Mario Morenza recuerda que cuando era niño, de la mano de su abuela, veía cómo las personas se abalanzaban sobre las verduras que caían de los camiones en el Mercado de Coche. Muchos lo hacían para revender esos productos a menor precio, sobre mantas a las afueras del lugar, mientras que otros resolvían su comida del día en aquellas papas sin reclamar del suelo. Esa experiencia lo marcó, pero también le enseñó a prestar más atención en los pequeños y sórdidos detalles del mundo que rodeaba.
Al crecer, Morenza se encontró con más indigentes que fueron personajes secundarios en varios momentos de vida. De sus años como estudiante en la Universidad Central de Venezuela (UCV), evoca a Chapita, quien siempre vestido con una bata blanca, deambulaba por el campus ganándose el cariño de la comunidad. Pocos sabían que en su juventud había sido un estudiante de Medicina e hijo de un político, y que cayó en el alcoholismo al no poder superar la muerte de su madre y de un paciente. Chapita fue asesinado a golpes bajo un puente cerca de la universidad en 2008.
También estaba Monopunk. Una leyenda urbana de los bajos fondos caraqueños de los años noventa, protagonista de mil cuentos entre peleas callejeras y música pesada. Era ya casi mitológica su inmortalidad de tantas veces que lo habían matado en rumores, solo para encontrarlo vivo y libre en algún concierto clandestino. Morenza da constancia de que fue real. Más de una vez le tocó brindarle un perro caliente por Bellas Artes, quizás un poco coaccionado por su intimidante aura punketa.
A todos esos indigentes ilustres, próceres de la decadencia, el escritor dedicó su primera novela, titulada El plano inferior, que se publicó a principios de este año por parte de Monroy Editor. Es la décima entrega de la colección Narrativa Contemporánea, y el primer libro que sale bajo la coordinación de Antonio López Ortega, tras el fallecimiento de la reconocida investigadora Violeta Rojo en diciembre de 2024. Se puede conseguir en formato digital en Amazon, y en físico en librerías como El Buscón, en el centro Trasnocho Cultural.
Literatura de la errancia
En entrevista para El Diario, Morenza cuenta que El plano inferior originalmente iba a ser un relato de unas cuantas páginas llamado No seas feliz en este momento, que cerraría un libro de cuentos en tres actos que todavía se mantiene inédito. Sin embargo, señala que mientras escribía y buscaba referencias sobre mendigos en la literatura, su historia cobraba cada vez más vida, hasta crecer por sí sola en un archivo de más de 160 páginas que, sin proponérselo, se volvió su primera novela.
Así, en El plano inferior cuenta la historia de Edward Gómez, un prestigioso arquitecto que un día decide desaparecer de la vida anodina que llevaba. Se va a vivir a las cloacas de la ciudad imaginaria de Nueva Caracas, donde se une a un grupo de indigentes conocidos como citizens, cada uno con su propia extravagancia de cómo acabaron allí. En el caso de Edward, ahora apodado “Valle-Coche”, se dedica a construir una ciudad debajo de la ciudad, con gran maqueta en la que erige con basura modelos de todas aquellas obras de la Caracas que nunca fue.
“Ese cuento fue creciendo porque quizás entendía que en el proceso de volver a ese mini relato aparecían más personajes, como una metáfora de la cantidad de gente que recorre las calles. Y también descubrí como cuando uno se asociaba con un tema, que no pocos autores, tanto venezolanos como hispanoamericanos o del mundo, han tocado este tema”, agrega.
Ciertamente, no son pocas las referencias de indigentes literarios que menciona, a quienes dedica epígrafes y guiños a lo largo de su obra. Por ejemplo, habla de Las novias del mendigo, de Rómulo Gallegos; Los comemuertos, de José Rafael Pocaterra; o los poemas de Vicente Gerbasi, a juicio de Morenza el autor con más mendigos de la poesía venezolana, a quien dedica un capítulo con un pastiche de sus versos.
“Quizás ahorita existan más, pero la misma literatura, que es reflejo del alma de un país, los ha cristalizado en personajes memorables”, refiere.
Universo literario
Este tributo a los grandes indigentes de la literatura hace incluso que personajes de otras obras salten a sus páginas. En alguna conversación entre policías se cuela el nombre de Juan Achares, el protagonista del cuento Boquerón de Humberto Mata como una bala perdida en la sordidez de la ciudad. Pero El plano inferior no solo bebe de los clásicos, sino que está instalada dentro de su propio universo, disperso en buena parte de la obra de Morenza.
