Esa tarde del 24 de junio, el sol calentaba el asfalto de La Guaira y los tambores por la celebración de San Juan retumbaban en cada rincón, desde el mercado hasta las laderas del Ávila. El típico olor a ron, a sudor y a esperanza flotaba en el aire salado desde Caruao hasta El Junko. No sabíamos que ese ritmo festivo, el mismo que nos había hecho vibrar el pecho, sería la banda sonora de nuestra despedida.
La Guaira no se derrumbó con un rugido ensordecedor; se desvaneció al compás de los tambores, los mismos que suenan desde que los primeros africanos llegaron a Venezuela y los mismos que acompañaron la Batalla de Carabobo. Al ritmo de esa música ya venezonala, nuestra, se iba mi casa, mis fotos, mis recuerdos, el olor a café de mis vecinos y los sueños de toda una vida de construir una mejor Venezuela.
Recuerdo el momento exacto. Veía el fútbol mientras, casualmente, pensaba en mis vecinos: la vecina Rosana, Leida y tantos otros que estuvieron siempre pendientes de mí, con un plato caliente de comida y un dulce compartir. Fue entonces cuando el suelo empezó a ondear como una sábana mojada. Primero fue un vaivén hipnótico, luego un mazazo brutal. En menos de lo que canta un gallo, el terremoto derrumbó todo lo que habíamos construido. Los edificios coloridos de mi calle —algunos de ellos diseñados por Carlos Raúl Villanueva, otros por Fruto Vivas— habían resistido décadas de sol, salitre, el famoso terremoto del 67 y hasta el desastre de 1999; pero aquella tarde crujieron como si fueran de cartón y cayeron uno a uno. El polvo blanco se elevó hasta el cielo y cubrió el sol. Lo único que quedó en pie fue el silencio, el polvo y el eco lejano de un tambor que seguía golpeando, como burlándose de nuestra tragedia.
El suelo se partió en grietas enormes, algunas de más de tres metros de ancho, y los edificios se doblaron como si fueran de plastilina. La montaña no se vino abajo como en 1999; no hubo barro. Lo que nos mató fue la fuerza bruta de la tierra sacudiéndose, el colapso estructural de cada columna, cada viga, cada techo que nos caía encima mientras corríamos sin saber hacia dónde.
Días después, cuando el polvo empezó a asentarse, la NASA publicó sus cifras desde los satélites. Fríamente, calculó que los escombros habían cubierto o dañado más de 59.000 hogares. Pero la cifra que duele hasta el tuétano, la que no cabe en ninguna pantalla de ordenador, es la de los muertos: más de 100.000 almas. El mundo veía números; yo veía los rostros de mis vecinos, de mis amigos, de personas que me habían enseñado de la vida, de niños que se habían convertido en hombres, todos aplastados bajo el concreto y el acero retorcido. Cada cifra es un nombre y cada nombre un abrazo que no volveré a dar.
Y entonces, en medio de la desolación, vinieron los saqueadores con uniforme. Mientras nosotros removíamos losas de cemento con las manos ensangrentadas, llevábamos comida y agua y, finalmente, buscábamos a nuestros seres queridos atrapados entre las vigas, los cuerpos de seguridad que debían protegernos y ayudarnos entraban a lo que quedaba de nuestros hogares. No venían a rescatar, venían a saquear. Se llevaban televisores, estufas, los ahorros de toda una vida escondidos bajo el colchón, incluso las joyas de las mujeres que yacían muertas entre los escombros. Los vi con mis propios ojos: policías y guardias nacionales cargando licuadoras en sus camionetas oficiales mientras nosotros llorábamos sobre los cuerpos de nuestros amigos y familiares.
Y el Estado, ese que tanto promete en los discursos, brilló por su ausencia absoluta. No pasaron las primeras 72 horas, ni las 96, ni la semana. La ayuda internacional —aviones de México, Catar, Estados Unidos, España— llegó a Maiquetía trayendo consigo ese olor que los guaireños ya conocemos: el olor a muerte; pero se quedó encerrada en hangares y salones, retenida por una burocracia absurda. Mientras, nosotros desenterramos a nuestros muertos sin una sola pala, sin una sola mascarilla, sin un solo médico. Las calles de La Guaira se convirtieron en un cementerio a cielo abierto, y los únicos que tendían la mano éramos los vecinos, los mismos que habíamos bailado juntos horas antes.
La Guaira ya no existe como la conocí. La fiesta de San Juan, que antes era sinónimo de alegría, ahora suena a duelo perpetuo. La NASA puede contar los escombros y los satélites pueden medir la magnitud de la falla geológica, pero nunca podrán medir el vacío inmenso que dejaron estos saqueadores de uniforme y los que llevaban pistolas.
Nos quedamos sin hogar, sí. Pero, sobre todo, nos quedamos sin familia y, lo peor de todo, sin la mínima esperanza en quienes juraron velar por nosotros. Aunque reconstruyan las paredes de La Guaira, aunque pongan cemento nuevo sobre las grietas, ya nada volverá a ser igual. Porque un hogar no se reconstruye con ladrillos; se reconstruye con confianza. Y esa, amigos, nos la robaron al ritmo de los tambores de San Juan.
Hoy no fue el barro ni el terremoto; fue la indolencia de un Estado fallido.