• En El Diario conversamos con el compositor y pianista venezolano sobre su nuevo álbum y sus inicios en la música. El jazz, para él, es el puente de conversación entre las diferentes expresiones musicales y su objetivo es llevar los ritmos venezolanos a la Gran Manzana 

Un día en la casa de su infancia Gabriel Chakarji descubrió entre las pertenencias de su padre un disco de Chick Corea, un reconocido pianista de Jazz, que lo asombró. Años después, específicamente en 2016, Gabriel tuvo la dicha de presentarse en el Blue Note Jazz Club de Nueva York luego del set realizado por Corea y Herbie Hancock. El inicio de su curiosidad por el género lo llevó, luego de tanto esfuerzo y talento, a encontrarse con el autor de ese primer disco que lo sorprendió en su niñez.

Podría pensarse que el primer encuentro de Gabriel con la música ocurrió en ese instante, pero desde muy pequeño, al ver el ejemplo de sus padres que eran aficionados, uno desde el piano y el otro desde la voz vigorosa, encontró un medio de expresión en las notas que se sustraían de la partitura para transformarse en sonido. Sus dedos comenzaban a titilar ansiosamente sobre las teclas y a los nueve años de edad, en el certamen musical Ángel Sauce, deslumbró al jurado y sobrepasó el talento de niños más grandes. Desde ese momento comenzó su formación en el Conservatorio Juan José Landaeta.

Poco a poco, mientras crecía, la composición de Mozart y la pulcritud de Bach se tornaban aburridas para Gabriel, quien a los 12 años, como un hachazo, decidió cortar con el estudio musical para practicar básquetbol en el colegio. Recuerda, entre risas, los comentarios de una tía que repetía una y otra vez: “te vas a arrepentir de esto”. Pero esto duró un par de años, hasta el descubrimiento de los discos de su padre y el llamado, como un punto iniciático, de la música. En quinto año de bachillerato volvió a sentarse en la banqueta del piano.

Y, aunque sus dedos estaban un poco oxidados por el tiempo, las idas a la iglesia para tocar lo mantuvieron activo. Sus amigos, que lo acompañaban cada domingo en los pequeños conciertos eclesiásticos, comenzaron su participación en la Simón Bolívar Big Band, que es parte del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela. Todos ellos lo llamaron para participar del conocido Sistema, para los nacionales y foráneos. 

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Entre ellos estaba Linda Briceño, compositora, trompetista venezolana y ganadora del Grammy Latino en 2013, con la participación de Gabriel. En ese momento, en el medio de su adolescencia, ambos comenzaron a conocer el mundo de la música en el Big Band. 

La curiosidad por el jazz se mantenía latente en la cabeza de Gabriel. El sonido irreverente de Thelonious Monk que golpea las teclas, que se aleja de la partitura hasta el límite para ampliar el rango de la improvisación, era constante en sus pensamientos. No hay camino ni lineamiento, hay una relación constante entre todos los instrumentos que dialogan sobre el escenario. Ese fue el primer elemento que lo ancló a los puertos deambulantes del jazz. 

El descubrir el jazz, el tema de la improvisación, me llamaba mucho la atención. Uno de sus grandes elementos. Eso para mi fue como un mundo que explotó en mi cabeza. Me metí de cabeza a aprender qué era eso de improvisar”, comentó en exclusiva para El Diario.

Las sirenas policiales se entremezclan con la voz de Gabriel. Nueva York, aunque apaciguada por el feroz Covid- 19 que se aparcó en la vida diaria, se mantiene viva, repleta de sonidos característicos que no dejan que la quietud se mantenga. El fin no ha llegado. En ese momento, recordando sus días en otra ciudad sin calma, la ciudad de su crianza, la que lo identifica como caraqueño, menciona a la Kamarata Jazz, el grupo comandado por César Orozco, uno de sus profesores y amigos más queridos. Ese grupo, comenta, fue uno de los primeros que le brindó el apoyo para tocar en distintos sitios de Caracas.

Las dudas sobre su futuro al salir del bachillerato se apaciguaron con el consejo de César Orozco. Sus padres, confiados en la importancia de los estudios universitarios canónicos, de una carrera productiva para el día a día, sentían temor al ver la inclinación de Gabriel hacia la música como punto primordial de su vida. Igual intentó en la Universidad Central de Venezuela y fue aceptado en la Facultad de Ciencias Económicas.

