• El violinista y director de orquesta venezolano conversó con El Diario sobre la pedagogía del Sistema de Orquestas Nacionales, su enseñanza y el poder de la música como lenguaje universal

Un ensayo orquestal se caracteriza por la compaginación exacta, prácticamente milimétrica, de decenas de personas, bajo el tempo de la batuta que dirige. Los músicos se mueven de un lado a otro, acarician sus instrumentos y se levantan con el toque de la percusión. Un baile sin precedentes, donde todos, hasta los más tímidos, se despojan de sus inseguridades y se adhieren al movimiento sincronizado del Chamambo de Manuel Artés. En el podio, con la batuta en la mano derecha, envolviendo sus movimiento a la gran figura del ritmo está José Jesús Olivetti, director de orquesta venezolano, quien marca las velocidades y establece el instante cuando la nota dejará sus aposentos abstractos, en la hoja de papel, para transformarse en una emoción genuina a través del instrumento. 

Olivetti nació hace 28 años en Barquisimeto, estado Lara. Desde pequeño, comenta en exclusiva para El Diario, la música fue un signo importante en su vida. Sus padres, quizás como buenos residentes de la ciudad más musical del país, lo indujeron al canto, al baile y a los instrumentos autóctonos de una tierra acostumbrada a retumbar de forma diferente. Ese fue el génesis de su afición musical. Luego, sus padres decidieron inscribirlo en el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela y, según él, este momento marcó un quiebre en su vida. 

Ahora, mientras el confinamiento irrumpe en la normalidad de los seres humanos y en su corazón mantiene el recuerdo de haber sido el primer latinoamericano en ganar el Harmoniemusik Welden de Bavaria, menciona que el Sistema, como es denominado este movimiento de orquestas juveniles en Venezuela, fue el lugar de mayor alegría y crecimiento integral que tuvo en su vida. Comenzó con teoría y solfeo. “Es lo que llamamos: ese primer contacto con la música”, comenta. 

Foto: José jesús Olivetti

Luego, en el núcleo de Barquisimeto, la flauta se convirtió en su instrumento primario, en el primer paso para iniciar el reconocimiento y práctica de melodías para, después, pasar al violín como instrumento principal. Fueron las enseñanzas del maestro Savino D’Addona lo que desarrolló, en un principio, su experticia con el violín. 

El Sistema: un lugar de crecimiento constante

Este proyecto que inició con el ímpetu del maestro José Antonio Abreu ha representado un hito nacional desde hace muchos años y que, de manera insospechada en una tierra de ritmos populares, trajo el academicismo europeo al pensamiento de jóvenes marcados por realidades sociales muy distintas. Esto, para José Jesús Olivetti, desde Alemania, es el factor más importante del Sistema: es un marca y un ejemplo de constancia. 

En el Sistema compartes con personas que no son de tu mismo color, de tu misma religión, de tu mismo status social; sin embargo, todos tenemos la misma oportunidad de crecer, de tener unos grandes profesores y eso te demuestra que todo está en ti, que si tú lo logras no importa de dónde vengas, si tú te esfuerzas por algo que te gusta, lo vas a conseguir”, agrega.

El arte, en cualquiera de sus representaciones, es una expresión que se diluye en cada aspecto de la vida. La música, como establece Olivetti, no se quedaba en las horas de práctica, tampoco en las conversaciones en el conservatorio; no era una realidad alejada que, quizás, aparecía en momentos esporádicos bajo el resguardo de un comentario que lucha ante el aburrimiento. Era, por otro lado, un elemento que se expandía a todos los aspectos de su vida: colegial, familiar, entre otros.

Los valores ineludibles del Sistema, compaginados con la expresión musical, brindan un crecimiento total en los jóvenes. Para Olivetti, al recordar con sosiego sus primeros pasos en la música, el Sistema enseña compañerismo, humildad, aprendizaje y disciplina. Todas las tardes, desde sus inicios, practicaba dos horas las melodías en violín. Sin excusas, sin procrastinaciones, sin olvidar las enseñanzas y la competencia sana con sus otros compañeros. De esta forma, comenta, la disciplina musical se transforma en un camino de piedra para la vida, donde los pasos, en algunos puntos de barro, quedan marcados para la transcendencia. 

Si la enfocas (la música) con la seriedad necesaria y te empiezan a dar premios, ya sea ejecutando tu instrumento o dirigiendo, comienzas a sentirte bien con tu creación. Ese camino te ayuda a esforzarte en las demás ramas de tu vida. En mi caso, por ejemplo, fui un buen estudiante en el colegio por los valores aprendidos en el Sistema”, comenta.

