• Liliana Lara nació en Caracas en 1971, vivió en Maturín y desde 2002 está residenciada en Israel. Hacia 2008 publicó su primer libro de cuentos

Liliana Lara ha sido una lectora incansable. Desde su infancia se recuerda entre libros: “Desde que tengo uso de razón he leído todo lo que se me ha atravesado en el camino. Todos los clásicos que los niños leían en esa época y también los libros de mi papá, que fue un gran lector”. Su pasión por la narrativa la inspiró a imaginar sus propias historias: “Mis padres me grababan contando cuentos larguísimos cuando tenía 3 o 4 años de edad. ¡No tengo idea de dónde estarán ahora esos cassettes!”, añade la escritora.

Liliana Lara nació en Caracas en 1971, vivió en Maturín y desde 2002 está residenciada en Israel. Hacia 2008 publicó su primer libro de cuentos, Los jardines de Salomón, volumen galardonado con el Premio de Narrativa de la XVI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre. Su segunda colección de relatos se tituló Trampa-jaula, finalista del Premio Equinoccio de Cuento Oswaldo Trejo en 2012. Asimismo, en 2018 se editó su novela La música de los barcos y en 2019 Abecedario del estío fue publicado por el sello Sudaquia Editorial, definido por la novelista Raquel Rivas Rojas como “un cajón de sastre en el que todo entra y todo pasa, el flujo es lo que prevalece, y allí caben desde los fanáticos religiosos hasta las clases de supervivencia”.

Lara reflexiona sobre la escritura, su obra narrativa y cuenta para El Diario cómo ha sido para ella este 2020 de Alcogel y “nuevas normalidades”.

La gestación de las historias

¿Cómo fue la gestación de tu primer libro? Esos momentos en los que surgieron las tramas de tus relatos y su producción. 

Tenía muchas historias dándome vueltas en la cabeza, pero por miles de motivos nunca me sentaba a escribirlas. Cuando estaba embarazada de mi segundo hijo, me dije que me sentaría a escribir todo eso antes de que el bebé naciera porque sabía que luego no iba a poder. Así que me senté y escribí de un tirón un cuento que se llama “El dólar”. Recuerdo que era verano y hacía un calor terrible, la barriga me iba creciendo y el teclado me quedaba cada vez más lejos. Se acercaba la fecha de parto, y yo no paraba de escribir. Solo tenía disponible las mañanas, mientras mi hija estaba en la guardería. Tal vez por eso escribí todo tan apurada. Ese libro lo terminé en dos meses más o menos. 

Muchas historias estaban ya en mi cabeza, “gestándose” (muy apropiado el verbo, debido a mi condición) desde hacía tiempo, pero muchas otras surgieron en el momento de la escritura, en ese “parto”… Me encantan esas historias que surgen así y que uno no sabe ni de dónde vienen. 

Si bien tus tres libros de narrativa publicados hasta el momento se cohesionan a través de tendones sutiles que el lector irá descubriendo, cuéntanos sobre los tiempos y espacios en los que escribiste cada uno, incluyendo, también, el autoficcional Abcededario del estío.

Todos mis libros los he escrito en Israel. Ese es el espacio de mi escritura, aunque no el espacio en el que se desarrollan las historias de esos libros. La mayoría ocurre en Venezuela, específicamente en el oriente del país, y especialmente en Maturín, ciudad en la que crecí y que es para mí una especie de ciudad ficcional, descrita desde mis recuerdos, exacerbando algunas particularidades, inventando y a la vez mapeando sus rincones, sus árboles, su lluvia eterna. 

El tiempo de escritura ha sido muy variado, pero en líneas generales, creo que normalmente escribo bajo presión, robándole tiempo a otras ocupaciones, y por eso envidio a esos escritores que se dedican solo a la escritura y que disponen de tiempo para escribir porque esa es su única labor. Yo, en cambio, escribo cuando puedo: en alguna mañana libre, en el tren, posponiendo otras cosas, dejando de lado parte de mi trabajo, faltando a alguna reunión, en la noche, en las vacaciones. Por eso siempre escribo apurada y un poco con culpa porque siento que estoy robándole tiempo a todo lo demás. (Fabio Morábito ha hablado sobre esta sensación de robo y urgencia al escribir en El idioma materno, magnífico libro con el que me conecto por muchos motivos).

