• En 2019, María Julieta Cordero, estudiante de doctorado en Canadá, desarrolló una enfermedad autoinmune que la dejó vulnerable. Con la llegada de la pandemia, su vida estuvo en riesgo tanto dentro como fuera de casa

I. Es gripe, tranquila

—¿Cómo se dibuja un hongo? —insistió Camilo.

Cualquiera tomaría esta pregunta como una repentina inquietud artística de un niño de siete años de edad. Pero a su madre la llevó a recordar todo lo que vivió a partir del 28 de febrero de 2019. 

No por casualidad la pregunta de su hijo, a quien enseña kung fu y abecedarios, promovió (¿o removió?) con la fuerza de una patada ding guek los episodios de su enfermedad. 

María Julieta Cordero es escritora y profesora de idiomas. La palabra es su oficio. Es cinta negra del verbo. Una Bruce Lee en traducciones.

Al inicio, el malestar se manifestó como resfriado común durante un par de días, pero aquella tarde los escalofríos y la fiebre diezmaron las fuerzas de Cordero. Dio la última clase que pudo dar ese año y buscó a Camilo donde su niñera. 

Trastabilló ante la puerta de su casa ubicada en el campus de la Universidad de Columbia Británica. Sus manos sudaban. La brisa le dolía en las sienes. Como un presagio, no encontraba la manera de hacer girar la cerradura. Probó y forzó llaves hasta que logró entrar.

“Y ya no me pude parar más de la cama”, recuerda la joven treintañera mientras piensa cuál creyón es el más apropiado para dibujar un hongo. 

Cuatro días después, Cordero, aún débil, trató de conseguir una consulta médica en el Hospital de la Universidad de la Columbia Británica.

Sus intentos resultaron inútiles. Gripe, le dijeron. Váyase tranquila. La fiebre le cuajaba el cuerpo en aquella silla metálica de la Sala de Espera. Cordero buscó atención en Emergencias. 

En Canadá el sistema público de salud funciona más o menos de este modo: si no te sientes bien, acudes primero a un médico general. Nada de ir directamente a un cardiólogo o neumólogo como en Venezuela. No. Estas son las reglas: cada paciente cuenta con quince minutos. Y solo un malestar al día. Si el paciente tiene alguna otra dolencia no es válido volver por la tarde. Debe esperar a la jornada siguiente.

Cordero al fin fue examinada. O mejor dicho, fue vista por un médico. Literalmente vista. El médico no se preocupó por usar el termómetro, el tensiómetro o el estetoscopio. Sin más, le emitió un diagnóstico con todo el profesionalismo posible de un examen al ojo por ciento:

—Es gripe.

—¿Gripe?

—Sí, gripe fuerte, tranquila, puedes irte. 

“Tranquila, puedes irte” parecía el mantra secreto de los médicos.

Regresó a casa con una receta que le indicaba ingerir acetaminofén cada ocho horas y un nuevo síntoma, esta vez cutáneo: de pronto, buena parte de su cuerpo estaba cubierta de manchas. Habían aparecido en el transcurso de la tarde, cuando los enfermeros pastoreaban a Cordero de un pasillo a otro. Apenas las descubrió cuando se cambiaba la ropa. 

De inmediato, Cordero telefoneó al hospital:

—Sí, acabo de estar allí… No, ya le dije, el médico prácticamente no me revisó. Tengo una erupción en la piel. ¿Podría ir para que me atiendan nuevamente? Ajá… ¿Y me evalúen?

—No, no puede. Venga mañana. 

—Pero me siento mal hoy…

—…Recuerde, señora, tiene que ser mañana. No la pueden ver dos veces el mismo día. Le deseo buenas noches.

Al día siguiente, la perseverancia de Cordero fue recompensada con una mezquina prueba de sarampión e informes con una monolítica conclusión: gripe. 

—¿Gripe?

—Sí, gripe fuerte.

Luego de dos semanas de acetaminofén más ibuprofeno, Cordero suplicó por un antibiótico. Le prescribieron un curso de ciprofloxacina.

Como aquellos mapas satelitales que muestran el avance día a día de un incendio, las manchas continuaron su expansión territorial. Las fiebres se agudizaron. Hubo noches intensas de delirio y temblores. 

