• “La Primerísima” de Venezuela abre las puertas de su casa a El Diario. Dice haber vivido una vida tranquila, exitosa. Está orgullosa de su carrera tal como la formó. No se arrepiente de nada, ni tampoco se reprocha a sí misma

Hay lugares en los que el arte se puede oler, sentir, sin siquiera ser visible. Son esos espacios que te hacen pensar que, de ser posible, retrocederías el tiempo para ser testigo de algo que allí sucedió. La casa de Mirla Castellanos es uno de esos lugares. No solo es el hogar de una de las cantantes con mayor trayectoria en Venezuela, sino que ha sido una pasarela de grandes estrellas de la música mundial.

Allí, por donde pasaron artistas como Juan Gabriel, Luis Miguel, Bertín Osborne, o Raphael; “La primerísima” recibe al equipo de El Diario. No es celosa con sus visitas, es más bien cercana. “Hay gente que lo ven a uno como inalcanzable. Ojo, para ellos en su mente, pero yo soy alcanzable, si no no estuvieran aquí sentados”, dice. Sonríe. 

Pautar esta entrevista no fue labor sencilla. El primer encuentro lo canceló por el mismo motivo que lleva a millones de venezolanos a posponer sus planes: primero no tenía agua, luego no tenía luz. Reprogramarla tampoco fue fácil, ya no solo por la misma razón que llevó a suspender la primera, sino porque no deja espacio en su agenda. Entrevistas en la radio, el mensaje de Navidad en Venevisión, ensayos y presentación de la exitosa obra Renny Presente –en la cual participa como una de las protagonistas- forma parte de su ajetreada semana. A sus 78 años de edad, Mirla Castellanos no para de trabajar. Tampoco le interesa dejar de hacerlo.  

Son las 2:30 pm y ya pasó por la radio. Nos da poco más de hora y media para la entrevista; luego debe ir a grabar en un canal de televisión. No le gusta perder el tiempo: lo aprendió de Renny Ottolina. Si se le escapa algún detalle, recurre a Luis Capecchi, su mánager desde hace 29 años, su “hijo perdido”.

Ni bien encendemos las cámaras para la sesión fotográfica cuando ya propone hacerlo en el comedor, muy cerca de la sala. “Acá hay más luz”, dice mientras se dirige hacia una reja con vista hacia un patio interno. La pose también la tenía preparada: se recuesta sobre una puerta de madera con vidrios cuadriculados, dejando al aire su brazo derecho. Pide ver las fotos, pues desea estar segura de que haya salido perfecto. Da su visto bueno; podemos continuar.

Mirla luce impoluta, como siempre. Su melena rubia, muy rubia, ya casi es su marca registrada, como también lo es la camisa de hombreras exageradas y tela ciffon. Los accesorios, también muy llamativos: un collar de pepas blancas que casi dificultan la movilidad de su cuello, unos zarcillos que hacen juego con el color de su camisa, con detalles dorados. La apariencia es algo de lo que se ocupa, pero no le mortifica.

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Foto: Fabiana Rondón

“Yo quiero envejecer en paz. No quiero ni bótox, ni estirarme, ni arreglarme la nariz. Yo quiero ser como yo me veo, y creo que me veo bien en las fotos. Yo nunca jugué a estar buena, sino un target normal, que no ofenda a la gente. Nunca estuve en ese plan, pero sí estar bien vestida en un show para que la gente vea la ropa. Es como un respeto. Primero hacia mí, porque si uno no se respeta, no puede respetar a nadie”.

Si el arte se siente, se percibe, lo más visible en su casa es la familia. Al menos una docena de fotografías se agrupan, casi sin dejar espacio para nada más, en una mesita ubicada en medio de la sala. Es la única forma de tener a sus tres hijos y sus seis nietos en casa.

“Mi hija se fue porque la robaron con uno de sus hijos atrás en el carro. Me llamó llorando y me dijo que se iba. Le querían quitar el anillo, pero a ella no le salía. Le dijeron que se lo quitara o si no mataban al niño. Eso fue una tragedia horrible. Un año después se fue para Miami”, comenta. Sus otros tres hijos también viven en el exterior.

