Ingeniera Luiraima Salazar: “No existe ningún método científico para predecir cuándo ocurrirá un terremoto”

La experta explicó el comportamiento del sistema de fallas en Venezuela, la acumulación de energía en la corteza terrestre, la diferencia entre eventos principales y réplicas, y desmontó algunos de los mitos más extendidos sobre los sismos
Fiorella Tagliafico
Fiorella Tagliafico - Redactora
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La interacción constante entre la Placa del Caribe y la Placa Suramericana mantiene a Venezuela en un entorno tectónico complejo. La deformación de la corteza no se concentra en una sola traza, sino que involucra un amplio sistema de fallas principales y secundarias que atraviesa la región norte del país.

La ingeniera geóloga Luiraima Salazar explicó en entrevista para El Diario que el territorio nacional debe analizarse como un conjunto de dominios sismotectónicos independientes, cada uno con dinámicas y comportamientos característicos.

“La ocurrencia de terremotos en diferentes regiones durante un mismo periodo no significa necesariamente que formen parte de la misma secuencia, ni implica una supuesta ‘migración’ de sismos de un lugar a otro, aunque pudieran generar perturbaciones en zonas aledañas”, explicó la ingeniera.

Una falla geológica es una fractura o zona de fracturas en la corteza terrestre a lo largo de la cual se producen desplazamientos entre bloques de roca. No obstante, la especialista precisó que no todas estas estructuras están activas ni poseen la misma capacidad para generar terremotos.

“Entre los dominios tectónicos más importantes de Venezuela se encuentran en la región andina el sistema de fallas de Boconó; en la región occidental Oca-Ancón; en la región Central el sistema de fallas de San Sebastián, La Victoria, Tacagua-El Ávila. Hacia la región Oriental el sistema de fallas El Pilar, Urica, además de numerosos sistemas regionales y estructuras asociadas”, detalló Salazar.

El mapa de fallas del país muestra estructuras específicas para cada zona geográfica. En el occidente destacan Oca-Ancón, en Zulia y Falcón, así como la falla de Boconó, que recorre la región andina y se encuentra dividida en cinco segmentos con potencial sismogénico.

Ingeniera Luiraima Salazar: “No existe ningún método científico para predecir cuándo ocurrirá un terremoto”

“La falla de San Sebastián se extiende principalmente por el dominio costero-norte-centro de Venezuela, con una orientación Este-Oeste a lo largo del norte de la Cordillera de la Costa, mayormente submarina. En este sector también encontramos los sistemas de Fallas de La Victoria y Tacagua-El Ávila, con rumbo preferencial Este-Oeste, ubicados al sur de la Cordillera de la Costa; son subparalelos al sistema de San Sebastián y se extienden desde la zona de Tinaquillo hasta Cabo Codera, donde convergen con la Falla de San Sebastián, entre otras estructuras que absorben parte de la deformación tectónica”, expuso la ingeniera.

El sistema de La Victoria adquiere una relevancia particular en la zona central del país por la forma en que recibe y redistribuye las deformaciones tectónicas. Por ello, Salazar considera necesario profundizar los estudios científicos sobre esta estructura.

“Una característica muy importante del sistema de Fallas de La Victoria es que además interactúa con fallas secundarias oblicuas (de orientación Noroeste-Sureste) que la interceptan transversalmente, que le dan una geometría escalonada (echelón), que redistribuyen los esfuerzos transferidos a la Falla de la Victoria desde la Falla de San Sebastián. Para mí, en lo personal, se deberían invertir muchos más esfuerzos en estudiar aún más a la Falla de La Victoria porque prácticamente atraviesa los principales estados centrales del país y no debe considerarse una estructura menor”, enfatizó Salazar.

La especialista también resaltó la importancia de la alfabetización sísmica para que la población comprenda la naturaleza del suelo que habita y evite simplificaciones sobre la actividad tectónica.

“Uno de los objetivos de mis reportes sísmicos ha sido evitar reducir toda la sismicidad de Venezuela a un solo sistema de fallas. Tectónicamente, Venezuela es muchísimo más compleja que eso y parte de la alfabetización sísmica que debe tener la población es que cada venezolano sepa lo que hay bajo sus pies, pero toda campaña educativa debe ir sostenida por la prevención estructural y una buena planificación del territorio”, aseveró la especialista.

Acumulación de esfuerzos y la física de la ruptura sísmica

El desplazamiento de las placas tectónicas ocurre de forma continua, a velocidades de milímetros o centímetros por año. En determinados segmentos de una falla, esta movilidad puede quedar bloqueada temporalmente debido a la fricción y a las asperezas presentes en las rocas.