En ese libro de cuentos al que originalmente pertenecía la historia, también se incluiría Las tribulaciones de un censor antiplagios, ganador en 2016 del 71° Concurso de Cuentos de El Nacional, y que va de un escritor que instaura una dictadura literaria en el país. Tras la caída del “Gran Escritor”, se instaura otro sistema llamado “neogomecismo”, que reivindica el regreso a los tiempos de Juan Vicente Gómez bajo el lema “De vuelta a la felicidad”, aunque se convierte en una nueva opresión que prohíbe cosas como los horóscopos, los ruidos de noche e incluso la ficción.
Varios pasajes de esta etapa “neogomecista” transcurren en cuentos como Insectos, que está en la antología El adiós de Telémaco. Una rapsodia llamada Venezuela (Editorial Confluencias, 2024), seleccionada por Juan Méndez Guédez; o Mi hermano mayor, mención especial en el Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia 2016. También en otros cuentos que permanecen aún sin ver la luz.
Curiosamente, El plano inferior se suponía que sería la última entrega de aquel universo, pero acabó siendo la primera en tener su propio libro. De hecho, el autor explica que su título original, No seas feliz en este momento, era justamente una respuesta de los “citizens” a la antigua consigna del “neogomecismo”.
Morenza bautiza a este universo literario como una “parodia ciberpuketa tropical”. Una historia que toma la distopía de la Caracas real, y la proyecta en una ucronía cargada de humor negro, y con resultados económicos y sociales más o menos parecidos a los de su par de la actualidad. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
“En principio yo pensaba, bueno, es una novela que quiere, digamos, ante la desgracia causar una gracia, o una risa al menos irónica, desenfadada, pero ha habido lecturas varias. Creo que afortunadamente no ha sido solamente esa cara del humor negro, sino que también han habido reflexiones que yo ni me imaginaba”, explica.
Proceso creativo
Morenza es investigador y profesor de posgrado en la Escuela de Letras de la UCV. También dicta clases en el taller de escritura creativa Mares de Narrativa de la misma universidad, así como en la fundación Escuela de Escritores (Ecrea). Comenta que para la escritura de este libro, aplicó los mismos principios de estructura narrativa que suele impartir en sus cursos: partir de la propia literatura para plantear o cuestionar el proceso creativo.
“Siempre estoy replanteando estos procesos de escritura y uno que es importante, por supuesto, es más allá de un esquema, más allá de de una fórmula para escribir un relato. Está justamente en pasearte por la tradición y por quienes han tocado esos temas previamente hablando”, afirma.
Por otro lado, también reconoce la importancia de que el autor forje su propio camino a partir de sus experiencias y percepciones del mundo. En su caso, señala que su historia se fue formando a partir de elementos que tomaba de la vida diaria, como una frase suelta en el metro, o algo visto un domingo al caminar por la calle.
Morenza también fue colaborador en El Diario, donde justamente se dedicó a escribir perfiles y crónicas de la vida urbana, contando las historias de los vendedores y caleteros del Mersifrica (el Mercado Mayor de Coche), de los perrocalenteros y taxistas. Apunta a que de esas realidades fue construyendo el caos tropical de sus cuentos.
“Me gusta experimentar un poco con las estructuras, pero no a lo loco, ojo, sino más bien buscando que esa misma que quiero contar me vaya guiando y encausando. Partiendo, por supuesto, desde algo, digamos aristotélico o incluso hasta cinematográfico. Un acto uno, un acto dos, un clímax y desenlace. Luego tú armas y desarmas, pones para acá, pones para allá. Y de alguna manera El plano inferior en un principio fue como una maqueta que estuve rearmando. Y esas maquetas, en lugar de calles o edificios, eran formas de ver el mundo en cada personaje”, acota.
Museo subterráneo
Alrededor de 2008, el programa 100 % Venezuela de Televen transmitió un reportaje en el que entrevistaron a Monopunk, quien en ese momento se ganaba la vida haciendo malabares bajo el semáforo de Bellas Artes. Al preguntarle sobre su apariencia y estilo de vida, respondió: “Para mí los extraterrestres son ellos, no yo”, mientras jugaba con las rastas de su cabello sin lavar. Gabriel Rodríguez, su nombre real, fue asesinado en esa misma zona en 2013, dejando como leyenda todas sus anécdotas, reales o no.
Parte de esa visión aparece justamente reflejada en la filosofía de los citizens de Morenza. Ellos se consideran a sí mismos personas libres, y se refieren despectivamente a la gente de la superficie como peatones, “tristes reos que deambulan día tras días por las aceras”. Incluso consideran que el destino de los citizens algún día será unirse y conquistar Nueva Caracas.
