• El 11 de septiembre de 2001, con el atentado contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York, 4.500 vuelos debieron aterrizar de emergencia. Muchos de ellos los dirigieron a esta pequeña localidad de Canadá de tan solo 9.000 habitantes. Abrieron las puertas de sus casas para atenderlos de la mejor manera posible. Foto principal: Brian Hicks

De pronto, la normalidad en el pequeño pueblo de Gander, una remota localidad al noreste de Canadá, cambió para siempre. Su aeropuerto, acostumbrado a recibir menos de 10 vuelos diarios, se encontró en su pista de aterrizaje con 38 aviones de vuelos transatlánticos, incluidos varios Boeing 747, más grandes que la propia terminal. El motivo: era 11 de septiembre de 2001. Dos ataques con aviones comerciales se habían estrellado contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York. El gobierno de Estados Unidos había ordenado el cierre de su espacio aéreo. Todos los vuelos comerciales debían aterrizar en el aeropuerto más cercano. Era la operación Yellow Ribbon.

Más de 4.500 vuelos estaban en el aire en el momento del cierre, a las 9:45 am, hora de Nueva York. 238 de ellos no podían regresar a su continente de origen. Debían aterrizar en Canadá, sin poder despegar, puesto que el gobierno canadiense también había ordenado el cierre del espacio aéreo. 47 vuelos transatlánticos llegaron a la ciudad de Halifax, capital de Nueva Escocia; y 38 a Gander.

El espacio aéreo el 11 de septiembre del 2001
Espacio aéreo de Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.

“Nos avisaron que el espacio aéreo de EE UU estaba cerrado y que iban a desviar algunos aviones hacia nuestro aeropuerto”, le contó a BBC Mundo Bryan Higgs, uno de los encargados de la seguridad del Aeropuerto Internacional de Gander.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el pequeño pueblo canadiense vivió su época de esplendor, como base de vuelos patrulla, y posteriormente como escala de vuelos internacionales para repostar. Pero, con el avance de la tecnología, los aviones ya no necesitaban pararse allí antes de aventurarse por los límites del círculo polar ártico. En 2001 era solo un pequeño aeropuerto regional.

Pero la cantidad de aviones era lo de menos. Halifax era una ciudad de 400.000 habitantes, pero Gander ni siquiera llegaba a 10.000. Después del ataque al World Trade Center, su población aumentó en 70% en menos de seis horas. La apacible población del pueblo canadiense pasó a tener 6.800 refugiados, en un pueblo que solo tenía 500 camas disponibles. El déficit para atender a todos los varados era de unas 3.000 camas, aproximadamente. Tampoco había restaurantes suficientes.

Sin saber dónde y por qué estaban en esa isla, la situación de los pasajeros en los aviones era dramática. Hombres, mujeres, niños y ancianos debieron esperar 24 horas o más dentro de las aeronaves mientras verificaban sus datos y acondicionaban el pueblo para recibirlos a todos. Una vez que pudieron bajar, entre la incertidumbre y el miedo, recibieron otra noticia aún más conmocionante: debían esperar en esa isla al menos 48 horas más. No sabían cómo resistirían. El futuro era desalentador. Hasta que apareció la gente de Gander.

Solidaridad sinigual

Una flota de pequeños autobuses escolares recogía a los pasajeros avión por avión y los trasladaba a Gander o a pueblos aledaños. Entretanto, las autoridades locales, desbordadas por la situación, pidieron ayuda por la radio. La respuesta fue espectacular. Todas las escuelas, iglesias, polideportivos y lugares con espacio, en general fueron cerrados para alojar a los “plane people” –la gente del avión, como los llamaban los ciudadanos de Gander-.

“Por ejemplo, adaptamos una sala de espera para acondicionarla como oficina de inmigración y otra como recepción de aduanas”, dijo Higgs, uno de los encargados del aeropuerto, a BBC Mundo.

La compañía de teléfonos instaló dos docenas de locutorios gratuitos para que los desesperados pasajeros pudieran hablar con sus familias, además de computadoras con Internet. Los colegios se convirtieron en dormitorios. Pero, aun así, era insuficiente. Los pasajeros varados dependían de los pobladores. Y estos cumplieron con creces.

