• Gelacio sintió que no sobreviviría en el centro centinela destinado a los pacientes de covid-19 en el estado Zulia. Con los síntomas en aumento, tomó una decisión que, más que una odisea, fue un viacrucis: regresó a su hogar en Cabimas. Creyó escapar de la muerte para encontrarla en casa, aunque acompañado por los suyos

Gelacio convivió con la muerte durante aquel par de días del mes de julio. Por horas permanecía allí, a su lado, sin que nadie hiciera nada. Nunca la miró a los ojos. Lo atormentaba la idea de que, en algún momento, le tocara estar en su lugar. Pocas veces la muerte luce bien, pero aquella le parecía sencillamente aterradora: sola, sin dolientes, sin que nadie le reclamara cuándo llegó ni a quien se llevó consigo. Sola, entre esas cuatro paredes sucias lejos de casa, en medio del calor sofocante. Eran, pues, solo cadáveres cubiertos por una sábana, que esperaban por el promisorio descanso eterno. Pero algo más lo unía a ellos y a quienes, como él, todavía se aferraban a la vida: todos tenían covid-19. 

Las condiciones le hacían pensar que de allí no saldría vivo. Le costaba respirar, pero el oxígeno era compartido. Una bombona para varios pacientes. Y así en varias ocasiones. Tenía hambre, pero lo único que lo alimentó durante esas horas fueron dos sueros que le suministraron por una vía. Tenía sed, pero el agua para tomar era la misma que para lavarse las manos o ir al baño. Tenía calor, pero no había aire acondicionado.

—Si me toca morirme, prefiero hacerlo en mi casa –pensó.

Su sola llegada a aquel lugar, el 27 de julio, fue un presagio de lo que tendría que pasar. Fueron dos horas de espera en una sala de emergencia para que le asignaran una camilla. Allí llegó, apiñado con otros contagiados, en una ambulancia del sistema de salud regional. Fueron más de 50 kilómetros de recorrido. Es la distancia que separa a los pacientes de covid-19 desde Cabimas, la segunda ciudad más importante del estado Zulia, del centro centinela más importante de la entidad, y uno de los principales focos de contagio del país para ese momento. Era el Hospital Universitario de Maracaibo, ubicado en el extremo noroccidental de Venezuela, cerca de la frontera con Colombia.

La situación formaba parte del protocolo que habilitó el régimen de Nicolás Maduro para la atención de los contagios con covid-19. Tres días antes de su reclusión en el hospital, Gelacio acudió a un Centro de Diagnóstico Integral (CDI) de Cabimas para hacerse una prueba y determinar si estaba contagiado. Esa misma semana había presentado dolor de cabeza y de garganta, fiebre, tos seca y malestar general. La lógica apuntaba hacia el diagnóstico menos deseado. El resultado fue positivo. Sin poder ir a su casa por sus cosas ni a informarles a sus familiares, lo trasladaron directamente al centro médico. Allí debía permanecer hasta que el resultado diese negativo. Pero Gelacio nunca esperó.

Si me toca morirme, prefiero hacerlo en mi casa».

Las historias que se escuchaban del Hospital Universitario de Maracaibo no eran particularmente esperanzadoras. Se decía que los nueve pisos estaban repletos de pacientes con covid-19. Que no había suficientes médicos. Que las personas estaban muriendo y que las cifras que daba el régimen de Maduro y sus voceros poco tenían que ver con la realidad. Incluso en mayo, en las redes sociales circulaba un video de un hombre muerto, presuntamente por covid-19, en uno de los pisos del hospital. Otro paciente pedía que retiraran el cuerpo.

El día de su reclusión solo pudo ver a uno de sus sobrinos. Era el único familiar que vivía en Maracaibo. Su esposa, sus hijos y el resto de sus sobrinos estaban en Cabimas. Ninguno podía verlo. El traslado era imposible. El estado Zulia, cuya cuenca lacustre abarca una de las más grandes reservas de petróleo y gas del mundo, padece hoy la mayor crisis de la historia en escasez de gasolina.