Para ella la familia lo es todo. Tanto, que segura que el momento más importante de su vida, lejos de ser algún espectáculo o algún concierto, fue haber sido madre. “Lo que más me ha llamado como persona y como mujer; lo que me ha ‘amaravillado’ fue el hecho de convertirme en mamá de mis cuatro hijos. Ellos son parte de mi cuerpo. Ya están grandes, ya están hechos y derechos, pero los nietos me reviven otras vez”. Lo dice con orgullo, pero con la necesidad de reafirmarlo constantemente: “sí, son mis nietos”. 

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Foto: Fabiana Rondón

Vivir lejos de su familia tampoco es una novedad en su vida. Cuando sus hijos apenas eran unos niños o adolescentes, era Mirla quien salía de casa para llevar su música a cada rincón del continente. Son los sacrificios que debe atravesar una superstar

“Yo tenía que viajar y tenía que dejarlos aquí a cuidado de mi familia, de una persona. Pero yo decía ‘bueno yo estoy trabajando afuera por ellos’. No fue fácil, porque la mamá es la que marca los hábitos del hogar, la educación, todas esas cositas. Yo creo que a ningún artista le es fácil cuando tiene hijos, porque se tiene que ausentar tanto tiempo para trabajar y hacer una profesión. No es un bonche, como otras personas piensan. Es una profesión y hay que saberlo manejar”, comenta.

No lo toma como un trauma, pues asume que es su trabajo, que es lo que eligió. Sin embargo, de algunas ausencias sí que se arrepiente. Los cumpleaños o los momentos en los que algún hijo se enfermó, es tiempo que ya no puede recuperar.

En su casa no hay espacio para la navidad, más que en los recuerdos. De no ser por un árbol tallado en madera que reposa sobre uno de los escaparates de la sala, bien podría ser cualquier otra época del año en la casa. Así lo decidió Mirla después que su mamá, la gran inspiración de su vida; la que la llevaba a las radios en Valencia cuando era una niña, falleció hace 10 años.

“Cuando se murió yo dije que más nunca iba a poner un árbol de navidad. Todo lo regalé. No sé por qué. Mi mamá hacía las hallacas, aquella cosa, pero yo no seguí la tradición. Puede ser porque me trae recuerdos. Pero eso a mí no me traumatiza”. 

Admite añorar aquellos tiempos en donde la navidad significaba pasarlo en familia, por más humilde que fuera. Sus primeros recuerdos decembrinos la llevan a Valencia, su estado natal, en una casa humilde pero con una familia unida. A Mirla nunca le regaló el niño Jesús. “Mi mamá decía que el niño Jesús era muy pobre y no tenía cómo traerme regalos, en cambios los reyes magos sí”.

Sin embargo, ella dice no sentirse sola. Entiende que la soledad es para aquellos que tienen soledad interna, “y yo no tengo eso”, comenta de forma casi despectiva. Siempre se sintió acompañada, quizá sea una consecuencia de haber entregado su música a millones de personas en todo el mundo, y haber logrado la admiración a donde quiera que vaya.

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Foto: Fabiana Rondón

Una estrella interminable y especial

El 16 de marzo del año 1978, Venezuela recibió una de las noticias más estremecedoras de su historia. Renny Ottolina, el gran locutor y animador de la televisión nacional; el ídolo de millones de personas; el impulsor de la carrera de cientos de artistas, había muerto en un accidente aéreo. Todavía hay quienes lo lloran, pero Mirla no es una de ellas. “Yo no soy de las que llora y aquellas lágrimas que corren”, dice mientras repasa lentamente sus dedos por el rostro, “me conmueven muchas cosas, pero eso de que yo llore, qué va. Me conmueve a mí manera”. Ella prefiere quedarse con los buenos recuerdos y rendir homenaje cada vez que pueda. Y de Renny son muchos los recuerdos que tiene.

“Cuando muere Renny, yo no estaba en Venezuela. Estaba cumpliendo contratos afuera. No pude ir a su entierro ni nada, pero mi corazón y mi mente estaban con él. Yo estaba trabajando en Puerto Rico, en el Caribe Hilton. Pensé ‘seguro el avión aterrizó en tal sitio’, pero cuando regreso a Venezuela después de varias semanas, me enteré de que había muerto y que no conseguían el avión”, recuerda.

