• Para Alberto Salcedo Ramos, reconocido periodista y cronista colombiano, se escribe para encontrar las metáforas escondidas en la bruma de los hechos. En exclusiva para El Diario conversó sobre la esencia del periodismo, las características de la crónica y su naturaleza de contar historias

El desenmascaramiento de la realidad, aquella que muchas veces pasa desapercibida, es una de las primeras cosas que se reconoce del cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos. Luego, al conocerlo por las conversaciones esporádicas que permite la distancia, el tono campante y cargado de amabilidad es lo segundo. Sus obsesiones al momento de escribir no son las de la torre de marfil; son, por otro lado, las cercanas al tamboreo de la cotidianidad y a la polvareda de la vida popular. En ese espacio limítrofe de la sociedad, donde retumba el acordeón o las balas del conflicto armado colombiano, está posicionada la mirada de Salcedo Ramos, que ha conocido todos los recovecos del oficio periodístico para llegar al puerto de la crónica. 

Desde la recopilación de crónicas que realizó junto al poeta y periodista Jorge García Usta llamada Diez juglares en su patio (1991), pasando por el libro El Oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé (2005) que narra la sorprendente, y a veces errática, vida del pugilista colombiano y por las crónicas recopiladas sobre Diomedes Díaz, el Cacique de la Junta, en La eterna parranda (2011), Salcedo Ramos ha escrito cada historia con el tempo de los ritmos populares del caribe colombiano. Asimismo, la violencia que ha enlutado la historia contemporánea del país ha estado presente en su escritura porque, como alguna vez le dijo un señor en la población de El Salado, —sitio que presenció en el año 2000 el asesinato de 66 personas por los grupos paramilitares—, “olvidarlo es hacerles un favor a quienes cometieron la masacre”.

Foto: Paola Ángel

Luego de un par de semanas, donde las responsabilidades y las obligaciones se acrecentaron por la aparición del Covid-19, el cronista colombiano presentó una propuesta: una pregunta, una respuesta. Así todos los días, durante una semana, para cumplir con la entrevista. Y uno de esos días, en una de esas respuestas, esbozaba para El Diario que “más que proponer una metáfora, lo que el autor debe es descubrirla en la realidad que tiene al frente”. Ese es el trabajo del cronista. 

Para el relato, tanto de ficción como periodístico, la memoria es un elemento primordial para mantener los detalles del hecho y poder trasladarlos al lenguaje. ¿Cómo se caracteriza la memoria del cronista?

— La memoria es fundamental, desde luego. Por memoria entiendo no solo lo que yo pueda recordar, sino, sobre todo, lo que logre preservar después de hacer un trabajo de campo acucioso. Si soy aplicado tomando notas, haciendo observaciones, llevando diarios, estaré en capacidad de blindar mi investigación. Confiarse en la sola memoria de uno, por muy buena que sea, equivaldría a andar sobre un terreno demasiado deleznable.

La crónica es un género híbrido que busca unificar la potencia narrativa de la literatura con la preocupación ética del periodismo, pero ¿cuál es el límite de la metáfora dentro del relato de la realidad?

— Yo diría que escribimos crónicas, en parte, para descubrir ciertas metáforas ocultas de la realidad. Necesitamos contar historias para poder entender ciertos hechos que nos afectan, ya que los meros datos informan pero se quedan cortos cuando se trata de buscar ciertas explicaciones profundas. La metáfora no debe ser forzada y tampoco debe ser un adorno impuesto por la vanidad del autor. Más que proponer una metáfora, lo que el autor debe es descubrirla en la realidad que tiene al frente.

En sus crónicas, más allá de narrar la épica de los grandes personajes, relata la derrota de los mismos. ¿Por qué es importante para usted escribir sobre personajes abocados al fracaso?

