• Desde hace 15 años Deyanira Liendo ha trabajado como mecánico en un pequeño taller en San Bernardino, y se ha hecho un nombre en la comunidad como profesional, pese a los prejuicios de algunos clientes

A las 2:00 pm, en el taller Electromecánica J.C. de la parroquia San Bernardino (Caracas), Deyanira Liendo, mecánico, está casi adentro de un motor de una Mitsubishi Montero, de color blanco, estacionada al borde de una calle. 

Su baja estatura hace que tenga que subirse a un tobo de pintura vacío para poder ver bien la mecánica del automóvil. Lleva un pantalón azul y una franela rosada algo manchada por la grasa. Sus manos están ennegrecidas, llenas de lodo, aceite, mugre. Así está también parte de su rostro. Sabe exactamente cuál es el problema del referido vehículo, y sabe el nombre de todas las herramientas.

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Foto: Fabiana Rondón

“Tú sabes algo, el dueño de esta camioneta”, dice señalando el interior del motor de la Montero, “Cuando llegó por primera vez, pensaba que yo no sabía nada de nada. El dueño de este es un judío. Y así varios hombres”, dice.

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Muchas veces llegan hombres que piensan que, por ser mujer, no sé nada de mecánica de carros”, afirma

Del otro lado de la calle está el sobrino de Deyanira, Samuel, debajo un Volkswagen Gol de color dorado, intentando arreglar el arranque. “Coño, te llevo diciendo que era el arranque desde hace rato. Este carro ya tenía que estar listo antes del mediodía y todavía seguimos con él”, le grita Deyanira, y le lanza un paño lleno de grasa a la cara. Acto seguido, busca un cartón, lo pone en el piso y le ayuda a bajar la base del carro.

Una breve llovizna amenaza con interrumpir su trabajo, pero pasa rápido.

–Yo pensé que, cuando me habían contactado ustedes, era mamadera de gallo, porque quién iba a querer hablar conmigo, pa’ qué. Además que ahora todo es un secuestro, una vaina– expresa Deyanira.

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Foto: Fabiana Rondón

Estos días de diciembre, asegura, son buenos para el negocio. “Porque todo el mundo se antoja de irse de vacaciones, de viaje, y quieren arreglar sus carros. Hoy es un día bueno, tenemos tres y uno en otro lado que tengo que terminar de arreglar en lo que salga de aquí”.

Deyanira ha vivido 42 años, 15 de ellos los ha pasado como mecánico.

I

Empezó como secretaria en el taller, que ha pasado por varias generaciones de su familia, para poder costearse sus estudios universitarios en la Unexpo Luis Caballero Mejías, en Los Valles del Tuy.

“Yo era de Nueva Cúa. Cuando empecé a trabajar en este taller, me venía en unos autobuses llamados ‘los recogelocos’. Me acuerdo que todos nos peleabamos para poder entrar en esos buses y venir a Caracas. Salíamos a las 3:00 am, y a las 5:00 am ya estaba aquí trabajando. No existía ni el ferro en ese momento”, relata Deyanira.

Luego de varios años, logró concluir sus estudios de Técnico Superior Universitario (TSU) en Construcción Civil. Pero nunca se apartó de la mecánica.

“Después de que me gradué, seguí aquí. Yo empecé como secretaria, pero cada vez que mi hermana necesitaba una factura, yo andaba metida debajo de un carro, viendo la mecánica. Era lo que me llamaba la atención. Y me mudé para acá, porque a veces llegaba a mi casa en Valles del Tuy a las 10:00 pm o 11:00 pm, para solo dormir unas cuantas horas”, dice.

–¿Toda tu vida viviste en Valles del Tuy?

–Viví 30 años en Nueva Cúa, con mi mamá y mi papá, pero más que nada con mi mamá, pues. En mi infancia lo que hice fue joder. Jugaba mucho a la pelotica e’ goma, metrica y fútbol. Desde los 8 años hasta los 17 jugué fútbol en el estadio Ocumare del Tuy.

Mientras cuenta esto, un pequeño perro con correa se pasea cerca de Deyanira. “Esa es la mascota del negocio, come más que todos nosotros, lo tienen demasiado consentido”.

Encima del taller hay una pequeña casa de bloques rojos. Allí todos los que trabajan en el establecimiento cocinan, pueden bañarse y descansar ocasionalmente.

“La mayoría de mis hermanos y yo nos hicimos mecánicos aquí”, comenta. Tiene una familia bastante numerosa, de diez hermanos y 28 sobrinos.

–¿Y desde hace cuánto estás casada?

–¿Casada? ¿Yo? No, yo no estoy casada. Estoy arrejuntá’, que es distinto. A estas alturas yo no estoy para casarme. Eso de las relaciones ha cambiado mucho, el mundo ha cambiado mucho. Ya no estamos pa’ eso.

Su pareja, un señor de mediana edad con camisa azul y cabello corto, está sentado frente a la entrada del taller. Es panadero, y no parece prestar demasiada atención a la conversación de Deyanira, quien es bastante enfática en este punto, como queriendo dejar bien claro ante el lenguaje, ante la sociedad y ante el mundo que no está casada con ese señor.

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Foto: Fabiana Rondón

“Y como yo no puedo tener hijos…”, dice con cierta resignación. Algo en su tono de voz cambia levemente cuando dice estas palabras. Deja de ser, por un momento, esa alegre,  bonachona y jocosa mujer para demostrar un poco de vulnerabilidad.

