• La migración de más de 26.000 médicos y la carencia de insumos y servicios básicos convergen en los centros de salud del estado Zulia, que han quedado destruidos por la desidia y el abandono

Entre la soledad de las calles marabinas y el calor típico de la capital zuliana se levantan los dos pisos que conforman uno de los centros de salud más antiguos de Venezuela: el Hospital Central Dr. Urquinaona de Maracaibo.

Su deteriorada fachada blanca deja ver las columnas amarillas que han mantenido en pie al hospital desde julio de 1608, cuando fue inaugurado como la “Casa de Beneficencia”. Algunas ventanas sin vidrios pasan desapercibidas ante la mirada de los transeúntes acostumbrados a ver el descuido a su alrededor.

Foto: José Daniel Ramos

Uno de los accesos al centro de salud es el área de emergencia. Algunos esperan sentados afuera, en el suelo; otros permanecen en el interior del lugar. Mariana*, una residente de 31 años de edad, explica para El Diario que solo hay una sala operativa en dicha zona. “Tengo entendido que el aire acondicionado se está congelando”, comenta mientras atiende a los pacientes en el servicio de trauma shock.

El hospital no cuenta con Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y, en numerosas oportunidades, los pacientes deben llevar parte de los insumos para poder recibir atención médica, lo que limita el desempeño de los pocos trabajadores que quedan en el centro de salud.

La falta de reactivos y la falla de los equipos obliga a las personas a realizarse parte de los exámenes médicos en otras instituciones. “Uno de los pacientes trajo una solución y nosotros le conseguimos todo lo demás”, indica Mariana.

La fuga de trabajadores de la salud también ha sido un problema para el hospital. Gran parte de los enfermeros se ha ido, por lo que los residentes se ven en la necesidad de llamar a personal médico del hospital para que trabaje durante sus días libres.

“Los residentes estamos aquí por el título y por la necesidad de adquirir experiencia”, comenta en voz baja.

La migración del personal médico no es un problema reciente en Venezuela. Douglas León Natera, presidente de la Federación Médica Venezolana (FMV), señaló que en los últimos 12 años se han ido del país 26.160 médicos, una cifra registrada hasta octubre de 2018.

“Solo están quedando los residentes, los que se están formando, pero ¿cómo se están formando? Se están formando en una medicina de guerra”, cuestiona por su parte la doctora Dora Colmenares.

A un lado del área de emergencia, un nuevo camino, que permanece desolado y oscuro por la falta de iluminación, conduce a las ruinas del hospital. Repentinamente, la escasa ventilación del aire acondicionado se deja de sentir.

“En este lugar pareciera que cayó una granada”, comenta Colmenares mientras camina entre los restos de consultorios médicos, un panorama que se aprecia desde hace aproximadamente cuatro años.

Luego de avanzar varios metros, se puede llegar a un descuidado jardín rodeado de palmeras. En el centro, una placa recoge datos del hospital. El espacio se encuentra expuesto a la luz natural, la misma que ilumina parte de la institución médica durante el día.

El verdor de las plantas solía recibir a los pacientes que entraban por la alta y estrecha puerta de madera que conformaba el acceso principal. Hoy permanece completamente sellada.

Foto: José Daniel Ramos

El pasillo que conducía al interior del hospital está en condiciones deplorables: el suelo permanece cubierto de escombros y tierra, mientras las paredes dejan ver los pequeños ladrillos que forman parte de la estructura del centro de salud.

Un cartel sobresale del techo de aquel espacio con un mensaje para los visitantes. “Silencio”, la petición parece ser una sentencia cumplida ante el abandono que sufre el hospital.

Un cuarto está lleno de equipos médicos deteriorados. Algunas camillas, sillas de ruedas y carritos para transportar insumos médicos quedaron cubiertos por una capa de polvo luego de ser tirados a un lado del pasillo contiguo.

Foto: José Daniel Ramos

Al caminar por el “área vieja”, como lo llaman los trabajadores del hospital, se puede observar cómo algunos trozos de madera se separan del techo. Algunos pedazos ya se encuentran en el suelo junto a los restos de ladrillos quebrados que se desprendieron de las paredes.

Una escalera de cemento rodeada por una baranda de metal rota permite subir al piso superior; Colmenares explica que anteriormente se trataba del área de hospitalización. A la tierra que se puede observar en gran parte del suelo se le suma el excremento de las ratas, y el eventual paso de un gato es la única compañía de quien decide explorar el espacio.