Además, otro de los factores que, para él, es importante reconocer del ecosistema de este proyecto, con la música académica como espina dorsal, es el apaciguamiento de la soledad que, en muchos casos, ataca en la juventud. Olivetti no olvida, siquiera por un momento, a sus compañeros que iniciaron este camino con él a los ocho años. Las experiencias, las amistades y el abrazo fraternal que se mantienen hilados por la gran figura del Sistema son elementos que, de una forma u otra, brindan trascendencia al trabajo realizado por todos los maestros desde 1975. 

Las enseñanzas del maestro José Antonio Abreu, uno de los referentes más importantes de la música académica en Venezuela, fueron primordiales en los primeros años de Olivetti. Él, entre muchos, encarna la figura del maestro y sus conversaciones estuvieron signadas por la necesidad de innovar constantemente y transformar la música en un medio de conexión humana. Comenta, parafraseando los proverbios de Abreu, que el director de orquesta debe ser el motor de la afectación emocional de la música porque, por ejemplo, cuando un niño toca en un concierto la emoción pasa de él, con su instrumento en las manos, a sus padres, a sus abuelos, a sus amigos y familiares. Así, sucesivamente, la música enaltece mucho más que una sola vida. Revitaliza un vínculo. “estás nutriendo a una cadena bastante amplia y es una de las cosas que más le gustaba cuando hablábamos”, menciona.

Foto: José Jesús Olivetti

Una de las anécdotas que se mantiene con Olivetti, y recuerda sobre todo en los momentos de mayor dificultad, se remonta al primer viaje que tuvo como alumno del maestro Abreu. Un día, frente a la orquesta, el maestro llama a Olivetti y dice: “les presento a José Jesús, un barquisimetano con un futuro brillante y uno de los más grandes de la dirección de orquesta en Venezuela”. Este momento, recuerda, fue uno de los más importantes en su carrera porque determinó una enseñanza que venía desde las bases del Sistema: “tocar y luchar”. Al momento de cada presentación o al crear una obra se mantiene, para todos los participantes de este inmenso proyecto, las máximas de ser referentes en el mundo. “Es una huella dactilar que tenemos todos”, dice. Una marca, un signo, un proverbio inolvidable que caracteriza a cada músico venezolano y que, quizás, lo diferencia del resto.

A muchas personas que me han entrevistado les digo que esta frase (tocar y luchar) no es solo para músicos; es para cualquier persona, para cualquier momento. Es una frase que se puede adaptar a cada uno de los momentos de nuestra vida”, agrega.

 El mundo como escenario 

Su lugar en la música clásica lo ha llevado a conocer decenas de lugares en el mundo. Desde Helsinki, hasta Sao Paulo, pasando por Turín, Lisboa y Oporto. Incluso, como Principal Director Invitado de la Orquesta Geração de Portugal, con la cual creó una relación fuerte y amena desde su primera invitación en 2011, dirigió el Festival de la Final de la Liga de Campeones de la UEFA. 

Pero, aunque recuerda muchos viajes significativos, fue su primera vez fuera de Venezuela la que, en la bruma de la incertidumbre juvenil, lo detuvo y lo hizo pensar en la música como inicio, desenlace y fin. Fue Brasil su destino. Iba a representar a Venezuela en el Festival Internacional de Invierno de Campos do Jordao en Sao Paulo, una de las ciudades más importantes del país vecino. Comenta que, además de los nervios, existía una emoción implícita por presentar ante un extenso público lo aprendido y ensayado durante tanto tiempo en Venezuela. 

Foto: José Jesús Olivetti

“El hecho de poder compararte con otras personas que viven realidades diferentes, que vienen de otros países o de otro sistema de estudio musical y poder compartir esas enseñanzas y demostrar que en Venezuela el sistema no es solo un proyecto social, sino que los profesores tienen un nivel muy alto y que nos dan bases sólidas, las cuales podemos competir con cualquier persona del mundo, es motivo de orgullo”, dice.

Luego, en la misma ciudad tuvo el chance de disfrutar, junto a músicos de todos los rincones del mundo, la conformación de una orquesta que participaría en distintos conciertos en varias ciudades de Brasil. Hubo dos cosas que enmarcaron ese primer viaje, comenta Olivetti. Primero, el reconocimiento del invaluable trabajo de los profesores del Sistema y, segundo, el engrandecimiento del lenguaje musical. En un lugar donde todos hablan distintos idiomas la comunicación se complica y, podría pensarse, que interfiere en la necesidad de sincronía musical, pero no, porque la música es un lenguaje universal que cualquiera, con la destreza necesaria, es capaz de descifrar. Ese instante fue primordial para José Jesús Olivetti, ya que, a través de esa fraternidad, reconoció su futuro en la música académica. 

