• En El Diario conversamos con tres rostros que asumieron este rol sin ningún tipo de beneficio económico, solo impulsados por las ganas de contribuir con que el sector no se paralice

El reloj marca las 6: 30 am de un miércoles. A esa hora Rudy se dispone a bajar de la camioneta 4×4 en la que sube de lunes a viernes a la populosa barriada de El Valle. Solo un par de segundos después, sin prisa, comienza a subir las 109 escalones que la separan de su destino final: el Colegio San Judas Tadeo, uno de los centros educativos más grandes de Fe y Alegría, y también de esa parroquia caraqueña. 

La mujer de 34 años de edad hace pausas en el recorrido para tomar una bocanada de aire, repite la escena varias veces hasta que llega al último escalón, abre la reja del colegio y exclama: – ¡Buenos días!

Rudy Carpio | Foto: Fabiana Rondón

La conserje y otra empleadas de la institución la saludan : – «Buenos días, profesora». Ella solo sonríe. A Rudy la tildan con un calificativo que no se lo adjudicó una carrera universitaria porque no estudió Educación, pero que se ha ganado desde hace dos años cuando asumió el reto de impartir clases en la institución, con la única finalidad de no dejar en el limbo a un grupo de niños ávidos de recibir conocimientos. 

Y es que en medio de la crisis económica, el sector educativo ha visto como miles de profesores renuncian a sus cargos, obligados por los bajos salarios y los incumplimientos del Estado venezolano en sus contratos colectivos. 

Ante esto Fe y Alegría ha intensificado su programa de madres voluntarias permitiendo que muchas de ellas asuman el rol de profesoras en las aulas, no sin antes formarlas y guiarlas en áreas como  la estructuración de un cronograma educativo, lo cual resulta un punto fundamental en la formación académica de los niños.

De madre a profesora

Hace dos años Rudy Carpio acudía a la institución como representante de sus tres hijos. Sin embargo, tras acceder a hacer una suplencia a una profesora de segundo grado la cercanía se volvió recurrente. Los maestros comenzaron a faltar y ella aceptó suplirlos en varias ocasiones. No tenía conocimientos de algunas materias pero sí disponibilidad, ganas de aprender y sobre todo, de contribuir con el colegio. 

Actualmente, y tras la renuncia de varios docentes en la escuela, es la profesora de sexto grado (sección «A»). 

Rudy Carpio | Foto: Fabiana Rondón

Los 25 niños que tiene bajo su cuidado son sus «hijos», así lo siente y por ello asumió el cargo en medio de tanta adversidad. Rudy no recibe un solo bolívar por su labor, accedió a hacerlo de forma gratuita. En su casa los ingresos económicos llegan gracias a su esposo, quien la ha alentado a continuar con la labor que realiza. 

Dejarlos solos, sin un profesor, yo eso no me lo puedo permitir. Todos ellos (sus alumnos) son importantes para mí. Quiero que sean los mejores, luchadores. El día de mañana van a estar en la calle y serán doctores, administradores. Pero si no tienen maestros es difícil que eso ocurra», detalla la mujer desde su aula de clases.

Su conexión con los menores no se discute, conoce de memoria las normas que deben seguir dentro del aula. Rudy, risueña y alegre por relatar en qué se basa su trabajo, comenta que ha tratado de crear empatía y actividades grupales para desarrollar más el compañerismo entre los estudiantes.

Una de las tareas que ha asumido es no dejar que la crisis borre tradiciones escolares, por lo que en diciembre pasado recolectó ingredientes y materiales para poder decorar el salón y ofrecer una fiesta de Navidad. 

Otra labor que asumió es incentivar a los niños a mejorar en sus actividades. Rudy les estampa sellos y calcomanías para motivarlos, todos los materiales salen de su presupuesto, no pide ayuda a los representantes. 

Toda su experiencia a la largo de estos dos años la ha enamorado de la educación, por eso ha realizado varios cursos. Ahora aspira a estudiar la carrera y ser oficialmente educadora. 

Una solución no improvisada

En la planta baja del mismo centro educativo de Fe y Alegría está el salón de preescolar que dirige Roxana Peñalosa, una ama de casa de 38 años de edad que se desempeña como profesora ante la falta de docentes. 

¿Cómo se dice? Repite conmigo : «Es-tre-lla», explica Peñalosa a una de las niñas que se acerca con dudas de las tareas asignadas previamente. 

Roxana Peñalosa | Foto: Fabiana Rondón

A Roxana le encantan los niños, asegura que siempre ha tenido paciencia para darle instrucciones y brindarles alguna enseñanza. Como maestra de preescolar ya tiene cinco años. En el aula no está sola, su labor la desempeña junto a una docente graduada de la que ha aprendido mucho en este período de tiempo. 

En estos cuatro años Roxana ha visto cómo la crisis ha llegado a las aulas, no solo por los maestros que renuncian, sino también por los niños que emigran o los que no llevan desayuno por falta de recursos.

Aunado a eso está la falta de material para poder trabajar e impartir clases adecuadamente. Las maestras usan hojas reciclables e incluso, en muchas ocasiones, compran los útiles que faltan. 

