• Pedro aún mantiene las marcas de las agresiones que recibió por parte de los funcionarios de seguridad del Estado. Ellos nunca pudieron comprobar cuál era el delito que había cometido y que lo mantuvo preso durante un año y cinco meses

Se encontró inmóvil en una habitación sórdida, teñida de color blanco. Era un lugar sin luz, lo más cercano a la iluminación eran los destellos que ocasionalmente vislumbraban por una pequeña abertura de la puerta que impedía su salida de esas cuatro paredes. Ni siquiera tenía baño; solo había un escritorio de hierro que le servía de cama. Estaba en la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) de Plaza Venezuela, en Caracas. 

Pedro Jaimes fue víctima de los cuerpos de seguridad del Estado. Con una causa judicial viciada de irregularidades, estuvo preso durante un año y cinco meses. El motivo de su aprehensión, dice, no es el mismo que cuentan sus carceleros. El 10 de mayo de 2018 funcionarios del Sebin, vestidos de civil, lo sacaron de su casa —ubicada en Los Teques, estado Miranda— a la fuerza. 

Le partieron una costilla, lo golpearon sin dar explicación alguna, e incluso agredieron a su hermana, Trina, en el pecho. También robaron todo lo que tenía en su casa. La excusa de los agentes policiales era que Jaimes había publicado la traza aérea del avión presidencial en el que se trasladada Nicolás Maduro dos días antes; a pesar de tratarse de una información pública.

Su estadía en el Sebin de Plaza Venezuela duró 37 días, pero él dice que fueron 33. Todavía le cuesta ubicarse y tener noción del tiempo. Allí dormía sobre un escritorio de metal mientras que utilizaba sus botas como almohadas.

Durante esos días permaneció aislado. Su familia no tenía noticias de él. Fue un funcionario del Sebin quien le prestó un teléfono para que le pudiera avisar a su hermana que se encontraba con vida. Preso, sin explicación, pero con vida.

Lo que vino después fueron meses de torturas, hambre y penurias en El Helicoide, aunque también fue tiempo de convivencia: en la cárcel coincidió con los diputados de la Asamblea Nacional Juan Requesens —“Requecien”—, como él le decía- y Roberto Marrero; el dirigente Lorent Saleh; el periodista norteamericano Joshua Holt; y otros presos políticos.

Pedro aún convive con los fantasmas que lo persiguieron dentro de la prisión. Habla pausado, y en ocasiones su mirada se pierde mientras intenta aguantar las lágrimas y toma bocanadas de aire. Fueron muchos episodios que se esconden en lagunas mentales plasmadas en el silencio. Es un mecanismo para no recordar lo que vivió. 

“No quiero hablar mucho de las torturas porque todavía me afecta, y estoy en tratamiento”, advierte al equipo de El Diario antes de iniciar la entrevista. Prefiere eludir esos recuerdos. La razón, argumenta, es para proteger a su familia. 

Sin embargo, hay frases que reitera con la necesidad de que queden claras: “las torturas son horribles, no se lo deseo a nadie”. Todo el trance, asegura, le ha afectado psicológicamente. Como ejemplo pone que ya no puede escuchar el sonido unas llaves chocando entre sí. Hace unos meses, ese ruido le advertía que un custodio venía a su celda, quizá para torturarlo. Aunque ya se encuentra en libertad, en su mente los recuerdos permanecen en la cárcel.   

“Todavía no puedo dormir. Quiero vivir en paz”, dice.

Foto: José Daniel Ramos

Preso por tuitear

Pedro maneja las cuenta de Twitter @aerometeo y @aereometeo2 desde hace 10 años. En ellas publicaba información del espacio aéreo venezolano y del clima. “Siempre me han apasionado las dos cosas, por eso las cuentas se llaman así”. Con el paso de los años, relata, la situación del país lo llevó a compartir información de tráfico, protestas, manifestaciones y algunas situaciones políticas. 

Desde entonces se convirtió en un enemigo para las cuentas y personajes del chavismo, al mismo tiempo que sus seguidores le pedían regularidad en las publicaciones. “Me acuerdo una vez que la difunta Lina Ron me insultó porque yo puse un tuit. Hasta con mi mamá se metió”. 

El 3 de mayo de 2018, a las 6:15 pm, Pedro visualizaba, como de costumbre, la página Flight Radar 24 —portal web que muestra datos en tiempo real del tráfico aéreo en el mundo y se obtienen detalles como la posición del avión, su altitud, rumbo y velocidad—. 

