y miniado, libres de censura, de intereses de patronos y mecenas, de presiones ejercidas por la mala leche del poder de turno. Michel Foucault les puede enseñar, entre otras cosas, que la emanación virginal de la verdad responde al resultado de una red de prácticas institucionales enmarcadas en las tiranteces de la hegemonía política. La lectura de un texto ignorando el régimen de hipótesis que se modifican o alteran por conveniencias de época no es ser objetivo nipuro, es simplemente ser ingenuo, torpe, bobo. O peor aún: cobarde.
Llegados a este punto hay que ponerse serios y señalar, sin ambages, la proximidad más oscura de este concepto, porque, efectivamente,la insistencia en la “filología pura” comparte una alarmante vertebración conceptual con los discursos históricos de la discriminación racial el siglo XIX. Tranquilidad: no estoy diciendo que editar con monóculo y tos mística un fragmento de Góngora te convierta en fascista. Pero la arquitectura del pensamiento es idéntica, es decir, existe la ilusión de una esencia originaria (ya sea genética, ya sea textual), que, según se infiere, debe preservarse íntegra frente al indicio de amenaza que supone la mezcla de enfoques hermenéuticos. Traigo a colación una analogía que me parece ilustrativa: al igual que la moderna biología derrumbó el mito de la raza pura al demostrar que constituye una macabra ficción taxonómica usada para dar cuerda al dispositivo de la segregación política, Edward Said nos recuerda, en efecto, que aislar el asterismo que convoca un texto de su mundo histórico es otra alternativa para legitimar el colonialismo intelectual.
La analogía, amén de ser ilustrativa, resulta precisa para cuestionar la eugenesia de los textos y la nociva extensión de su linaje puro. El intento de enarbolar un árbol genealógico ya implica mezcla, y, por tanto, a lo largo de los siglos, el contagio semántico de clases y subclases es un ciclo reiterado que fundamenta el pulso de nuestras investigaciones. Pero estos custodios de la castidad, del texto sin pecado concebido, se comportan como si el estudio de un caso nominativo o la datación de un folio pudieran impartir, por intercesión de la justicia divina, la verdad última sobre la cosmovisión del ser humano. Y se escandalizan frente a formatos híbridos que trasladan metodologías como la semiótica o el feminismo a la red de presupuestos que validan, en consecuencia, el campo operativo del que ellos parten. La historia de la cultura siempre ha sido expandida por espíritus diferentes, en tanto que la textualidad —como defendía Roland Barthes— es un tejido interconectado, simiente de una poética proyectada a la conflictividad del hecho social. Se diría, por consiguiente, que la filología pura se inventa una barrera bastarda para arrogarse el privilegio de decidir quién salta y quién no en las butacas de la academia. Se convierte tradicionalmente en un sórdido instrumento de expulsión que, bajo el pretexto de la exigencia y el esmero, esconde el miedo atroz a la contaminación, al mestizaje, a la razón de ser de la vida misma de la cultura.
Desde el punto de vista de una crítica dialéctica de la tradición erudita, la llamada “pureza”, que desborda cualquier función racional acotada a una realidad donde el sujeto interactúa, aparece menos como valor primitivo que como construcción retrospectiva, esto es, como accidente metodológico elevado a principio de verificación, a destello de cientificidad cuya función clasificatoria, pretendidamente autónoma, queda reducida a rasgos aparentes de eficiencia. Como si su estatuto diferencial fuese autosuficiente, como si se invocase una garantía interpretativa por acudir a la raigambre institucional del canon que legitima la carga ideológica de la filología pura.
Así pues, frente a la dictadura de los púdicos virtuosos, la disciplina filológica necesita una propagación transitiva de sus categorías para asumir su verdadera complejidad. No hay texto que se salve conservándolo en formol. La cirugía filológica ha de mancharnos, gloriosamente, las manos y la paciencia. Y debe presentar, tal como yo lo veo, cuatro dimensiones innegociables para combatir la falacia: (i) la textual, (ii) la histórica, (iii) la teórica y (iv) la crítica. En alguna futura columna desarrollaré, por extenso, estos cuatro apartados. Pero aquí basta con tratar de desmontar la leyenda irrisoria de la filología pura. Bienvenido sea a nuestro campo de estudio todo lector inteligente, desvergonzado y curioso. Bienvenido el que jamás quiera estar maniatado al triste feudo de los escalafones universitarios.