• En una entrevista exclusiva con El Diario el escritor conversó sobre la posición del crítico, la diferencia y parejidad de los géneros literarios y la importancia de la experiencia en un mundo de vidas simuladas en la gran red

Un día, relata Jorge Carrión, conoció a un camarero que le comentó: “a la tumba sólo nos llevamos los viajes”. Luego de varios años, al recordar ese pasaje en su libro más reciente llamado Contra Amazon (2019), comenta que el viaje, como todo enunciado, está inscrito en distintos tópicos y que cada uno de ellos confluye en el recinto de la librería.

Nació en Tarragona, España, en 1975 y ha perseguido, como un detective salvaje a bordo de un Impala, la importancia de la experiencia del libro en la sociedad contemporánea. Entre pantallas, fake news, plataformas de streaming y contenido fugaz el libro se yergue como un último bastión de la experiencia. 

Ha pasado la mayor parte de su vida entre Mataró y Barcelona pero la figura del viaje, como introspección literaria, pero también como experiencia, lo ha llevado a visitar varias ciudades del mundo y a vivir en otras. Caracas, Mérida, Seúl, Ginebra, Tokio, Capri, Miami o Londres. Obtuvo la licenciatura y el doctorado en Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, España. 

En 1999 publicó sus primeros artículos de crítica literaria en el diario Avui, editado en lengua catalana. Un año después, en el inicio del siglo XX, comenzó a formar parte del consejo de redacción de la revista Lateral, dirigida por Mihály Dés.

En los años siguientes viajó por América Central, especialmente por el territorio mexicano, publicando una crónica diaria en el diario Avui sobre su experiencia. En 2002 llegó a Australia con la idea de escribir una novela sobre su familia y empieza a colaborar en la revista Letras Libres. Desde ese momento inició su paso, que todavía no ha acabado, por el área cultural de distintos medios en el mundo como La Vanguardia, Clarín, El País, entre otros, y en 2016 fue contratado como crítico cultural del New York Times en Español. 

Sus dedos no se han quedado quietos y su obra se ha distribuido entre los distintos géneros de la literatura, como la novela, el ensayo, la crónica, la traducción y el cómic. Su primera publicación se remonta a 2001 con la novela corta llamada Ene. En 2008, luego de seis años, publicó Australia, la novela que retrata la emigración española a dicho país. La última década ha sido el intervalo de tiempo con mayor producción literaria por parte de Carrión con la publicación de: Los muertos (2010), Teleshakespeare (2011), Mejor que la ficción (2012), Librerias (2013), Los turistas (2015), Los difuntos (2015), Barcelona (2017) y Contra Amazon (2019). 

El resto de vivencias, como él mismo denomina, no se encuentran plasmadas en su currículum, sino en su memoria. El lugar fecundo en el cual los recuerdos, como vestigios de la experiencia, se recrean una y otra vez. Al mismo tiempo, el viaje determinará el siguiente paso que Carrión dará en su amplia obra. 

Y, agrega Carrión en una entrevista escrita con El Diario, que aunque la sociedad contemporánea se caracteriza por mantener orbitando sobre la cabeza de cada individuo la parafernalia de redes y simulación, su paradoja recae en la limitación del cuerpo que siempre será la misma, que no cambiará y que, al mismo tiempo, modificará las relaciones con el otro. 

— Al tener una obra escrita que va desde la narrativa hasta el ensayo, ¿de qué forma encara cada género al momento de escribir?

— En realidad me interesa ese espectro poroso que se abre entre la ficción pura y el ensayo académico, sin entrar nunca a fondo en ninguno de los dos extremos, porque mis novelas son muy ensayísticas y mis ensayos son muy narrativos. Incluso cometí la temeridad en Los turistas de escribir un largo fragmento en verso que es tanto relato como ensayo. En fin. Pero en el momento de escribir sí hay una diferencia esencial: cuando escribo no ficción tengo la mesa llena de libros abiertos y en la pantalla, un montón de ventanas; en cambio, la ficción la puedo escribir en cualquier sitio, sin consultar ninguna fuente, sin conexión a Internet. La ficción es más divertida, más fácil, la no ficción es mucho más exigente.

— Hace poco, en la entrevista póstuma de George Steiner, el escritor calificó a la figura del crítico como un “parásito que vive a espaldas de la literatura” y agregaba que “la distancia entre quienes crean literatura y quienes la comentan es enorme; una distancia ontológica (por usar una palabra pomposa), una distancia del ser”. Desde su perspectiva como ensayista y crítico cultural, ¿cuál es la función y el lugar del crítico?

