Permítanme empezar con una confesión, aunque suene a contradicción: hoy estoy bien, y los míos están bien, pero no estoy bien, porque los míos no están bien, ¿me entienden?
Esa frase, que parece un trabalenguas del dolor, es en realidad la fotografía exacta del alma de este país y en especial de La Guaira, cuando ocurre una tragedia. Porque “los míos” no es solo mi núcleo familiar, el círculo que cabe en mi sala. “Los míos” son esos damnificados que lo perdieron todo en La Guaira. Parte de “Los míos” es esa niña de 6 años llamada Daymaris, que quedó enterrada cuatro días bajo el concreto de un edificio que nunca debió haberse levantado. Su madre, Damelis Díaz, es de “Los míos”, cuyo grito desgarrador debería ser el himno oficial de esta tragedia.
“Los míos” son Juan José que cruzo medio mundo desesperado por buscar a Karen; “los míos” son Rosana, que más nunca cocinará una torta de chocolate; Aloa Virginia que estaba buscando a su familia sin descanso; Brayan José, que a pesar de perderlo todo sigue ayudando a los demás con un espíritu inquebrantable. “Los míos” son todas esas historias de amigos: Gonzalo, Jenifer, Mary y otros relatos que no serán contados, pero que les tocó ser carne viva de esta tragedia. Por segunda vez, en menos de 30 años, les tocó salir de su casa sin más nada que lo que tenían puesto. “Los míos” son hoy simplemente todos.
Hay lugares que la geografía condena a ser escenario recurrente de la catástrofe. La Guaira es uno de ellos. En 1999, un deslave sepultó poblaciones enteras y marcó a fuego la memoria de todo venezolano. 27 años después, el doble terremoto del 24 de junio —de magnitud 7,2 y 7,5— ha convertido nuevamente esta costa caribeña en la “zona cero” de una devastación que muchos sobrevivientes describen como “peor que la de 1999”.
Y sin embargo, mientras el polvo aún no se asienta sobre los escombros, desde el poder se escuchan frases que parecen escritas en otro planeta. Frases que demuestran que, lamentablemente, allí no entienden que el dolor de los demás también es suyo.
“Politizar una situación humanitaria como esta es miserable”, dijo Delcy Rodríguez, presidenta encargada, en respuesta a las críticas sobre la gestión de la emergencia. Miserable. Esa palabra que ella eligió. La misma que usó para calificar a quienes señalan lo evidente: que la ayuda no llega, que la logística es un caos, que el Estado venezolano lleva décadas sin invertir en infraestructura resiliente. Pero lo realmente miserable, señora Rodríguez, no es exigir cuentas en medio de una catástrofe. Lo miserable es llamar “miserables” a quienes han perdido todo y aun así se atreven a alzar la voz. Porque si usted no entiende que ellos son “los míos”, que su dolor es mi dolor y el de todo el país, entonces estamos perdidos.
Porque la voz de los damnificados no es política. Es humana. Y duele. Duele porque aunque yo esté físicamente a salvo, no puedo estar tranquilo sabiendo que otros “míos” están durmiendo en colchonetas sobre el asfalto y mojándose con la lluvia.
Hace apenas unos días, Damelis Yaneth Díaz confrontó a “Nicolasito” Maduro —hijo del encarcelado Nicolás Maduro— durante una visita oficial a La Guaira. Visiblemente quebrada por el dolor, le gritó: “¡Yo no perdí una cocina, yo perdí una hija! ¡Esto fue responsabilidad suya, tiene que pagarlo! ¡Construyeron basura!”. Su niña de 6 años, Daymaris, permaneció enterrada durante cuatro días. “Podría haberse salvado durante ese tiempo, era una niña pequeña que no pidió nacer ni pidió morir”, se lamentó.
No perdí una cocina. Perdí a una hija.
Esa frase debería resonar en cada despacho oficial, en cada declaración pública, en cada reunión donde se discuten “recursos bloqueados” y “gestiones internacionales” mientras la gente espera. Pero en lugar de eso, el gobierno insiste en hablar de cartas al Rey de Inglaterra para liberar oro retenido; y quien no entiende de relaciones internacionales cree que esto es correcto, pero cuando el mundo se rige por instituciones y más aun en Inglaterra que quien decide es un parlamento y un primer ministro en lugar de un rey; de llamadas al Fondo Monetario Internacional, de 2.000 toneladas de ayuda humanitaria recibidas de 28 países. Cifras. Gestos. Protocolo. Mientras tanto, en La Guaira, los edificios levantados por la revolución bolivariana se han desplomado como castillos de naipes. Más de 100 edificios colapsaron o sufrieron daños severos.
La Guaira no está de moda. No es un trending topic que genere clics ni indignación viral. Es un rincón olvidado de un país que ya se ha acostumbrado a la tragedia. Pero precisamente por eso, hoy más que nunca, necesita ayuda. No discursos grandilocuentes. No acusaciones a quienes critican. No frases hechas sobre la “miserabilidad” de los que exigen respuestas.
Necesita manos que levanten escombros. Necesita techos. Necesita comida, agua, medicinas. Necesita que alguien, desde el poder o desde la sociedad civil, mire a los ojos de Damelis Díaz y le diga algo más que un “la entiendo y la apoyo” condescendiente. Necesita que quienes gobiernan entiendan de una vez por todas que hoy estoy bien y los míos están bien, pero no estoy bien porque los míos no están bien.
Porque ninguna ayuda material puede devolverle a Daymaris, pero sí puede evitar que la próxima niña de 6 años muera bajo los escombros de una construcción que nunca debió haber estado en pie. Y mientras eso no ocurra, mientras haya un solo damnificado en una carpa, ninguno de nosotros—aunque estemos en una casa—podrá decir honestamente que está bien.
La Guaira no es un problema de “moda”. Es una herida abierta. Y las heridas, señores, no se curan con indiferencia. Se curan con empatía real, con acción inmediata y, sobre todo, reconociendo que quien sufre allá, sufre aquí; hoy ese estado que reconstruimos no existe, pero volverá, porque es uno de los míos. ¿Me entienden?