Como violinista pudo recorrer distintos festivales del mundo como el Festival de la Academia Latinoamericana de Violín, Festival y Academia del Nuevo Mundo, Festival Unión de las Artes, entre otros. Recuerda con especial ahínco los viajes realizados con la Orquesta Sinfónica en representación de Venezuela. Ahora, como director, luego de las clases magistrales con el maestro Mario Benzecry en la ciudad de Barquisimeto y con el maestro Francisco Noya en Caracas, ha participado en distintos cursos y festivales alrededor del mundo, entre los que destacan “El Bruckner, Berlioz, Stravinsky Conducting Meisterkurse” con el Maestro Jorma Panula, en Helsinki, Finlandia; El “Blue Danube Opera Conducting» con la Bourgas State Opera, el Schlern International Music Festival, en Italia, entre otros. 

Alemania, país de acogida

Paul Tortelier, reconocido compositor francés, le pregunta a un estudiante alemán: “¿Qué significa “Bach”? Este responde: “Arroyo”. De esta forma, con el violonchelo entre sus piernas, explica la trascendencia del compositor alemán en la música y la forma, como de si un riachuelo se tratase, en que se mueven las notas musicales. Es una progresión que, hasta nuestros días, se mantiene impoluta en el aprendizaje académico. Una tradición marcada por el barroco del siglo XVIII y que, comenta Olivetti, se puede notar en la afición de la sociedad teutona con la música clásica. 

Esto sorprendió, en un principio, a José Jesús que, aunque había visitado varias veces el país en compañía del Sistema de Orquestas, logró descifrar algunos detalles de la sociedad cuando llegó para vivir. Igualmente, como todo migrante, recuerda a Venezuela con nostalgia y alegría por los momentos pasados. Todo es distinto. No es como los viajes anteriores, en los cuales, comenta, sabía que regresaría a su hogar en Barquisimeto para regocijarse en los brazos de sus padres. Es hijo único y, por diferentes situaciones, no ha podido visitar Venezuela en los últimos dos años. Extraña sus aplausos, sus caricias, sus felicitaciones y los pequeños detalles que construyen su relación familiar. 

Foto: José Jesús Olivetti

Ahora, en el medio de una crisis mundial que no parece encontrar resolución, se encuentra preocupado por el agravamiento de la situación en Venezuela. Y, para él, es imposible no caer en el torbellino de noticias, de preocupaciones, de impaciencias que atacan al venezolano que vive en otro país, pero tiene el corazón y la mente en Venezuela. “Yo, por ejemplo, no puedo estar alejado de lo que está sucediendo. Siempre estoy en contacto con mi familia para saber si todo está bien, qué está pasando”, agrega. 

Todo individuo que emigra, de una u otra forma, se convierte en un embajador de sus orígenes y Olivetti está muy claro de eso. Trata, desde su trinchera, de recopilar esfuerzos para apaciguar la crisis de muchas personas y ayudar a cientos de venezolanos en situaciones deplorables. “He hablado hasta con médicos para que hagan algo con los médicos en Venezuela y apoyarnos de alguna forma”, dice.

Aquella frase que se repetía en el Sistema, –Tocar y Luchar–, se convirtió en una máxima para no desfallecer en la vorágine de nostalgias y pensamientos.  Alemania, desde sus visitas, era un lugar especial por el tratamiento y la forma de enseñar la música clásica. Primero, se postuló en la Universidad Leopold Mozart de Augsburgo y tuvo que esperar mes y medio por la respuesta de la beca. Ese tiempo, mientras la incertidumbre se acrecentaba, fue parte de un extenso programa de preparación. Solo había cuatro becas disponibles. La oportunidad era muy reducida. Quizás no se la darían, quizás sí. Luego de ese tiempo las dudas se disiparon y recibió la noticia de haber obtenido la beca “Theodor Rogler Stiftung” de Munich para jóvenes músicos. “A partir de de ese momento he sentido mucha felicidad y  he crecido tanto individual como personalmente. Fue la mejor decision que he tomado en este tiempo y me ha ido tan bien gracias a los profesores que he tenido en Venezuela”, menciona. 

