Todo comienza en un bar caraqueño de 1981. Se llama Club Sinfonía. No tiene tarima y el salón principal es oscuro. Las personas hablan en algunas poltronas bajo el reflejo de las luces rojizas que alumbran de vez en cuando el espectáculo, mientras que en el centro canta y baila una mujer, solo con el movimiento de los labios, Fame de Irene Cara. Luego, sentada en la barra del bar, con un traje dorado, mira a la cámara y dice: “Mi nombre es Venezuela. Soy una transformista. Trabajo en este night club. Es mi medio, pero no es mi meta”.
El documental Trans, dirigido por Manuel Herreros de Lemos y Mateo Manaure, se estrenó en 1982 y estuvo desaparecido por casi 40 años. Las copias, cuenta Manuel Herreros en exclusiva para El Diario, se perdieron en el camino, fueron robadas o se dañaron en la indolencia de las instituciones públicas. “En Venezuela siempre hubo interés por la película, como si fuese una película fantasma, un mito urbano. Siempre se habló de ella”, comenta.
El documental se mantuvo en el imaginario del país como un registro perdido de las historias trans que atravesaban la vida cotidiana. Fue grabada en 16mm y el celuloide, con el tiempo, explica Manuel, se va deteriorando. Además, por las dificultades económicas solo les quedó una copia de la grabación.
“Luego de las proyecciones en 1983 y 1984 mandamos la única copia que teníamos al festival de Cuba y resulta que se la robaron. Yo logré que la Biblioteca Nacional nos comprara dos copias y hablé con ellos para que se pudiera transferir a video y quedó un video de mala calidad. Esas copias las encontraron mohosas, llenas de humedad y destrozadas”, relata.
En el año 2022, Manuel Herreros comenzó una campaña de crowdfunding para digitalizar la última copia del documental, aquella de mala calidad que le había pedido a la Biblioteca Nacional. Un amigo le trajo todo ese material de Caracas y, desde su casa en España, comenzó el proceso para recuperar las fotografías y el registro documental realizado en Trans.
El crowdfunding le funcionó para digitalizar una parte del documental y presentarlo ante el Institute for Studies on Latin American Art (ISLAA), ubicado en Nueva York. La institución fue uno de los primeros interesados y también fueron los compradores del proyecto para su recuperación y posterior difusión.
El desafío de grabar el documental en una sociedad conservadora
La idea del documental surgió en la etapa londinense de Manuel Herreros y Mateo Manuare. Ambos estudiaron en la capital británica durante finales de la década de los setenta. Manuel Herreros se fue en 1976, sobre todo por el agotamiento provocado por los conflictos políticos entre organizaciones estudiantiles y la policía dentro de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y porque había conseguido una beca estudiantil en la London International Film School. Él era estudiante de Biología, pero también se había instruido en varias academias de fotografía en Caracas. Este arte había sido primordial en su vida juvenil, ya que su padre, un inmigrante español, era aficionado al mismo y le brindó las primeras enseñanzas sobre la imagen.
“Ahora, ¿cómo dejé el país? Era un país boyante, económicamente caminando, creciendo, pero yo tenía mis dudas con respecto a esa realidad que me parecía fantasiosa y ficticia. Y en Inglaterra me encontré en una escuela con muchas nacionalidades diferentes y estaba viviendo, al mismo tiempo, una realidad distinta sobre la teorización del género. Además, me llamó la atención todo lo que pasaba con los movimientos, los teddy boys y los rockers. Existían muchas tribus urbanas y yo era amigo de todos”, comenta Herreros.
En esos cinco años aprendió mucho sobre el oficio de la dirección cinematográfica y al volver a Venezuela se encontró con un país diferente, atravesado por la incertidumbre, con la sensación de inestabilidad constante, pero la mentalidad del venezolano, para Herreros, no había cambiado. Era 1981 y en su regreso se encuentra nuevamente con Mateo Manaure. Ambos se habían conocido en la escuela de fotografía y tenían curiosidades similares. Todo parecía encaminarse a un nuevo proyecto.