Antonio*, el sobrino, era entonces el interlocutor de Gelacio con el resto de la familia. Preguntaba por su tío y replicaba la información por el grupo de WhatsApp familiar. Primero el 27 y después el 28. Que si está recibiendo oxígeno, que se siente bien. Dentro de todo, las cosas estaban en orden. Pero el 29, el parte médico nunca llegó. La única noticia fue que allí no había ningún paciente con ese nombre. Pidieron revisar una y otra vez. Cualquier intento fue inútil. Nadie sabía nada.

Él tenía un plan en marcha.

Ese día Gelacio pidió ir al baño. Presuroso, caminó por uno de los pasillos del hospital. Temía que algún médico, enfermero o cuerpo de seguridad lo viera. Se dirigía, en realidad, hacia una de las salidas. Entonces se topó con un funcionario de la Policía Nacional Bolivariana (PNB). Luego de un rápido intercambio de palabras, lo dejó seguir. Había fingido ser un trabajador del hospital. Nadie lo detuvo. Nunca regresó. Ni regresará.

El enfermo no es solo un paciente

El Servicio Autónomo Hospital Universitario de Maracaibo (Sahum) se inauguró el 18 de noviembre del año 1960. Legado de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, no fue sino hasta el retorno de la democracia cuando se culminó su construcción. Venezuela se abría a las libertades y aún disfrutaba de las mieles de la modernidad reciente y el hospital era un reflejo de ello. Tenía una capacidad inicial de 605 camas, contaba con servicios de rayos X y laboratorio. Siete años más tarde fue testigo del primer trasplante de riñón en Venezuela. Al mismo tiempo, se vanagloriaba de la formación de miles de residentes. “Ha sido un ícono en la parte científica”, comenta una doctora, quien prefiere mantener su anonimato. Era –y sigue siendo, en teoría-, pues, un hospital tipo IV, la categoría más alta en Venezuela.

Como todo en el país, la agudización de la crisis humanitaria cambió el panorama del hospital. Los pacientes, la mayoría de ellos renales, muchas veces debían llevar muchos instrumentos médicos para que los atendieran. Los ascensores fallaban con frecuencia. No había aire acondicionado. Ni comida, ni agua, ni electricidad. Los médicos tampoco abundaban. Alrededor de la mitad de los médicos del país –unos 30.000 profesionales– emigraron en los últimos años, según la Federación Médica Venezolana.

A esa realidad debieron enfrentarse también los pacientes con covid-19, con la particularidad de un servicio colapsado por la cantidad de infectados, comenta una residente, quien prefirió ocultar su identidad.

—Cuando comenzó la pandemia, el Hospital Universitario (de Maracaibo) no estaba preparado para una pandemia. Fueron tres meses bastante duros en espera de la ayuda de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de las donaciones. Todo fue muy improvisado- comenta.

Hasta los meses de junio y de julio, aseguran la doctora y la residente, en el Sahum morían entre 10 y 20 personas por día. Para el 24 de julio, los médicos habían contabilizado 216 muertes con síntomas de covid-19, de acuerdo con un conteo para el medio web de investigación Armando.info. Las cifras del régimen de Maduro, sin embargo, solo admitían 63 decesos en todo el estado Zulia hasta el 7 de agosto. Es decir, los casos oficiales eran 70.83% inferior a los casos registrados por los trabajadores de la salud.

La abismal diferencia entre las cifras obedece a otro problema que deben afrontar los pacientes y médicos que tratan el covid-19 en el Zulia: el retraso en las pruebas de RT-PCR. De acuerdo con un reciente informe de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (Acfiman), en ese estado, la entrega de la prueba demora un promedio de 17 días. Algunos incluso mueren o se recuperan sin siquiera recibir el resultado, según la doctora.