El 7 de marzo de 2019 hacia la 1:00 pm, María Julieta Cordero le escribió a la inmunóloga que atendía como pediatra a Camilo en Caracas. 

La respuesta llegó algunos días después.

—Tu mensaje lo leí justo en pleno apagón. No sé si has visto las noticias. Desalojaron el Centro Médico. Se me descargó el teléfono. Te deben evaluar. Qué indignación. No se te olviden las pruebas de sangre. Que te mejores.

Hacia finales de marzo, con implacable parsimonia, las manchas conquistaban los brazos, la espalda y torso de Cordero. Los médicos accedieron a realizarle las pruebas de sangre. 

Durante una noche en que la temperatura no bajó de 39 grados, Cordero evocó en un punto inexacto entre el sueño, la alucinación e imágenes cocinadas al vapor de la fiebre, el lejano recuerdo de su viejo amigo Max a quien conoció en un curso interfacultad en sus años de estudiante. Él estaba por graduarse de médico y luego del examen final no se reencontraron hasta que coincidieron en Madrid, hacia 2013. Desde entonces, no volvieron a escribirse. En aquella última tertulia en un bar de Gran Vía, Max le dijo: 

—Sí, Julieta, la semana que viene vuelo a Canadá. Y aunque soy internista y tal, allá solo ejerceré como médico general. Eso es lo que hay. ¡Otra ronda, por favor!

La mañana después de ese extraño sueño, los resultados de los exámenes estaban listos. Y reflejaban valores alterados y descompensados: glóbulos blancos: muy altos; hemoglobina: bajísima; ferritina: skyrocketing. Seguidamente, remitieron a Cordero con un médico interno.

Foto: Foto de Daniel Álvarez

II. Raven Song

Las fiebres continuaron. Las pastillas de acetaminofén solo aplacaban el malestar por unas pocas horas. Después, el dolor regresaba con furia. Recalentaba el cuerpo. Y también la mente. 

Cordero se sentía la pasajera VIP de un viaje auspiciado por Ayahuasca Airlines. Desvariaba e imaginaba que hablaba con su madre. Con familiares ya fallecidos. Con gente que tenía años sin ver ni saber de ellas. Hablaba consigo misma: 

—María, ¿qué me pasa?, ¿me estoy muriendo?

—No, no es nada grave. 

—Entonces, ¿qué tengo? —se preguntaba.

—¿Quieres un té?

—Un brebaje, sí. 

—¿Pero dónde?

—En Sorte. Dónde sea.

—Mejor una Cerveza Yaracuy.

Desde que arribó a Vancouver con su esposo e hijo, Cordero no había hecho otra cosa que estudiar, dar clases de español y redactar el proyecto de su tesis doctoral sobre la espiritualidad y la memoria en seis novelas caribeñas para la Universidad de Columbia Británica. Cordero ha ganado premios como narradora. En 2014 publicó Cuentos truchos y en 2019 Necrópolis, su tesis de maestría en Literatura Venezolana sobre la narrativa de su padre, el novelista Rafael Cordero. Como docente, enseñó estudios lingüísticos y traducción en la Universidad Central de Venezuela (UCV) entre 2010 y 2016.

Cuentos truchos reúne seis piezas narrativas.

A la mañana siguiente, ya en un estado de completa lucidez, se dijo: “Si estuviese en Venezuela, iría de una vez a mi acupunturista para que me calme la cabeza”.

En su primera búsqueda en Google, la mayoría de los locales de acupuntura se dedicaban al ramo de la belleza estética, la perdida de peso o el estrés.

No se dio por vencida y su pesquisa se tornó más específica. Pensó: “Si Vancouver, además de ser una ciudad repleta de ciclistas veganos y locales chinos, ¡por algo la llaman hongcouver!, es un territorio indio, debe haber algo aquí similar a esas prácticas de medicina ancestrales. Un espacio de sanación. Lo que sea”. 

Cordero dio con la página web de La Canción del Cuervo: “Raven Song”. En los cielos de Vancouver también se avistaban tantos cuervos como guacamayas en Caracas.

En la mitología indígena de la Costa Oeste de Canadá, el cuervo representa la imagen del portador del fuego, uno de los creadores del mundo. Cordero deseó que también portara una solución. En la página de Raven Song había un banner que ofrecía un servicio de acupuntura.