Foto: Gander Townhall

Los conductores de autobuses de la ciudad, que estaban en huelga ese día, abandonaron sus piquetes y volvieron al trabajo. Enfermeros y médicos se presentaron como voluntarios para cuidar de las mujeres embarazadas. Se buscaron intérpretes para los pasajeros que no sabían inglés.

Al mismo tiempo, miles de familias abrieron las puertas de sus casas para acoger a los pasajeros varados, personas totalmente desconocidas para ellos. Los surtieron de todo lo necesario: desde ropa (el equipaje de los pasajeros debía seguir en los aviones), hasta comida enlatada o hecha por ellos mismos, productos de higiene personal, o pañales para los bebés. Ninguno de los habitantes aceptaba dinero a cambio.

A pesar de la cálida bienvenida de los canadienses, el terror de los pasajeros fue difícil de superar. En los refugios, las pantallas de televisión repetían la horrible escena, casi de ficción, de los aviones chocando contra el World Trade Center.

“Las primeras horas fueron un reto para todos, pero a medida que pasaron los días, ver tanta gente en el pueblo hizo que se convirtiera en una especie de festival. Varios vecinos hornearon tortas para celebrar el cumpleaños de los niños en el coliseo del colegio. Recuerdo que otros se disfrazaron de payasos y estuvieron en la fiesta”, dijo a BBC Mundo Greg Seaward, exfuncionario del gobierno de Gander.

Foto: Gander Townhall

Pero las personas no fueron los únicos en ser bien recibidos. En los aviones también estaban a bordo 17 perros y gatos, además de dos simios. A todos encontraron la manera de cuidarlos.

Adiós y agradecimiento

Entre el 14 y 15 de septiembre la operación Yellow Ribbon se dio por finalizada. Las aeronaves podían retomar su verdadero camino. “Fue un reto para nosotros, porque la mayoría de las aeronaves estaban estacionadas en la pista, pero de forma ordenada logramos crear un sistema para que todos los aviones salieran sin problemas”, explicó Higgs a BBC Mundo.

Shirley Brooks-Jones, de 80 años de edad, era una de las personas que viajaban de regreso a Ohio desde Europa cuando el vuelo 15 de Delta fue desviado a Terranova. Ella y sus compañeros de viaje fueron trasladados en autobús al aún más pequeño pueblo pesquero de Lewisporte. Pasaron los siguientes tres días en ese poblado, donde el alcalde y la mayoría de los residentes cocinaban, les dejaban usar sus duchas e incluso tomaban prestados sus carros, según un reportaje de The Washington Post.

Después de que los pasajeros finalmente pudieron volver a abordar su avión, Brooks-Jones, una recaudadora de fondos desde hace muchos años en la Universidad Estatal de Ohio, tuvo una idea en ese mismo momento. Pasó un cuaderno y pidió a cada uno de los pasajeros que contribuyeran a un fondo de becas para los niños de Gander. Ni bien aterrizaron a Ohio cuando ya tenían 15.000 dólares recaudados.

Pero Brooks-Jones continuó con la recaudación: el fondo de becas Lewisporte Área Flight 15 ha superado los 2.000.000 de dólares. Además, ha regresado a la ciudad más de 26 veces para reunirse con estudiantes que obtuvieron las becas.

Más recientemente, desde el 11 de septiembre de 2016, una pieza metálica de una viga de las Torres Gemelas fue llevada de Estados Unidos e instalada en el aeropuerto de Gander como prueba de agradecimiento.

Pieza de una viga de las Torres Gemelas en el Aeropuerto Internacional de Gander.

Con el tiempo la hospitalidad de los habitantes de Gander se convirtió en leyenda: inspiró la película Desviados, escrito un libro e incluso hay un musical del tema. Pero, sin dudas, el mayor reconocimiento para los pobladores de este pequeño pueblo canadiense es y será el de los miles de varados que sintieron el afecto en primera persona.

Entre el dolor y el recuerdo a los miles de muertos en el atentado del 11 de septiembre de 2001, Gander sigue siendo la mejor muestra de que la solidaridad es y será la mejor respuesta contra la barbarie. Son, en definitiva, un pequeño pueblo de gigantes. 

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