• En conversación con El Diario, el esgrimista y diputado venezolano relató los recuerdos de su infancia, así como los logros de su carrera deportiva y su breve paso por la política nacional

Desde hace nueve años el nombre de Rubén Limardo Gascón es reconocido en Venezuela. Muchos lo identifican con su rostro cubierto por un casco de fina malla gris y con una armadura acolchada blanca que se extienda hasta sus pies, porque su uniforme de esgrima fue el que le permitió alcanzar la fama.

Su mejor momento lo obtuvo cuando se convirtió en el atleta que consiguió la segunda medalla de oro para el país en la historia de los Juegos Olímpicos; aunque por las calles de Ciudad Bolívar, su ciudad natal, se hablaba años atrás de los éxitos del joven en este deporte excéntrico. Los más extremistas quizá se resistan a recordarlo luego de la efímera pero ruidosa aventura política de 2015 que lo llevó a la Asamblea Nacional. Lo cierto es que su vida de diputado fue efímera.

El reconocimiento público y las medallas importantes no fueron lujos tardíos en su vida. A los 16 años de edad ya pertenecía a la selección nacional adulta de esgrima, a los 22 acudió a las olimpiadas de Pekín 2008, y a los 26 conquistó el oro en Londres 2012. Lo alcanzó — dice — a base de esfuerzo, valores y principios, palabras que desde la infancia entraron en su léxico. Venir de una familia que resistía los embates de la precariedad con el atareado y honroso trabajo de la educación pública o de mercaderes de alguna que otra pieza de vestir, dan fe de su pasado para nada ostentoso pero de sacrificio genuino.

“Siempre aprendimos mucho de las personas que nos rodeaban. Mi mamá buscaba personas positivas, que estuviesen encaminadas hacia ese rumbo. Siempre ayudamos, siempre estamos para ayudarnos en conjunto. La familia es un pilar fundamental en nuestras vidas. Yo sé que para ellos era bien difícil la situación, pero siempre tenían una sonrisa y hacían que saliéramos adelante”, reflexiona Rubén Limardo para El Diario.

Su historia es de esas de superación que abundan en Venezuela, pero con un inusual trasfondo altruista: con todas las dificultades económicas, su madre decide adoptar a cuatro niños. Son sus hermanos. Sin distinción ni excepciones. Con ellos compartió la escuela, las tardes de bicicletas, las típicas festividades locales como la Feria de la Sapoara, y las pescas en los ríos Orinoco y Cure. Cuando da un respiro a la esgrima, la caña de pescar es la mejor manera para (re)conectar con su niñez. No pasa a menudo, puesto que no se permite muchas distracciones. Es un esgrimista a tiempo completo.

“La vida del deportista no es de muchos hobbies. Hay que estar bien concentrado en lo que se quiere si de verdad buscas tener un éxito grande”, dice, mientras reconoce que dejó de vivir alguna etapas de su juventud por su dedicación al deporte. “Sí he dejado muchas cosas atrás, pero no me arrepiento porque son sacrificios que hice para lograr un objetivo personal y de la familia. Siempre tuve ese sueño que me mostraron en la vida, que era el ser campeón olímpico”.

Es a ese carácter ganador y a su familia a quien le debe, en parte, sus éxitos deportivos. Su tío — o su segundo padre, como le dice — Ruperto Gascón fue quien lo inició en la esgrima de forma profesional. No sin antes pasar, claro está, por el inobjetable deporte nacional: el beisbol. Pero eso quedó en las típicas partidas de barrio. A los 14 años de edad ya su meta era ser uno de los mejores esgrimistas del mundo y cumplir su sueño olímpico. Un caso nada convencional que entonces lo hizo merecedor de burlas y críticas. Su respuesta más habitual era levantar los hombros y seguir su camino.

Ruperto Gascón | Foto: Líder en Deporte

“Mis compañeros de estudio siempre se burlaban de mí porque yo hacía este deporte, que consideraban algo ridículo, y decían que yo no iba a hacer un campeón, que era algo estúpido. Prácticamente puedo decir que sufrí bullying en ese aspecto, pero a mí no me importaba, yo simplemente tenía la convicción de ser un gran atleta, de representar a mi país. Cuando estás en el proceso de ese camino te dicen que no puedes, que estás loco, que eso es aburrido. Y cuando llegas, todos quieren ser como tú, todos dicen que te apoyaron, que sabían lo que ibas a hacer”, relata.