— No sé cuántas veces habré oído esa pregunta. Una noche de 2007 fui a cenar, acá en Bogotá, con tres amigos y con Gay Talese. En medio de la cena se me ocurrió preguntarle a Talese por qué escribe tanto sobre perdedores. Tal vez quería encontrar en su respuesta una justificación que yo pudiera usar más adelante. Nunca he olvidado lo que me dijo. Fue realmente memorable: ‘es que todos somos perdedores. Es solo una cuestión de tiempo’. Y sí: tarde o temprano todos vamos a perder.

El periodismo de la era contemporánea atiende la inmediatez de la redes, de un contenido que genere visitas y a la necesidad de figurar cada segundo en las pantallas. ¿De qué forma la inmediatez de la contemporaneidad configura el oficio?

— Yo me niego a ejercer el periodismo siguiendo las tendencias facilonas de las redes sociales. Muéstrame a un editor que configure su agenda informativa con base en los escándalos de Twitter y yo te diré que estoy frente a un mal editor. Es increíble el montón de periodistas que ya no buscan entrevistas directas con las fuentes sino que escarban en las redes sociales para convertir en noticia cualquier cosa que vieron allí. Un canal informativo de Colombia publicó esta noticia: «James Rodríguez y Daniela Ospina ya no se siguen en Instagram». Dan ganas de llorar cuando uno ve esto, en serio. Para mí la esencia del periodismo no ha cambiado. La tecnología modifica la forma en que se transmiten los contenidos pero el reto de investigar, confrontar, verificar, contar, sigue vigente. Si Robert Capa viviera aún, también tomaría fotos con un teléfono móvil, pero créeme que él estaría metido hasta la cintura en el barro o reporteando una guerra desde la trinchera, no a la espera de lo que sea tendencia en Twitter y Facebook. El hábitat del buen reportero es la calle.

Foto: Paola Ángel

Además, en los últimos días Martín Caparrós publicó un artículo llamado “contra el público”, en el cual expone que la banalización del periodismo ocurre porque en los medios en el mundo se preocupan más por las métricas, que por las investigaciones. En ese caso, ¿el lector configura al periodismo o, al contrario, los medios permean lo que la gente quiere leer?

— Suscribo el comentario de Martín. Para mí nada justifica que un periódico se vuelva banal.

La cultura popular, en muchos casos, se considera un tema común y corriente hasta el punto de ser desdeñada en la búsqueda de un buen uso del lenguaje, pero en sus crónicas la inclusión del habla común, de los elementos propios de la comunidad, es notable. ¿Cuál es la importancia de la cultura popular en su trabajo y de qué forma se destruye la separación, un poco anacrónica, entre alta cultura y cultura popular?

— Te voy a responder con una historia muy bonita que contó la ex-ministra de cultura de Colombia Paula Moreno. Ella estuvo en una reunión con una red de cantadoras de la costa Pacífica de Colombia. Las mujeres conversaban sobre los sufrimientos que han padecido debido al conflicto armado de Colombia. Muchas tienen hijos desaparecidos: otras, maridos asesinados, y así. Cuando la ministra oyó los testimonios dolorosos les preguntó a las mujeres cómo hacían para curarse de esas penas, ya que no hay con qué pagar psicólogos, y los programas de salud mental en nuestro país son precarios. Por toda respuesta, las mujeres cantadoras abrieron sus carteras y sacaron un guasá, que es un lindo instrumento musical hecho con semillas. Empezaron a tocar sus guasá y además se pusieron a cantar con sus voces tan melodiosas como potentes. Al terminar dijeron que el canto es un mecanismo de resistencia y solidaridad que les ha permitido sanarse. Mi idea de cultura sale de recorrer el país, no los museos. Malraux decía que cultura es todo aquello que, en la muerte, continúa siendo la vida.

En el prólogo de El reino de este mundo Alejo Carpentier finaliza con la pregunta: ¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso? En este caso, ¿el factor de lo maravilloso mezclado con el signo de lo real puede representar un manera distinta de narrar lo ocurrido en Latinoamérica?