Abecedario del estío, por ejemplo, lo escribí en un verano en el que estaba de vacaciones pero debía dedicarme a escribir el capítulo teórico de mi tesis de doctorado. No tenía mucha cabeza para meterme en ese enredo y de pronto se me ocurrió que cada mañana podía escribir un texto corto (de unas dos páginas) para ponerlo en mi blog, antes de dedicarme a estudiar semiótica. El primero se llamó “Agua” y entonces pensé que cada texto debía tener un título siguiendo el orden del alfabeto. El segundo se llamó “Burbujas”, el tercero “Cuentos” y así. El reto era escribir cada día estos textos cortos, siguiendo este orden, y publicarlos inmediatamente en mi blog. Fue una experiencia increíble, porque tenía el feedback inmediato de los lectores. Si alguna vez me retrasaba en la publicación, me escribían para decirme que estaban esperando el texto de ese día. Al final lo saqué del blog y lo convertí en un libro. Y no escribí ningún marco teórico ese verano.  

¿Qué ejercicios le plantearías a un hipotético grupo de estudiantes ante las circunstancias de hoy?

Si tuviera que dar un taller de escritura y quisiera hacer un ejercicio sobre las circunstancias de encierro y pandemia en las que nos encontramos incluiría como actividad central ver las primeras temporadas de la serie The Walking Dead para comprender cómo los zombis en esa serie no son el problema. El problema es cómo reacciona y sobrevive el ser humano bajo esas condiciones terribles en las que un virus que convierte en zombis a la gente se propaga sin posibilidad de ser frenado, en el que las ciudades están desbastadas y se van formando especies de guetos liderados por personajes complicados. El conflicto, entonces, está muy adentro de los personajes, su naturaleza es absolutamente humana, y se ve afectado, aumentado, intensificado por la situación externa, pero a fin de cuentas lo que atormenta y lo que resulta doloroso está en el interior de cada personaje. La fuerza que mueve la trama está adentro y no afuera, aunque el afuera ejerza una gran influencia. 

La dislocación del espacio

Me interesa saber, desde tu perspectiva de académica, cómo han influido en tu vida y narrativa las propuestas literarias de escritores como Krina Ber, a la que dedicas unas líneas en «J de judías» de Abecedario del estío, pero también las de Mario Bellatín o Marcelo Cohen, en las que quizá no encontremos referencias explícitas en tus libros publicados.

Krina Ber es, como ella bien lo ha definido, mi “hermana al revés”, compartimos lenguas y países, hemos inmigrado “a la inversa” (yo para acá, ella para allá), así que su influencia en mi vida va más allá de la literatura. He leído y analizado casi toda su obra, con placer académico, pero también con alegría vital porque la quiero muchísimo y siempre me encuentro en sus líneas. 

Estos tres autores que nombras (Krina, Mario Bellatin y Marcelo Cohen) fueron los que elegí para mi tesis de doctorado y para contestar preguntas con respecto a la lengua y al espacio de la escritura, que son también las preguntas que me hago cuando escribo. Los tres tienen en común el hecho de ser escritores migrantes que no abordan el tema de la inmigración directamente, o de la manera clásica. Son lo que yo llamo “autores dislocados”. Cada uno respondió a esas preguntas de una manera muy diferente y eso me permitió ver los diversos matices del tema. Su influencia en lo que escribo radica en ese norte, en esa luz, en esas puertas que me abrieron con sus textos. No tenemos nada en común en cuanto a la escritura, pero de alguna manera ellos están en el sustrato de lo que escribo. Igual que Ricardo Piglia, por ejemplo, que es otro de los autores que he estudiado en trabajos anteriores. Todos ellos son mis maestros en cuanto a la forma de abordar el hecho literario. 