El trato difícil con sus compañeros no siempre se debió al deporte que eligió como su vida, sino también a su bajo estatus económico, en especial cuando ingresó juntos a sus hermanos a un colegio público. “Siempre fui rechazado por ser una persona humilde. Mi mamá hizo el sacrificio para que tuviésemos una mejor educación, pero resulta que era prácticamente lo contrario. Los valores y los principios estaban en otro lado y la gente lo que tomaba en cuenta eran otras cosas”, rememora. La discriminación lo llevó a culminar su bachillerato en el Colegio Oya Pari, donde se reencontró con un entorno agradable.

Pero las críticas son más bien un incentivo para agradecer a quienes lo apoyaron en su camino al éxito. Menciona especialmente a sus padres y a sus compañeros de esgrima, quienes siempre vieron en él la imagen de un referente, según comenta. Todavía se reúne con sus amigos de infancia y de bachillerato en contadas ocasiones, especialmente en Navidad; el contacto es constante.

Polonia, el camino al éxito

El deseo de triunfar, la calidad que empezaba a manifestarse y el interés por recibir una mejor preparación en el deporte, llevó a los Limardo a Polonia. Y, cómo no, fue su tío quien estuvo detrás del plan de seguir formándolo en la esgrima. Si quería ser el mejor, tenía que estar rodeado de los mejores. Por primera vez para Rubén, Venezuela no le ofrecía lo que buscaba.

“Él (Ruperto Gascón) se encontró una situación bien difícil en Venezuela. Él decía que quería hacer su carrera, formar campeones y trabajar con la esgrima. Entonces hizo un contacto en Polonia, se fue para allá e hizo una estabilidad repentina, nos hizo la propuesta a los sobrinos y a algunos compañeros, y nosotros decidimos irnos con él. Polonia era la mejor en las categorías juveniles en el circuito europeo y mundial. Si él quería tener resultados, tenía que buscar un país económico que brindara la oportunidad”, comenta.

Desde el año 2000, cada cita regional o mundial de esgrima tiene el nombre de Rubén Limardo inscrito, salvo el campeonato mundial de mayores que se perdió debido a una operación de los ligamentos. Los récords también llevan su nombre y apellido. Doce copas mundiales de esgrima en categoría juvenil y el invicto en toda una temporada es una hazaña de la que solo él puede alardear. Y con él, Venezuela.

También son motivo de orgullo sus dos subcampeonatos en el Campeonato Mundial de Esgrima, sus siete medallas en Juegos Panamericanos (tres de oro), las cuatro preseas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, y el oro en los Juegos Bolivarianos de 2005.

Limardo conquistó el Panamericano de Esgrima en Santiago de Chile 2015 | Foto: AVN

Al igual que millones de venezolanos en la actualidad, en su momento Limardo debió sortear las dificultades del éxodo. “No fue fácil al inicio. Venezuela es un país totalmente abierto, en cambio Polonia es un país frío, pero bien organizada y se aprende de todo. Tienes que adaptarte a las reglas y a la disciplina”, comenta. Como cada recuerdo de las diferentes etapas de su vida, asegura que el cambio cultural también contribuyó a su éxito. Quizá venir de un entrenador disciplinado, estricto y soñador, como lo describe, hizo que su adaptación fuese menos traumática.

Pero como venezolano empedernido que es, lo mejor de estar en Polonia es que el regreso a casa, que hacía trimestralmente en un principio, era aún más emocionante de lo normal. Sentir el amor y la atención de sus padres era lo que más impulsaba sus ganas. Sin embargo, desde 2010 cada regreso tiene menos de alegría y más de añoranzas.

“Mi madre falleció hace casi nueve años, y a pesar de que yo regrese a Venezuela, no es lo mismo que antes. A pesar de que tengo a mi papá y lo disfruto al máximo. Por más que uno lo pueda superar, siempre va a faltar algo. Hay un vacío. Lo único que desearía en este momento es revivir aquellos momentos bonitos cuando yo regresaba de Polonia y siempre iba a los brazos de mi mamá a sentir el calor, la sonrisa. Es lo único que pediría, pero se sigue viviendo, luchando. Siempre con la visión hacia el futuro”, sostiene.

A su mamá le alcanzó — al menos — para verlo cumplir uno de los sueños que tanto aspiraron: llegar a unos Juegos Olímpicos. Fue en Pekín 2008. La sensación en aquel momento, describe Limardo, fue la de ganar una medalla olímpica. Aunque acudió con la aspiración de subir al podio, hoy reflexiona que no era lo suficientemente maduro y profesional como para sumar una presea a Venezuela. China fue solo el primer paso para lo que vendría cuatro años más tarde, en Londres 2012. La medalla de oro ya era una realidad.

