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A estas alturas, cuando medio millón de terrícolas está contagiado y más de 150 países se suman a las estadísticas que contabilizan los nuevos casos, no hay que presentar al causante, ojalá.

Pero viendo las diferencias de reacciones exhibidas por los gobiernos con relación a cómo responder frente a la pandemia —las diferencias tienen encanto, casi todas, casi siempre; en la contingencia resultan lamentables— y viendo la parsimonia con que se mueven los acuerdos mundiales para frenarlo unidos con relación al ritmo con el que el coronavirus, saltando alcabalas, idiomas, husos horarios, ideologías, océanos, montañas, candados se ha adherido a mucosas, perillas, ropas, suelas, patas de perros, paquidérmicos aquellos, cual Speedy González este, parece que no se entendiera del todo su capacidad multiplicadora.

Aunque el Covid-19, como se le llama a la mutación de la cepa que contiene el coronavirus, ha paralizado al planeta —la economía, la calle, los besos—, como aquella ere del juego que te inmovilizaba con un toque (ere de revolución), para el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, el virus no debería considerarse como algo más allá de un resfriadito.

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Para Boris Jonson, primer ministro británico, es una enfermedad que no justifica detener la vida cotidiana y mercantil; bueno ahora contagiado, igual que el ministro de Sanidad de su país y el médico del gabinete, reculó. Lo cierto es que esa microscópica y colmilluda partícula tiene al mundo de cabeza, ay Maduro.

En España y Francia han muerto miles y contando, aunque menos que en Italia, segundo en la lista mundial de contagiados, y donde la prensa le rinde homenaje a los 45 médicos fallecidos “en primera línea”, con sus fotos en primera plana. Los llaman héroes.

Estados Unidos, por su parte, acaba de ascender al sitial cimero como el país que suma la mayor cuantía de enfermos, realidad que a Maduro, cabeza en entredicho de Venezuela, y ahora solicitada por el imperio, le gusta repetir cada vez que no da el parte de la situación local.

Bueno, al parecer Francia en sus cómputos solo contabiliza a los muertos en hospitales, desliza España. Y Estados Unidos asegura que China cuenta mal. En fin, se cuelan las rivalidades a lomo del virus que nos desnuda tanto en gestos amables como en el repertorio de inquinas.

Mientras el Fondo Monetario Internacional le rebota a Maduro un préstamo para abastecer los hospitales ahítos, pagar a los estoicos médicos que quedan, distribuir mascarillas y guantes, y sembrar limones que no caen del cielo para hacer limonada —si le dan los 5 mil millones de dólares solicitados, y acepta entrar por el aro de los requerimientos de pago, es un triunfo porque tiene más churupos y de paso reconocimiento jurídico; si no también porque puede criticar la mezquindad capitalista—, el rubicundo “sheriff”con tez anaranjada tarifa desde el ni tan lejano norte esa cabeza suya alrededor de la cual ha revoloteado un pajarito, dicen que ahora un águila. Hablan de un cartel, quizá se refieran al que dice “Wanted.

Lo cierto es que el drama que es no tener salud, o sentirla amenazada, se convierte en temor y cuesta poner las bardas en remojo aun cuando ves las del vecino arder.

En una televisora mexicana entrevistan a los pobladores colombianos de una zona cercana a la frontera venezolana que protestan porque la interrupción por mandato de la actividad comercial les quita el pan de la boca a sus hijos. Qué ahorros ni qué ocho cuartos. En el oeste caraqueño las tiendas abren medio día y la gente se guarda menos aunque sí van con tapabocas. Los más carentes y los más poderosos en comunión.

Trump, vinculado al ramo de bienes raíces y hotelero, no habría querido ser drástico en el cierre de fronteras —aunque dijo que le alegraba que estuvieran inoperantes 160 kilómetros de la frontera con México—, porque el turismo en potencia —y en la potencia— se desaceleraría.

En Florida los lugareños, tras pedirle al alcalde que promulgara una ordenanza de no circulación en el espacio público, y él tan campante, decidieron por sí mismos quedarse en casa como indica el lema viral. Un senador texano y republicano, valga la redundancia, dijo que los viejitos podrían tener la gentileza de morirse. ¿Qué importa más?

La solidaridad es un tema en el tapete. ¿Es exclusiva de los rojos, si de veras la ejercen? ¿Cuánto de teoría es babosería y cuánto es verdad en la práctica? ¿Puede ser la salud asunto de dádivas en la emergencia o ser per sé política pública? Los países coinciden en estudiar medidas sociales para sus poblaciones a partir de ya.

La idea de la medicina gratuita se hace viral. Thatcher podría removerse en la tumba mientras el chef español José Andrés cierra sus restaurantes estadounidenses para convertirlos en comedores para la gente sin recursos y viaja por las sucursales a llevar provisiones. O un español en China decide crear un fondo para comprar mascarillas, ya han comprado 9.000. O siguen los aplausos de las 8:00 pm. 