Deyanira tuvo dos embarazos ectópicos. Uno a los 17 años y otro a los 19. Después de eso, estuvo en tratamiento hasta los 26 años, pero nunca más pudo salir embarazada. “No lo intenté más”, dice mientras se pasa un trapo por la cara.

II

–¿Y quién te enseñó esto de ser mecánico?

–Nadie.

Sin pedirle permiso a nadie. Solo acercándose a los mecánicos viejos, viendo detenidamente lo que hacían, fue que Deyanira aprendió sobre mecánica. “Esto no lo estudié. Ahora andan detrás de mi para que estudie electricidad, pero esa parte no me interesa tanto, yo soy más de la mecánica ligera. Aprendí viendo, preguntando para qué sirve esto o aquello, lo aprendí yo sola”, dice con un sutil tono de orgullo.

Aunque no desprecia los estudios superiores, para Deyanira es más importante la experiencia en este tipo de trabajos. “Tú puedes saber mucho de la teoría, pero si no sabes la práctica, estas quemao’. La técnica es que aprendas lo que vas a desarmar”, asevera. Al decir esto, enciende un cigarrillo Belmont y continúa revisando la camioneta Mitsubishi Montero.

En el momento en que Deyanira empezó como mecánico, vehículos como los Corsa, Daewoo o Fiats estaban de moda en San Bernardino. “Bueno, eran los que más llegaban aquí, al menos. Eso fue cuando empecé a trabajar hace 15 años”.

Y desde siempre recuerda el shock que le suponía a los hombres el hecho de ver a una mujer como mecánico.

“¿Usted es la mecánica? ¿Y usted es la que cambia el aceite? venían y me decían, y yo ‘si mijo soy yo’. Y me respondían: ‘No, no, pero es que yo necesito un muchacho’. Abren el capó con dudas, pero cuando ven que yo les empiezo a hablar con propiedad, porque sé de lo que hablo, me dicen: ‘Ah, pero usted si sabe lo suyo’”. Eso es un día normal en el taller para Deyanira.

No solo ha hecho mecánica, sino que Deyanira construyó su propia casa en Valles del Tuy.

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Foto: Fabiana Rondón

–¿También eres mujer albañil?

–Bueno, acuérdate que yo tengo un TSU en Construcción Civil. Pero sí, yo diseñé mi casa, frisé, pegué los bloques, abrí los huecos, pegué las columnas. Claro, tuve ayuda de mis tíos y hermanos, pero la que sabe hacer los planos, y los hizo, fui yo.

Pero Deyanira no es como otros mecánicos. “No me gusta salir hedionda a gasolina de aquí, en eso si que no soy como los demás, que se que se van a sus casas y se acuestan así”.

Al salir del taller, a las 6:00 pm, va al baño de la casa empotrada encima del negocio, y con un cepillo se empieza a restregar las manos hasta que logra remover todo el sucio. “Me quedan las manos como si no me hubiese acercado a un carro nunca”, cuenta con aires de victoria. Pero acota: “Lo único que me quedan son los callitos ”.

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Foto: Fabiana Rondón

Su vida en la ciudad es monótona. Solo llega a su casa en La Vega (Caracas) y se acuesta a dormir, para repetir la rutina al día siguiente de agarrar “los piratas” que llegan a Bellas Artes y luego de allí en camioneta a San Bernardino.

III

Los únicos momentos de esparcimiento de Deyanira ocurren cuando regresa a visitar a su mamá en Valles del Tuy los fines de semana, algo que hace sin falta.

“Yo mantengo a mi mamá, que está operada de la rodilla y no puede trabajar. Le compro su comida y sus cosas, de hecho lo primero que tengo que hacer siempre, porque ella me lo pide, es llevarle su café con azúcar. Eso es lo más importante”.

Cuando habla de su madre, hay algo enternecedor en la voz de Deyanira. Un cariño intrínseco en cada palabra, cada frase. “Ella nos dio a mis hermanos y a mí el don de la cocina. Yo soy floja pa’ cocinar, pero cuando me pongo lo hago y me sale bien”, dice, y una sonrisa surge en su rostro.

–¿Y cuando vas a visitar a tu mamá, sales por ahí?

–¿Qué, dices si me voy a echar unos traguitos? Pues obvio. Eso me gusta. A veces una, máximo dos botellitas. Pero no suelo salir mucho, prefiero quedarme en la casa y beber dentro.

Cuando está en Valles del Tuy, varios vecinos le piden a ella que revise el carro. “Allá todos son muy limpios (que no tienen mucho dinero), por eso no me gusta trabajar allá. Aquí es donde veo que se mueve el cobre. Conozco mecánicos muy buenos que por no querer salir de Valles están pelando”.

Pero la crisis ha hecho mella también en Deyanira. Cada semana, los costos de manutención de su madre aumentan. Y la comida se hace cada vez más impagable. “Ya yo no sé qué son los bolívares, con eso te lo digo todo. Puro dólar es lo que manejo desde este año”, dice.

Pero no siempre llegan los carros suficientes. A veces suele llegar uno por día, y eso, asegura, no es suficiente para mantenerse.

Mientras está trabajando en la parte baja del motor del Volkswagen Gol, de color dorado, Deyanira se queja un poco de un leve dolor de espalda. Lleva ya bastante rato apoyada de espalda al suelo y concluye: “La mujer venezolana es arrecha. Va pa’ lante pase lo que pase. Así somos nosotras”.

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