¿Cómo definirías la dislocación espacial de este 2020? Su organización, su naturaleza, y las historias probables que este momento promovería en la narrativa: “con su lengua enrarecida”, esos términos y adjetivos tan de moda por estos días. Su posible caducidad o permanencia entre nosotros.

El espacio (cultural, simbólico, vivido, geográfico, etc.) en tiempos de pandemia sería un tema excelente para una tesis doctoral, seguramente ya alguien lo está escribiendo. Lo cierto es que entre todas las concepciones de mundo que este virus ha estremecido, la de “espacio” es una de las más afectadas en todos los sentidos. El virus ha atravesado velozmente los grandes espacios geográficos que separaban países y continentes. Ha hecho que la gran parte de la humanidad esté confinada en el espacio privado. Ha vaciado de algún modo (y por un tiempo largo) los espacios públicos. Ha problematizado la noción de espacio personal. Ha acelerado la ubicuidad que permiten las redes sociales y las videoconferencias. Habría que hacer una relectura de los grandes teóricos del espacio desde esta nueva espacialidad. Habría que escribir nuevas teorías.

En estos días, estuve encerrada en mi casa, dando clases online en diversos contextos, o reuniéndome con lectores de diversos lugares y cada vez que cerraba la sesión me sentía muy contenta pero con un cierto agotamiento físico que supongo es el que debe quedar luego de alguna teletransportación, ¡no sé! Es como si mi cuerpo hubiese estado en un “allá” virtual y de pronto cae de nuevo en este “aquí” que es mi escritorio. Creo que ese cansancio es producto de esa dislocación, de ese estar encerrados pero abiertos al mundo, solos pero con miles de personas al otro lado de la pantalla. 

Ahora que he tenido que salir nuevamente a trabajar, me siento rarísima, funcionando torpemente en este nuevo espacio público que actualmente tiene nuevas reglas. Voy con mi máscara en un tren casi vacío, tengo que reservar lugar con mucha anticipación porque el cupo es limitado, nadie se sienta a mi lado ni frente a mí. Doy clases a pocos alumnos porque las secciones han sido divididas en múltiples subsecciones. Trato de enseñarles una lengua sin mostrarles mi boca, tapada en todo momento. No puedo corregirles la pronunciación si tienen la boca tapada ellos también. Siempre me parece que no oigo bien, que no me escuchan. Evito acercarme a ellos. Evito que se acerquen entre sí. Es terrible.

Evidentemente, el espacio ya no es lo que era. ¿Volverá a serlo? No creo.

¿Se escribirá de otra manera luego del covid-19? ¡Ya lo veremos! La pandemia también ha sido ultra contagiosa en el campo literario: hay un sinfín de gente escribiendo sobre ella. Es lo que algunas personas han comenzado a llamar CV19 Fiction. ¿Sobreviviremos a esto? 

Asimismo, en el apartado «T de tesis» de Abecedario…, formulas estas preguntas: “¿cómo construye el espacio narrativo un escritor que no se encuentra descentrado, sino que tiene muchos centros? ¿Qué hace, además, un escritor cuando ha perdido su lengua?”. ¿Has respondido estas preguntas con o sin “las bravuconadas de Eco o las complejidades de Derrida”?  

Como dije antes, escribí Abecedario del estío cuando debería estar escribiendo mi tesis de doctorado y en ese apartado formulé las preguntas en las que luego basé mi investigación. La verdad, eran preguntas que me hacía en ese momento a la hora de escribir: ¿por qué sigo escribiendo sobre Maturín desde un kibutz en el sur de Israel?, ¿puedo escribir sobre Israel sin que suene a manual turístico? ¿Por qué escribo en español desde un país en el que se habla otra lengua?, ¿podría escribir en hebreo?, ¿qué han hecho otros escritores inmigrantes con mucho más experiencia que yo con respecto a estos temas? Quise responder estas interrogantes escribiendo una tesis doctoral. Llegué a respuestas parciales y, por supuesto, a nuevas preguntas. Y llegué también a una bravuconada como la de Eco: se puede escribir de lo que nos dé la gana y con la lengua enrarecida o impecable, da igual.