Para el mes de julio, cuando Gelacio fue internado en el Sahum, en Venezuela se realizaron 1.309 PT-PCR, según la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios. Todas deben pasar por el Instituto Nacional de Higiene (Inhrr), en Caracas, el único laboratorio del país habilitado para realizar estas pruebas. Sin pruebas PT-PCR, para el Estado estas personas mueren por “insuficiencia respiratoria”.

—Pruebas diagnósticas no hay. Pero las personas se mueren de insuficiencias respiratorias. Entonces, si mueren por toda esa sintomatología, ¿de qué se están muriendo? De coronavirus— dice la doctora.

El proceso para retirar un cuerpo de una de las salas puede demorar más de 15 minutos. El protocolo, cuenta la residente, obliga a trasladar al cadáver a la morgue, que queda a unos metros de distancia del hospital. Lo hace un camillero, mientras que un fumigador va dejando una estela de desinfectante a su paso. “Por eso tanta tardanza para retirar los cuerpos de las salas”, explica la residente. Y en el tiempo que Gelacio estuvo allí, según comentó luego a sus familiares, solo había cuatro camilleros.

Incluso las autoridades regionales han reconocido la situación del Sahum. Omar Prieto, gobernador del Zulia, denunció casos de fuga como el de Gelacio. A finales del mes de junio, declaró: “Tenemos personas que son confirmadas positivo y se nos pierden. Es un delito”. Todo eso derivó en la conformación de un grupo policial especial para capturarlos y llevarlos a los CDI cercanos. A mediados de julio, dos semanas antes de que Gelacio se escapara, el gobierno regional comunicó la destitución de Mervin Urbina como director del Hospital. El mismo Prieto denunció que una “mafia” se había instalado en ese centro de salud.

Pruebas diagnósticas no hay. Pero las personas se mueren de insuficiencias respiratorias. Entonces, si mueren por toda esa sintomatología, ¿de qué se están muriendo? De coronavirus»

“Lo que conseguimos en el hospital es de profunda preocupación. El Hospital Universitario no puede seguir siendo un centro de salud donde no se piense en el detalle, en el paciente que entra a la emergencia”, reconoció. También se constituyó una brigada especial de 50 agentes de inteligencia para mantener el control interno.

Pero eso poco ha cambiado la situación. Cuenta la residente, en una versión que también comentó la especialista, que todavía saben de casos de fuga. O de familiares de pacientes que, sin las medidas de protección necesarias, entran y salen del hospital. Son potenciales contagios.

—Todo el tiempo se escapan. Ahí no hay nada que verifique. No hay vigilancia- dice la residente. 

Sin embargo, esto no exime a los pacientes de la gravedad del asunto. Sin protección ni la debida atención médica, pudieran convertirse en el inicio de una cadena interminable de contagios.

—Si los pacientes se fugan, ya eso es responsabilidad de ellos, porque se han ido en contra de la opinión médica. Esa no es responsabilidad de nuestro personal. Es de las personas, comenta la médica.

Bajo la dirección de Alfonsina Romero, nueva directora del Sahum, no obstante, ha habido algunos cambios. Ahora la escasez de medicamentos, de comida y de agua es menos severa, aseguran. Pero el trabajo más importante pareciera ser el de marketing. En los canales de televisión nacional es cada vez más común ver cuñas de supuestos pacientes del Hospital Universitario de Maracaibo en el que elogian la atención recibida en el centro médico.

“El gobernador, Omar Prieto, y el presidente Nicolás Maduro, están haciendo todo lo posible para asegurar que cada venezolano reciba la atención que necesita”, dice en uno de los videos un presunto expaciente, identificado como Leonardo Rodríguez. “Te recomiendo que vayas a la Universidad de Maracaibo… entré pensando que no saldría vivo y salí revitalizado, sano y feliz”, agregó.

