Cuando el chavismo deje de ser chavista

Edison Arciniega
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Delcy Rodríguez habló esta semana ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y, por un momento, recordó a Joaquín Balaguer.

No por la voz, los modales o la biografía. Tampoco porque Venezuela sea la República Dominicana de 1966. La semejanza está en la función histórica que podría llegar a cumplir.

Balaguer no enterró el trujillismo. Le enseñó a vivir sin Trujillo.

Tomó los restos de una dictadura personalista, les retiró parte de su liturgia, aceptó elecciones y construyó con ellos una fuerza capaz de habitar el tiempo nuevo. La dictadura terminó; parte de su personal aprendió a administrar el país que vino después.

Delcy podría intentar algo parecido. El chavismo puede morir como religión política porque Chávez ha ido dejando de convocar. Pero quienes hicieron carrera bajo su nombre y aprendieron a controlar el Estado no desaparecerán con una consigna. Pueden convertirse en otra cosa.

Ese es el riesgo que la oposición venezolana todavía no parece comprender: el chavismo podría dejar de ser chavista antes de que sus adversarios aprendan a sustituirlo.

El heredero accidental

Tras el asesinato de Rafael Leónidas Trujillo en 1961, Joaquín Balaguer apareció como un civil de modales contenidos dentro de un régimen construido alrededor del miedo. Había sido colaborador, ministro y presidente formal de la dictadura. Conocía sus equilibrios y sus silencios.

La primera apertura dominicana no lo llevó inmediatamente al poder. Juan Bosch ganó las elecciones de 1962 y fue derrocado siete meses después. La insurrección de 1965, que intentó restituir el orden constitucional, terminó atravesada por una intervención militar estadounidense. En 1966, bajo intimidación y con el país ocupado, Balaguer derrotó a Bosch.

Gobernó doce años. Hubo carreteras, presas y crecimiento. También persecución, violencia política, competencia electoral desigual y un Ejecutivo que nunca aceptó límites efectivos. Más tarde volvió a la Presidencia y permaneció otra década.

El balaguerismo fue la adaptación del antiguo orden a una sociedad en la cual ya no podía gobernar exactamente como antes. No fue democracia plena ni simple continuación de la dictadura. Fue una transformación autoritaria capaz de competir, conceder y preservar.

Sobre las ruinas del trujillismo, y con parte de esas mismas ruinas, nació la fuerza que gobernó durante más tiempo la República Dominicana en la segunda mitad del siglo XX.

La comparación con Venezuela no pretende igualar historias. Sirve para reconocer un mecanismo.

Delcy cambia de idioma

Delcy Rodríguez llegó a Nueva York hablando un idioma que el chavismo había despreciado durante años: respeto, cooperación, entendimiento, diálogo y caminos comunes. Se reunió con Donald Trump y con autoridades financieras multilaterales. Su delegación trató deuda, energía, minería y reconstrucción.

En la ONU afirmó que en Venezuela habrá elecciones. Dijo que su gobierno había iniciado un diálogo con sectores opositores y asumió la responsabilidad de conducir al país hacia una democracia plena. No ofreció fecha. Tampoco explicó quién podrá competir, quién administrará el proceso ni qué ocurrirá con las inhabilitaciones.

No anunció su rendición. Anunció su reposicionamiento.

La antigua canciller y vicepresidenta de Nicolás Maduro intenta presentarse como administradora de la apertura, garante del orden e interlocutora confiable de Washington. No necesita que los venezolanos olviden su pasado. Necesita tiempo para convertir estabilidad, recuperación económica y acceso al Estado en legitimidad.

Su debilidad electoral no elimina esa posibilidad. María Corina Machado conserva una popularidad muy superior y Delcy acumula un amplio rechazo. Pero las transiciones no se deciden únicamente en una encuesta. También pesan el control de las instituciones, la capacidad de contener a los sectores armados, la confianza de los actores económicos y la aceptación de las potencias capaces de vetar o proteger un desenlace.

Balaguer tampoco necesitó representar la esperanza moral de su país. Le bastó con parecer, ante quienes podían impedir la transición, menos peligroso que sus adversarios y más útil que el vacío.

La disputa por el centro del relato

Mientras Delcy se mueve, María Corina espera en Panamá. Ha anunciado varias veces su propósito de regresar y asegura que no puede conducir la transición desde el exterior. La Administración estadounidense, sin embargo, le pidió postergar el retorno y ha preferido construir su relación operativa con el gobierno interino.

No se trata de negar su valentía, su liderazgo ni su papel determinante en la mayoría opositora expresada en 2024. Se trata de observar un problema de posición.

María construyó una imagen de determinación: avanzar hasta el final, asumir riesgos y no pedir permiso. La espera, aunque tenga explicaciones atendibles, entra en tensión con ese relato. El papel de víctima sin margen de acción no se parece al personaje político que ella misma edificó.

La épica sirve para resistir. Para conducir una transición hace falta, además, conservar iniciativa.