“En la prehistoria todos fuimos indigentes. En la Edad Media la mitad de los humanos éramos indigentes. Dentro de poco, todos volveremos a ser indigentes”, sugiere un pasaje del libro.
Morenza esboza así una radiografía de un grupo que eligió vivir en las cloacas, más allá de sus circunstancias. Así, además de Valle-Coche, en el grupo de citizens como Jethro Tull, el líder, un anciano hippie que cree en un futuro donde la sociedad regrese a sus orígenes primitivos; Franto, un exforense que por las noches desentierra huesos del Cementerio del Sur para rearmarlos y sepultarlos de nuevo en su colección; o Esteban, quien llega allí escapando de sus responsabilidades familiares y acaba convertido en un asesino serial.
“Creo que son gente que sobrevive. Son muy inteligentes y por supuesto tienen un toque muy macabro y muy cruel”, señala.
En su orgullo como civilización subterránea, los personajes incluso tienen un “Museo de los Citizens”, con recuerdos de indigentes ilustres como el brazo de Monopunk, que esta realidad cayó (anti)heroicamente luchando para derrocar al gobierno neogomecista.
Escapar de sí mismos
Aunque la historia de El plano inferior puede parecer ligera por su humor, no deja de golpear con la crudeza de la violencia, recordando siempre al lector la ciudad en la que está ambientada. Su mundo ocurre en un país enloquecido tras años de vivir seguidamente el absurdo de una dictadura literaria, otra neogomecista e incluso una guerra de sectas religiosas. “Hay mucha gente que quedó, pues, en el abandono o trastocada, y no es para menos, para muestra lo que vivimos acá”, comenta Morenza.
Esto ha hecho que, para muchas personas, la respuesta sea escapar de sus problemas viviendo como indigentes en alguna de las comunidades citizens de la ciudad. Edward ve allí la forma de liberarse del peso de las expectativas ajenas que cargó toda su vida, y de perseguir un sueño de utopía ante el desencanto del país superficial. Otros se eludieron de la justicia, de mujeres obsesivas, de sus trabajos. Algunos simplemente decidieron seguir a la enigmática figura de Ulises Peña, el fundador de los citizens.
Pero a pesar de perseguir la libertad y despreciar al mundo de los peatones, siguen sin poder desprenderse de él. Dentro de sus cloacas crearon sus propias estructuras sociales con jerarquías, tradiciones y hasta días feriados. Para el autor, esas rutinas forman parte del refugio que los indigentes han formado en ese territorio que llaman hogar.
La forma en que Morenza juega con la dualidad entre Edward y Valle-Coche, la lucidez de su locura y las dinámicas de sus personajes asoma una premisa que derrumba cualquier prejuicio o ínfula de decencia: toda persona, en un momento determinado, puede terminar convirtiéndose en un citizen. Algo que no está muy alejado de la realidad, cuando se ve casos como el de Carlos José Martínez, el verdadero nombre de Chapita. O todas las historias e profesionales, cantantes, reinas de belleza y celebridades de televisión que han acabado en las calles empujados por las circunstancias.
“Todos tienen en común que hay un momento en la vida que los marcó, que desequilibró lo que pudiera haber sido un potencial allí una mente brillante. Pero bueno, creo que eso pasa a menudo, ¿no? Aquellos que tienen como la iluminación de su inteligencia y de pronto hay un corto circuito. Creo que todos hemos tenido alguien cercano que le ha pasado eso”, lamenta.
Inéditos
Además de su labor docente y como investigador, Morenza se encuentra trabajando en diferentes proyectos, como un libro de cuentos de autoficción, o un compilado de las crónicas y entrevistas que ha escrito para diferentes portales. También está dedicado a una selección de ensayos sobre literatura venezolana, además de construir la estructura de sus próximas novelas y cuentos.
Sobre los dos libros en los que planea desarrollar su universo “ciberpunketo tropical”, señala que ya están técnicamente listos, por lo que solo necesitan una revisión final y el interés de algunas editorial dispuesta a publicarlos. Con ambos consolidaría su obra enfocada principalmente en el cuento, y que ha desarrollado en ejemplares como Pasillos de mi memoria ajena (Monte Ávila Editores, 2008) y La senda de los diálogos perdidos (Editorial Equinoccio, 2008).
Mientras tanto, Morenza sigue observando la realidad que lo rodea, con sus peatones y mendigos. En un país que también ha enfrentado en los últimos años sus propios experimentos políticos, crisis humanitarias, y opresiones, la línea que separa la vida cotidiana de los citizens puede volverse delgada de un momento a otro.