«Yo soy muy feliz me encanta estar con ellos, a veces me hacen llorar, me hacen reír, pero aquí sigo. Me motiva la situación de los niños, hay muchos que no tienen a sus papás aquí, que emigraron, entonces están faltos de cariño y compresión. Cuando no tienes eso puedes ponerte a inventar muchas cosas, uno aquí los va guiando y los atiende». Roxana Peñalosa.
Roxana Peñalosa | Foto: Fabiana Rondón

Peñalosa es consciente de que las madres no cuentan con todas las herramientas de un educador con experiencia, pero en medio de las dificultades es una opción que ha surgido para no dejar a la deriva a muchos. En el caso de Fe y Alegría la inserción de padres se ha realizado sin improvisación aparente, hay orden e inducción.

Yameli Martínez, coordinadora Nacional de Ciudadanía de Fe y Alegría, explica para El Diario que la asociación ha capacitado a madres desde hace muchos años para que brinden una orientación adecuada a sus hijos.

Yameli Martínez | Foto: Fabiana Rondón

Ahora han modificado el programa para que reciban herramientas más completas y así puedan asumir el rol de profesores. Aclara que las madres no se encargan de todo el proceso educativo, pues siguen un cronograma que es dictado previamente por una coordinadora pedagógica.

«Los procesos de evaluación son más complejos, no cualquiera puede evaluar, yo puedo tener la mejor intención del mundo pero si no sé cómo levantar buena información, hacer registro o detectar cuando un niño está haciendo algo bien o mal, es mucho más complicado, entonces esa responsabilidad se la damos a los coordinadores pedagógicos», explica Martínez.

Vacantes. En la Gran Caracas hay 360 plazas disponibles, solo en Fe y Alegría

En la Gran Caracas han ofrecido orientación a las madres que asumieron el rol de docentes e incluso les han brindado la oportunidad de estudiar Educación Superior a través del programa de capacitación laboral. 

«En Venezuela tenemos cinco universidades y en la Gran Caracas tenemos dos, en Catia y Petare, en esas dos hay madres formándose ahora. Queremos que puedan profesionalizarse, incorporar a las nóminas docentes para que así puedan recibir lo que por salario les corresponde porque ganar ahorita a través de suplencia no alcanza ni para un pasaje», detalla. 

Otra medida que impulsa Fe y Alegría es la de fusionar secciones para así garantizar que todos los alumnos puedan recibir clases.

Además, uno de sus centros educativos ubicado en La Vega: la escuela Alianza, implementó la modalidad de organizar materias por áreas de conocimientos. Matemática, Física y Química, por ejemplo, son «Ciencias», una materia en la que el docente debe impartir las tres asignaturas. 

Las instituciones implementan cualquier tipo de medidas para resistir, no solo las que integran Fe y Alegría. En el oeste de Caracas, en Catia, está Héctor Viscaya, el padre de un joven de 14 años de edad que actualmente vive en Ecuador, y que debido a la falta de maestros en la escuela donde estudia su sobrina, tomó la decisión de ofrecer sus servicios, sin recibir compensación económica. 

Héctor Vizcaya | Foto cortesía

Vizcaya tiene cuatro meses impartiendo clases de Formación Ciudadana y Ciencia de la Tierra a los alumnos de cuarto año del Liceo José Rojas Armas. Tampoco es docente graduado, es administrador y actualmente trabaja en la Asociación de Trabajadores y Emprendedores afiliada a la Cámara de Comercio de Caracas.

Confiesa que se ofreció a impartir clases por el temor de que dejen entrar a las aulas a los integrantes del Plan Chamba Juvenil, “No quiero que venga un loco a hablarles del Che Guevara o de Chávez”, reconoce. 

Educación en picada. La deserción escolar, la renuncia masiva y los problemas de infraestructura han derivado en una generación de alumnos que no está preparado. Yamelyz Cruz, de Fe y Alegría, coincide con esta alerta, y reconoce que ya poco se puede hacer para solventar.

De las materias que imparte tiene conocimientos básicos, aunque admite que no es suficiente, trabaja con la directora del plantel para tratar de solventar la problemática de docentes profesionales.

Uno de sus propuestas es presentar un proyecto ante los decanos de universidades que imparten educación para que los bachilleres de los últimos semestres de la carrera puedan hacer su labor social o pasantía en el liceo. 

Héctor asegura que pese a este tipo de soluciones, hay una generación que no está creciendo con las herramientas educativas necesarias para lograr convertirse en profesionales de alguna área.

Héctor Vizcaya | Foto: Fabiana Rondón

“El problema es que la generación que estamos formando ahorita no está preparada. Ningún gobierno que llegue hoy va a solventarlo. Estos alumnos de hoy cuando llegan a primer año no saben nada y se gradúan sin saber nada, ni hablar de la universidad, es la realidad que tenemos ahorita como país”, dice Yameli Martínez visiblemente indignada por la situación.

Pese al panorama en Fe y Alegría y el resto de las instituciones educativas siguen caminando en suelo pantanoso con el objetivo de contribuir con que los niños no pierdan el acceso a la educación.

El llamado es que puedan escuchar el grito que están haciendo los educadores en Venezuela, si no hay negociación, no hay soluciones. Tienen que escuchar y actuar”, pide Yameli.
Yameli Martínez | Foto: Fabiana Rondón

Mientras, rostros como los de Rudy, Héctor y Roxana, se mantienen en las aulas de clases para ayudar, en la medida de sus posibilidades, a un sector educativo que ha sido maltratado y vulnerado en los derechos que por ley les corresponde. 

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