• La joven de Valencia, estado Carabobo, decidió contar su historia y cómo ha podido recuperarse

“Muchas veces lloro a escondidas”, fue la frase que usó Susana* hace dos años para contar públicamente lo que le ocurrió.

“Todo empezó por creer y confiar, digamos, en terceras personas. Esa noche salí de mi casa con la certeza que la pasaría bien, un día de baile normal”, dijo Susana, quien recordó en entrevista para El Diario que la vida nocturna en Valencia, estado Carabobo, “era como cualquiera” en otro lugar de Venezuela. 

La joven había salido a un reconocido centro nocturno donde, aunque eran tres mujeres jóvenes solas, suponía que “nada malo pasaría”. “Esa noche vestía un vestido negro súper lindo y normal. Siempre me he considerado una muchacha normal, en comparación con las divas arregladas que encuentras en las discos”, señaló. 

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El grupo donde se encontraba había pedido un servicio de vodka para tomar a lo largo de la noche, a pesar de que Susana reconoció que no era de ingerir este tipo de bebidas alcohólicas. “No recuerdo exactamente la hora, pero fuimos a la zona más activa del lugar para ver qué tal estaba todo, arriba (donde ellas se encontraban) estaba súper aburrido. En ese momento dejamos las carteras, los tragos y nos fuimos”, dijo. 

Todo comenzó a cambiar cuando un grupo de hombres se les acercó.

Abuso sexual. En Venezuela se contabilizaron 1.180 casos de abusos según el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) en 2019, pero varias de las denuncias no procedieron.

“Bailamos y estuvimos bien. Recuerdo que en ese momento le dije a mi amiga para buscar las carteras y los tragos. La sorpresa fue que cuando subimos al piso donde estábamos, llegaron los hombres. Pero seguimos bailando”, detalló.

Luego de eso Susana perdió el conocimiento. De ese momento solo rememora algunas canciones y la imagen de haber dejado los tragos de vodka cuando bajaron al otro piso del lugar.

Solo recuerdo que desperté en un cuarto de hotel, desnuda, con un condón usado a la lado de mi cama y preguntándome muchas cosas”, recordó. También reconoció que uno de los hombres ‘le ofrecía’ del trago que estaba bebiendo.

El grupo de hombres tenía su modus operandi. Al salir de la discoteca en varios vehículos llevaban a las mujeres y las “repartían en varios hoteles del camino”, de acuerdo con Susana. 

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En el hotel afirmaron que la joven había dejado su cédula, pero recuerda que no era realmente la suya.

 “Vi mi ropa, la busqué y mientras me vestía encontré efectivo. Como si fuera una prepago (prostituta)  me había dejado dinero para agarrar un autobús a mi casa”, dijo.

El día después

La joven denunció que en el hotel “la trataron como una prostituta” al pedir ayuda luego de lo que le sucedió. Solo se limitaron a darle la hora antes de que saliera del lugar.

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Ya en la calle comenzó a solicitar ayuda hasta que un hombre que iba en un vehículo se estacionó. 

Me preguntó si estaba bien, le pedí que me llevara y comencé a sentirme muy mal. Me notó muy rara y empecé a contarle. Me prestó su celular para llamar a mis papás, avisarles que estaba bien. Ellos sabían que algo había pasado y no durmieron en toda la noche”.

Los padres de Susana estaban atónitos luego de escuchar lo que le había sucedido. Sin esperar que transcurriera mucho tiempo la presionaron para poner la denuncia en una comandancia del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), donde relató todo lo ocurrido, Pero la denuncia no procedió. 

“Luego de eso en mi casa apareció todo el mundo y no me dejaron sola jamás. El que me apoyo en el proceso fue mi papá, me llevó al psicólogo, forense, todo”, recalcó Susana, aunque reconoció “no sirvió de nada” intentar buscar justicia. 

En los exámenes realizados posteriormente, la joven había dado positivo para escopolamina (burundanga), una droga que se utiliza para causar sueño y sumisión en quien la ingiere. “Yo no quise insistir más en la denuncia por miedo a que nos hagan daño, pero si tuviera la oportunidad sí reactivaría todo. Es injusto”.

La lucha de ir al psicólogo 

Susana reconoció que tras poner la denuncia lo primero que le pidieron fue ver a un especialista para tratar su situación. Ella lo que aceptó y comenzó a acudir una vez al mes, para luego ir a terapias holísticas, donde “se estimula el poder de sanación natural del organismo”. 