Ese mismo día en la mañana, Nicolás Maduro había anunciado un viaje a Maracay, estado Aragua. “Avión presidencial FAV0001 decolando de Aragua 6:15 pm. 3may”, tuiteó. Siete días después, los agentes del Sebin lo detuvieron mientras se encontraba en su casa. Fue allí donde, ante su resistencia, los agentes lo golpearon hasta romper una de sus costillas.

Foto: José Daniel Ramos

Nunca pensó que por publicar un tuit fuera trasladado a la sede del Sebin, donde lo interrogaron y torturaron para que diera las claves de acceso a las cuentas de Twitter. En el momento en que lo trasladaron al piso 10 del edificio del organismo policial encontró una sala en la que se topó con jóvenes que estaban frente una fila de computadoras. Su labor, explica Pedro, era monitorear cuentas de personajes políticos que emitieran mensajes en contra de Nicolás Maduro.

Me impresionó mucho porque se me cayó la imagen tecnificada que tú tienes de esos cuerpos de seguridad que tú ves de afuera. Son muchachos entrenados para vigilar a través de las redes sociales. Después de eso, yo pido permiso para ir al baño, y ese cuarto no tiene ventanas. (El concejal Fernando) Albán no se pudo haber suicidado. Ellos llegaron a mí por una delación, eso de que fue por una investigación y todo eso es un mito”, señala el ex preso político.

La delación, explica, se debe a que los agentes de contrainteligencia le exigieron a Pedro que revelara información sobre políticos que habían compartido sus mensajes en las redes sociales. El método de presión de los uniformados era para que el tuitero “entregara” principalmente datos sobre periodistas o administradores de cuentas con muchos seguidores. Él siempre se negó.

El régimen no encontró argumentos sólidos para encarcelarlo. Según Pedro, el motivo de su arresto fue haberse convertido «en una piedra en el zapato para un funcionario policial». La Fiscalía Primera de Los Teques lo acusó por los delitos de espionaje informático, revelación de secretos militares e interferencia en la operatividad de la aeronáutica civil, a pesar de ser una información pública. 

No tardó en vivir las primeras penurias en el Sebin de Plaza Venezuela. La sala en la que permaneció secuestrado por 37 días era pequeña y con poca iluminación. En ese cuarto leyó tres veces la Biblia, el único libro que había en la habitación. Cada línea la memorizó en su mente para los momentos en los que pensaba que perdería la fe.

Foto: José Daniel Ramos

Le servían la comida a través de una puerta de metal. El aseo personal solo estaba permitido cada tres días. Un “barquito” hacía las veces de baño, un método que fue implementado por los funcionarios policiales a los privados de libertad que consiste en tomar un trozo de papel periódico uniendo los dos extremos para crear una figura similar a una canoa, y de esa manera envolver sus heces y orina dentro. 

Durante sus años en prisión la escasa atención médica que recibió era en Plaza Venezuela. El nombre del médico lo recuerda con exactitud, pero prefiere ignorarlo; dice que él fue un cómplice de su tortura. Una inyección y un analgésico fue el único tratamiento que recibió por parte del Estado durante todo ese tiempo.

Los días más oscuros

El preso político se había convertido en una incontenible catarata de experiencias que reflejaban el momento en que llegó a El Helicoide y se desconectó de la realidad. Era como si hubiera abierto las compuertas mentales de recuerdos que había decidido enterrar en un intento de que no volvieran a atormentarlo. 

Cuando lo trasladaron se percató de que no era un lugar moderno. Su nuevo centro de reclusión era una inmensa estructura de cemento que abraza una colina en Caracas. Notó que son instalaciones destinadas a la tortura y que en ellas se guardan los más profundos secretos de la impunidad. Pedro afirma que al menos lo consoló el hecho de compartir con más reos.

Cuando llegas a El Helicoide todo el mundo te investiga porque no saben si estás encubierto para sacar información. Yo llegué muy eléctrico hablando con todo el mundo. Cuando volví a tener contacto con otras personas después de que me detuvieron, me volví muy eléctrico. A ellos les incomodó mucho, me lo dijeron con el tiempo, que pensaban que yo era un periodista infiltrado para hacer un reportaje”. Pedro Jaimes

Un cuarto blanco define al sitio llamado ‘’La Pecera’’, y que es identificado como un lugar de hacinamiento. En esa celda, acaso un poco más grande que la habitación del Sebin, —y de la que Pedro no recuerda sus medidas—, vivieron 12 personas. La insalubridad era un tema recurrente dentro de las celdas debido a que a los presos no se les permite salir a hacer sus necesidades. Deben convivir bajo un calor sofocante y sin agua. Allí no hay baño, por lo que los presos también tenían que recurrir al «barquito». 

