• La obra del fotógrafo venezolano es un referente primordial para el oficio en el país. El Diario conversó con Ricardo Báez y Sandra Pinardi, encargados de la exposición “Luis Brito. Paralelismos: Selección de fotografías (1975/1986) del archivo de la Fundación Luis Brito» en la galería Carmen Araujo Arte

Las manos arrugadas, envueltas en capas de piel, se posan paralelas al rostro de la señora, rozando con las falanges de los dedos la sien. Sus rizos blancos se compaginan con los restos de cabello negro. Las arrugas de su cara eclipsan su mirada. Oscurecen, por otra parte, los ojos escondidos detrás de la bruma de la vejez. Su boca se encoge entre las manos y solo queda un pedazo de mentón ante la cámara. Es la imagen 27 de la serie Anare o Los crímenes de la paz, por Luis Brito, en 1976. 

¿Quién es Luis Brito?

Nació en Río Caribe, en 1945, un pequeño pueblo costero que se mantuvo en su forma de ver el mundo. Desde muy joven se fue a Caracas para cursar el bachillerato y, posteriormente, para estudiar cine en el Ateneo de Caracas. En 1966 comenzó a trabajar en el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (Inciba). En 1970, mientras laboraba en el departamento de fotografía del instituto, el fotógrafo Vladimir Sersa lo convenció para iniciarse en el oficio. Desde 1971 hasta 1976 dirigió el departamento de fotografía del Inciba.

En 1975 realiza su primera serie llamada Los desterrados. Ese mismo año logra retratar algunos pacientes del Manicomio de Anare para su próxima serie llamada Anare o crímenes de paz (1976). Entre 1978 y 1979 estudió cine en el Centro de Formación Profesional Don Orione en Roma, Italia, con una beca del Consejo Nacional de la Cultura de Venezuela. Durante esos años se empezaron a construir muchas de sus series fotográficas, como Invertebrados éramos (1980/1981) y A ras de tierra (1978/1980). Esta última se expuso por primera vez en Barcelona, España. En esa misma ciudad comienza la serie Geografía humana (1979/1982).

Entre 1980 y 1985 logró conformar algunas de sus series más representativas, mientras vivía en Barcelona. Al mismo tiempo, sus constantes viajes por España lo llevaron a Sevilla y realiza la serie que lleva el nombre de la ciudad. Al igual que en Los Desterrados, es una mirada a los rituales religiosos de la ciudad andaluza. En 1985 regresa a Venezuela para continuar su trabajo fotográfico.

Su fotografía fue parte de las páginas de varias revistas como Imagen, Revista Nacional de Cultura, Escena, entre otras. De igual forma, su obra se expuso en Caracas, Roma, El Cairo, Barcelona y otras ciudades del mundo.

“Yo soy de Río Caribe. Es un lugar que gira alrededor de tres cosas: la religión, la locura y la muerte”. Una de las máximas más conocidas del fotógrafo venezolano. Estos tres elementos deambulan, como aureolas, la obra de Luis Brito durante toda su vida. Tres aspectos que definen la relación del individuo con su propio lugar de nacimiento, con la vida que está atravesada por el imaginario de la fe, por aquello que no se encuentra en la normalidad y, al final de todo, por el único destino posible: la muerte. 

En 1996 es galardonado con El Premio Nacional de Fotografía.

Luis Brito falleció el 1° de marzo de 2015, pero su obra es un testimonio que se mantiene latente, como un corazón que no termina de morir y que, quizás, nunca lo hará. En la Galería Carmen Araujo Arte, con la curaduría de Ricardo Báez, se presentó la exposición llamada “Luis Brito. Paralelismos: Selección de fotografías (1975/1986) del archivo de la Fundación Luis Brito”. El texto introductorio fue escrito por Sandra Pinardi, doctora en filosofía, expone: “Luis Brito logra ‘capturar’ los cuerpos en sus pieles, en el parecer sensible y sintiente de sus formas, de su topografía”. 