Asimismo, han desplegado a un grupo de médicos cubanos en la Unidad de Cuidados Intermedios (UCI), camas nuevas y respiradores. En la zona, tienen ventiladores, aire acondicionado, servicio de Internet y televisión. En contraposición, las salas de hospitalización y cuidados intensivos del cuarto, quinto y sexto piso. Allí están los médicos y residentes venezolanos. No hay agua. Ni ducha ni lavamanos ni nevera. Tampoco tienen baños ni transporte. Su salario es de dos dólares quincenales. La UCI es, pues, casi otro centro de atención. Otro mundo. Tanto así, que la médica y la residente afirman no saber si de verdad se trata de médicos cubanos.

Hasta la publicación de este reportaje, y luego de un intercambio de mensajes para confirmar la entrevista, la directora Alfonsina Romero no responde a El Diario.

De regreso a la muerte

Gelacio caminó por más de una hora hasta la entrada del Puente General Rafael Urdaneta, sobre el Lago de Maracaibo. 8.678 metros que conectan a la capital zuliana con el resto de Venezuela. El sol era inclemente y su cuerpo todavía estaba débil. Le faltaba el aire. Todavía estaba infectado, así que usaba tapabocas. Huía del peligro, pero, de alguna forma, ahora él era el peligro. “Si me voy a morir, que sea en casa”, pensaba. Pero había en esa frase acaso un deseo de que no fuera así. De aferrarse a la vida. De buscar una solución. Luego de varios intentos infructuosos de recibir un aventón que lo llevase lo más cercano a su hogar, por fin alguien aceptó.  

La primera parada antes de llegar a su casa fue en la autopista Centro Occidental Lara-Zulia, que conecta ambos estados. Allí trabajaba en una cauchera. Fue entonces cuando retomó la comunicación con la familia, para informar el motivo de su “desaparición”: se había escapado del Hospital Universitario de Maracaibo, y debían pasar por él. Los detalles de la historia vendrían luego.

Su casa en Cabimas se convirtió en un centro médico improvisado. La familia se dedicó a acondicionar, de la mejor manera posible, el espacio en el que cumpliría con la cuarentena y seguir el tratamiento que recomendaran médicos cercanos. Para evitar que alguien se contagiase, la atención estaría exclusivamente a cargo de su sobrina, quien es enfermera. Compraron una bombona de oxígeno y surtieron la despensa de comida para que se alimentara bien. Lo primero era saber qué tan grave estaba. Gelacio se sentía muy mal. Le faltaba el aire y estaba deshidratado.

Durante su estadía en casa, la familia sopesó la posibilidad de trasladarlo a una clínica de Maracaibo. Una de ellas, de las más importantes de la capital, cobraba 15.000 dólares para la atención completa. Esto, a pesar de que el régimen venezolano dice proveer a los centros médicos privados de las medicinas para atender a pacientes de covid-19. El precio era imposible de pagar para ellos. Volver a un hospital tampoco era una opción, ya bastaba con la experiencia del Hospital Universitario de Maracaibo.

Sin mejores posibilidades que estar en casa, siguieron las recomendaciones de médicos de confianza. El primero recetó un tratamiento de cloroquina, azitromicina y acetaminofén. Otros sugirieron dexametasona y un ibuprofeno cada seis horas. Semanas antes, cuando recién empezaba a sentir síntomas, desde El Salvador le recomendaron lo que parecía ser el tratamiento ideal. El infalible. Esteban Vicuña, sobrino de Gelacio residente en el país centroamericano, propuso aspirina e ibuprofeno, fórmula que el gobierno salvadoreño ha recomendado a los pacientes. Esteban dice haberle funcionado cuando tuvo covid-19. Pero en Cabimas, la familia optó por la primera mezcla.

Una vez que iniciaron con el tratamiento, los resultados parecían ser alentadores. Había signos de mejoría. 

Durante su estadía en casa, la familia sopesó la posibilidad de trasladarlo a una clínica de Maracaibo. Una de ellas, de las más importantes de la capital, cobraba 15.000 dólares para la atención completa».