Pero la música, como un recuerdo pesado, lo llamaba una y otra vez. En 2011 visita la ciudad de Nueva York por primera vez, junto a la Simón Bolívar Big Band. Era su primera gira como músico y los ritmos escondidos entre las alcantarillas, en los vendedores ambulantes, en los taxis, en el metro, en la necesidad de no descansar, lo asombraron. El cielo de luces se amplió ante sus ojos y se enamoró. Era Nueva York. 

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Regresó a Venezuela, deslumbrado por la vida de la música y los cielos opacos, para decidir dedicarse completamente a la música. Orozco lo apadrinó en su decisión. En ese momento el país empezaba a quebrarse y el éxodo de muchos profesionales se empezó a notar. Incluso, muchos de los artistas que tocaban noche tras noche en los sitios de Caracas decidieron irse. La ciudad se empezaba a enmudecer y Gabriel, con su rostro jovial y cabello largo, colocó su banqueta frente al piano para sustituir las ausencias. 

En ese periplo del tiempo, mientras se daba a conocer en la escena musical caraqueña, participó en algunas presentaciones junto a Rafael “El pollo” Brito y C4 Trío. Su nombre empezaba a retumbar y su camino zigzagueante lo llevaba a lugares de gran dicha. Por ejemplo, a participar en un evento con la cantante Huguette Contramaestre que, luego, lo llevaría a conocer a Carmela Ramírez, su pareja y acompañante en el primer álbum de ambos que, paradójicamente, se llama Vida

Los dos querían incursionar en los ritmos latinoamericanos y en la riqueza multicultural que se resguarda en los caminos polvorientos del continente. En ese momento, comenta Gabriel, Carmela había viajado a Brasil y se trajo consigo, en una pequeña maleta de recuerdos y aprendizajes, una cantidad de ritmos para replicar y mezclar. Así nace Vida, el disco que él mismo denomina como el cierre de todo su desarrollo en Venezuela. 

El disco nace por la insistencia de Germán Landaeta, productor e ingeniero en sonido, que había escuchado tocar a Gabriel en las noches de Guataca que se celebraban los miércoles en el Trasnocho cultural. La grabación de Vida no fue en la clásica sala de grabación, sino fue en el Teatro Chacao. En ese momento, el pianista venezolano ya había sido becado por The New School, ubicado en Nueva York. “Realmente el disco lo sacamos después de que yo estaba aquí”, comenta. 

New York State of Mind

Después de su primera visita con la Big Band se había enamorado de la ciudad. La historia de Nueva York es la historia, prácticamente, de la migración. Entre las calles de los cuatro distritos se entremezclan cientos de lenguas, de culturas, de gastronomías y sonidos que, en vez de luchar unos a otros, se compaginan para construir la esencia neoyorquina. La beca de Gabriel era para un Bachelor in Fine Arts in Jazz and Contemporary Music. Algo que no podía rechazar. A su lado se fue Carmela, que meses después también recibió una beca para estudiar. 

Me encantó. Yo soy de Caracas, que es una ciudad con una velocidad rápida, que no para mucho. Para Nueva York es tres veces ese ritmo: es la ciudad que no duerme”, agrega.

La ciudad dividida por el Río Hudson, comenta él, es el sitio para todo músico. “Si quieres ser músico y estar entre los mejores aquí te encontrarás con los mejores músicos del mundo. Tú vas a cualquier bar a escuchar música y todo es excelente”, agrega. Así como Miles Davis dijo alguna vez que el cambio es el germen de la creación, Nueva York es la ciudad donde ese cambio estará presente en cada bar, en cada teatro y, sobre todo, en cada esquina. 

Una de las anécdotas que más recuerda Gabriel se remonta a su primer viaje. En ese momento, junto a la Big Band, se presentó en un local llamado Dizzy Club que queda, justamente, en la esquina inferior del Central Park, en la calle 59 de Columbus Circus. La ciudad vuelve a hablar y las sirenas se cuelan en la conversación. Varios años después de ese primer viaje, con reconocimiento en Venezuela y una estadía académica en la ciudad, volvió a presentarse ese mismo local. Sus facciones no han cambiado, su cabello sigue largo y su rostro sonriente al tocar, pero al entrar dijo: “Sí se puede lograr el sueño”. 