A Ottolina lo conoció en la década de 1960, cuando Mirla apenas daba sus primeros pasos en la televisión nacional. Ya había pasado por cualquier emisora que le diera un espacio, gracias a su mamá. A los seis años ya frecuentaba la estación radial en Naguanagua, estado Valencia. Años más tarde acudía a La Voz de Carabobo, hasta que a los 15 años de edad se muda a Caracas, por decisión de su familia. 

Muy pronto, la niña aburrida, galla y muy mala estudiante –como se describe- que imitaba a Lola Flores y su “pena, penita, pena” frente al espejo de la sala de su casa en Valencia, así como a la chilena Monna Bell, estaría en las principales pantallas de televisión del país, primero en El Show de Saume, y luego llegando incluso a ser una de las estrellas de El Show de Renny.

“Él (Renny) nos ayudó, nos daba tips para ser buenos ciudadanos, de cómo se cuida un trabajo, todo eso. Fue un gran baluarte para nosotros. Yo lo conocí en Radio Caracas Televisión (RCTV), que es donde nací. Para mí fue un gran impulsor, pero también para muchos artistas. El señor a mí me ayudó mucho, me puso en primer lugar, me respetó como artista. Él vio en mí una chama que quería surgir y quería aprender, y quería absorber todo lo bueno de la profesión y eso para mí ha sido importante”.

Sin embargo, sus “padrinos” de carrera fueron Oswaldo Yepez y Ricardo Tirado; mientras que Luis Guillermo González fue quien la bautizó como “La Primerísima”. “Renny después lo popularizó, por eso la gente cree que él fue quien me puso ese sobrenombre, pero él fue quien lo dio a conocer”, explica.

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Foto: Fabiana Rondón

Si en González encontró un nombre y en Renny la persona que la popularizó, en la compañía discográfica española Hispavox encontró la llave para internacionalizar su talento. A raíz de ese contrato, su vida cambió para siempre artísticamente: estuvo en el Miss Universo, en Viña del Mar dos veces, en los premios Emmy Músic Awar en Nueva York, en los Premios Billboard, y pare de contar. Ya no los recuerda con exactitud. 

El amor también ha sido un gran apoyo en su carrera. Dice ser una mujer de relaciones longevas, y su historial le da la razón. Primero se casó con el actor y productor Miguel Ángel Landa en el año 1964, con quien además de compartir 18 años de su vida, protagonizó el reconocido programa “Él y Ella”, por RCTV. Durante ese tiempo, Landa asumió su manejo artístico. Dos años después, contrajo matrimonio con otro Miguel Ángel, el empresario español de apellido Martínez: “mi gallego”, como le dice.

“Al primero lo conocí en el ámbito; al segundo yo lo saqué a bailar, y ya tenemos 43 años de casados. Yo lo saqué a bailar en un nigth club que tenía él y dijo que sí. Nos gustábamos, pero él no tomaba la iniciativa y yo la tomé. Si hubiera sido más joven quizá no la tomo, pero ya casada, divorciada, con una profesión de años y con tres hijos, tú me dirás. Ya estaba empoderada totalmente”.

Sobre la coincidencia con los nombres, bromea: “yo soy malísima para los nombres, por eso yo me casé con un hombre con el mismo nombre del anterior. En un momento de pasión ‘dale Miguel Ángel’ y así no me confundo”.

Sin embargo, antes de los Miguel Ángel existió otro. No sabe el nombre, solo recuerda que era “cojito” y “bellísimo de cara”. Tenía 10 u 11 años cuando se enamoró por primera vez, o fue lo más parecido al amor a esa edad.

La vida de artista le ha dado grandes amigos, grandes momentos. Admite algunos errores –como no haber estudiado danza o más música- pero dice no arrepentirse de nada. Si pudiera repetir su vida, lo haría tal cual como la vivió. Cree que el destino es como es, y nada puede hacer para cambiarse. Dice que eso de la reencarnación no es más que un invento, algo que no existe.