La respiración de Gelacio fue mejorando con el paso de las horas. Incluso en dos ocasiones pidió que le retirasen el oxígeno para respirar sin la asistencia. El ánimo y el semblante eran cada vez mejores. Para la mañana del 2 de agosto, el cuarto día desde que escapó del Hospital Universitario de Maracaibo, ya meditaban que, de seguir así, no necesitaría la bomba de oxígeno. Entretanto, la familia buscaba la donación del plasma de la sangre de pacientes recuperados de covid-19, un tratamiento cuya efectividad ha sido comprobada científicamente para ayudar a los contagiados en estados de salud más delicados.

La mejora era, en realidad, solo una apariencia. Ya era demasiado tarde.

Esa misma tarde, Gelacio empezó a quejarse. Algo en el pecho le incomodaba. La respiración era cada vez más tenue y, al mismo tiempo, más rápida. Le faltaba el aire. En ese instante, también perdió el conocimiento. Le dio un paro respiratorio. Gelacio falleció ese 2 de agosto, en su casa, cerca de su familia. Tenía 63 años de edad.

Mal de muchos

La pandemia ha degradado, quizás como nunca antes, al enfermo. Muchas veces, un contagiado que no se cuida, puede ser casi un asesino. Un “bioterrorista”, en palabras de autoridades del régimen chavista. Sin llegar a esos extremos, la realidad es que el virus requiere distintos niveles de responsabilidad. Responsabilidad colectiva; la sociedad. Responsabilidad del Estado; el gobierno y distintos poderes. Y responsabilidad individual; lo que hace cada persona. Cualquiera que falle, pone en riesgo otras vidas.

Eso último lo explica Miguel Figuera, médico infectólogo de adultos y vicepresidente de la Sociedad Venezolana de Infectología. Como trabajador de la salud, consciente de la gravedad del asunto, no quita peso a las decisiones erróneas. Él pone los puntos. Si alguien, como Gelacio, escapa de un centro médico, es responsable de lo que ocurra después. La automedicación es, también, otra irresponsabilidad. Ni recetas caseras, ni ritos, ni cadenas de WhatsApp. Lo mejor que se puede hacer es seguir las indicaciones de profesionales, con el seguimiento de los médicos de un centro de salud, dice. Que sirva de ejemplo la historia de Gelacio.

Ni la cloroquina, ni la azitromicina ni el acetaminofén han demostrado curar –ni siquiera mejorar- el estado de salud de los pacientes de covid-19. Esto, a pesar de la buena publicidad de la primera de ellas.

En Venezuela, Nicolás Maduro felicitó a los científicos que trabajaban en la producción local de cloroquina difosfato contra el coronavirus, y el Ministerio de Salud ordenó tratar a los pacientes de covid-19 con cloroquina desde que comenzó el confinamiento, el lunes 16 de marzo de 2020. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, también han halagado el uso del medicamento. Sin embargo, los dos ensayos clínicos más grandes hechos durante la pandemia (uno, de la Universidad de Oxford, y otro de la revista científica The New England Journal of Medicine) con hidroxicloroquina, un derivado químico de la cloroquina elaborado con un átomo de oxígeno y otro de hidrógeno, muestran que el medicamento no genera beneficios en los pacientes con covid-19.

La mejora de Gelacio aquella mañana del 2 de agosto, correspondía más bien, pues, a efectos inmediatos, efímeros, que generaron las medicinas.

—Hay un 40% de personas que no desarrollan síntomas y ni siquiera se enteran que sufren o sufrieron esta enfermedad. No hay ningún tratamiento en específico para las personas que están en una fase leve de la enfermedad, y que no requieren hospitalización. Entonces el tratamiento es sintomático en estas personas, y pensar que por tomar “x” o “y” se mejoró o no, en realidad se iban a mejorar independientemente de lo que hicieran. Muchas veces se hospitalizan para vigilancia, porque tienen criterios que dicen que pueden empeorar- explica el doctor Figuera.