Foto: José Manuel Belisario

Ambos conversaron en exclusiva con El Diario sobre las características de la obra de Luis Brito, la importancia de la mirada y el enfoque del fotógrafo de Río Caribe, y su vigencia. La fotografía, en algunos casos, se considera un arte mimético, que se despoja de las imprecaciones del tiempo y deja plasmado, en un segundo, un hecho. Pero, al momento de entrar a la sala de la galería, -ubicada en el edificio San Carlos, piso 2, urbanización Las Mercedes, calle California con avenida Jalisco-, la obra de Brito es un reconocimiento, como explica Pinardi, de la vida, de su paso, de su huella que está plasmada en la geografía del rostro. 

“Es una fotografía que funciona como reconocimiento de la vida, de cómo la vida deja huella en los seres humanos, de cómo el tiempo pasa. Además es un reconocimiento de la densidad del cuerpo como muestra de lo que le ha sucedido”, comenta Pinardi.
Foto: José Manuel Belisario | Sandra Pinardi

Por ende, el trabajo curatorial realizado por Báez busca, mediante el encuentro de las distintas series trabajadas por Brito, establecer un hilo unificador. Los Desterrados (1975/1976), Anare o Los crímenes de la paz (1976), A ras de tierra (1978/1980), Geografía humana (1979/1982), Invertebrados éramos (1980/1981), Segundo piso, Tercera Sección (1985/1986), Relaciones Paralelas (1983/1984) y Sevilla (1986) son las series presentes en la galería. 

La fecha de apertura era el 13 de marzo, pero con el inicio de la cuarentena por el virus Covid-19, justamente, ese mismo día, será reprogramada después que finalice el confinamiento.

Cada una de ellas, aunque distintas en el foco, tienen como temática la expresión humana y su encuentro con el devenir de la vida. Además, la máxima alguna vez dicha por el fotógrafo, analizando aquello que caracterizaba a su pueblo, está presente en la recopilación. La religión, la locura y la muerte. Desde Los Desterrados, donde el fervor religioso y el rostro sosegado de la fe construye los signos de una foto que, aunque podría considerarse documental, tiene las características de un testimonio, hasta Relaciones Paralelas, donde la teatralidad de la realidad se abre ante el diafragma de la cámara de Brito; cada serie escarba entre los escondrijos de lo real. 

Foto: José Manuel Belisario
“Brito logra captar de forma muy dramática las expresiones. Por otra parte, son fotografías que tienen que ver con los seres olvidados y marginados por la sociedad. Son fotografías que tienen un importante sentido político-social. Él logra desde miradas poco usuales, muy transversales o muy cerca, que la imagen sea dramáticamente detallada”, dice Pinardi sobre el criterio curatorial.

La locura en la fotografía de Brito, como dice Pinardi, tiene que ver con la proliferación de elementos que confluyen en la vida venezolana y latinoamericana. “Es un territorio de divergencias, de diferencias, de encuentros. No hay una unidad, una coherencia, sino que podemos transitar de cosas muy distintas entre sí”, agrega. 

Las relaciones del individuo, sobre todo en Latinoamérica, están signadas por el encuentro entre la narrativa fantástica del mito y la lógica identitaria de la nación. Cada una tiene un espacio en el imaginario cultural y confluyen en el encuentro social. Esa relación se conforma con un espacio, ante los cánones clásicos, de anormalidad. “No entra en la normalidad, por eso es locura”, diría Pinardi. 

Foto: José Manuel Belisario

La mirada de Brito quería visibilizar a los marginados, aquellos que estaban escondidos tras la neblina del status quo. Esos espacios que, según Pinardi, eran invisibles en las décadas setenta y ochenta, son un referente en la fotografía. Por ejemplo, la mirada desviada de un joven, con la cabeza levemente inclinada, con un hoja en sus manos. No tiene fin ni horizonte, mira perdido al vacío, mientras juega con las líneas demarcadas de la hoja. Esta foto aparece en la serie Anare o los crímenes de paz (1976). 

