• En 1978 profesionales de diversas ramas fundaron Noctua, desde entonces la librería cambió de dueño, quebró y se inundó en varias ocasiones. Pero el tesoro más importante de este local siempre son los lectores que frecuentan los pasillos de Centro Plaza. Andrés Boersner cuenta su historia

Los pies de Andrés Boersner chapoteaban y se abrían paso entre la catástrofe que ocasionó el cierre de la librería Noctua durante más de un año; los libros, que hasta no hace mucho respiraban letra a letra, se ahogaban en el agua. Libros clásicos, firmados, nuevos, viejos… en fin, libros. Era ya la segunda inundación en la librería, se perdieron más de 600 ediciones, pero eso no fue lo peor: la mitad de los ejemplares pertenecía a su biblioteca personal, colección que había reunido Andrés durante sus, para entonces, 58 años de vida. 

Los lectores habituales vivieron un falso luto cuando visitaban Centro Plaza (urbanización Altamira, municipio Chacao). Muchos pensaron que la hiperinflación, la crisis eléctrica y la merma de las ventas terminaron con 41 años de trabajo, como le ocurrió a otras librerías emblemáticas venezolanas. No sabían que una tubería del centro comercial se rompió e inundó el local; no sabían que el problema tardó mucho en solucionarse; no sabían que se compraron varias bibliotecas a terceros para poder surtir parte de las estanterías; tampoco conocían a fondo la altibaja historia de Noctua.

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Dibujo por Franklyn Cedeño | Representación de Andrés Boersner

Luego de esta última inundación Noctua reabrió en los primeros meses de 2019, pero en la década de los noventa la librería estuvo cerrada durante varios años. Fue declarada en quiebra en 1991, esa vez ni el agua ni la situación del país ocasionaron aquella desventura que se prolongó hasta el año 1998. “Administrativamente no funcionaba. A mi hermana, Juliana, y a mí lo único que nos interesaba era que la gente tuviera sus libros. Ofrecíamos unos descuentos que no debíamos dar y encima de eso envolvíamos los libros en papel de regalo. Cuando llegaban las novedades, ella agarraba un ejemplar y yo tomaba otro… la librería terminaba pagando todo”.

I

Andrés Boersner me recibe en el centro comercial que desde 1978 ha estado Noctua. Hablamos sentados en un pequeño café del lugar, bromea con los conocidos que se acercan para saludarlo y sonríe junto a ellos, me ofrece un café y pide uno para él. Al inicio, la conversación se torna difícil ante las constantes muestras de aprecio que repetidamente le brindan; por parte de Andrés, el carisma y la diplomacia sobresalen de una forma muy natural. 

Semanas atrás había ido a la librería para poder contactarlo. Su cuñado Nikolai Herrera, compañero de trabajo por más de 20 años, diligentemente sirvió como puente entre ambos. Antes, había ido a preguntar por El Juguete Rabioso, de Roberto Artl, aquella vez Nikolai me recibió en el local y hablamos brevemente sobre los hechos de la inundación que los afectó algún tiempo atrás. Ahora estoy aquí, bebiendo café con su cuñado, el librero de Noctua: Andrés Boersner. 

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Dibujo por Franklyn Cedeño

Andrés mira el teléfono con el que estoy grabando y recuerda una anécdota de hace años, cuando un reportero le tuvo que hacer la misma entrevista tres veces porque el dispositivo las borraba. “Me gradué de periodista en la Universidad Central de Venezuela, cuando estudiaba utilizaba una grabadora con cassette, ahí no sucedían esos errores porque eran solo tres botones. En cambio, ahora si el periodista no está atento, borra el material sin querer”. Cuenta que ejerció brevemente en El Nacional, ha colaborado con Papel Literario, Prodavinci, El Universal y también fue asesor de la Revista Imagen junto al poeta Alejandro Oliveros. Aprovechó el periodo de los noventa, en que estuvo cerrada Noctua, para estudiar una maestría en Literatura Latinoamericana y entre los años 2010-2017 dirigió  la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana.

“Yo hubiese podido dar clases en la UCV o en la Universidad Simón Bolívar, pero no quise, nunca fue mi vocación. Me gusta comunicarme con la gente, eso es lo mejor que tiene la librería, cuando tienes tertulias informales con las personas y sobre todo con los lectores comunes; no tanto con las personalidades ni en un salón de clases. Ellos terminan siendo como de la familia y la librería se convierte en su segundo hogar”. 