Oro olímpico en Londres 2012 | Foto: Cortesía

“No me gusta la política”

El 6 de diciembre de 2015 puede ser una de las fechas que los venezolanos difícilmente olviden. Rubén Limardo tampoco. Ese día no solo la política venezolana dio un vuelco, sino también lo daría su vida. En las elecciones parlamentarias de ese año, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) propinó la mayor derrota electoral del chavismo. El PSUV solo obtuvo 55 de los 167 escaños de la Asamblea Nacional. Entre ellos, Limardo, quien fue electo como diputado suplente por el estado Bolívar. Su intención, revela ahora, no era meramente política.

“Siempre he querido trabajar por el deporte del estado Bolívar, entonces de alguna u otra manera fue una oportunidad. Yo dije ‘bueno, arriesgo mi pellejo para que el deporte de Ciudad Bolívar crezca’. Pero creo que eso quedó en palabras, no se hizo nada. Pensé que eso me podía ayudar para dar un salto más adelante para ser un gran dirigente, pero no era el momento para mí porque estaba todavía muy prematuro, sin muchos conocimientos en este campo. Son experiencias que uno va aprendiendo en la vida”, asegura.

Esta vez el rechazo no era por su disciplina deportiva ni por su estatus económico, sino por su relación con la política y con el PSUV. Quien alguna vez recibió elogios por representar a Venezuela, era criticado por representar al partido del régimen de Nicolás Maduro.

“Fue bien difícil para mí asumir esto. Mucha gente que pensaba que eran mis amigos, que eran mi familia, de un día para otro los vi hablando pestes de mí… Claro, te tachan y queda como una raya en ese camino, y siempre la gente te va a criticar”. Aun así, asegura que sigue dedicando sus logros deportivos a los venezolanos. A todos. Incluso a aquellos que no sientan como suyas sus victorias.

Nicolás Maduro le entregó la bandera para los Juegos Olímpicos de Río 2016 | Foto: AFP

De su pensamiento político dice poco, aunque reconoce que sus padres eran de izquierda. Como político primerizo — o como no político, mejor dicho — solo argumenta que su intención es ayudar a quien más lo necesita. No solo lo avala el ejemplo de vida de su madre, sino su proyecto para formar a esgrimistas en Polonia. Solo se permite diagnosticar, muy por encima, a la sociedad venezolana:

“A veces las cosas que suceden son buenas para que el país salga adelante, para que nos demos cuenta como venezolanos que nos dañamos entre nosotros mismos, y que si cambiamos esa mentalidad, que si rescatamos esos valores y esos principios que se han perdido mucho, Venezuela va a salir adelante. Somos hermanos y deberíamos trabajar juntos, tendernos las manos. Aquí todo es una trampa. La Venezuela que yo deseo es que trabajemos todos juntos para que sea un país potencia a futuro”.

Lo más cercano a la política que ha estado desde que fue electo diputado fue cuando trascendieron sus críticas al Ministerio de Juventud y Deporte por el incumplimiento de los compromisos con la delegación de atletas venezolanos en los Juegos Panamericanos de Lima 2019. No obstante, aseguró que ya el entrenador se reunió con delegados del ministerio, quienes se comprometieron a saldar las deudas y trazar el plan a los JJ OO de Tokio 2020 sin inconvenientes. Su separación del conflicto político es una declaración de intenciones. Su futuro está en el deporte.

“Para lo próximo, obvio que no quiero saber más nada de política. No me gusta. Me siento muy bien como lo he ido manejando últimamente en el deporte, me encanta y me veo mejor dándole triunfos a mi país, porque eso es lo que quiere la gente: ver triunfar a sus atletas. El deporte une a un país. Eso es lo que quiero ahora. Me he ido totalmente de la política y creo que me apresuré muchísimo en ese momento, era un muchacho joven que quizá no sabía lo que estaba haciendo”, asevera.

Para Limardo la verdadera — y única, quizá — pasión es la esgrima, ese deporte que desde los 14 años lo hacen vivir el día a día con felicidad y rigurosidad. Para él, el sacrificio fue su método y los objetivos casi siempre los cumplió. Ahora avisa que va por medalla en Tokio, por el oro en el Campeonato Mundial, y ya piensa en llegar a las olimpiadas de París 2024. Los venezolanos, con sus idas y vueltas, siempre tendrán a su esgrimista récord.

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