Guiada por la intuición, María Julieta Cordero telefoneó a la clínica. Pero su solicitud fue rechazada por implicaciones legales y administrativas de Vancouver. En las últimas décadas se han instalado espacios culturales, recreativos y clínicos destinados exclusivamente a la atención de la población indígena. No canadienses. No extranjeros. Ni siquiera indígenas de otras regiones de América se admiten en estas instituciones. El cuento es extenso y complicado. Pero el lector puede revisar en Google la Ley Indian Act, vigente desde 1876. 

—Está bien, pero yo soy venezolana…

—¿Y?

—¡Que algo de indígena debo tener!

—No, no podemos atenderla.

—Me siento mal. Estoy muy enferma. ¿Dónde puedo encontrar una clínica de acupuntura? Económica…

—Mmm, muchos de los médicos de aquí trabajan en la Escuela de Medicina China Tradicional de Vancouver. ¿La conoces? Anota el número… +1 (604) 731 2926. 

Se trataba, en efecto, de una clínica escuela. De esas en las que un médico examina a sus pacientes, limpia y cose heridas o enyesa extremidades, mientras imparte una clase y responde pedagógicamente las preguntas de los estudiantes, pero con la diferencia de que en este lugar todo era tradicional, incluyendo la terapia cupping o la acupuntura. Así fue la primera cita de Cordero en ese centro de salud. Rodeada de jóvenes aprendices de medicina asiática y escrutada por el médico y profesor Kong. Pero también fue la primera vez que Cordero se sintió realmente atendida. Con miradas preocupadas. Consideradas. La dejaron hablar. La escucharon. Analizaron. Querían curarla. 

En la segunda cita, Cordero conoció a la doctora Hsien-Ju Kao Claire, acupunturista de origen taiwanés, de sonrisa ingrávida y modales que más bien parecían alguna ramificación de un arte marcial. Además de insertar agujas en los puntos meridianos del adolorido cuerpo de Cordero, Claire penetró en sus emociones.

Cuando la sesión terminó, Claire abrazó a Cordero y esta se desahogó. Sus lágrimas humedecieron la bata y las agujas de acero inoxidable de la doctora. Por un momento, la paciente llegó a pensar que el abrazo formaba parte de las fases de la acupuntura. Un encaje final cuyo desenlace era el alivio.

—María, lo que te ocurre es un llamado de atención. Una conversación espiritual. ¡Escúchate! Si tienes que pararlo todo, ¡hazlo y sánate! Haremos el tratamiento. 

Claire recetó unas hierbas que estabilizaron la temperatura de Cordero. 

Durante los próximos meses, cada aguja que Claire clavaba en los puntos xue hacían llorar a Cordero del dolor. 

—Tranquila, María, cada lágrima significa un paso más para la restauración del flujo de tu energía vital, tu Ch’í. Para la próxima consulta trabajaremos tus zang.

—¿Mis zang

—Sí, tus órganos importantes como el corazón o el bazo. Recuerda lo que decía el informe del doctor Kong: “deficiencia sanguínea severa”. Ahora tu cuerpo se ataca a sí mismo. En continua guerra. Esa fue la manera que encontró para lidiar con la sobrecarga que arrastrabas. Ay, María. ¡Escúchalo! —Solo Claire la llama María. Julieta para los amigos. Cordero para esta crónica.  

Web de la doctora Claire

Semanas después, los médicos mostraron mayor interés en la salud de Cordero. La sometieron a exámenes para descartar lupus, para descartar leucemia, para descartar artritis reumatoide. Los resultados dieron negativo. Pensaron en la posibilidad de que se tratara de la Enfermedad de Still.

—¿De dónde salió esa enfermedad —preguntó Cordero.

—Es un extraño padecimiento autoinmune y de causas desconocidas. Se presume que el detonante puede ser algún virus, una infección desconocida, estrés. Una persona por cada millón de habitantes lo sufre.

—¿Y qué voy a hacer, doctor Steven?

—Mientras comprobamos qué tienes, te puedo ofrecer estas pastillas. Prednisona. ¿Las conoces? Entre los médicos le llamamos a estos esteroides The Wonderful Terrible Drug. Te sentirás mejor.