“Nuevas normalidades”

“El perseguidor-de-Cortázar-edición-de-bolsillo” es un relato sobre los azares de la vida. ¿Qué azares te han llevado a dónde estás hoy y que de algún modo asomas en textos de angustiante belleza como “G de Guerras” o “Cuenta perdida” de tu blog? 

Estoy aquí porque me casé con un argentino-israelí y se suponía que algún día volveríamos a Venezuela pero cada vez se fue haciendo más y más difícil el retorno. Entonces, el azar me trajo aquí y el azar ha hecho que me quede. Es la historia de muchísimos venezolanos en el exterior: nos hemos tenido que ir quedando. Luego están los inmigrantes más recientes que se han tenido que ir a donde sea, a donde el azar los lleve. O que por causa de la pandemia, se han tenido que quedar donde se encontraban en el momento en que se inició todo, apenas con lo puesto…

En la entrada “G de Guerras” describes tres sueños de guerras durante un conflicto real: “las noches de la segunda guerra con el Líbano”. La primera de estas guerras soñadas tiene la estética de una película de los cincuenta, la siguiente, con la fotografía de Apocalipsis Now, y una tercera —donde formas parte activa en el sueño— que transcurre en El Ávila. ¿Cómo lidias con este 2020? ¿Has tenido sueños recurrentes? Si es el caso, ¿qué estética y temáticas han tenido?

En “G de Guerras” está la idea de que el ser humano es capaz de acostumbrarse a cualquier cosa: a una dictadura, a una guerra, a una enfermedad, pero a esta lista se puede agregar la pandemia, en nuestro nuevo contexto. Para bien o para mal, si un acontecimiento se prolonga durante tanto tiempo, comenzamos a vivir y a funcionar bajo su sombra. Es algo que está allí, alrededor nuestro, marcándonos un nuevo ritmo, enseñándonos su gramática para que rearmemos nuestras vidas bajo sus preceptos. Aunque no seamos pasivos ante la tragedia, terminamos actuando según sus pautas: si suena la alarma antiaérea, nadie dejará de correr a un refugio para protegerse. Y cuando todo pase, seguirá su vida como si nada. Como una coreografía que se sabe de memoria por tantas veces que la ha repetido.

Otro tanto ocurre en la pandemia. Es lo que llaman en el contexto pandémico “la nueva normalidad”. Es una forma de poder seguir adelante, pero también es terrible si uno se detiene a analizarla. 

En Israel, y sobre todo en la zona en la que yo vivo, tenemos un master en esto de “nuevas normalidades” bajo condiciones terribles que no se terminan nunca. En Venezuela ocurre otro tanto. Lo peor es que se puede vivir así muchísimo tiempo. Lo mejor es que podemos sobrevivir.

He soñado intensamente en estos días, pero ninguno de mis sueños ha tenido que ver con la pandemia ni con el encierro. Uno de mis sueños recurrentes es con la casa de mi abuela en Caracas. Algún día escribiré sobre esto. 

Uno de tus relatos culmina de este modo: “Ya basta de este encierro, dijo”. En «El encierro» dos chicos en los descanso de sus lecciones de piano emprenden la búsqueda de objetos y recuerdos ajenos en una misteriosa casa. ¿Qué recuerdos ajenos y/o propios te ha promovido la situación actual?

Principalmente “recuerdos ajenos”, si es que podemos llamar así a lo que he leído en toda la ciencia ficción que he consumido (en libros, películas, series, cómics). En los primeros días, cada vez que iba al supermercado me sentía como el protagonista de El Eternauta cuando salía de su casa, porque yo iba con guantes, máscaras, una camisa vieja encima, lentes oscuros, pelo recogido… Es decir: ¡como una loca! Parecía que llevaba la escafandra que protegía al personaje de aquella “nieve radioactiva” que aparece de pronto en ese cómic. 