Manuel Herreros trabajaba en una productora de cine y tenía acceso a los equipos necesarios para la grabación. Además, vendió un carro. Mateo Manaure tenía un dinero guardado. Ambos, con poco dinero y un material prestado, comenzaron la grabación de Trans. “Eso fue hacer cine guerrilla. No conseguimos ni un céntimo para financiar la película. Con el poco dinero que reunimos compramos las latas de película y contratamos a un sonidista. El camarógrafo fue un amigo iraní que estaba recién llegado a Venezuela”, agrega.
La precariedad de la grabación fue la respuesta a la negativa de las instituciones. Intentaron pedir los fondos necesarios a distintos organismos públicos, pero solo recibieron rechazos. Uno detrás de otro.
“Nosotros le hicimos una propuesta a la Alcaldía del municipio Sucre. Nos sentamos con el alcalde, le presentamos el proyecto y el tipo nos dijo en pocas palabras: ‘Ustedes que tienen talento por qué no hacen una película sobre el Ávila que tenemos aquí, tan bello, y sobre las orquídeas. Quieren hacer una película sobre transexuales y nosotros no le vamos a dar nada’. Nos levantamos molestos y nos fuimos”, cuenta Herreros.
Al comenzar la grabación, aunque habían recibido el rechazo de las instituciones de la ciudad, la Alcaldía de Sucre y del municipio Libertador no podían negarles el permiso de grabación. Sin embargo, para entorpecer el trabajo de Herreros y Manaure encontraron distintas formas de presión policial. “En una oportunidad detuvieron a todas las personas que iban a participar porque, bueno, ellos sabían todo nuestro itinerario a través de los permisos de grabación. Entonces, nos hicieron una redada y se las llevaron a ellas. Pudimos grabar la redada. Ese tipo de problemas fueron comunes durante la grabación y muchas veces tuvimos que buscar a las chicas en el puesto de mando del Recreo y sacarlas de la cárcel”, relata.
El tiempo de grabación estuvo interrumpido constantemente por la negativa institucional y social de mostrar esa realidad caraqueña. Sin embargo, ni Herreros ni Manaure se apaciguaron ante el contexto de rechazo y se mantuvieron firmes con el proyecto y con el objetivo de humanizar a la comunidad transgénero de la ciudad, que se ha visto historicamente reducida, apabuleada y, sobre todo, violentada por las dinámicas de control.
La película se proyectó en la Cinemateca Nacional, con la autorización de Rodolfo Izaguirre, que era el director para la época. Herreros recuerda ese día con entusiasmo. La gente agotó las entradas y toda la sala de cine estaba expectante ante la obra. Los policías esperaban a las afueras del recinto por orden del comandante y esperaban detenerlos, por venganza personal, al finalizar la película.
“La cosa iba bien hasta el día en que filmamos al comandante de la Policía Metropolitana, al cual yo le caí muy mal. Nosotros después nos burlamos de él en la posproducción y él se enteró. Entonces, tenía pautado detenernos al finalizar la proyección de estreno en la Cinemateca Nacional. Tuvimos que salir por una puerta lateral que daba al Parque de los Caobos y nos pudimos escapar”, relata.
Fue un día, explica Herreros, muy importante para pensar en un país diferente. El prejuicio, como era de esperarse, estaba enmarcado por las instituciones y la cultura social, pero al mismo tiempo, viendo el desborde en la Cinemateca Nacional, se podía pensar en un país con la posibilidad de reflexionar sobre sí mismo. “Incluso, al finalizar una persona se levantó y dijo: ‘Bueno, muy bonito que ustedes hagan una película sobre las transexuales, ¿pero dónde están?’ Y les dije: ‘Por favor, señoritas, levántense’. Y mucha gente no se había dado cuenta de que ellas estaban allí. Fue un día maravilloso y nunca lo voy a olvidar”, agrega.