— A juzgar por esa entrevista, Steiner vivió mal la separación entre el creador y el crítico. Yo leí relatos suyos y me gustaron. Pero él apostó por la academia y la crítica literaria y al final, parece ser, se arrepintió. Yo, en cambio, dejé hace diez años de escribir artículos académicos y me decidí por el ensayo creativo. En la Universidad Pompeu Fabra codirijo con José María Micó el Máster en Creación Literaria y doy clases, pero no asisto a congresos ni dirijo tesis doctorales. Todo eso me permite leer teoría sin servidumbres ni escuelas, con total libertad, aplicando lo que leo a mis obsesiones y a mis intereses artísticos, sin concesiones a los colegas ni al status quo. No soy experto en nada, ni pretendo serlo. Me interesan las librerías, las series de televisión, los pasajes, la literatura comparada, los viajes. Escribo sobre lo que me interesa.

— ¿Qué piensa del concepto de apropiación cultural? ¿La cultura es un elemento limitado o, al contrario, se nutre de distintas expresiones?

— La cultura y el arte son por naturaleza apropiacionista. Picasso se apropió de Velázquez, del arte africano, de sus contemporáneos franceses, muy probablemente también del cómic y del cine y de parte del alma de muchas mujeres. Desde la conciencia feminista o postcolonial, es interesante revisar esos procesos de apropiación, que a menudo fueron llevados a cabo por hombres blancos. Cada proceso es distinto. Y cada conclusión, también debe serlo.

— En el área de la novela, ¿de qué forma se podría caracterizar su norte estético?

— Prefiero las brújulas que enloquecen. Cada una de mis novelas es formalmente distinta. Los muertos intenta trasladar a la literatura la narrativa de las pantallas, combinando écfrasis y ensayo; Los huérfanos combina narración en primera persona en clave de thriller, conversaciones por chat y crónicas de viaje; Los turistas utiliza el estilo indirecto libre; Los difuntos es una suerte de versión 2.0 de Los muertos. Pero todas comparten algunas obsesiones y pasiones: la voluntad experimental, el interés por pensar qué diablos es la ficción, el movimiento y la migración…

Foto: Cortesía

— La crónica, al mismo tiempo, ha sido un género de su preocupación y el texto Mejor que la Ficción es una muestra de ello. ¿Cómo clasificaría la crónica dentro de los géneros literarios y cómo se caracteriza la crónica contemporánea?

— La crónica, el periodismo narrativo, el reportaje con ambición literaria… es un género muy potente, que recorre toda la edad moderna, porque justamente nace con ella y es un buen laboratorio para narrarla. En sus mejores expresiones, como las de los modernistas (Rubén Darío, José Martí), los raros españoles (José Gutiérrez Solana, Josep Pla), los posmodernos norteamericanos (Joan Didion, David Foster Wallace) o los escritores europeos del cambio de siglo (Svetlana Alexievich,  Emmanuel Carrère), encontramos textos mutantes, que encuentran la mejor fórmula para contar las historias a las que se enfrentan. Me interesa esa versatilidad, esa voluntad de jugar y de inventar de la crónica menos dócil, la que no acepta los mandamientos del periodismo clásico ni del Nuevo Periodismo ni de ninguna escuela.

Librerías, aunque es un ensayo divulgativo sobre el espacio de la librería, se ha transformado en uno de sus textos más importantes. ¿Cuáles pueden ser las razones para que un texto ensayístico sobre la librería haya tenido tanta difusión?

— Justamente porque no es un libro de divulgación. Porque es un experimento: libro de viajes, historia cultural, autobiografía de lector. Sin nostalgia, totalmente hijo de su época. Lo más libre posible, como el espacio que aborda, la librería.

— ¿Cuáles son las diferencias entre la biblioteca y la librería? Y por su parte, ¿cómo se caracteriza la librería a través de la historia?

— Son muchas. Pero creo que lo más importante son sus coincidencias y, sobre todo, su carácter complementario. Se necesitan mutuamente. Crecen juntas. Recuerdan juntas. Una no puede existir sin la otra. 

— Cuando estuvo en Caracas, visitando las librerías emblemáticas de la ciudad y conociendo a los libreros, ¿cuál fue su impresión de Venezuela y cuál es la función de la librería en un país marcado por la crisis?