También tuve la suerte de ser jurado de un concurso de cuentos sobre la pandemia y pude leer cientos y cientos de relatos sobre el tema. Fue una experiencia única e impresionante. 

A parte de todos los textos que están escribiendo sobre el tema, hay un libro precioso compilado por Les Quintero y Graciela Bonett: Pasajeras. Antología en cautiverio, testimonios de 60 escritoras venezolanas sobre estos tiempos. Hay allí un texto mío y fue un honor para mí participar en ese proyecto. El libro se puede descargar gratuitamente.

En Los jardines de Salomón pasas casi imperceptiblemente de narrarnos encierros a narrarnos constantes huidas, huidas que se repiten en los personajes de La música de los barcos o en relatos de Trampa-jaula, esa huida a otros espacios geográficos, o a otras vidas, la aspiración constante de tus personajes de querer ser otros como en “El Cuerpo” o “Miss Baygón”, o la chica petareña de “Los jardines de Salomón”, que fantasea con ser su amiga al leer los e-mails que esta le manda. 

En La música de los barcos leemos: “Entonces me lanzaba a la calle, huyendo de mí mismo y de mi música, me perdía en el vacío de las tinieblas”.  Y más adelante, abres el capítulo “La decisión” así: “Las grandes decisiones suelen tomarse bajo el signo de la fuga”. Además de ser una frase que aglutina una de las pulsiones temáticas de tu narrativa, ¿has pensado hacia dónde la humanidad o la literatura huirán apenas llegue la postcuarentena? ¿Seremos otros? ¿El mundo será otro?

El mundo ya es otro. Esta nueva década se abrió con esta situación extrema en la que gran parte de la humanidad está o ha estado encerrada por un período de tiempo largo, la economía se ha detenido, los cielos se han cerrado. Ha muerto un número pavoroso de gente, como si hubiese habido una guerra. Muchos han quedado solos, desempleados, arrasados. Otros han tenido que volver caminando a sus casas, atravesando incluso países y fronteras. O se han tenido que quedar donde “los agarró” la pandemia…

No creo que haya una “postcuarentena”. Si algo me ha enseñado la ciencia ficción, y en especial la de mi maestro Marcelo Cohen, es que no hay finales, no hay apocalipsis ni post-apocalipsis, sino una entropía, concepto que toma Cohen de la termodinámica, pero también de la literatura de Thomas Pynchon. Simplificándolo mucho, la entropía, se refiere a la “muerte gradual del universo” a través de una decadencia paulatina. Los sistemas entrópicos están regidos por un caos pasivo y continuo, una desintegración constante en la que continuamente surgen sistemas nuevos, pero iguales de caóticos. De modo que es imposible hablar de finales o de situaciones post-finales. No en vano de lo que se está hablando es de la “nueva normalidad”.

Liliana Lara
Foto de Emiliana Singer

En la entrada “B de Burbujas” de Abecedario… Leemos: “El mundo da vueltas rápidamente, se encoge, es un pañuelo. Lo que está aquí, también está allá. Lo mío ya no es tan mío. Lo de los otros, me lo apropio. Puedo comer el mismo yogur aquí y en Buenos Aires. Sigo viendo mi serie favorita en Caracas y en Tel-Aviv. Todo eso se ha repetido hasta la saciedad. Pero hay pequeños reductos de resistencia. Lugares a los que la velocidad del mundo no afecta, ni los hilos inalámbricos que unen esto con aquello, ni la moda traducida a cualquier lengua”. 

En 2020, cuando el mundo pareciera ir a una velocidad, no sé si más rápida o lenta, suspendida o detenida, pero en todo caso distinta, ¿cuáles son para ti estos reductos de resistencia?

La verdad es que en ese texto no hablo de los “reductos de resistencia” como algo positivo, pues me refiero a esos sectores de la sociedad que se niegan al cambio, se cierran a escuchar las voces de los otros, a lo foráneo, y que se instalan en los fanatismos. Quise dar una vuelta de tuerca a esa tendencia de ver a estos lugares de resistencia como algo positivo y por eso los relacioné con estos espacios sociales de fanatismos religiosos o políticos, como los que abundan en los países en los que me ha tocado vivir. En tal sentido, se trataba más bien de burbujas que debían ser pinchadas. 