Terrible Drug…? Excuse me…!

—Digamos que tiene algunos efectos secundarios, pero cortará todos tus malestares. La probamos un tiempo para ver cómo reaccionas. Luego pasamos a las miniquimioterapias.

—¿A las mini qué?

Eran los primeros días de abril y Cordero le comentó a su buena amiga Tashi sobre su disyuntiva acerca de los medicamentos que estaba tomando. Tashi es trabajadora social y tibetana con una familia multicultural: su esposo es de Zimbawe y su tío es un lama budista prominente. Laboraba en el St. Paul’s Hospital. 

Tashi se acomodó en su asiento, pidió otro café,  calibró su voz a la de un youtuber millennial en vídeo tutorial y le explicó ciertas particularidades de la salud pública canadiense, como la figura del “paciente negligente”, que no es otra cosa que el enfermo que se niega a cumplir un tratamiento determinado y por lo tanto genera gasto público. 

—Y esa calificación, mi querida Julieta, con toda probabilidad, puede acarrearte problemas como a cualquier extranjero con sus trámites consulares.

Esa misma tarde, Cordero pautó una cita vía Skype con su psicoanalista. Tenía dos meses sin consultarse con él y regularmente se conectaban un día a la semana. 

—Ayúdame a encontrar un médico venezolano —le rogó, como si la nacionalidad se tratara de una rama clínica.

El psicoanalista le recomendó un experimentado médico endocrinólogo y homeópata que compensaba su miopía y desinterés por las videollamadas con una mística profesional que hizo conexión con Cordero. 

El tratamiento que le recetó el doctor Tovar se apoyaba mayormente en hierbas y en una alimentación estricta que excluía gluten, azúcar y lácteos por un año. 

Le indicó vía telefónica:

—María Julieta, debes dejar los esteroides. Si los empezaste a tomar hoy y los consumes por más de una semana, no puedes interrumpir el tratamiento de Prednisona bruscamente. Coges el riesgo de sufrir un coma adrenal. ¿Por qué? Porque los esteroides sustituyen las funciones de las glándulas adrenales. Estas permanecen en reposo y si los dejas de tomar de golpe no tienes la hormona que estas producen, específicamente cortisol, y eso es delicado ya que te puede paralizar ciertas funciones. Ve dejándolo poco a poco y no te sometas a ese tratamiento de metotrexato, la miniquimio como le dicen ellos. Evítalo a toda costa”.

La chica confió plenamente en Tovar. Aunque cada dos semanas debía asistir a consulta. Los médicos le recordaban que pronto empezarían con la miniquimioterapia. Cordero estaba convencida de que ese tratamiento no era lo que necesitaba su cuerpo, pero justificar su desconfianza con un sueño que había tenido y los consejos de un homeópata suramericano no le iba a servir de mucho ante las convicciones de los médicos canadienses.

A través de los años, Cordero y su suegra han estrechado vínculos. La confianza ha llegado a tal grado de solidez que su suegra le confesó que últimamente se estaba consultando.

—¿Con qué médico?

—Con un médico, no, m’hija querida, con una bruja de La Vega.

Cordero le pidió a su suegra que le preguntara a la bruja por su destino.

—Háblale de mí, de cómo está mi aura. Dile que yo la autorizo. Lo que sea.

Al regresar a casa, su suegra le reenvío por WhatsApp el mensaje de la bruja: “Hay un médico que no está donde ella vive. Está en otro país. En otra ciudad. Y ese médico le dará un tratamiento controversial pero precisamente ese tratamiento la ayudará a sanarse. Pero no será pronto. Habrá un reajuste en el tratamiento. El proceso de curación demorará. Ya que de alguna manera es una curación espiritual. Será un antes y un después en la vida de tu nuera. Salud. Y sí, me puedes cancelar por Zelle la consulta de hoy”.

El mensaje le afiló la incertidumbre a Cordero. A ella le sobraban médicos por todas partes: “¿A quién se refería la bruja? ¿A los curanderos indios? ¿La pediatra de Camilo? ¿A quién? ¿A la acupunturista asiática? ¿Tovar? ¡¿A quién?! ¿Max?

Max. 

Recordó aquel afiebrado sueño.

Max vive en Toronto, Ontario, al otro extremo del país. La atendió vía Skype.

