• El confinamiento es una situación irregular en la vida de cada uno. Los países se debaten por el futuro, por los contagiados, por la economía que parece estar en peligro, pero el relato individual es la forma de unirnos con el resto del mundo

Me han dicho que no puedo fumar. Al parecer, con el daño perpetuo que realiza el humo en los pulmones, el virus se agarra como un animal en el tope de un abismo para carcomer tu vida lentamente. Lo he dejado. Quizás me fumo un cigarrillo, quizás dos a la semana. Más no. Aunque no quiero admitirlo, hay una sensación de temor en mí, de zozobra ante una posible muerte por el simple hecho de fumarme un cigarrillo. 

Siempre ha estado la sensación latente de esa situación. Al vivir en una de las ciudades más peligrosas del mundo, donde cada hecho se puede transformar, sin esperarlo, en un momento cercano a la muerte, uno se acostumbra a peligrar en los retos mundanos. La guadaña está expectante en los andenes del Metro, en las camioneticas, en el largo boulevard donde se compra oro y, entre otras cosas, se vende droga.

Pero la pandemia por Covid-19, un enunciado que retumba en la pata de la oreja, se cuela entre en las noticias, en las conversaciones, en el mismo sentido de la soledad para despertarte del sueño banal del día a día. 

El viernes 13 de marzo llegó la noticia del primer contagiado en Venezuela. Quizás había más para ese momento, quizás no, pero crecer en el centro de un régimen repleto de mentiras siempre te hará dudar de cualquier información. La paranoia comenzó y, en una caminata rápida por el boulevard de Sabana Grande, en Caracas, se podía ver a las personas con tapabocas improvisados, haciendo extensas colas para comprar gel antibacterial, alcohol, pastillas para el malestar general, etc. 

Dos días después se declaró la cuarentena general en todo el país. Comenzó la semana, desde mi casa, con la rutina trastocada por el home office, por las obligaciones que había dejado atrás por “falta de tiempo” y que ahora me miraban a los ojos. No tenía excusa. Era el momento. Pero era inevitable sentir una pesadez, un sentido de extrañeza al entender que el encierro se debía a un cambio en el paradigma de la humanidad. 

Nunca me ha molestado el susurro de la soledad. Siempre he disfrutado de la madrugada para leer, para ver películas, para escribir, para pensar solamente. Ese momento de silencio perpetuo en la noche, con la interrupción intermitente de la brisa y el chillido de las chicharras, lo considero como el tiempo necesario para la introspección.

En el día el ruido se entromete, las preocupaciones se vuelven pesadas, la zozobra te apuñala y el miedo hace pequeños cortes en tu piel. La cuarentena no es más que una larga madrugada, de silencios, de rechinares, de oscuridad que se traga hasta el fondo la vida y deja, como todas las cosas, el último suspiro antes de la muerte. 

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Foto: José Miguel Ferrer

Los casos de Covid-19, según las cifras del mapa interactivo de la Universidad Johns Hopkins, son más de 980.000 en todo el mundo. Es una situación sin precedentes para nuestra generación. Nunca antes habíamos enfrentado el poder del enemigo invisible, de aquel que no aparece siquiera en la simulación de la red e irrumpe en el amplio espectro de la realidad. Muchos han hablado sobre el tema. Los filósofos han llenado sus bocas analizando la situación y los escritores, pensando en la forma de entrar en el momento, han escrito cientos de cuartillas. 

Algunos han dicho que la cuarentena es una insensatez, que el miedo es la peor peste y que el poder dado a los gobiernos del mundo, en una situación de excepción, será el primer ápice de una humanidad clausurada. En verdad, sin generar culpas, el virus ha trastocado la relación humana.

El cuerpo, poco a poco, se había liberado de las ataduras del puritanismo, hasta transformarse en un ente político, pero con la propagación del virus a través del toque, de un apretón de manos, de la cercanía entre unos y otros, las barreras se acrecientan y nuestro cuerpo, además de ser el punto de aprehensión de la realidad, se transforma en lo raro, lo intocable, lo asqueroso. 

Estamos en nuestro propio refugio, evitando el contacto humano y las redes, las cámaras, las pantallas, aquellos puntos de simulación, se han transformado en nuestro único medio de relación con el otro. 

Han pasado más de quince días desde el inicio de la cuarentena. Mis salidas son cortas y por un solo motivo: pasear a mi perro. Un paseo en la mañana, otro a mediados de la tarde y, para finalizar, un recorrido en la noche. Así, una y otra vez, durante todos los días. Nada ha cambiado. Mi familia sigue aquí. Salimos a comprar comida solamente. La convivencia se mantiene serena a partir de la libertad individual, del respeto al espacio ajeno y del sosiego de los momentos de reunión familiar. 