Sin embargo, entiendo que normalmente un reducto de resistencia o una burbuja sean vistos como algo que nos salva de un afuera amenazante. Y creo que en momentos como estos, nuestra burbuja es nuestra casa, esa cápsula en la que nos han (o nos hemos) metido mientras pasa la tempestad. Pero como están las cosas, tal parece que saldremos de nuestras cápsulas sin que la tempestad pase. Es lo que ha pasado en Israel en este momento. A pesar de que cada día hay más de mil quinientos enfermos nuevos, desde el primero de septiembre han comenzado las clases en las escuelas y ya casi todo está abierto, funcionando bajo nuevos parámetros, eso sí. Entonces, nuestra burbuja es ahora el Alcogel, los dos metros de distancia con respecto a los otros, el tapabocas. Escudos muy endebles, a fin de cuentas. De modo que no nos queda otra que tratar de refugiarnos en nosotros mismos, en nuestros proyectos, en la literatura, en la belleza de las pequeñas cosas, en la alegría de estar con las personas que amamos. 

Foto de Jacqueline Zilberberg

Playlist

Tu narrativa está acompañada de rock: The Beatles, Frank Zappa, Fito Páez o Vytas Brenner. ¿Cuál ha sido tu soundtrack

En mi casa somos todos muy “musicales”: mi esposo y mis hijos tocan guitarra, batería, bajo, ukelele. Mi hija canta y toca en una banda de su escuela. Vivimos rodeados de música e instrumentos. La música es un tema aquí. 

Yo no toco, ni canto, pero siempre he pensado que escribir es también hacer música. Siempre he creído que las historias tienen que sonar, tienen que tener un ritmo y por eso es importante el lugar de cada palabra, cada coma, cada punto. No sé si lo logro, no sé si lo que escribo realmente suena en la cabeza del lector, pero es lo que quisiera. 

Últimamente escucho solo las playlists de mis hijos adolescentes y la verdad es que están buenísimas. Están conformadas por canciones “heredadas” de nosotros y canciones que han llegado a ellos de otras maneras. Yo creo que si somos capaces de escuchar las playlists de nuestros hijos y disfrutarlas, quiere decir que estamos haciendo las cosas bien como madres o padres. 

¿Hacemos un playlist para los lectores de El Diario?

Bueno, aquí van solo 12 canciones tomadas de las dos playlists:

Fly Me To The Moon, Frank Sinatra

«איך אפשר שלא», de Jane Bordeux

La complicidad, de Perotá Chingó

«מצפן ליבך», de Karolina

Boys don´t cry, de The Cure

I Wanna Be Yours, de Artic Monkeys

Evil Woman, de Electric Light Orchestra

Can’t Stop, de Red Hot Chili Peppers

Noche y nada más, de Alerta Pachuca

19-2000, de Gorillaz

Dream a Little Dream of Me, de The Mamas & The Papas

La cabalgata de las Valquirias, de Wagner

En Abecedario del estío recorres el abecedario y reflexionas sobre las costumbres, pasiones, miedos de la vida. ¿Te animas a realizar un abecedario de la cuarentena?

A de… Alco-gel

B de… Barcos contagiados

C de… Corona

D de… Distancia social 

E de… Encierro

F de… Fiebre

G de… Guantes

H de… Hoteles del Corona

I de… Internet

J de… Jabón

K de… Kilos

L de… Lavar(se)

M de… Miedo

N de… Netflix

Ñ de… Ñiquiñaque

O de… Obstrucción

P de… Pulmones

Q de… Química

R de… Red

S de… Soledad

T de… Tapabocas

U de… Ubicuidad 

V de… Vacuna

W de… Web 

X de… xerófito 

Y de… ¡Ya!

Z de… Zombis (aunque también podría ser de Zoom)

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