“Hice constelaciones familiares, un apoyo que me ayudó a superar todo poco a poco”, agregó. 

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Fueron seis meses continuos de estos métodos los cuales significaron “mucho” para la vida de Susana. Ella todavía recuerda y emplea las herramientas para “superar todo lo más rápido posible”. 

“El apoyo del psicólogo fue fundamental, pero también agradecí que tuve a las personas correctas y que nunca me dejaron sola. Mi psicólogo siempre me dijo que debía agradecer que yo estuve bajo efectos de sustancias psicotrópicas, que no recuerdo nada del hecho. De lo contrario el trabajo sería mayor”, señaló. 

A pesar de la ayuda de los trabajos de los especialistas en la vida de la joven, Susana reconoció que dejó de ir a las terapias por cuestión de tiempo. “Hoy en día no tengo tiempo de ir las citas porque el trabajo no me lo permite”. 

La discriminación en el trabajo y de la sociedad

En el trabajo las cosas no fueron fáciles para Susana. En el primero que tuvo, tras el abuso sexual del que fue víctima, su jefe se enteró de lo sucedido y comenzaron los comentarios y discriminaciones en su contra. En esta situación la justicia tampoco procedió a pesar de haber leyes contra la discriminación laboral. 

No soporté estar en un lugar donde me trataban mal y renuncié. Empecé a trabajar en una agencia, hice borrón y cuenta nueva. El mal rato que pasé no me define y es algo que evitó nombrar en mis entrevistas laborales”, señaló.
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Susana evita que el tema se conozca fuera de su grupo familiar, principalmente por el mal concepto que tiene la sociedad de una víctima de violación, aseguró.

“A veces me da impotencia la posición de la sociedad frente los casos de abuso y violencia, yo no lo busqué ni lo provoqué. Cada vez que entro a las redes leo las historias de chicas que no tuvieron la suerte que yo tuve. Las tildan de zorras”, increpó. 

La joven reconoció que los comentarios que escucha, aunque no sean para ella, le generan una “carga emocional” compleja, pero busca “despertarse y levantarse” sin pensar en lo que digan los demás. También indicó que fue de mucha ayuda desconectarse de las redes sociales por algunos momentos. 

“Igual ya no tengo tanta vida social. Aún no me atrevo a salir sin estar con alguien que me haga sentir segura y que me cuide de verdad. Eso es un temor que me quedará”, lamentó. 

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La misión de superar e inspirar

Desde su hogar, Susana alzó su voz y pidió a la sociedad no juzgar a las personas sin conocer las circunstancias que están viviendo o atravesando en su “montaña de emociones”. Para la joven son fundamentales tres aspectos para superar el abuso sexual: reconocerlo, aceptarlo y pedir ayuda. 

Sin mis psicólogos y mis guías no habría afrontado todo tan rápido, porque ellos vieron en mí la capacidad de afrontar la adversidad. Cuando me siento deprimida, solo me permito vivir esa emoción para ir superando, pero también me doy el permiso de llorar si así lo deseo, si se reprime es peor”, aseguró.

Hay una luz que Susana aseguró que sus victimarios no lograron apagar. “Cuando salgo a la calle no tengo un cartel en la frente que dice que fui víctima de abuso, ese temor lo hago a un lado recordando que yo me acepto y me reconozco como una chica con luz y brillo propio. Mi propósito es inspirar y recordar que esto que vivimos no nos define”. 

Recalcó que hay muchas mujeres con historias similares a la suya. “Deberían ser ejemplo de inspiración”, dijo y recordó que “no es una lucha contra los hombres”, es un proceso de advertencia y superación. 

“Es una sombra que siempre estará en mí, pero que sé que agradeceré porque algo vino a enseñarme, aunque aún me lo pregunte. Dentro de cinco años espero estar firme con proyectos propios, sin miedo a las cosas y arriesgarme a lograr lo que quiero. Espero tener una familia y si tengo hijos, enseñarles lo bueno de la vida”, expuso.

Susana comenzó a contar su historia desde hace dos años para alertar a las personas sobre lo que está sucediendo. Su frase “muchas veces lloro a escondidas” fue catalizador para que otras víctimas de abuso sexual también alzaran su voz. “Aunque sigo llorando en algunos momentos, ciertamente contarlo me ayudó a liberarme y a quitarme un peso. Contar mi historia fue un proceso de sanación”, concluyó. 

*Susana es un nombre ficticio que se usó para proteger la identidad de la entrevistada.

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