La migración venezolana, que en la última década se convirtió en uno de los mayores desplazamientos humanos de la región, también transformó la estructura de miles de familias dentro y fuera del país.
La salida masiva de venezolanos no solo modificó la dinámica económica de los hogares, sino que redefinió los vínculos afectivos, los roles familiares y la forma en la que las familias se organizan para sobrevivir a la distancia.
De acuerdo con datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), más de 7,9 millones de venezolanos emigraron del país en los últimos años, principalmente hacia otras naciones de Latinoamérica y el Caribe.
Esto provocó la reorganización de los roles tradicionales en la que hay padres separados de sus hijos, abuelos encargados de la crianza y núcleos familiares de sus nietos.
En cuanto a la parte económica, las remesas se convirtieron en uno de los principales pilares de esa nueva estructura familiar. La oficina de la ONU destaca que los envíos de dinero de migrantes representan actualmente un soporte económico fundamental para millones de hogares en Latinoamérica. En Venezuela, esas transferencias ayudan a cubrir gastos básicos como alimentación, medicamentos, educación y servicios.
Para conocer cómo ha afectado la migración a la reorganización de las familias venezolanas, el equipo de El Diario realizó varias entrevistas.
Asumir nuevos roles
David Zambrano es un venezolano que reside en Orlando, en Florida (Estados Unidos) desde hace nueve años. Antes de migrar, tenía un negocio de repuestos de vehículos; sin embargo, aseguró que los ingresos no eran suficientes para cubrir los gastos mínimos de alimentación y servicios de su familia (su hijo y sus padres).
“La crisis económica de 2017 me obligó a buscar alternativas fuera del país. No solo fue la escasez y la inseguridad, los altos precios no me permitía cubrir los gastos de mi familia. Ahora no estoy cerca, pero a ellos no les falta nada”, dijo Zambrano en una entrevista para El Diario.
Previo a migrar, dejó a su hijo, de entonces 5 años de edad, a cargo de sus padres, dos personas de la tercera edad. Al llegar a EE UU consiguió un trabajo como chofer para una empresa de traslados de cargas pesadas, lo que, según contó, le impide establecerse de forma fija en una ciudad.
“Por mi trabajo actual paso mucho tiempo fuera de mi casa, lo que me impide traer a mis padres o a mi hijo, ademá, la situaciòn migratoria cada vez está más difícil, por lo que prefiero enviar dinero para el mercado, el pago del colegio y gastos del hogar”, agregó.
Los padres de David, de 70 y 72 años de edad, respectivamente, vivían en Quibor, estado Lara, y para asumir el cuidado y crianza de su nieto tuvieron que mudarse a Barquisimeto.
“Cuidar a un hijo que no es propio amerita una responsabilidad mayor. Ya no puedo consentirlo como nieto, debo cuidar de él y regañarlo si es necesario. Somos su figura de autoridad hasta que se reencuentre con su papá, dijo Vidalina Delgado, madre de David Zambrano.
En cuanto a la carga económica, Zambrano y Delgado coinciden en que el monto de remesas que envía no es suficiente para cubrir los 400 dólares que gastan mensualmente en el mercado y los 350 dólares del colegio privado del adolescente. Por lo que su padre, Carlos Zambrano, retomó un emprendimiento de reparación de zapatos, bolsos y cinturones para aliviar la carga económica del hogar.
Una madre “huérfana” de hijos
Otro caso es el de María Mercedes Cáceres, una madre de tres hijos adultos que emigraron a varios países de Latinoamérica en los últimos cinco años. Cada uno de sus hijos salió del país soltero, cada uno formó su familia lejos de las fronteras venezolanas.
“Yo los crié en una familia unida. Fui madre soltera muy joven, pero siempre tuve a mi mamá para ayudarme. Ahora mis hijos tienen a sus hijos, mis nietos, y no puedo ayudarlos porque están lejos, no puedo cumplir con mi rol de abuela”, lamentó Cáceres.
La dinámica familiar evolucionó a la par de las circunstancias, los cambios, las mudanzas, el tiempo y la migración. Sin embargo, la entrevistada contó que aprendió a disfrutar de los momentos de compartir con sus hijos y nietos, así sea a través de una llamada.
“Hoy en día es totalmente diferente, todos están casados y los veo crecer como persona y padres desde la distancia. Siento que la crisis me volvió una madre huérfana de hijos”, afirmó.
Nada sustituye a la familia
La migración venezolana no solo cambió el mapa demográfico del país, también transformó la manera en la que las familias se relacionan, se sostienen económicamente y construyen sus vínculos afectivos. Para muchos hogares, la distancia dejó de ser temporal y se convirtió en parte de la cotidianidad.
Además, las remesas representan un apoyo económico para miles de familias, las separaciones prolongadas también implican costos emocionales difíciles de medir. Hijos que crecieron lejos de sus padres, abuelos que retomaron roles de crianza y madres que acompañan la vida de sus hijos y nietos a través de una pantalla forman parte de una realidad que se repite en distintos estados del país.
En medio de esa reorganización familiar, las videollamadas, los mensajes y las redes sociales se convirtieron en herramientas para mantener la cercanía emocional. No obstante, los entrevistados coinciden en que la tecnología no sustituye la convivencia diaria ni los momentos compartidos dentro del hogar.