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Dibujo por Franklyn Cedeño | Reloj de la UCV

Una estilista, un economista, un arquitecto, un filósofo, y otros profesionales de diversas ramas fundaron Noctua en 1978. Con el tiempo ninguno de ellos podía dedicarse por completo a la librería, y fue en 1982 cuando los socios buscaron a jóvenes que pudieran atender el negocio: Andrés fue uno de ellos, tenía 21 años de edad cuando empezó a ejercer su vocación de librero. 

“Antes de comenzar a trabajar aquí, mi hermana y yo siempre pensábamos en esta librería porque era la que nos gustaba. Vendía textos clásicos, humanistas y de materias que  nosotros leíamos: historia, filosofía, poesía, economía, narrativa. No estaba sujeta ni a novedades ni a libros técnicos y muchísimo menos a libros de autoayuda”.

—¿Estás en desacuerdo con los libros de autoayuda?

—En ese momento, sí. Estaba de moda una serie de libros de autoayuda que no me parecían serios, a pesar de que el primer filósofo que yo leí (como a los 13 años) fue Séneca… y Séneca fue uno de los padres de la autoayuda. Si por autoayuda entendemos filosofía pragmática, mira, me parece que está muy bien. Pero los textos de autoayuda también pueden hacer mucho daño porque se convierten en eslogan para las personas, con palabras muy sonoras, bonitas, pero que en realidad no tienen ninguna profundidad. Por lo general son impostores que atrapan por esa manera tan hábil de decir las cosas, ingeniosas, pero sin ninguna sustancia. Son personas inteligentes que van a un público específico y al principio sorprenden al lector: «estos son los mismos problemas que yo tengo», pero que en realidad son los problemas de todos. Luego adoptan un tono paternal que es lo que el lector desea leer. 

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*

Dos años más tarde, en 1984, junto a su hermana Juliana y su esposa Magdalena Herrera de Boersner compraron Noctua, su primera sede estuvo ubicada en la Villa Mediterránea de  Centro Plaza, era un local mucho más pequeño que el actual. Ahí trabajaron hasta 1991, el año en que se declararon en quiebra. 

Llevaban un registro manual de lo que se vendía a diario, cada línea del cuaderno representaba un libro, ese método los ayudaba a conocer las tendencias del mercado literario y el número de ventas. En la década de los ochenta se anotaban, en promedio, 100 líneas por día; había más de un centenar de distribuidores (25 eran trasnacionales) y además se traían libros de México, Argentina, Colombia y España. Durante la última década el promedio de ventas cayó en dos libros por día.

“No me da vergüenza decirlo: hemos estado hasta cuatro días consecutivos sin vender un solo libro”. 

II

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Dibujo por Franklyn Cedeño

Y aquel hombre desconocido llegó a Noctua, manoteando el aire y vociferando insultos en contra de Andrés, los gritos fúricos de quien sabe quien llegaban hasta los pasillos del centro comercial y se colaban en los locales adyacentes a la librería. Este fulano llevaba en sus manos una edición del libro El mundo de ayer (1942), de Stefan Zweig, objeto que pagaba las culpas de un ataque de cólera repentina de quien hasta ese momento era su dueño. 

—¡Este libro es una porqueria! Tú me estás embaucando a mí.

Semanas atrás, el locutor y escritor Pedro Penzini Fleury (1936-2010) había invitado a Andrés a su programa radial. Durante la transmisión le preguntó sobre sus libros favoritos, entre tantos, mencionó El mundo de ayer (1942) de Stefan Zweig: “Es una autobiografía de alguien que ya está terminando su vida, que está en el exilio, que perdió tres veces sus propiedades y que ya no tenía ninguna posibilidad de regresar a su patria ni de tener su biblioteca que él amaba tanto. De hecho, él escribió esta novela como dos años antes de suicidarse. Ese libro refleja una energía y unas ganas de vivir y de hacer cosas. Es un gran libro de autoayuda”.

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Dibujo por Franklyn Cedeño 

Lo que nunca imaginaría es que días después de la transmisión comenzarían las llamadas y visitas a la librería. Las personas preguntaban por el libro de Zweig, en su mayoría, al parecer, entusiasmadas por las altas expectativas de la palabra “autoayuda”.

—¡Ten tu dinero. No lo cambies por otro libro, no tengo ningún problema en regresarte tu dinero! 

“Esa persona había comprado el libro creyendo que la autobiografía iba hacer que él tuviera éxito en la vida… y bueno, regresó furioso porque no era lo que él esperaba. Ni siquiera se lo había recomendado a él, sino que lo escuchó en la entrevista y lo interpretó de esa manera. Existen lectores a los que se le recomienda cierto libro en particular, tienen una expectativa muy grande sobre él, pero lo regresan a la semana siguiente”.