Tampoco el ibuprofeno ni la aspirina son efectivos. El primero, explica el vicepresidente de la Sociedad Venezolana de Infectología, es un antiinflamatorio no esteroideo, el cual tiene también actividad antipirética. A efectos prácticos, esto quiere decir que pueden disminuir el dolor, la fiebre o la inflamación, pero no tiene ningún efecto en el covid-19. Su capacidad es todavía más limitada en pacientes de fase 3, cuya gravedad es mayor.

Sobre la aspirina, explica el doctor Figuera, se ha demostrado que entre los distintos efectos que aumentan la mortalidad al covid-19, es la producción de coágulos y trombos. Y, contrario a lo que se afirma, la aspirina no es un anticoagulante sino un antiagregante plaquetario. Tampoco funciona.

Solo dos antivirales, dice el doctor, han demostrado beneficiosos. Esos son el remdesivir y el favipiravir.

Pacto incumplido

—Gelacio Vicuña-, llamó Esteban, con la típica sonoridad zuliana, desde el interior de una camioneta, a través de un parlante.

Un hombre delgado, calvo y con bigotes canosos, atiende al llamado. Empieza a acercarse al vehículo.

—Levántate la camisa, levántate la camisa-, ordenó Esteban.

Con una leve sonrisa, el hombre sube y baja rápidamente su chemise de rayas blancas y amarillas.

—Da la vuelta, da la vuelta-, dijo y, una vez que el hombre cumplió con su petición, pidió que levantara las manos.

Todo lo cumplió a cabalidad, sin inmutarse. La seriedad se rompió cuando llegó a la puerta del conductor, con unos brazos que se extendieron para un abrazo que no llegó a capturar el video. La última vez que Esteban Vicuña estuvo con su tío, el momento quedó grabado para siempre. Ese hombre era Gelacio.

Era el año 2019, y Esteban volvió de El Salvador a pasar unos días en Venezuela. De camino a Cabimas, donde vive el resto de su familia, pasó por la cauchera en la que trabajaba su tío. La conversación fue breve. Entre la premura de visitar al resto de la familia, todo quedó en la promesa de volver a pasar por allí y hablar con más calma.

Para Esteban, la primera impresión fue de sorpresa. Recordaba a su tío robusto, joven. En cambio, se encontró con una persona totalmente diferente. Al menos por el físico. Delgado y envejecido, Gelacio padeció el mismo mal que millones de personas en el país. De acuerdo con el Proyecto Encuesta de Condición de Vida de la Población Venezolana (Encovi), desde que se agudizó la crisis en el año 2017, hasta 2019, los venezolanos en condición de pobreza perdieron hasta 13 kilogramos.

Por lo demás, seguía siendo el mismo Gelacio de siempre. El echador de broma, el simpático, el que siempre contaba chistes. El tío favorito de Esteban y de todos los sobrinos cuando eran niños. El que siempre contaba historias interesantes. El “jodedor”, en terminología criolla. Eso cambió cuando llegó el covid-19.

—El 28 (de julio), al otro día que salió del hospital, hablé con él. Primero, contándome las cosas que vio. Mi tío era una persona súper alegre, echadora de broma, y cuando hablé con él, era una persona que hablaba totalmente distinto. Pausado. Le costaba conectar las ideas. Se veía que le costaba respirar, pero poco a poco fue contando las cosas que vivió. Lo que pasó no fue nada fácil-, comenta Esteban.

Desde El Salvador se mantenía informado gracias a su hermana, quien estaba a cargo del cuidado de Gelacio. Ella nunca se infectó de covid-19. A través del grupo de WhatsApp de la familia, daba el parte médico diario. Sin embargo, en la tarde del 2 de agosto, la noticia la recibió de otra hermana, también de Cabimas. “Mirá, me acaban de informar que ya mi tío murió”, decía el mensaje. En ese momento queda el vacío. Los recuerdos. Los reproches.