Uno de los días más oscuros para él fue el apagón que afectó al país en marzo de 2019. Él sintió que fueron 15 días, cuando en realidad el hecho duró 6. Hasta ahora, nunca pudo diferenciar el día y la noche, incluso cuenta que olvidó el amanecer. Dudaba si estaba despierto; la única manera de saberlo era llevando la palma de su mano a su rostro para poder sentir contacto físico. 

“La poca comida que teníamos se estaba dañando porque no había sistema de refrigeración, no había agua para ir al baño. Lo más desesperante fue estar en ese lugar y que te despiertes y no veas nada, entonces tú no sabes si estás durmiendo o estás despierto”.

“En las torturas hay mucho sadismo”

«Un hueco en medio de Caracas, algo terrible», son las palabras de Pedro al hablar del lugar donde lo torturaban en El Helicoide. Son muchas las pausas que realiza para recuperar la fuerza de su voz al hablar de los elementos que utilizaron para agredirlo. Una de ellas fue un racimo de plátanos que llevaron al cuarto de tortura, donde los funcionarios lo utilizaron para golpear su abdomen, justo en su costilla rota. 

“Te meten corriente sin ningún aviso, nunca ves los cables. Envuelven los bates en tirro para que te duela, pero que no te deje marca. Yo no me morí porque Dios es grande. Me amenazaron con violarme con un palo de escoba que tenían ellos. Todavía tengo las sensaciones”, cuenta.

El asma es una condición con la que ha convivido Pedro en su adultez, pero fue tomado como su punto más débil para las torturas. Los funcionarios, al tener conocimiento de su estado de salud, coordinaron un método especial para torturar al tuitero.

Fue llevado a un cuarto oscuro donde tomaron una bolsa negra, la amarraron a su cuello, y luego introdujeron insecticida. Fue ahogado, mientras los agentes mantenían la bolsa cubriendo su cabeza durante minutos. El tóxico que recorría quemando su garganta es la sensación que todavía mantiene en su cuerpo.  

“Este oído», dice mientras o señala su oreja izquierda, «hace como dos meses, yo dejé de escuchar. No tenía audición. Me alarmé mucho, le dije a mis abogados. A los dos o tres días me volvió, pero del otro lado perdí la audición. Muchos no se tapaban la cara. Yo sí sé quiénes fueron los funcionarios que me torturaron”

Sentir los rayos del sol en su rostro también era una de las añoranzas de Pedro. Los días soleados solo estaban en su imaginación. Las salidas al patio de El Helicoide solo eran para tomar fotografías que serían enviadas a organismos internacionales, y que refiere, eran para constatar “su buen estado físico”. Solo duraban algunos minutos. Sus manos comenzaron a llenarse de puntos blancos por la falta de luz solar. 

El sonido de los candados todavía retumba en su odio. La última ronda de seguridad consistía en cerrar cada una de las puertas; eran cuatro, todas ellas clausuradas con la máxima de seguridad. Un ruido al que estaba acostumbrado y que todavía le impide dormir, siempre esperándolo.

“Bastaba que los funcionarios colocaran un candado para sentir que todo se vuelve más chiquito en la celda. A mi me daba tanta ira que le colocaran un candado a la puerta. Yo decía: ¿yo soy tan peligroso que le tienen que meter una candado a la puerta? Era una puerta con candado, después tres puertas con candado y la celda con candado. Cuatro candados en total. ¿Tan peligrosos éramos? Había algunos funcionarios que lo hacían con maldad”.

A pesar de las torturas y de las paupérrimas condiciones de vida, Pedro nunca derramó una lágrima, nunca se permitió demostrar debilidad. Solo oraba, en comunión consigo mismo. Era el único que tenía un altar en la celda. Es devoto de la virgen del Carmen. Cree en la justicia divina, y supo que esta llegó cuando encontró a sus torturadores en su misma condición: tras las rejas. 

Foto: José Daniel Ramos

Pedro miró a uno de ellos de frente al coincidir en el área del gimnasio, donde se veían todos los reos. Pensó que el hombre no lo reconocería porque se acercó a él sonriendo, pero Pedro lo confrontó. Fue como sanar por dentro, comenta. Le pudo decir lo que nunca pudo mientras su costilla estaba rota y deliraba del dolor en un cuarto, solo.