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Foto: Seismometer / Referencial

Sin embargo, la dinámica tectónica no se detiene. Esto genera una acumulación progresiva de esfuerzos y deformación elástica en los bloques adyacentes. Cuando la energía acumulada supera la resistencia o la fuerza de fricción que mantiene trabada la estructura, se produce una ruptura súbita que desplaza los bloques y libera parte de esa energía en forma de ondas sísmicas.

“El tiempo transcurrido desde la última ruptura importante es uno de los factores que estudiamos para evaluar el comportamiento de una falla, aunque por sí solo no permite determinar, ni mucho menos predecir, cuándo ocurrirá el próximo sismo ni cuál será su magnitud”, precisó la ingeniera Luiraima Salazar.

El registro geológico y paleosísmico permite a los investigadores evaluar la amenaza en sectores específicos. En Venezuela destacan los análisis realizados en la falla de Boconó para examinar terremotos prehistóricos y determinar los déficits de deslizamiento acumulados a lo largo del tiempo.

“En cuanto al segmento Boc-e, investigadores como Franck Audemard y otros colaboradores han estudiado terremotos prehistóricos e históricos y hasta precolombinos, así como sus intervalos de recurrencia y déficits de deslizamiento acumulado. Antes del evento del 24 de junio de 2026, estudios científicos ya habían advertido sobre el potencial sismogénico de los segmentos de este sistema, el tiempo transcurrido desde sus últimas rupturas importantes y sus periodos de retornos. Esto no constituye bajo ningún concepto una predicción sísmica, sino más bien una evaluación de la amenaza sísmica basada en el comportamiento paleosísmico de la falla”, expuso la especialista.

La magnitud de un evento sísmico no se explica únicamente por la energía acumulada. Parámetros como el área de la superficie de ruptura, el desplazamiento de los bloques y la rigidez del material rocoso condicionan la escala final del movimiento telúrico.

“Por esta razón, una falla que se extiende a lo largo de cientos de kilómetros no tiene por qué romperse necesariamente en su totalidad durante un único terremoto. Puede estar dividida en segmentos con comportamientos distintos; uno o varios de estos segmentos podrían romperse, generando terremotos de magnitudes variables”, explicó Salazar.

El análisis de eventos complejos exige estudiar la geometría de la falla y la distribución espacial de la sismicidad, en lugar de limitarse a la ubicación de los epicentros. Los registros geodésicos y la redistribución de esfuerzos aportan información para comprender la dinámica posterior a una ruptura.

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EFE/ Ronald Peña R

“El evento doble del 24 de junio de 2026, que he analizado exhaustivamente en mis Reportes Sísmicos, es un claro ejemplo de la complejidad que puede conllevar un proceso de ruptura. Después de un evento sísmico de esta naturaleza, no basta con observar dónde aparecen nuevos epicentros; es fundamental estudiar la geometría de la ruptura, la distribución espacial y temporal de la sismicidad posterior, los mecanismos focales, la deformación observada mediante geodesia satelital y la redistribución de esfuerzos en los diversos sistemas de fallas involucrados”, enfatizó la ingeniera.

La escala logarítmica y el mito de la liberación paulatina de energía

Existe la creencia popular de que una seguidilla de movimientos telúricos de baja magnitud resulta positiva para una estructura geológica, bajo la premisa de que reduce progresivamente la tensión acumulada y previene una ruptura de mayor escala. Sin embargo, la experta detalló que la física de los terremotos no respalda esta suposición.

“Es una creencia muy extendida, pero es incorrecto plantearlo de esa manera. Los terremotos pequeños efectivamente liberan energía, pero no podemos olvidar que la escala de magnitud sísmica es logarítmica. Un aumento de una unidad de magnitud representa aproximadamente 32 veces más energía sísmica liberada”, explicó la especialista.

Debido a esta progresión matemática, la cantidad de sismos pequeños necesarios para igualar la energía liberada por un terremoto de mayor magnitud es desproporcionadamente alta. Por ello, la ocurrencia de numerosos eventos de baja magnitud no significa que una falla esté liberando progresivamente los esfuerzos acumulados ni que pueda evitarse un terremoto de gran magnitud.