“Yo estuve en esta casa hasta las 2:00 am o 3:00 am a Juan Gabriel. Se vino con un amigo y su manager, y trajo una guitarra. Empezamos a cantar una canción y yo la grabé en mi grabador de cassette. A los dos o tres días me fui para mi estudio y me llevé mi grabador para escuchar la canción, y no me apareció el cassette . ¿Qué pienso yo? Que no eran para mí, era para otra gente. No me amargué por eso. A lo mejor hubiera sido un boom, pero una cosa es imaginarte y otra cosa es que sea. Pero yo siempre dije que no eran para mí esas canciones”, cuenta sin demostrar mayor resignación.

El ego no es lo de ella. El rol de estrella lo lleva con la humildad, dice. Aunque reconoce que no siempre es lo que transmite. No sabe por qué, pero cada quien con lo suyo.

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El ego es una mierda, algo terrible. A mí no me gusta decir que soy humilde para que la gente me quiera. La gente me quiere con o sin, pero el ego es terrible. Hay muchos artistas que tienen, que por el hecho de tener ego son ‘no me toques, quédate ahí’. ¿Qué es eso? Ni que uno oliera mal”.

La Venezuela de “La Primerísima”

Ni bien entrar a la casa, cuando Mirla ya advierte: “disculpen que no les ofrezca nada, la señora que atiende no vino, nunca viene”. Tampoco tiene mucho para ofrecer. “A veces se va la luz, el agua. Y sin nada en la nevera, porque lo que gano se va en comida”. La crisis también afecta a las estrellas, y por eso no titubea ni da vueltas para hablar de política. Mirla va de frente, sin temor a nada.

“Yo no soy de izquierda, a mí nunca me gustó. En mis inicios cantaba canciones contestatarias”, avisa. “Usted le da a los socialistas y a los comunistas para que administren el desierto del Sahara y en dos o tres meses empieza a escasear la arena. No lo digo yo, eso lo dijo Churchill”. En realidad la dijo Milton Friedman. Lo que atraviesa el país le molesta, le duele, le indigna. “Me parece una falta de respeto a los venezolanos”, asegura. 

“Cuando llegó Chávez al poder, él vendió esto: ‘vota por mí y verá que vamos a acabar con los Mendoza, con los Cisneros, con todos los ricachones’. No chico, estás loco. Tienes que decir ‘vota por mí y te voy a hacer más rico que Mendoza, más rico que Cisneros’. Y lo decía con aquella arrechera. Yo me acuerdo que mi marido me decía ‘cuidado con votar por ese golpista. Son resentidos sociales. Yo no tengo la culpa que a ti te hayan criado vendiendo arañas. A mí me criaron vendiendo arepitas y aquí estoy, papá. Me encanta que la gente surja. Este señor (Chávez) solo fue él, él y él”, dice.

Su experiencia en la política fue más allá que simples palabras. En el año 1995 se postuló como candidata a la Alcaldía del municipio Baruta. Quedó de tercera, pero el resultado fue lo de menos. En la política encontró un mundo oscuro, algo que nunca quiso descubrir. 

“Cuando uno está en campaña, camina mucho, repartiendo volantes y convenciendo a la gente. Una vez se me acerca una señora y me dice ‘ay señora Mirla, yo sé que usted va a ganar, y cuando usted gane, me le da todos los contratos a mi esposo’. Le dije ‘qué bonita, mi amor, déjame que voy a ir para allá a vomitar’. Se lo dije para que entendiera que lo que me dijo fue una burrada. Y me hizo campaña al revés. Dijo que yo era era testaferro de Cisneros, porque yo cantaba en venevisión. Ojalá. No viviera aquí, viviera en Hollywood”, bromea.

El futuro lo observa con cautela, pero con la tranquilidad de saber que ya ha dado todo de sí misma. Mirla Castellanos siempre ha encontrado la forma de renovarse, de adaptarse. Se lo debe al respeto y al esfuerzo, dice. “El país me ha dado mucho. La democracia me dio mucho. Yo como ciudadana me he portado bien, y he dado todo”. Venezuela siempre tendrá a su “primerísima”.

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