— No sé. Siempre he sido reacio a esas marquillas académicas y comerciales. Yo he leído muchas crónicas y reportajes de Estados Unidos en diferentes momentos históricos, y he apreciado que en ese país también se ha dado eso que Carpentier dio en llamar ‘lo real maravilloso’. Los escritores de no ficción se acercan a la realidad y suelen descubrir lo maravilloso que hay en ella. A mí a estas alturas eso no me parece tan relevante. Te confieso que me da un poco de pereza volver a ese tema. Yo solo quiero que me cuenten buenas historias y que me las cuenten bien.

Foto: cortesía

Gabriel García Márquez tenía una sentencia muy conocida: “Cien Años de Soledad es un vallenato de 400 páginas”. Partiendo de esto, ¿la escritura latinoamericana, consciente o inconscientemente, está marcada por la cultura popular?

— Norman Sims suele decir que los reporteros de la noticia, los del día a día, son como mendigos que se acercan a los centros de poder para recoger las migajas que arrojan los poderosos. Martín Caparrós, por su parte, señala que la crónica es política porque se rebela contra la idea de que el periodismo consiste en contarles a muchos lo que les sucede a muy pocos. De modo que la crónica es un género que suele merodear por los bordes, y en estos ámbitos se siente más el saxo del músico popular que la política pública de quienes nos gobiernan.

El contexto colombiano del siglo XX estuvo, de alguna manera, marcado por la violencia. Desde la guerras bipartidistas, hasta el crecimiento de los grupos subversivos, paramilitares y el boom del narcotráfico. Desde su posición como cronista, ¿de qué forma la violencia configuró la cultura colombiana y cómo trastoca la vida común del ciudadano?

— He escrito mucho sobre eso. Seguramente lo encontrarías mejor expresado en mis crónicas que en la respuesta que te voy a dar ahora. El gánster Pablo Escobar solía decir que en Colombia lo único democrático que ha habido es la muerte y que, además, eso se le debía a él, porque él era capaz de matar a cualquier hijueputa. Me has hecho preguntas complejas que demandan, cada una de ellas, una conferencia en profundidad y no una respuesta de entrevista periodística. Una de las consecuencias de haber padecido tantas violencias es que hemos perdido la capacidad de asombro, que la muerte se nos volvió rutina y que no tenemos oídos para la discusión argumentada sino para la confrontación. El poeta Jaime Jaramillo Escobar dice que exponer las ideas en Colombia no atrae a un contradictor dialéctico, sino a un sicario.

Desde ese punto, ¿cuál es la importancia de la memoria y el relato para mostrar, como dice en la crónica El pueblo que sobrevivió a una masacre amenizada con gaitas, el país que no se conoce?

— Cuando hice esa crónica de El Salado, uno de los entrevistados fue un señor llamado Oswaldo Torres. Apenas llegué al pueblo él empezó a contarme la masacre con los detalles más espeluznantes que te puedas imaginar. Eso lo hizo de manera espontánea, sin que yo se lo preguntara. Había datos muy escabrosos en su testimonio. Yo le pregunté por qué me contaba todo eso y él me dijo que lo hacía para que, gracias a mi crónica, el país nunca olvidara lo que sucedió en El Salado. ‘Olvidarlo es hacerles un favor a quienes cometieron la masacre’, me dijo. Esa respuesta suya es la mejor justificación que podría esgrimir ahora ante tu pregunta.

En los últimos días la Revista Semana publicó un reportaje sobre el espionaje que realiza el ejército colombiano a periodistas, sindicalistas, políticos y generales. Primero, ¿cuál puede ser el objetivo de dichas «perfilaciones» realizadas por el ejército? Y, segundo, ¿cuáles pueden ser los peligros de ejercer el periodismo en Colombia?

— Colombia es un país donde el periodismo ha sido asediado por diversos peligros. Tanto las interceptaciones como los seguimientos son inaceptables. Cuando los gobernantes no se preocupan por defendernos de los peligros, sino que se convierten, ellos, en los enemigos que nos intimidan, apague y vámonos. 

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