“Esto significa que se necesitarían unos 32 sismos de magnitud 4 para liberar la energía de un solo sismo de magnitud 5; alrededor de 1.000 sismos de magnitud 4 para igualar aproximadamente a uno de magnitud 6; y cerca de un millón para un evento de magnitud 8. Por lo tanto, observar muchos sismos pequeños no significa que una falla está ‘liberando’ esfuerzos de poco a poco, ni que con ello se pueda evitar un sismo de gran magnitud”, precisó Salazar.

La detección de eventos de baja magnitud sí resulta útil para el monitoreo geocientífico, la evaluación de las dinámicas estructurales y el seguimiento del comportamiento de la corteza. Sin embargo, estos eventos no garantizan la contención de una falla principal.

“Los sismos pequeños son útiles desde un punto de vista geocientífico, ya que permiten estudiar las estructuras geológicas activas, la distribución de esfuerzos y la evolución de secuencias específicas; sin embargo, no sirven como mecanismo de protección frente a los grandes terremotos. Por eso es tan importante hacer seguimiento de la actividad sísmica, no porque se pueda predecir nada, sino para identificar si una falla está mostrando actividad y hay que estar siempre preparados”, concluyó la ingeniera.

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Foto: EFE/Claudio Peri / Referencial

Réplicas, enjambres y la reconfiguración del campo de esfuerzos

La ocurrencia de un evento de magnitud considerable altera de forma súbita las condiciones mecánicas alrededor de la zona de ruptura, lo que puede generar movimientos posteriores mientras la corteza se adapta al nuevo estado de tensiones. Sin embargo, determinar si estos eventos son réplicas requiere analizar más que su simple ocurrencia después del terremoto principal.

“Cuando ocurre un sismo de gran magnitud, el campo de esfuerzos alrededor de la zona de ruptura cambia, entonces la corteza debe reajustarse a estas nuevas condiciones mecánicas y, durante este proceso, pueden producirse numerosos sismos posteriores, justamente esas son las réplicas. Por eso, una réplica no se define simplemente como ‘un sismo que ocurrió después’. Debe existir una relación espacial, temporal y tectónica razonable con la ruptura principal. El evento principal es el sismo que inicia o domina una secuencia sísmica específica y, por supuesto, es de magnitud mayor a las réplicas sucesivas”, detalló la especialista.

A diferencia de las secuencias lideradas por un terremoto de gran magnitud, existen agrupaciones de sismos cuya distribución espacial y temporal no responde a un evento dominante. Esta diferencia permite distinguir entre una secuencia de réplicas y un enjambre sísmico.

“Un enjambre sísmico, por otro lado, consiste en una concentración de terremotos en el espacio y el tiempo donde, por lo general, no existe un evento principal único de mayor magnitud y claramente dominante, en otras palabras, es un cúmulo de sismos de magnitudes similares. En mis informes sísmicos he insistido, por ejemplo, en que no debemos etiquetar automáticamente cada sismo posterior en el país como una réplica del evento del 24 de junio”, dijo la entrevistada.

Salazar agregó que cierta actividad en la región centro-norte puede estar relacionada con el proceso de reajuste postsísmico, mientras que los eventos registrados en los Andes, el occidente o el oriente podrían corresponder a la dinámica tectónica específica de esas regiones..

Diferencia entre magnitud e intensidad: la influencia del suelo y el efecto de sitio

La percepción de un movimiento telúrico y los niveles de destrucción observados en la superficie pueden variar entre distintas localidades. Esto ocurre porque la magnitud cuantifica el tamaño del sismo en su origen, mientras que la intensidad describe sus efectos en un lugar específico y la percepción de las personas.

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Foto: EFE/ Ronald Peña R / Archivo

“La magnitud representa el tamaño físico del sismo en su fuente; la intensidad describe los efectos que el movimiento produce en un lugar específico e incluye también la percepción de la ciudadanía”, precisó la ingeniera Salazar.

La especialista indicó que la respuesta en la superficie no depende únicamente de la distancia al epicentro, ya que factores como la profundidad, la dirección de las ondas, el relieve y las condiciones geológicas locales también influyen.

“La forma en que se percibe un sismo depende de varios factores: la profundidad del hipocentro, la distancia, el mecanismo focal, la dirección de propagación de la ruptura, las características de las ondas sísmicas y, muy importante, las condiciones geológicas locales del suelo y del subsuelo”, detalló la especialista.

Cuando las ondas transitan desde roca firme hacia sedimentos blandos o cuencas, pueden reducir su velocidad y amplificarse. Este fenómeno, conocido como efecto de sitio, puede modificar la intensidad del movimiento y prolongar la vibración.