No fue el único que escogió Nueva York como destino. Linda Briceño, Manuel Trujillo, Daniel Prim, entre muchos otros llegaron a la ciudad con un instrumento bajo el brazo y las ganas de adentrarse en la cultura neoyorquina. Gabriel agrega, con un tono de sosiego en su voz, que eran una familia en Caracas que se mantuvo después de la migración. Gabriel trabajó con Linda en el álbum Tempo y ahora Daniel trabaja con él en su nuevo disco New Beginning. Como una familia que no se separa y que se apoya continuamente es la comunidad de músicos venezolanos. 

Asimismo, los músicos venezolanos que vivían en Nueva York antes de su llegada lo recibieron con especial cariño y apoyo. Uno de ellos es Juancho Herrera, guitarrista con años en la ciudad, que lo llamó para participar en un festival en Guanajuato, México. En ese lugar compartió escenario con Rubén Blades, uno de los cantautores y compositores más importantes de latinoamérica. Luisito “Ataque” Quintero, percusionista de Celia Cruz, Oscar D’León y Marc Anthony, también lo llamó en sus primeros meses en Nueva York. “He tenido muy buena conexión con esa comunidad de músicos venezolanos”, agrega. 

El jazz, signo de la libertad 

La carrera en The New School le permitió adentrarse en las entrañas de la historia del jazz que, para él, es la historia de la justicia por los derechos civiles y contra la segregación en Estados Unidos. Es un género bondadoso que acepta, como el buen anfitrión, a todos los ritmos capaces de incluir vitalidad en su existencia.

Gabriel quedó absorto ante la improvisación del jazz donde los instrumentos, prácticamente, se encuentran en un espacio de absoluta libertad para conversar y, en algunos casos, discutir a través de la música. Eso, para él, es la mayor libertad posible y el jazz, siendo significante de una historia cargada de represión, es el medio para la expresión libre. Es un compromiso con la vida humana. Es ritmo, libertad y tránsito. Es el puente entre las distintas épocas y culturas. 

La cosa con el jazz es que imagínate, no se puede decir qué es. Es una música tan bondadosa con todos los demás géneros. Alguien dijo una vez que ‘es la música más abierta a recibir otros géneros’”, dice.

Desde sus inicios en la Big Band Gabriel estuvo atraído por los ritmos latinos y, como ocurre en la mayoría de las migraciones, su sonido venezolano se marcó mucho más después de llegar a Nueva York. La nobleza del Jazz le ha permitido traer, como él lo denomina, los ritmos de la diáspora, de mezclarlos, de crear algo innovador a partir de la conversación generada por el piano y el tambor, entre otros instrumentos. 

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Venezuela In Motion es un proyecto marcado por ese encuentro entre el jazz y los ritmos venezolanos. Para Gabriel ese estilo representa un mensaje para los demás sobre el proceso identitario y cultural del migrante, de aquel que vive en constante cambio y adaptación. “Queremos hablar de eso y hablarle a todos los inmigrantes en el mundo. No solo al venezolano”, agrega. 

Comenta que un día, mientras tocaban en un sitio legendario de jazz, donde había tocado Dizzy Gillespie, al sonar los tambores la receptividad fue increíble. Desde el dueño del local, un clásico en Harlem, hasta los espectadores disfrutaron la mezcla de los ritmos afrovenezolanos con la irreverencia del jazz. 

New Beginning es su nuevo álbum que se estrenará el 1° de mayo y está marcado por los ritmos afrovenezolanos en el jazz. Desde su llegada a Nueva York, hace 6 años, compuso una gran cantidad de piezas que unificó en este nuevo proyecto. Las canciones son un muestrario de su vida en la ciudad, de sus sensaciones y, sobre todo, de sus ideas para mezclar lo que ya existe. Luis Baque fue el productor que lo empujó, comenta entre risas, a realizar la grabación. 

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Las presentaciones, o “toques”, se han detenido por el virus. La ciudad que nunca duerme finalmente ha dormido, incluso con ciertos sonidos que se mantienen latentes. Las redes sociales han sido el espacio para dar a conocer New Beginning y para Venezuela el disco estará disponible en la plataforma de Cusica.

Su vida es una mezcla constante. Desde su abuelo que emigró de Siria para llegar a Valera, estado Trujillo, y crecer en la Venezuela de lo posible, hasta su búsqueda por incorporar los ritmos caribeños con los norteamericanos. Cada experiencia, cada aprendizaje, es el inicio para la confluencia con otros elementos. Gabriel es caraqueño, pero su percepción del mundo no está atada a las calles de la ciudad, sino a los ritmos azarosos que el jazz le brinda. 

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