Cuando espontáneamente los clientes comenzaban a discutir, ya sea por política u otros temas triviales, Andrés debía poner mano dura y solicitar por las buenas (a veces por las malas) que abandonaran la librería. Con el tiempo algunos le acuñaron el apodo de “El Irascible”, otros comenzaron a llamarle “El Alemán”, por su carácter al momento de “botar” a las personas problemáticas. 

III  

Sigo en la cafetería con Andrés; atrás, a varios metros de donde estamos nosotros, se encuentra Nikolai, atendiendo la librería. Hace poco les llegaron varias historietas viejas, yo me encontraba ahí cuando una señora de aproximadamente 50 años de edad se las dejaba a Nikolai: “Te puedo traer más, disculpa por el estado en que están; si las notas un poco amarillas es porque él fumaba mucho”. Efectivamente, volteé a mirarlas y lucían amarillentas. Todavía, para ese entonces, no comprendía la orfandad de los objetos ante la ausencia de sus dueños, ni asimilaba la añoranza que dejan las personas cuando un lugar se acostumbra a ellas.

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Dibujo por Franklyn Cedeño | Retrato de Nikolai Herrera (izquierda) y Andrés Boersner (derecha)

Andrés habla con mucho respeto de los otros libreros, de los que están y de los que ya partieron. Menciona varias anécdotas con Raúl Bethencourt y Walter Rodríguez: “En 1999 fuimos los tres a la Feria del Libro de Barcelona, contactamos con varias distribuidoras y nos dimos el lujo de importar directamente desde España”. Pero esta bonanza duró hasta el año 2003, cuando el gobierno de Hugo Chávez impuso un control de cambio bajo un nuevo  aparato de control gubernamental denominado Cadivi.  

Me dice que imprescindiblemente debo entrevistar a Katyna Henríquez Consalvi, me pregunta si ya hablé con Javier Marichal y me cuenta lo importante que ha sido su cuñado Nikolai para el continuo resurgimiento de Noctua, que a diferencia del Ave Fénix no emerge de las cenizas, sino de la humedad, el moho y de las páginas destrozadas que asoman palabras indescifrables.

Le pregunto sobre su familia, narra que su bisabuelo fue editor de Joseph Roth; y el tatarabuelo de su bisabuelo fue editor de Arthur Schopenhauer. Su abuelo materno era librero y junto a su abuela tenían una editorial suiza llamada Atlantis que duró activa más de 50 años. Su mamá ilustraba libros y su padre fue profesor universitario.

“Mi papá, Demetrio Boersner (1930-2016), escribió un libro: Relaciones internacionales de América Latina, es un clásico en la materia. Vengo de una familia ligada al mundo del libro, crecí entre libros. En mi casa había libros en todas partes, hasta en el baño. Mis padres no me inculcaron la lectura, pero los libros estaban allí y yo los veía leyendo o escribiendo. En cambio mis abuelas sí me leían, pero ¿tú sabes lo que era lo interesante?, la forma en que ellas lo hacían; tal vez si ellas lo hubieran hecho con una voz monótona o no hubiesen tenido el don para transmitir, probablemente me habría alejado de las letras, pero ellas sabían atraernos a la lectura”. 

IV

Volví a los pasillos de Centro Plaza, ya pasaron algunos meses desde la entrevista en aquel café del centro comercial. Esta vez voy directo a la librería, paso por Mc Donalds, frente a la heladería Divinos Pecados, Bonsai Sushi, un Farmarket, veo una escalera eléctrica apagada, sigo; doblo a mano izquierda y vislumbro un bodegón frente a Noctua que antes no estaba. Camino varios pasos, me asomo en la vitrina, advierto la soledad de los libros. Está cerrada.

Me regreso resignado por el otro lado del pasillo, por donde está la cafetería de aquella vez. Cuando me dispongo a salir, me encuentro con Andrés Boersner. Lo saludo, pero no sé qué decirle más allá del típico “cómo estás”. De verdad no sé qué decir en momentos de penas, a veces puedo parecer descortés. 

—¿Supiste que Nikolai falleció?— me preguntó 

—Sí, me enteré cuando hablé con Rómulo Castellanos. Lo siento.

La ausencia se reflejó en la bruma de sus ojos. Hubo un silencio breve y le dije que pronto le escribiría para tomar algunas fotos en la librería, que le diría con tiempo; nunca logré tomarlas. Nos despedimos, y antes de regresar a Noctua, a modo de epílogo, agregó: “A que no sabes… tengo nuevamente una filtración en el local”. 

Con todo mi respeto y admiración, esta crónica está dedicada a la memoria de Nikolai Herrera

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Dibujo por Franklyn Cedeño  | Retrato de Nikolai Herrera
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