— En La Ballena Blanca de Mérida, año tras año, asistí a la degradación de la sociedad y de la política venezolana. Quedan muy pocas de las librerías de Caracas que conocí. Pero tengo ganas de regresar para comparar mi recuerdo con la nueva realidad. Las librerías son pura resistencia. Pero detrás hay seres humanos, y entiendo que el ser humano no puede resistir infinitamente.

— Por otro lado, recordé a Walter Benjamin y su texto llamado La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica porque la librería como experiencia se ha diluido en el contexto contemporáneo de lo inmediato. Han perdido, de cierta manera, su aura. ¿Cómo se enfrenta la librería la automatización de la vida? ¿Puede existir una adaptación de la librería a la virtualidad o, en su defecto, será reemplazada?

— Las librerías desaparecerán, sin duda, pero mucho más tarde de lo que muchos imaginan. Cuando la realidad virtual, las narrativas inmersivas y el Big Data encuentren el modo de aliarse para representar realidades librescas, habrá librerías virtuales que serán maravillosas. Pero no serán ni mejores ni peores que las reales, supongo. Quién sabe. Siempre nos equivocamos sobre el futuro. Pensábamos que en 2020 iríamos en coches voladores por las ciudades, y lo que se ha impuesto han sido los monopatines a motor.

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— Las redes sociales, la inmediatez de la información y el conocimiento de, prácticamente, todos los rincones del mundo en una sola pantalla producen un sensación de totalidad diluida. En este caso, ¿cómo se (re)configura la relación humana?

— De muchas maneras. Pero la paradoja persiste: mientras que en nuestros cerebros somos más o menos globales (por Google Earth, el teletrabajo, las redes sociales, los viajes), en nuestro cuerpo seguimos siendo hiperlocales (porque los límites de nuestra piel siguen siendo los mismos de siempre).

¿La escritura es una forma para reducir la automatización de la vida o, al contrario, está configurada por ese mismo proceso de la contemporaneidad?

— Tal vez haya dos tipos de escrituras: las urgentes y las que realmente importan. Cuando consigo disponer de unas semanas o meses para la escritura de un libro, siento que mi tiempo tiene una textura distinta. Es un tiempo de obsesión, exigencia y placer, mucho placer. Tiene la forma extraña de un proyecto que te monopoliza y al que te entregas por completo, mientras dure el paréntesis.

Las plataformas de streaming, youtube y Amazon funcionan a través de un algoritmo que reduce la escogencia del usuario. ¿Dicho algoritmo puede llegar a sustituir por completo la necesidad de búsqueda, escogencia y decisión del individuo?

— Durante las próximas décadas va a tener lugar, probablemente, una difícil negociación para intentar preservar la ficción de que los humanos decidimos nuestro destino. Está claro que el futuro está marcado, día a día, por factores de género, raza, origen, sociedad, historia, economía, subconsciente; pero no obstante, hasta hace poco, no existía un único fenómeno, una única entidad, que pudiera hacer converger los fantasmas de todos esos factores en uno. El algoritmo tiene esa silueta. A ver cómo lidiamos con ella.

La figura de Amazon, de cierta forma, me recuerda a la Biblioteca de Babel de Borges: un sitio en el cual se encuentran todos los libros, reunidos, apretujados, pero sin trascendencia. Al igual que en Funes el Memorioso, aunque el personaje tiene la capacidad de recordar todo, la falta de escogencia del recuerdo transforma la memoria en un «vaciadero de basuras». En este caso, ¿la totalidad de estos elementos los reduce a la nada?

— Hablo de esos cuentos en Librerías y en Contra Amazon: Borges supo adivinar el absurdo de la acumulación de la cultura, del vertedero de las lecturas. Si tuviéramos en nuestra cabeza la memoria de Shakespeare, no sabríamos qué hacer con ella. Hay que luchar, no obstante, por convertir lo informe, lo excesivo, lo amorfo, en rutas, relatos, obras. Internet es montaña de basura y mina de oro, al mismo tiempo, según el modo en que te enfrentes a los buscadores.

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El enfrentamiento ante los buscadores de la red no tiene porque ser conflictivo, pero el entendimiento de su futilidad podría, de alguna manera, generar una reflexión en el individuo ante la añoranza de la experiencia. Como diría Walter Benjamin, el aquí y ahora constituye el concepto de autenticidad.

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