“Él viene, me ve de lejos y se acerca sonriendo, y me dice ‘¿Tú no te acuerdas de mí?’ Yo lo que hice fue levantarme, y le dije ‘¿Tú no te acuerdas cuando me torturaste y me partiste la costilla? Tú eres un torturador, aquí todo el mundo tiene que enterarse que eres un torturador’. Agarró y se devolvió”. 

Proceso irregular

La ONG Espacio Público fue la encargada de liderar la defensa judicial de Pedro Jaimes. Los abogados argumentaron que la acusación de la Fiscalía fue promovida de forma ilegal y debía ser rechazada por el Tribunal tercero de control de los Teques, puesto que la información que el tuitero compartió era pública. El proceso estuvo viciado de irregularidades de parte de la Fiscalía de Los Teques.

La primera solicitud legal que realizó Espacio público fue el 29 de mayo de 2018, cuando se desconocía su estado en el Sebin de Plaza Venezuela. La ONG solicitó un habeas corpus para garantizar la seguridad personal de Jaimes y tener fe de vida. Además, fue entregada una carta al fiscal general y al defensor del pueblo designado para dar a conocer la situación.

Posteriormente, el 7 de junio de ese mismo año, acudieron al Tribunal 3º de Control de Los Teques para juramentarse como su nueva defensa, sin embargo, Jaimes nunca fue trasladado para la juramentación. Un mes después, la ONG recibió la fe de vida y puso en marcha la defensa.

El equipo de Espacio público se basó en los artículos 51 y 143 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela:

Artículo 51. Toda persona tiene el derecho de representar o dirigir peticiones ante cualquier autoridad, funcionario público o funcionaria pública sobre los asuntos que sean de la competencia de éstos o éstas, y de obtener oportuna y adecuada respuesta. Quienes violen este derecho serán sancionados o sancionadas conforme a la ley, pudiendo ser destituidos o destituidas del cargo respectivo.

Artículo 143. Los ciudadanos y ciudadanas tienen derecho a ser informados e informadas oportuna y verazmente por la Administración Pública, sobre el estado de las actuaciones en que estén directamente interesados e interesadas, y a conocer las resoluciones definitivas que se adopten sobre el particular (…).

Además, la defensa citó el artículo 13 de la Convención Americana de Derechos Humanos: Libertad de Pensamiento y de Expresión.

El mencionado apartado refiere, entre otras cosas, el derecho a expresarse, al respeto de la reputación, o a la protección de seguridad personal. Asimismo, sus abogados hicieron referencia a la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, especialmente el caso Claude Reyes c. Chile, en el cual se sentó el principio de máxima divulgación del acceso a la información pública.

A pesar de la jurisprudencia local e internacional que avalan la causa de Jaimes, la Fiscalía omitió los argumentos de la defensa. “El juez a la hora de decidir no hizo mención de lo que esgrimió la defensa. Convalidó y aceptó todos los medios de prueba de la Fiscalía, a pesar de que la acción no es procedente”, explicó Amado Vivas, abogado de Espacio Público.

El pasillo de los presos políticos

En “La Pecera” estuvo un año. Posteriormente lo llevaron al “Pasillo A”, una especie de área “privilegiada” en la que agrupaban a los presos políticos más reconocidos. Entre ellos, los diputados Requesens y Marrero, así como con Lorent Saleh. El cambio obedeció a una medida cautelar que emitió la Corte Interamericana de Derechos Humanos el 4 de octubre de 2018 que pedía la liberación de Jaimes. El régimen de Maduro hizo caso omiso a la solicitud. 

El “Pasillo A”, recuerda Pedro, es mucho más ordenado y pulcro que el resto de El  Helicoide. Todos los elementos que hay son los que han ido dejando los reos que abandonan la cárcel. Hay mesas, sillas, cerámica, celdas individuales y hasta aire acondicionado. Allí había otro tipo de tortura: la psicológica. No había ventanas, ni entrada de luz. Solo había un baño común, el cual se turnaban semanalmente para asearlo. 

“Había una falla de agua grandísima. Nunca hay. La cisterna se pagaba con los recursos de los presos. Yo lo pagaba gracias a mi familia. Cuando llegaba la cisterna yo tenía tres tobos y los muchachos me ayudaban porque sabían de mi lesión. A esa gente que está allá adentro hay que ayudarla, no hay que dejarlos solos”, dice.