Foto: José Jesús Olivetti

Además, el proceso para convertirse en Director Titular de Orquesta, luego de haber ganado el primer lugar del concurso de la Harmoniemusik Welden, fue arduo y complicado. Cada cierto tiempo, por mes y medio, tenía que enfrentar nuevas etapas: primero, una audición con el instrumento principal, que en su caso era el violín; segundo, una evaluación en piano, en obras solistas y en obras sinfónicas reducidas a ese instrumento; tercero, debía realizar algunas pruebas en opera y, finalmente, venía la evaluación en el área de Director. Cuando recibió la noticia, dice, sintió un regocijo muy grande por el mérito y recordó todos los momentos de trabajo en Venezuela para llegar a este lugar.

Tocar y Luchar, un máxima que se convirtió en concurso

En Venezuela, con el apoyo de todo el Sistema, fue partícipe de un proyecto que trataba de engrandecer la pedagogía en los distintos núcleos del estado Lara. Esto fue ideado por el maestro José Antonio Abreu que invitó, en ese momento, a Olivetti. Se trataba, comenta, de reforzar el apoyo pedagógico de los sectores más alejados de la sociedad y, posteriormente, darle las herramientas teóricas y prácticas a los profesores de esos lugares para una mejor enseñanza. Esa experiencia que reunió a más de 300 jóvenes del estado Lara, bajo la tutela de José Jesús, fue el germen del Concurso que lleva por nombre el lema del Sistema: “Tocar y Luchar”. 

En 2019, luego de pasar varios meses estructurando el funcionamiento de la idea, inició con el Concurso Tocar y Luchar, el cual, explica, pretende difundir el talento musical que se resguarda en las fronteras venezolanas. Los jurados, en su mayoría, son jóvenes provenientes del Sistema que están en distintos lugares del mundo y que, de una forma u otra, han llevado el tempo criollo a sus países de acogida. 

Conformamos un equipo justamente para evaluar a todos estos jóvenes que quisieran participar. El requisito principal era que vivieran en Venezuela y, para nuestra sorpresa, se inscribieron más de 190 jóvenes”, comenta.

Se dividía en dos categorías: una infantil, hasta los 12 años y otra juvenil, desde los 12 hasta los 18 años. Otro de los requisitos era que cada uno de los participantes debía enviar un vídeo tocando una pieza clásica y otra venezolana, para difundir, aún más, la calidad de nuestras composiciones populares. Es la mezcla entre el trabajo académico, de gran valor expresivo y artístico, y la expresión de los ritmos populares, propios de Venezuela, lo que permite un dialogismo que tiene como lenguaje a la música. 

La final del Concurso ya se conoce, pero la pandemia por covid-19 detuvo todos los planes. Lo único cierto por ahora, comenta Olivetti, es que entre esos 190 participantes se muestra el talento músical de la tierra venezolana. En algunas audiciones podía escuchar el sonido de los grillos y las luciérnagas del llano que, junto al sonido de un violín, violonchelo o contrabajo, creaba un ritmo característico. “Ha sido una experiencia bellísima que queremos repetir todos los años con una edición del concurso, hasta ahora van 5 finalista por categoría juvenil y 3 por categoria infantil”, agrega. 

Foto: José Jesús Olivetti

Además, ha realizado una serie de conferencias en Colombia que pretende inculcar la pedagogía integral de la música académica. Desde las primeras nociones, pasando por la gestualidad y semiótica del director de Orquesta, controlando, de alguna manera, la “mala improvisación”. Para Olivetti la improvisación es un apartado que se logra después de haber estudiado con especial dedicación las características de la expresión artística. En Venezuela, por su parte, tenía programado dar tres conferencias con el apoyo de una empresa privada barquisimetana pero, por ahora, se ha detenido por el confinamiento. La idea es apoyar a los jóvenes que son parte de distintos proyectos orquestales en Latinoamérica. Es un proyecto que inició con la enseñanza del maestro Abreu y que hoy, después de una experiencia de vida, espera pasar a otros amantes de la música. 

Un director de orquesta para Olivetti debe ser, primero que todo, un gran ejecutante en su instrumento. Por eso, comenta, es tan importante la dedicación al aprendizaje de los primeros años y al intercambio musical y creativo entre tus pares, tanto nacionales como internacionales. “Luego tienes la oportunidad de empezar a desarrollarte como director, pero siempre con bases sólidas de interpretación e instrumentación”, agrega. Esto es lo que, durante los últimos años, ha tratado de conformar: la disciplina del instrumento para engrandecer, posteriormente, el trabajo del director. Es un trabajo lento, pesado, arduo y difícil que da sus frutos en la creación de un lenguaje que se mantendrá en la humanidad, incluso, después que el cuerpo efímero caduque. 

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