Una antropóloga decía en días pasados y pesados —cada uno gotea con lentitud de tortura china— que una civilización no se reconoce, cuando excavamos en las capas del tiempo, por la vasija más elaborada o el hacha más pulida, sino por el hallazgo de un fémur remendado. Que la atención a un hueso fracturado da cuenta de la intervención de un ser atento en favor de otro lastimado. Eso exactamente es civilización.

¿Marx inventó la necesidad del bien común? ¿Inventa la lógica? El Papa Francisco rezó por la unión: una barca debe ser conducida por remadores acoplados.

A su aire y con su talante igualitarista, podría decirse que democrático, este virus viene a decirnos, en moraleja a la inversa, que lo que es malo para la pava es malo para el pavo. Sin distingos ni tiquismiquis protocolares, el Covid-19 avanza como río en conuco y afecta a monarcas, ciudadanos, capitalistas, comunistas, amarillos, blancos, negros, europeos, americanos, asiáticos, africanos, ateos, judíos, musulmanes, católicos, y a todos los géneros. Tiene al mundo respirando entrecortado.

Giro de tortilla, vemos así mismo a los ateos rezando y a los que entienden de aura y las formas del espíritu perturbados porque el nombre coronavirus puede traer malas energías al chakra 7, en la corona o coronilla de testas coronadas o no.

Asociar los vocablos corona y virus podría traerle malas energías al chakra de la inteligencia y el entendimiento desde el lenguaje. Lo que ha puesto a algunos fervorosos de la metafísica a meditar en el PNL. Todo, pero todo, está revuelto. Y todo, pero todo, conectado.

El tiempo, que parece suspendido, tan relativo él, a la vez parece correr. Da vértigo. Cuando vemos el vacío de la plaza de San Pedro con el Papa solito, así como la de San Marcos, los Champs Elisee, Times Square, la Puerta de Alcalá, o Nothing Hill, y las aulas de clase, las galerías, los cafés, los trenes, los estadios y los parques sentimos la hemiplejia social. Urbana. Que los relojes se han derretido. Estremecen las ciudades sin ciudadanos a la vista.

Nos hemos abandonado. Quién sabe desde cuándo. Necesitamos de la fiebre para reconocer que latimos. A la vez que mengua el hálito, aspiramos aire más limpio y vemos los cielos con 50 por ciento menos de contaminación, con la suspensión del tránsito. Sin tránsito humano y vehicular asimismo los animales comienzan a regresar al ruedo perdido y deambulan por avenidas imposibles pavorreales, y no es Macondo.

Ay el tiempo, ay los tiempos que literalmente corren. En virtud a su relatividad, puede darse también testimonio de su prisa. Si la Unión Europea después de seis horas de reunión telemática no había conseguido convenir en cómo sortear este imponderable en comunidad, lo que es, y Alemania y Holanda dejaron claro no creer en subsidios y demás medidas desesperadas, e Italia se quejó del egoísmo ajeno, cónchale, en apenas tres meses hemos visto que la vida y sus síntomas, o mejor dicho, manifestaciones, están floreciendo a la vez que al borde. A punto de colapso. Y cambio.

De viaje a la raíz, a la esencia, volvemos a la emoción primigenia, al primer pensamiento, a lo que nunca ha sido superado: el hambre. Y en tiempos tecnológicos, a intentar lograr la comunicación real. Alguien dice: no, no vamos a la Naturaleza ¡estamos en ella!

No habrá Olimpíadas en julio, se canceló el carnaval de Venecia, los juegos de fútbol. Todos los templos vacíos, solo se ven oradores balanceándose, repitiendo versos y letanías, claro, en el muro de los lamentos.

El arte se las amaña para sortear esta recesión y los teatreros, en su día, este 27 de marzo, han colgado textos y videos de monólogos para recordar que esta forma de espejo, comprensión, literatura en vivo tan antigua nos representa y es luz; de hecho una lámpara permanece encendida en medio de todos los platós como recordatorio de que la pasión de representarnos a medida —en 3D—sigue viva, aun con las salas estén vacías. Javier Vidal, de origen español, tendrá dobles razones para el estremecimiento. El día mundial del teatro, su hábitat, muere su madre. La creadora del creador. Que no cierre el telón.

Un… recorre el mundo. No es casual que las tres primeras palabras que se asoman para completar la frase espanten: fantasma, comunismo, coronavirus. Quizá un filólogo encuentre una raíz etimológica común (¿Tánatos?). Las tres cortan el aliento. Que no se produzcan más perdidas. Que nos retomemos. El mismísimo José Luis Rodríguez, el de agárrense de las manos, propone hacer de la pena tregua para que volvamos a su canción, que ya no parece tan sonsa. 

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