Uno de los principales aspectos clave en la construcción de un poema extenso es el simultaneismo. El grado de compatibilidades que hay entre poema y vida crea el testimonio (más o menos verosímil) del correlato identitario que hay, a su vez, entre autor y mundo. El significado de las palabras se amplía al entrar en una larguísima estela de interconexiones donde tanto la apertura de una puerta, como la lluvia, el cielo a oscuras, el estilo furibundo de una banda de rock, la mirada existencial de un obispo, o la del joven que lee a Nietzsche y monta en patinete, son todos hechos que participan de una red común en cuyos nódulos las palabras (y sus significados) forman el carácter poliédrico del concepto de simultaneismo. Pues bien, al asumir esta premisa, se asume también la condición perdurable del género poético de largo alcance, sobre todo desde la recepción, dadas las proliferaciones de sentido que van creando el rizoma vertebrador de la estructura textual en el trasvase de esta a la experiencia del lector. Si todas esas acciones aludidas ocurren en un ficticio aquí y ahora, dan cobertura, por correlato, a un real espacio-tiempo, puesto que el pacto tácito entre lector y autor obliga a asumir como verosímil aquello que cumple los requisitos para el fin de su cumplimiento sin sospechas de falsedad. Así puede colegirse que el simultaneismo es un recurso válido para la pintura del joven Picasso, para el ideario de Malraux, para la estética del realismo, para la arquitectura, la gastronomía (recetas que aglutinan, a la vez, diversos ingredientes y modos de realización), y, por supuesto, los poemas largos de Octavio Paz, José Gorostiza, Ernesto Cardenal, entre otros muchos ejemplos.
En el ámbito universitario, como docente que se desempeña en asignaturas de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, un asunto que me obsesiona tiene que ver con las casualidades. O la razón de ser de las mismas. Y puedo decir que el simple comparatismo de textos (al tratar de precisar, verbigracia, cómo en el siglo I a.C. surgían pensamientos y cosmovisiones con puntos de unión entre tan lejanas geografías y culturas) da cuenta del carácter simultaneista de nuestra disciplina académica, pues, en efecto, se comprueba cómo en Occidente y en Oriente hay un intercambio invisible (sin materialización) de ideas trascendentes compartidas. No es tan distinto Confucio de Sócrates. Es decir, que con sus matices y alteraciones, puede hablarse, tal como acuña el profesor Enrique Baena, de conciencia literaria, de imaginario colectivo. Y, a mi juicio, todo ello se inserta en el concepto tratado, porque el simultaneismo se asocia, creo que claramente, a la imagen del saltador de trampolín. Antes de saltar, ya hay dibujadas parábolas en el aire que el atleta mentalmente reproduce como el ensayo previo a la realización de la prueba. Esta es una simultaneidad de la vida real, donde los giros del atleta que desembocan en un aterrizaje de florituras sobre la piscina se identifican, también, con todas las posibles piscinas de trampolín donde se está llevando a cabo este tipo de entrenamiento.
Por tanto, trasladando, por fin, el simultaneismo a la modalidad del poema extenso, puede pensarse que al insertar en el cuerpo del texto un ensanchamiento de conciencia, una amplitud de campo semántico, se está presuponiendo que en realidad el todo pueda ser el todo y mucho más que el todo. En la vida práctica (que al poetizarse se sublima desde el recurso de la polifonía y lo verosímil) ese todo se constituye mediante fragmentos que, al unirse, dan nitidez a lo que era sombra, y por eso lo simultáneo conectado es el eco descifrado de la eternidad. La herida de bala en la Guerra Civil española es la misma que en la lucha contra el narcotráfico librada por venerables patrias como Colombia y Venezuela, y ese es un simultaneismo político en grado diferido, pero igual de representativo en términos de realidad (social, económica, literaria). Pero volviendo a la figura docente, sabemos que en el aula los alumnos hacen música (seamos benevolentes) a partir del incesante bullicio que surge de la duda como exceso de energía, sin siquiera levantar la mano ni pedir permiso para formular preguntas que surgen torrencialmente, como llevados por un espíritu arrollador, y propiciando, eso sí, la posibilidad de convertir, posteriormente, el sobrevalorado ideal del silencio ordenado en la caótica palabra que, verdaderamente, abre y cierra los interrogantes in situ. Ya en la Edad Media, los escolásticos (destacemos a Santo Tomás de Aquino, a San Buenaventura, a Juan Duns Escoto) mediante la práctica voluntaria de quodlibetos, elaboraban una batería de preguntas y respuestas sobre temas heterogéneos, aunque de raigambre teologal. Ahí ya hay un proto-simultaneismo metodológico, de dialéctica que congrega, al mismo tiempo, al examinador y al examinando. Esto puede derivar en doctrina de las denominadas summas, asentadas por la razón de la cuestión solucionada, o en herejía, cuando hay riesgo de dar respuestas que, pese a todo, son un exabrupto contra el estandarte de la fe. Pero tanto el coro sagrado medieval como la dulce cadencia de los endecasílabos funcionan como planos de simultaneidad, son partituras que no se desvinculan de la exaltación por encontrar la verdad última que hace del enigma no algo relativo (en función de esencialidades y accidentalidades) sino algo impetuosamente necesario per se.
El poema largo, como estimulante modalidad de técnica y genio, exige una salvación personal en la palabra que sobrevive a otras tantas con las que permea a partir de isotopías, así como el derecho a la obsesión por una existencia de significados intercambiables que configuran la trama biográfica de una manera velada pero decisiva. El simultaneismo, entonces, al ser un recurso provocativo, es inacabable. Genera el debate sobre su función, es decir, se plantea si sirve como alarde o, antes al contrario, como rémora. Yo opto por lo primero. Y ahí están, si preferís, los versos de Piedra de sol, del Nobel mexicano, donde el simultaneismo de la circularidad textual, como figura geométrica y simbólica, se asocia a una idea de eterno retorno. O sea que, en rigor, poner lo par y lo dispar a convivir, mediante enlazamientos de unos puntos con otros (a esto Platón lo llamó symploqué) permite dotar de verosimilitud a la ficción que constituye toda palabra unificadora. Y para terminar, por no huir de la sociología literaria, diré que la democracia (y este extremo se aprecia en las llamadas novelas del dictador, propias de América Latina) es un nuevo simultaneismo: de opiniones, de leyes, de candidatos. Todo es todo, y más: ahí radica la confusión del eslogan, de la propaganda, de la promesa de construir futuros mejores. Lo que sí puede decirse, en boca del venezolano Andrés Eloy Blanco, es que, pese a toda adversidad, por algunas contadas sonrisas, “llenos están los cielos y las tierras”. En esa simultaneidad feliz es más fácil quedarse, en la coincidencia de dos alegrías que miran lo que hay delante, que es esperanzador y que, contra todo pronóstico, ya no es ridículo soñar lo que antes no era posible.