—Estoy casi seguro de que tienes un problema inmunológico. En tu próxima cita, muéstrale al médico los resultados que te mandó a hacer. Trata de sugerirle como quien no quiere la cosa que te reduzca la dosis de Prednisona.

—Y si me califican de…

—¿Paciente negligente? Por eso te advierto… Diles por debajito. ¡Tú eres escritora! Ya se te ocurrirá cómo. Nada de mi médico venezolano me dijo… Otra cosa, te mandaré el contacto de un médico naturópata. Él atendió a la hija de un buen amigo que padecía un cuadro similar al tuyo. Creo que puede ayudarte.

En la próxima cita, el médico ya había estudiado los exámenes y por suerte llegó a la misma conclusión de Max. Indicó que debía reducir la dosis de Prednisona y Cordero no tuvo que insinuarle nada.

El reajuste en el tratamiento hizo efecto de la noche a la mañana.

Aunque la salud pública es gratuita y de primer nivel, la hostilidad burocrática y la frialdad de la atención desollaron los ánimos de Cordero. 

El interior de su cuerpo continuaba agitado. Por fuera, la erupción cutánea avanzaba y ya se había expandido por el setenta por ciento de su piel.

Una mañana de finales de abril mientras se untaba unas pomadas para calmar el escozor, recordó aquel otro médico del que Max le había hablado.

El naturópata era de origen griego y sus servicios eran un tanto costosos. Lógicamente, la medicina alternativa no corría por cuenta del Estado. Debía echar mano de sus ahorros.

El 5 de mayo de 2019 María Julieta Cordero se sentía un tanto mejor. Al día siguiente cumpliría 34 años. Daniel hizo la cena. Cocinó pollo al horno. 

Después de recoger la mesa, Cordero sintió cómo el mundo empezaba a darle vueltas como aquel mediodía del 28 de febrero cuando sucumbió por varios días.

Daniel la llevó al Hospital Universitario. Temía una recaída.

Apenas ingresó a Emergencias, las enfermeras y camilleros de guardia reconocieron a la paciente. No se demoraron en hacerle pruebas. A María Julieta empezaron a darle unos retortijones. Preguntó por un baño.

La pareja esperó los resultados. Durante esa hora, María Julieta fue al baño un par de veces más. 

—Me duele el estómago. 

—Tranquila, debe ser que no hicimos bien la digestión. Yo también tengo como un dolorcito de barriga.

El médico internista de turno en Emergencias que llevaba su caso se acercó a ellos. Un cincuentón que lucía como un surfista extra de la serie Baywatch. Los observó fijamente, le echó un fugaz vistazo a la hoja que sostenía y dijo:

—Usted tiene leucemia. 

Daniel y María Julieta quedaron en shock. Sin palabras. El médico surfista añadió:

—Creo que con este estado, lo mejor que pueden hacer es regresarse a Venezuela. Aquí están solos y con un niño pequeño. 

—Pero, doctor… —balbuceó Daniel—, escuche, a María le han hecho exámenes de sangre recientemente y… 

—Tengo ganas de ir al baño —dijo María Julieta con la voz entrecortada.

—¿Otra vez? Ya has ido cuatro veces —comentó Daniel.

—Doctor, me he sentido mal del estómago.

—Ah, ¿sí? Ya va, déjeme revisar algo. Vuelvo enseguida.

Dos horas después, el Doctor Surf regresó.

—Chicos, escuchen, justo acabo de hablar con el director del Instituto de Hematología de Vancouver y me ha dicho que ha habido un pequeño error en la lectura de los exámenes. Probablemente lo que tienen ustedes es una intoxicación por…

—Pollo —Daniel y María Julieta dijeron al unísono. 

—No tienes leucemia, señora Cordero, pero sí una bacteria muy agresiva. Me equivoqué en la lectura. Disculpen. Pero si algo es cierto es que tus valores están muy alterados. Estás deshidratada y no te puedes ir así. Te mandaré a hospitalizar. Todo parece indicar que la Prednisona alteró el conteo de glóbulos blancos. 

Tres días después, el Doctor Surf le dio de alta a Cordero. 

—Puedes regresar a casa, pero primero pasa por estos medicamentos en una Shoppers. —Le entregó el récipe y la pareja salió a toda prisa.