“Esta gente destruyó el sistema de salud. El Zulia es el estado más grave de toda Venezuela, nos están matando”, lamenta Colmenares.

Foto: José Daniel Ramos

Salud en ruinas

Hospitales que carecen de las condiciones elementales para brindar una atención adecuada a los pacientes, la falta de servicios básicos en el país y la reaparición de enfermedades erradicadas hace mucho tiempo son solo algunos de los problemas que enfrenta el sector en pleno año 2019.

Un informe publicado en abril pasado por Human Right Watch (HRW) revela que este sector está completamente colapsado en Venezuela. La situación comenzó a tomar forma en 2012 y recrudeció en 2017.

El documento también recoge cifras de una encuesta realizada por Médicos por la Salud en noviembre de 2018, que arrojó que en 76% de los hospitales evaluados no se podían hacer pruebas de laboratorio, mientras que 70% presentaban fallas en los servicios de radiología.

Foto: José Daniel Ramos

Los problemas eléctricos también han afectado la operatividad de los centros de salud. En agosto de 2018, Maracaibo permaneció a oscuras durante más de 48 horas. El hecho desencadenó manifestaciones y socavó la tranquilidad de quienes permanecían conectados a máquinas de diálisis o esperaban por una intervención quirúrgica. El gobierno, por su parte, alegaba que aquella falla eléctrica se trataba de un “evento inducido”.

Posteriormente, un apagón general tomó por sorpresa a los venezolanos el 7 de marzo, aquel hecho también cobró la vida de al menos 15 personas. La Comisión de Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez) registró esta cifra y precisó que siete de esas muertes ocurrieron en el Hospital Universitario de Maracaibo y cuatro en el Centro de Diálisis de Occidente, que interrumpió sus servicios por la falta de planta eléctrica.

De acuerdo con esta comisión, en el Hospital General del Sur fallecieron tres niños por desnutrición, entre el 11 y 12 de marzo, y en la Unidad de Diálisis del Lago, una persona que tenía seis meses sin recibir tratamiento.

Residentes entre carencias y zozobra

En diciembre de 1865 se erigió, en pleno centro de Maracaibo, el Hospital Nuestra Señora de Chiquinquirá. Más de 150 años han pasado desde entonces y su estado actual es el reflejo de los hospitales venezolanos que quedaron marcados por la huella de la desidia. Aquí hay problemas con el agua y tampoco funciona el ascensor ni el aire acondicionado.

En las afueras del hospital, algunos permanecen sentados de brazos cruzados. La entrada al lugar está restringida. Dos personas de seguridad observan a quienes entran y salen, incluyendo sus bolsos. En el pabellón central se impone el silencio hasta que, repentinamente, el agua comienza a salir por un grifo y, minutos después, una enfermera empieza a llenar algunos envases, pues así como muchos zulianos, desconoce cuándo volverá a llegar el servicio.

Dayana* es médico residente y solo le falta un año para terminar su posgrado de cirugía, pero lidiar con las fallas de los servicios básicos ha retrasado la culminación de sus estudios. No hay suficientes pabellones habilitados y, por ende, no puede cumplir con las horas establecidas para convertirse en cirujano.

Ante esta situación, explica que en agosto de 2018 ella y un grupo de residentes habilitaron un pabellón con su propio dinero y con la colaboración de familiares y amigos. Para su sorpresa, “después sacaron un artículo en la prensa diciendo que el gobierno bolivariano inauguró un pabellón en el Hospital Nuestra Señora de Chiquinquirá”. Aquel espacio duró poco tiempo abierto, porque los problemas eléctricos y la falta de soluciones gubernamentales los obligaron a quedarse nuevamente sin un lugar para realizar intervenciones quirúrgicas.

“Los residentes de cirugía son los más afectados en este momento. Imagínate, los pusieron a rotar por diferentes hospitales, pero es tanto el interés de ellos porque están en su etapa de aprendizaje que hicieron tómbolas y otras actividades para reactivar un pabellón y operar aquí”, relata la doctora Colmenares.

En el Hospital Nuestra Señora de Chiquinquirá tampoco cuentan con los insumos de primera necesidad, cada paciente debe costearlos. De acuerdo con el primer boletín de 2019 de la Encuesta Nacional de Hospitales, el desabastecimiento en quirófanos se mantuvo alrededor de 35% durante el 16 de noviembre de 2018 y el 9 de febrero de 2019.