Su método de salvación fue haber hecho de su estadía en El Helicoide una rutina. “Mi instinto natural era estar atento las 24 horas del día, pero no por los compañeros, sino para que los funcionarios no se metieran en mi celda y me llevaran otra vez”. 

Salvo los jueves y los domingos —días en los que recibía la visita de sus familiares— sus días transcurrían entre rezar, escribir y leer. Sobre todo leer: recuerda haber ojeado al menos 100 libros. ‘Requecien’ tenía muy buenos libros. Él tiene una muy buena lectura, al igual que el comisario Rolando Guevara, que está por el caso de Danilo Anderson”, refiere. 

Foto: José Daniel Ramos

Reencuentro con la libertad 

Aún estando en la cárcel, Pedro tenía ligeros contactos con la libertad que le habían robado. Lo hacía a través del recuerdo, de las palabras tranquilizadoras de sus familiares. 

Cada vez que hablaba con mi hermana y mi mamá era una alegría. La primera visita te levanta el ánimo. Es como cuando tienes la batería baja y llega la visita y es como si te colocaran baterías nuevas. Cuando ella me contaba todo lo que pasaba en la calle, yo me imaginaba en cada uno de esos lugares. Sentía que salía de la cárcel», dice.

Además de su familia, también hace mención a los representantes de la ONG Espacio Público, quienes lo visitaban habitualmente. 

Sin embargo, la noticia de la libertad plena llegó el 17 de octubre de 2019. Era un jueves, recuerda. Pedro se encontraba durmiendo, cuando funcionarios irrumpieron en su celda para pedirle que se levantara. «Vístete de civil, y vente para que vaya a verte el médico», fue la orden de uno de los agentes. Pedro obedeció. 

Se fue sin cepillarse, y sin saber a dónde se dirigía. No era el único, pues una fila de al menos 12 presos lo acompañaron. Primero pasaron por una habitación en la que los fotografiaron y entregaron su cédula. La libertad era un secreto a voces, pero todavía era incrédulo.

La liberación de Pedro se organizó luego de que Venezuela fuera admitida nuevamente en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (ONU). La noticia se dispersó y generó presión sobre las cárceles venezolanas. El informe publicado por Michelle Bachellet, Alta Comisionada de los Derechos Humanos, expuso las condiciones deplorables y torturas a las que son sometidos los presos políticos en Venezuela. Nunca hubo una confirmación directa de que esta fuera la razón de su liberación, aún sin boleta de excarcelación, fueron en 13 personas que fueron liberadas bajo medidas cautelares tras el mencionado hecho.  

Fue entonces cuando un comisario confirmó lo que ya sospechaba. Estaban siendo liberados, y la orden era llevarlos a la Casa Amarilla. A Pedro solo le dio tiempo para recoger su biblia y los santos que lo acompañaron en tantos momentos duros que vivió dentro de El Helicoide. Nuevamente se aferró a la fe. 

A los presos los sacaron en un autobús. Todos tenían orden de excarcelación, menos Jaimes. La emoción que sintió, dice, es indescriptible. Por eso solo se limita a agradecer a Dios por ese momento. Olvidó los detalles, lo que pasó por su mente. Era, quizá, la sensación de libertad. 

En las afueras de El Helicoide lo esperó el equipo de Espacio Público. La prensa cubrió la liberación, pero Pedro prefirió mantenerse distante. Solo pensaba en retornar a su casa, pero antes que eso, debió pasar por las oficinas de la ONG —ubicadas en el centro de Caracas—, y luego de allí hacer una parada obligatoria para él. 

«Me paré en la iglesia. Fui al Santísimo y hablé con Dios nuevamente». Ante el recuerdo, pide detener brevemente la entrevista. Todavía llora al revivir el momento. Luego prosigue: «Le di las gracias infinitas por todas las fuerzas que me había dado y le pedí que me perdonara por tantos malos pensamientos. Le dije que muchas gracias por haberme devuelto con mi familia». 

Ahora sus días transcurren en la tranquilidad del hogar, pero con las heridas que dejó la cárcel. Fueron muchas, todavía no supera  varias, dice, pero sabe que algún día sanarán. También espera aprender a perdonar a sus torturadores. «Delante de Dios los he perdonado. Pero por la naturaleza humana, no les guardo rencor. Me da tristeza lo que hacen», concluye. 

A Pedro le cuesta conciliar el sueño para no perderse el amanecer cada día. Siempre se despierta de madrugada para avistarlo, es lo que siempre quería ver desde su celda.   

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