Pensaba Esteban en que no debía por qué afrontar aquella situación en el Hospital Universitario de Maracaibo. Pero, sobre todo, pensaba en la promesa incumplida de aquel 2019 cuando visitó Cabimas. Aquel pacto que no cumplió debido a que se enfermó y tenía otros quehaceres. Si pudiera regresar el tiempo, dice, haría las cosas de manera diferente. Volvería para saldar el encuentro pendiente. De todas maneras, en honor a su memoria, Esteban es hoy la voz de Gelacio para contar su historia.

Mirá, me acaban de informar que ya mi tío murió”, decía el mensaje. En ese momento queda el vacío. Los recuerdos. Los reproches.

No hay quien lo entierre

No era el Hospital Universitario de Maracaibo, pero el cuerpo de Gelacio estuvo varias horas a la espera del sepulcro. Estaba muerto, pero no tenía acta de defunción. A sabiendas de que era un caso de covid-19, ningún médico quería hacerse cargo. Las funerarias se negaron a retirarlo sin el acta, y los hospitales, sin transporte y sin personal con las medidas de seguridad necesarias, tampoco podían hacerlo.

En Venezuela, el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) estableció, a inicios de la pandemia, el protocolo de bioseguridad para el manejo y traslado de cadáveres con causa de muerte probable o confirmada por el covid-19. El mismo incluye, entre otras cosas, el uso de protección ocular o facial completa, con batas impermeables de manga larga, doble guantes y mascarillas, de quienes manipulen el cuerpo. Para el traslado de los cadáveres, deben cubrirlos con doble bolsa, y luego rociarlo con hipoclorito al 5%. No pueden ser autopsiados, sino directamente inhumados o cremados. Y debe hacerse en el menor tiempo posible, para evitar otros contagios.

La familia llamó al 911. Aceptaron el traslado a la morgue del Hospital General de Cabimas. Ante la negativa de los organismos de seguridad estatales o regionales, la remoción del cadáver estuvo a cargo del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc). Una vez allí, solo faltaba el acta de defunción de alguna funeraria. Debieron esperar hasta el 3 de agosto, un día después del fallecimiento, para resolver el conflicto.

Como Gelacio falleció en casa, el protocolo para la expedición del acta de defunción requiere de la comprobación, por parte de la familia, de la causa de la muerte a través de un historial médico. Sin embargo, sin la prueba PT-PCR, no tenían forma de demostrar que murió a causa del covid-19. Aun así, una funeraria informal de Cabimas accedió a realizar el documento.

De acuerdo con estimaciones de Damiana Villalobos, representante de la Cámara Nacional de Empresas Funerarias y Afines (Canadefu) en el estado Zulia, en Cabimas hay poco menos de una docena de funerarias. Solo dos de ellas son formales. En Maracaibo, en cambio, de las más de 100 funerarias existentes, solo entre 40 y 50 son formales.

El entierro, como estaba previsto, fue un trámite. Desde que llegó la pandemia, la solemnidad de los velorios, de las flores, de la reunión familiar en medio del dolor, desapareció por completo. Aunque el protocolo del Senamecf no prohíbe taxativamente los velatorios, sí limita la cantidad de personas que pueden asistir. Hubo quienes, como Esteban, tampoco pudieron seguirlo así fuese por videollamada. El servicio de internet no permitió el último adiós.

Legalmente, Gelacio falleció como consecuencia del coronavirus, el 2 de agosto de 2020, en Cabimas. Sin embargo, para el día 3, cuando fue emitida el acta de defunción, la cifra de fallecidos que ofrece diariamente el régimen de Maduro, no reflejaba su caso. Ese día, según el entonces ministro de comunicación Jorge Rodríguez, solo murieron seis personas, ninguna del Zulia. Para el 4 de agosto, cuando el país llegó a los 21.000 casos positivos, solo reportaron siete decesos. Uno de ellos era hombre. Tenía 62 años de edad, y era de Maracaibo.

Ilustraciones: Lucas García

Noticias relacionadas