“Durante el período monitoreado se registraron un total de 1.557 muertes atribuibles a las fallas de insumos en los centros hospitalarios, de los cuales 756 fueron a causa de un trauma agudo y 801 por enfermedad cardiovascular aguda”, también se lee en el informe.

Las precariedades no son los únicos obstáculos. Dayana también reconoce que los residentes han sido víctimas de persecuciones por protestar y que los robos no son una novedad en su sitio de trabajo.

El área de Pediatría tampoco está operativa y menos de 20 camillas ocupan el pabellón central. El espacio no es suficiente para cubrir las necesidades. Dayana continúa sentada frente al escritorio. Aunque debe seguir operando, las condiciones se lo impiden. “No podemos atender aquí a los pacientes que llegan de emergencia, los tenemos que referir a otro hospital”, dice con resignación.

Lucha sin insumos

Las moscas se ven por doquier en el Hospital General del Sur Dr. Pedro Iturbe y, en su interior, las filtraciones también se hacen notar. Aquí, como en la mayoría de los hospitales marabinos, las carencias ensombrecen el día a día de quienes buscan recibir atenciones médicas y terminan viviendo una odisea.

Foto: José Daniel Ramos

Los médicos residentes del lugar están conscientes de eso y, con pesar, lamentan no poder ofrecer soluciones. “Es triste ver morir a un paciente”, dice Luisa, una de las doctoras del centro de salud que se fundó en 1948 para ofrecer tratamiento contra la tuberculosis y que, con el pasar de los años, amplió sus servicios para convertirse en un hospital general.

Actualmente, las enfermedades que estaban erradicadas han vuelto a causar estragos en la población. Sobre ello, Luisa también reconoce que ha sido testigo de la proliferación de casos de tuberculosis, difteria y sarampión, enfermedades que son más difíciles de tratar en el país ante la falta de insumos.

“Yo nunca en mi vida había visto un caso de sarampión, eso lo escuchaba de los abuelos. No hay un nivel primario, no hay prevención y el paciente requiere de unos cuidados que no se le pueden dar acá”, explica Luisa.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia reveló que entre 2017 y 2018, Venezuela ocupó el quinto lugar de los países con más casos de sarampión en el mundo con un total de 4.916 afectados. Respecto a las cifras de este año, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) precisó en su informe de actualización epidemiológica que, desde el 1 de enero al 18 de junio de 2019, se reportaron 332 casos confirmados de sarampión en Venezuela.

El laboratorio del Hospital General del Sur no funciona completamente y el área de cirugía pediátrica dejó de operar. Actualmente, solo están abiertos cinco de sus diez pisos. “Es difícil, porque una cosa es que tengamos los conocimientos, pero otra cosa es que no tenemos las condiciones”, dice Luisa.

Los alimentos para los pacientes tampoco llegan con regularidad y la leche es la que menos se ve en su despensa. En otros tiempos, esto podría resultar una sorpresa, pues Zulia era uno de los mayores productores de lácteos en el país. En consecuencia, la doctora asegura que los pacientes deben escoger entre comprar la comida o las medicinas que necesitan.

Pese a esta situación, Luisa asegura que no quisiera irse del país. “Migrar no es fácil; así te vayas con un posgrado, no es fácil”; sin embargo, el salario que recibe se ha convertido en un incómodo recordatorio, en un esfuerzo no reconocido. “Es imposible sustentarse aquí, un salario no alcanza ni para comer un día”, agrega.

En medio de aquellas precariedades, existe un control de parte de la fuerza militar que los médicos no ocultan. “Aquí todo está militarizado y nadie puede decir nada. No podemos hacer listas de los insumos que faltan”, dice Luisa.

Foto: José Daniel Ramos

La esperanza languidecida marca los días de los pacientes que esperan soluciones. Cada hospital es la prueba de la emergencia humanitaria compleja que atraviesa la entidad zuliana. Los médicos, por su parte, siguen trabajando en un país que carece de las condiciones básicas para ejercer su profesión. La situación era impensable años atrás, por lo que para muchos en la actualidad representa un retroceso de siete décadas.

*Los nombres utilizados fueron modificados para proteger la identidad de los entrevistados.

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