Vitalia mira las placas de concreto como quien vuelve a reconocer un lugar que ya no existe. Señala una pared rota, una esquina hundida, una superficie que antes fue piso y ahora solo parece una lámina partida. “Esto es una placa, este es un piso”, dice, mientras busca con la vista lo que quedó de la torre OPP 26, un complejo de edificios residenciales construidos por el gobierno para la reubicación de familias en el estado de La Guaira. Allí vivió casi 14 años, pero hoy solo quedan los escombros donde se encuentran tapiados vecinos, amigos y familias enteras.
Antes del derrumbe, aquella vivienda ya le parecía frágil. El edificio había sido entregado como una solución para familias que salieron de barrios en riesgo, entre ellas la suya, porque su casa estaba agrietada y temían que se viniera abajo. Pero con el tiempo, dice, la torre comenzó a mostrar otras señales de peligro: filtraciones, humedad, grietas y un deterioro que se hacía más visible con cada lluvia y con cada temblor.
“Lo que estaba aguantando la torre era Dios”, explicó en un relato ofrecido para El Diario el miércoles 1º de julio. Cuando llegó el terremoto, el miedo que muchas personas sentían desde hacía años se convirtió en tragedia.
El 24 de junio, un doble terremoto sacudió el norte de Venezuela y golpeó con fuerza a La Guaira, donde se concentraron varios de los colapsos más graves. Pero en la historia de Vitalia el centro no está solo en la fuerza del evento, sino en la vulnerabilidad acumulada de quienes ya vivían en una estructura dañada y con señales previas de riesgo. El derrumbe alcanzó a familias enteras, entre ellas niños, recién nacidos y adultos que no tuvieron tiempo de salir.
Las señales del OPP26
Vitalía recuerda que la torre había dejado de ser un lugar tranquilo desde hacía tiempo. El agua que caía al piso terminaba filtrándose en el apartamento de abajo y las grietas se volvían más evidentes a medida que pasaban los años. “Hace muchos días esto no estaba aguantando”, cuenta. En su memoria, el edificio no se vino abajo de golpe; primero fue avisando con pequeñas fallas que todos veían, pero que nadie logró resolver a tiempo.
Para ella, la tragedia empezó mucho antes del derrumbe. Comenzó cuando la sacaron de su barrio porque su casa estaba en peligro y la llevaron a una torre que, según dice, terminó siendo igual o más riesgosa. La promesa era seguridad. El resultado fue otro miedo. “Nos trajeron para acá, para La Guaira, y esta residencia ya tenía 12 pisos”, explica. Luego añade, con una mezcla de rabia y cansancio, que aquello no era vida.
La idea de haber pasado de una zona vulnerable a otra igual de expuesta recorre toda su relato. No habla solo de una torre, sino de una cadena de decisiones que dejaron a varias familias en un lugar frágil, sin suficientes garantías y sin reparaciones a tiempo. En esa lógica, el terremoto no fue la única causa del desastre. También pesó la exposición previa de quienes vivían en una estructura con fallas visibles.
La tarde en que cedió
Cuando el temblor llegó, a las 6:04 pm, la torre dejó de ser un lugar habitable en cuestión de segundos. Vitalía dice que vio morir a muchas personas, entre ellas padres con sus hijos abrazados, vecinos atrapados por columnas y familias enteras sin salida. “Pensé que el mundo se estaba acabando”, recuerda. La escena no le dejó espacio para otra cosa que correr, intentar sobrevivir y salir de allí como pudiera.
Ese instante partió su vida en dos. De un lado quedó la casa, los ahorros, las cosas personales y la rutina. Del otro, una segunda oportunidad que ella interpreta casi como un regalo. “Gracias a Dios que me dio otra oportunidad para volver a estar en este mundo”, dice. Pero esa supervivencia no borra el resto de la pérdida: tampoco borra a los vecinos que quedaron tapiados, ni el dolor de ver que la comunidad donde vivía se convirtió en escombros.
Su relato deja claro que el derrumbe no solo destruyó una estructura física; también rompió una red de vínculos cotidianos. En esa torre, explica, conocía a la gente, sabía quién era quién, y durante casi 14 años construyó una convivencia que hoy llama su segunda familia. Por eso habla de dolor aunque no haya perdido parientes directos. Lo que perdió, insiste, fue una vida compartida.
Lo que quedó bajo los escombros
Entre los restos, Vitalía rescata objetos pequeños: la toalla de un sobrino, una sábana, partes de su carro. No son recuerdos elegidos al azar. Son lo poco que quedó para seguir buscando bajo el sol y para improvisar algo de sombra mientras esperan noticias de los atrapados. “Eso es para poder tener sombra y seguir buscando”, explica. En medio del polvo, esos objetos terminan siendo parte de la resistencia.
También quedó la conciencia de que los equipos no llegaron como debían. Vitalia asegura que las maquinarias llegaron tarde y que algunas promesas se quedaron en fotos, videos y anuncios que no se tradujeron en ayuda real. Dice que incluso hubo una planta eléctrica que retiraron del lugar después de una visita corta. Para ella, ese gesto resume otra forma de abandono: pasar, registrar, prometer y retirarse.
Aun así, no desconfía de todos por igual. Reconoce a los rescatistas que trabajaron en otras zonas del edificio y a quienes han llegado sin buscar protagonismo. En su voz hay cansancio, pero también la claridad de quien distingue entre la ayuda útil y la puesta en escena. Esa diferencia importa porque, en una tragedia así, el tiempo perdido también pesa.
Una tragedia con antecedentes
La historia de Vitalia obliga a mirar el terremoto más allá de su magnitud. No basta con decir que la tierra tembló con fuerza. También importa quiénes estaban dentro, en qué tipo de vivienda vivían y qué tan expuestos estaban antes del colapso. Las personas que ya cargaban con grietas, filtraciones, pobreza o mudanzas forzadas quedaron en una posición más frágil cuando todo cedió.
Por eso su relato no habla solo de un derrumbe. Habla de una suma de riesgos que se acumularon hasta hacerse irreversibles. La tragedia no golpeó a todos por igual: encontró a familias ya vulnerables, en edificios que mostraban fallas, en viviendas que prometían protección pero terminaron multiplicando el peligro. Esa es la parte que permanece después del ruido del sismo y del polvo del colapso.
Vitalia lo resume con una idea sencilla: a ella le devolvieron la vida, pero no la casa ni a sus vecinos. Y esa diferencia, dice, lo cambia todo. Frente a los escombros, queda la certeza de que el desastre no empezó el día del terremoto. Empezó mucho antes, cuando vivir allí ya significaba correr un riesgo que nadie quiso ver a tiempo.