“Los sedimentos blandos y no consolidados que rellenan cuencas pueden generar lo que se conoce como efecto de sitio o amplificación sísmica local. Cuando las ondas sísmicas pasan de un macizo rocoso o roca competente a sedimentos más blandos y no consolidados, su velocidad disminuye y ciertas frecuencias y longitudes de ondas pueden amplificarse”, expuso la ingeniera.

Por esta razón, dos edificaciones situadas a distancias similares del epicentro pueden experimentar movimientos diferentes dependiendo del terreno sobre el cual estén cimentadas.

Si las frecuencias amplificadas coinciden con el período natural de vibración de una estructura, puede producirse un fenómeno de resonancia que agrave los daños, explicó la experta. A esto se suma la influencia del relieve en crestas o laderas.

“Los daños no dependen únicamente de la magnitud del sismo y de la distancia al epicentro, sino también de la geología que se encuentra bajo nuestros pies. Precisamente por esto, los estudios de microzonificación sísmica son primordiales en las ciudades localizadas en zonas tectónicamente activas”, puntualizó Salazar.

Ingeniera Luiraima Salazar: “No existe ningún método científico para predecir cuándo ocurrirá un terremoto”
Foto: Yaracuy al Día

Desmontaje de mitos: la pseudociencia frente al rigor tectónico

Salazar advirtió que la difusión de informaciones falsas y afirmaciones sin sustento científico suele incrementarse después de la ocurrencia de un terremoto. Ante este panorama, abordó algunos de los mitos más extendidos sobre la dinámica de la corteza terrestre.

“Señalar eventos que coinciden con una supuesta predicción no la convierte en ciencia; es simplemente jugar con la probabilidad y seleccionar los aciertos mientras se ignoran los fallos. Es comparable a anunciar que va a llover en plena temporada de lluvias: que finalmente llueva no demuestra capacidad predictiva”, precisó la especialista.

Para Salazar, la capacidad de anticipar con exactitud el momento en que se producirá un terremoto constituye uno de los principales focos de desinformación. En ese sentido, enfatizó que actualmente no existe un método científico capaz de prever con exactitud la fecha, hora, ubicación y magnitud de un sismo.

También cuestionó la idea de trazar líneas imaginarias en redes sociales para señalar una supuesta “migración sísmica” entre epicentros distantes.

“Un evento sísmico en Mérida, uno en Caracas y otro en Sucre en días consecutivos es un comportamiento habitual en un país tectónicamente activo. No implica una relación de causa y efecto ni la transmisión de una ‘cadena de rupturas’”, expuso Salazar.

Por otro lado, algunas teorías atribuyen la generación de terremotos a tecnologías de estudio atmosférico como el proyecto HAARP o a variaciones en el clima, como el incremento de la temperatura ambiental. Salazar rechazó estas hipótesis y explicó que los procesos tectónicos ocurren a profundidades y con magnitudes de energía que no se corresponden con esos fenómenos.

“El programa HAARP investiga la ionosfera mediante ondas de radio y carece de la capacidad física para generar o transferir la inmensa cantidad de energía que se requiere para fracturar la corteza a kilómetros de profundidad. De igual modo, las condiciones meteorológicas afectan únicamente la capa superficial de la atmósfera; los terremotos responden a dinámicas tectónicas en la litosfera donde el clima no ejerce influencia alguna”, dijo la ingeniera.

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Foto: Universidad de Alaska

Resiliencia y preparación: la prioridad de la planificación territorial

La gestión del riesgo sísmico también implica utilizar la información científica para orientar las políticas públicas relacionadas con el ordenamiento urbano, la construcción y la preparación ante emergencias.

“La ciencia debe servir como un insumo directo para la toma de decisiones en el diseño de planes de contingencia, la actualización de los códigos de construcción y la planificación del territorio. La vulnerabilidad de nuestras ciudades no solo depende de la amenaza natural, sino de cómo hemos construido y dónde nos hemos asentado a lo largo del tiempo”, precisó la ingeniera Luiraima Salazar.

En este contexto, la especialista señaló que la prevención debe centrarse en fortalecer la capacidad de respuesta de las infraestructuras y de la ciudadanía.

Salazar indicó que la preparación familiar y la adecuación de los hogares constituyen el primer eslabón para mitigar el impacto de un evento telúrico.

“Sabemos que el país es tectónicamente activo y que volverán a ocurrir terremotos en el futuro; por eso la pregunta no debe ser cuándo va a temblar, sino si estamos realmente preparados para cuando vuelva a ocurrir”, sentenció la especialista.

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