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Foto: José Miguel Ferrer

He encontrado en las peripecias de la escritura periodística, en el retorno a la narrativa y, además, en la relectura de muchos libros que había dejado atrás, un espacio para encontrarme con el otro y conmigo mismo. Trato, trato y trato de volver a lo que alguna vez sentí que fui. No sé las razones, pero desde hace un tiempo mi afán por la lectura ha disminuido, mi placer por el texto, como lo diría Roland Barthes, no es el mismo y mi concentración se pierde en los infinitos caminos de la red. 

En ese momento, cuando la diatriba del oficio que nunca pensé que tendría y que, desde hace cinco años, es el único que quiero tener aparece, pienso en el inicio del documental de Miles Davis, llamado The Birth of The Cool. En ese fragmento Miles, con la crudeza de una voz rota, comenta que la creación se basa en el cambio continuo. “No se trataba de quedarse quieto y estar a salvo. Pero siempre he sido así como soy, toda la vida. Si alguien quiere seguir creando, tiene que estar a favor del cambio”.

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Foto cortesía

El cambio constante, la evolución, el crecimiento, todo aquello que mira hacia adelante. En palabras de Gilles Deleuze ese el objetivo de la cultura: “formar un hombre capaz de prometer, o sea, de disponer del futuro, un hombre libre y poderoso”. Es la libertad el primer punto para la creación y, consecuentemente, como el ying yang que establece el equilibrio de la circularidad, es la creación el primer signo de la libertad. 

Entonces, aunque los claustros se intensifiquen, las paredes se vuelvan cada día más pequeñas y la cabeza, cansada de dar vueltas sobre sí misma, colapse, tendremos en la literatura, en el cine, en el arte, en el teatro, en todas las expresiones creativas, el camino para encontrar serenidad en los momentos de mayor desasosiego. 

En el documental de Nina Simone, What Happened, Miss Simone?, se puede ver la liberación que produce el arte en el individuo. Ella, una de las pianistas más importantes en la historia del jazz, con una voz que alteraba todos las fortalezas del poder, que gritaba con la fuerza de mil hombres las injusticias de los Estados Unidos, solo podía encontrar tranquilidad cuando se sentaba al piano. De resto, la violencia estuvo con ella. La acompañó en su matrimonio. En los maltratos sucesivos de su esposo. En la lucha racial de los años sesenta. Estuvo tanto tiempo a su lado, ese ente cargado de balas y rajado por los cuchillos, que sus entrañas hervían por la venganza ante el status quo. 

He tratado, en la medida de lo posible, de enterrar los recuerdos. Cada uno, tanto los buenos como los malos, me produce una añoranza, una necesidad de repetirlos y me encuentro, en mi casa, imposibilitado de hacerlo. Como dice Fernando Vallejo: “Los recuerdos son una carga necia, un fardo estúpido. Y el pasado un cadáver que hay que enterrar prontico o se pudre uno en vida con él”. Ese fardo pesa demasiado en los momentos en los cuales uno, desde la trinchera más solitaria, no tiene otro fin que revivir desde la memoria los hechos de una pasado irrepetible. 

El tiempo es como el agua empozada entre dos manos: se disuelve con rapidez y solo deja pequeñas gotas. Los días se pierden. No sé si es lunes, miércoles o domingo. Lo único que reconozco es la obligación de levantarme, lavarme la cara, cepillarme, desayunar algo ligero y escribir. La enunciación de esa acción hay que mantenerla en silencio. Que nadie se entere hasta que lo escrito explote y salga a relucir.

Esto, aunque siempre lo he pensado, es parte del eterno fluir de mi consciencia en los últimos días. Después de ver la película The End of The Tour, basada en la entrevista hecha por David Lipsky a David Foster Wallace, se me quedó un diálogo en la cabeza. 

En el carro, con el frío del invierno en Illinois, las palabras de ambos comienzan a aparecer como bolas de granizo. Foster Wallace, el genio de La Broma Infinita, de la prosa que persigue la gran pregunta del por qué, el adicto a la televisión, el profesor de la bandana en la cabeza, el hombre que se suicidó después de muchos años de depresión, exclama: “No hay nada más grotesco que alguien esté gritando a cada momento ‘soy escritor, soy escritor, soy escritor’”. La enunciación del oficio no te da el derecho de ejercerlo. 

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Foto cortesía

Quizás todas las crónicas sobre el coronavirus tienen que narrar las ciudades desoladas, el miedo latente al enemigo invisible, los muertos que se acumulan en las funerarias y, en Venezuela, el temor de la violencia gubernamental ante las medidas de cuarentena. Su desidia crece y los ciudadanos, como ocurre desde hace más de 20 años, aparecen débiles y famélicos con un tapabocas.

Pero, sin ansias de alejarme del contexto, mi relación con la realidad en los últimos días ha sido mediada por lo que he visto, por lo que he leído y, finalmente, con las dificultades, por lo que he intentado crear.  Ahora, al finalizar, solo queda en mi mente la diatriba entre fumarme un cigarro más o no. 

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