“Eso tiene un carácter político-social importante”, puntualiza Pinardi, porque la sencilla visibilización de una situación de anormalidad absoluta mueve el foco, lo descentraliza, lo acomoda y establece la mirada en lo que, aunque está todo los días frente al espectador, este nunca es capaz de verlo. 

Foto José Manuel Belisario

Para Ricardo Báez la obra de Brito pareciera  estar dentro de lo que se llama “documentalismo subjetivo”. Es decir, la mirada del fotógrafo determina la realidad, no la representa, ni la mimetiza. 

“Él está buscando algo más allá de lo que representa la imagen. Incluso utiliza la técnica fotográfica para convertir la realidad en otra cosa”, agrega Báez.
Foto: José Manuel Belisario | Ricardo Báez

La realidad se transforma, a través de la mirada del fotógrafo, en un elemento teatral. En una de las fotografías de la serie, una familia está distribuida por la acera: la madre está sentada, mientras se cubre el rostro con la mano izquierda y sostiene las bolsas blancas con la derecha. Su pie derecho se dobla tenuemente, mientras el izquierdo se yergue. La acera aparece manchada, con retazos de sucio, de un color negro propio de la ciudad que no descansa. El padre está parado, con la pierna izquierda levemente aislada, con una posición expectante. Su traje es totalmente negro, sin manchas, casi impoluto, pero sus zapatos marrones tienen las mismas manchas negras que la acera. El hijo, por su parte, está con los brazos cruzados a pocos metros del padre. Sus ojos denotan una molestia, mientras un bolso negro se acuesta a sus piernas. Una escena, tres personajes. Cada uno en silencio, pero con pequeños detalles que desencadenan una narrativa. 

Foto: José Manuel Belisario

Brito no modificaba la escena real, sino que cambiaba el foco. Ese punto, ese movimiento de la mirada, es lo que permite que la teatralidad de la ficción intervenga el hecho. “Desde su manera de hacer es una segunda lectura de la realidad”, comenta el curador.

El propio Brito, en una entrevista del año 2014, dice: “La fotografía es mi lenguaje. Quiero decir, mi manera de hablar, mi manera de explicar, mi manera, quizás, de exorcizar, todas aquellas pasiones, tragedias, angustias e inquietudes que puedo tener como ser humano”.

Al tomar la fotografía como un lenguaje propio, no como una imitación de lo real, los signos en la obra se multiplican. La mirada de Brito inunda de relaciones al espectador: desde el título de la serie, hasta la narrativa que se completa imagen por imagen. 

Foto: José Manuel Belisario

Para Pinardi y Báez la titulación de cada serie es importante para determinar, de alguna forma, la significación de la obra. El signo poético del título contribuye al signo de la imagen y la imagen contribuye al signo poético. Se interpelan y confluyen en el mismo espacio. 

“Cada imagen sale de sus contornos, de su encuadre, y se presenta como espectro de sí misma, cada imagen se expande hasta evidenciar el mundo y la historia a la que pertenece”, explica Sandra Pinardi en el texto de la exposición.

El paisaje y el retrato, tanto en la fotografía como en la pintura, se consideran dos elementos distintos. Pero, para Báez, Brito en Geografía humana unifica los signos de estos dos aspectos. “Él está convirtiendo un retrato en paisaje”, agrega. De esta forma, la concepción del rostro se modifica y, a través de lo poético, se transforma en el mapa narrativo de cada individuo. 

Foto: José Manuel Belisario

Lo mismo ocurre, de alguna manera, en otra de las series presentes en la exposición llamada A ras de tierra. El detalle de los pies, de los zapatos, de los dedos callosos genera una serie de vínculos con una historia que antecede a la imagen. “Brito logra convocar desde ese fragmento la aparición de la totalidad de una persona”, escribe Pinardi. 

La exposición en la Galería Carmen Araujo Arte es un testimonio de Luis Brito. Son sus deseos, sus maneras de ver el mundo y de enunciarlo. Cada una de las fotografías es la puerta a un universo narrativo que desde el rostro, los pies y los ojos dan a entender la totalidad de una historia. 

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