Algo más está ocurriendo. Se habla cada vez más de Delcy y cada vez menos del proyecto que debería reemplazarla. Incluso parte de la oposición contribuye a esa centralidad. Cada consigna contra Delcy que no contiene una propuesta para el país la confirma como protagonista. Cada movilización organizada alrededor del rechazo, y no de una alternativa reconocible, termina admitiendo que la agenda la fija ella.

En política, el adversario también puede crecer gracias a la atención de quienes lo combaten.

El interlocutor que no promete aniquilar

Las transiciones negociadas contienen una verdad incómoda: el régimen que se retira no elige por completo a su sucesor, pero sí intenta influir sobre el tipo de adversario al que está dispuesto a abrirle la puerta.

El gobierno del apartheid no inventó a Nelson Mandela. Ya era un símbolo mundial y encarnaba décadas de resistencia. Pero el Estado sudafricano lo separó de otros presos y abrió conversaciones secretas porque comprendió que tenía autoridad para negociar y capacidad para contener una guerra. Mandela mantuvo comunicación con Oliver Tambo y el liderazgo del Congreso Nacional Africano. No fue un títere de sus carceleros. Fue el adversario que podía vencerlos sin prometer exterminarlos.

Pinochet tampoco escogió a Patricio Aylwin. Lo escogió la Concertación, que había ganado el plebiscito de 1988. Pero su moderación y su capacidad de ofrecer continuidad institucional hicieron imaginable la transmisión del mando dentro de una democracia aún cercada por enclaves autoritarios. Los regímenes salientes no redactan la boleta, pero sus temores ayudan a determinar qué candidatura resulta viable.

Por eso una transición puede resumirse de una manera sencilla: unos renuncian al poder y otros renuncian a la venganza.

Renunciar a la venganza no significa renunciar a la justicia. Los responsables de torturas, ejecuciones y corrupción deben responder individualmente ante tribunales. Lo que debe descartarse es la amenaza de castigo colectivo, la humillación como programa y la idea de que millones de ciudadanos vinculados alguna vez al chavismo carecen de lugar en la Venezuela siguiente.

Quien crea que puede pedirle al aparato gobernante que entregue el Estado mientras le promete su aniquilación no está diseñando una transición. Está prolongando el conflicto.

El valor de haber dejado atrás el odio

Lorent Saleh ofrece una imagen útil. Pasó años detenido, conoció la tortura y el aislamiento. Sin embargo, cuando los terremotos golpearon Venezuela regresó con un equipo para ayudar a las comunidades afectadas. Eligió las ruinas antes que la tribuna.

No hace falta proclamarlo candidato ni fabricar un Mandela venezolano. Importa la conducta que representa: haber padecido al poder sin hacer del odio un programa de gobierno.

Venezuela necesitará dirigentes capaces de diferenciar memoria de resentimiento, justicia de revancha y firmeza de crueldad. El país no puede reconstruirse bajo la premisa de que una mitad debe arrodillarse ante la otra, ni reconciliarse ocultando delitos. Tendrá que juzgar responsabilidades concretas y ofrecer pertenencia política a quienes acepten las reglas democráticas.

Esa capacidad puede pesar más en una transición que la pureza, el volumen de las consignas o la popularidad acumulada en el momento de la ruptura.

Impedir la balaguerización

La balaguerización de Venezuela no es inevitable. Delcy sigue siendo impopular, el chavismo carga con la destrucción del país y la sociedad desea un cambio. Pero el tiempo puede convertir una administración provisional en costumbre, la costumbre en estabilidad y la estabilidad en argumento electoral.

Para impedirlo no basta con denunciar el pasado de Delcy. Hay que disputar el futuro que ahora intenta representar.

La oposición necesita un programa de reconstrucción verificable, presencia dentro del territorio, vínculos con los sectores populares y una coalición más ancha que cualquier culto personal. Debe ofrecer garantías a quienes no hayan cometido delitos, separar a los responsables de la base social chavista y comprometerse con una justicia independiente. También debe exigir un calendario electoral, autoridades imparciales, habilitación de candidatos, observación internacional y libertades que permitan competir de verdad.

Sobre todo, necesita demostrar que puede producir orden sin reproducir autoritarismo y hacer justicia sin organizar una vendetta.

Delcy dijo en la ONU que habrá elecciones. No dijo que esté dispuesta a perderlas. Mucho menos que vaya a marcharse si todavía controla las condiciones bajo las cuales se celebrarán.

El chavismo puede morir como nombre y sobrevivir como personal, intereses y método. Eso fue lo que hizo el trujillismo cuando aprendió a llamarse balaguerismo.

Venezuela aún puede evitarlo. Pero para que unos renuncien al poder, otros tendrán que renunciar a la venganza. No a la justicia. A la venganza.

Esa diferencia puede decidir quién gobierne el país cuando el chavismo deje de ser chavista.

Edison Arciniega
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