En busca del documental perdido y el presente de la comunidad trans
El proceso de recuperación del documental tardó 40 años en materializarse. Estuvo escondido, como una pequeña joya de la contracultura caraqueña de la época. La primera proyección y exposición de las fotografías se realizó en 2023 en la sede madrileña del Archivo Arkhé, una fundación sin fines de lucro que tiene como objetivo la recuperación del arte latinoamericano y de la cultura LGBTIQ+ en el continente.
Actualmente el proyecto está expuesto en El Museo La Neomudejar, ubicado en Madrid, como parte de la exposición 30 años de irreverencia y visión en la Colección Fuentes Angarita. La exposición estará disponible hasta el 26 de abril de 2026.
En Venezuela el documental se proyectó en El Trasnocho Cultural a través de Rolando Carmona, curador de arte y gestor cultural. El proyecto ha sido recibido de una manera grandiosa por gran parte de la comunidad, pero para Herreros, aunque son pasos importantes que lo llenan de júbilo, el objetivo final todavía no ha sido logrado.
“¿Cuál es el objetivo principal de este documental? Hacer ver a la gente que no pertenece a la comunidad que las transexuales son seres humanos y se merecen el respeto de la sociedad. Eso no se ha logrado. Todavía hay mucha hipocresía y sigue existiendo la violencia policial. A mí me duele muchísimo. Este es un documental que queremos que siga teniendo la exposición necesaria para que la gente tome conciencia sobre este tema”, puntualiza.
Para Yendri Velásquez, activista por los derechos LGBTIQ+,la recuperación del documental representa un espacio importante para la reflexión ciudadana sobre el prejuicio y el rechazo enmarcado como política nacional. “Venezuela en los años ochenta estaba dando algunos pasos en materia de igualdad. Hay que rescatarlo porque eso nos permite crear mejores estrategías para el futuro y nos permite estar más conectados con lo que ya se hizo y lo que podemos replicar. En los últimos años ha habido un retroceso en materia de derechos humanos en el país y el documental deja huella para defender la existencia de las personas trans y el lugar de su lucha para obtener los derechos fundamentales de todo ciudadano.”, comenta en exclusiva para El Diario.
De acuerdo con el Observatorio Venezolano de Violencias LGBTIQ+ (OVV LGBTIQ+), desde 2008 hasta 2024 se registraron 137 transfemicidios. La respuesta gubernamental, explica Yendri, se ha visto enmarcada en dos vertientes: la instrumentalización discursiva de las comunidades LGBTIQ+ para la propaganda internacional y la represión policial por temas políticos y de género. “Como parte de la política de represión vimos en 2024 cómo las personas LGBTIQ+ que salían de locales nocturnos eran secuestradas por funcionarios policiales, llevadas al Helicoide y extorsionadas. Es un modo de represión que lleva mucho tiempo ocurriendo en diferentes regiones del país. Incluso, se han registrados casos de abuso sexual por parte de funcionarios policiales a personas de la comunidad LGBTIQ+”, explica.
Trans es una obra documental que permite, bajo la percepción de Herreros y Manaure, reflexionar sobre el lugar de la sociedad venezolana en la humanización de las minorías. Incluso, en uno de los fragmentos más llamativos del documental una mujer de cabello rizado, con un suéter blanco y un pantalón morado, reflexiona sobre la marginación que ha sufrido en el país y, asimismo, cómo entre las comunidades marginadas se puede lograr una aceptación humana y genuina. Son sus vecinos, habitantes de las periferias, de los barrios “sin clase” ni “sociedad” los que son capaces de mirarla con el respeto de su existencia. “Esa gente marginada me acepta y me trata como lo que soy. No me trata como un transformista, sino como una mujer porque me lo merezco”, puntualiza.