Foto: Emiliano Barreto

III. El moho de Vancouver

Cordero había asistido diligentemente a sus citas médicas oficiales cada quince días durante los últimos meses. Se ceñía a la dieta. Consumía los esteroides con disciplina, pero su confianza descansaba en los cuidados que le proporcionaban el homeópata criollo, el naturópata griego y la acupunturista asiática. 

Cordero trianguló los tratamientos de sus médicos alternativos como piedras de cuarzo que equilibraban sus chakras y su sistema inmunológico. Se aliviaron los efectos secundarios de los esteroides, que si bien eran dosis medianas de 30 gramos, cada vez que se reducían su organismo se alteraba por algunos días, pero ella sabía lidiar con eso hasta estabilizarse. 

Daniel a cada rato le reiteraba que ya era evidente cómo su energía se había revitalizado. No al ciento por ciento, pero la mejoría era notoria. Y lo mejor de todo, por la manera en cómo marchaban las cosas se evitaría llegar a la miniquimioterapia.

Una tarde, el naturópata le anunció con vertical seriedad a Julieta:

—He seguido, María, muy de cerca cómo ha sido la evolución de tu enfermedad. Apuesto mi brazo derecho a que tienes un cuadro de intoxicación elevado. No sé exactamente qué podrá ser. Pero debes revisar tu casa. Tu habitación. El baño. La cocina. Debajo de los muebles. Cada rincón.

María Julieta siguió las instrucciones. Comenzó por la cocina y se sintió una Sherlock Holmes doméstica tras las huellas de un sospechoso invisible. 

La huella era del tamaño de la pisada de un oso grizzlie. Detrás de la cama surgía del rodapié de la habitación como el humo detenido de un incendio.

Luego descubrió un rastro similar en el colchón.

Le recordó a los brotes de su piel y sus patrones amorfos.

Era un hongo. Algo común en Vancouver, donde generalmente los domicilios permanecen cerrados y las familias contrarrestan los climas gélidos con calefacción. Además, se trata de una ciudad cuya ingeniería civil se apoya en la arquitectura ready made de dry walls, mdf’s, superficies predilectas del moho para desarrollarse a sus anchas. 

Cordero rastreó más hongos en la casa. Dentro de sus posibilidades, revisó, limpió y no encontró ninguna otra mancha. Intentó mover algún mueble, el colchón, la cómoda pero aún estaba muy débil. Ese día quedó exhausta. En esa temporada, Daniel trabajaba todo el día y no podía echarle una mano.

Hacia septiembre llegó el otoño y la temperatura bajó. Daniel, que arrastraba asomos de gripe desde que vivían en Vancouver, le explotó una amigdalitis que a los pocos días se curó.

En diciembre, Daniel volvió a sentir dolor de garganta. Dificultad para respirar. Le volvió a dar amigdalitis. 

El 31 de diciembre, como un ritual de fin de año, Cordero y Daniel, aprovechando que este tenía el día libre, decidieron hacer una limpieza a fondo de la habitación. Cuando empezaron a sacar los muebles hacia la sala, descubrieron que el hongo había permeado hacia resquicios imposibles. La estructura de la cama había sido absolutamente colonizada.

Tashi, la chica tibetana, les recomendó unos life hacks de YouTube para remover hongos.

—Esto te puede ayudar. Aunque la mayoría de las veces lo que se suele hacer es pintar para taparlos. Pero los hongos siguen allí.

Cuando Daniel y Julieta se desearon feliz Año Nuevo ya habían terminado.

En enero, Daniel volvió a sentirse igual. Contrajo amigdalitis por tercera vez.

En marzo, cuando se decretó la cuarentena en Vancouver, Cordero redactaba las primeras líneas de su tesis. Daniel nuevamente sintió aquel familiar ardor en la garganta. Obstinado, acudió al hospital. Era la cuarta vez que le daba amigdalitis en siete meses.

Cordero, que ya había dejado de consumir esteroides, también empezó a experimentar ciertas molestias respiratorias, alergia y tos constante. “Debe ser el polen. O la habitual gripe de primavera” concluyó.

Una madrugada Daniel despertó abruptamente. Sentía una garra retorciéndole las vías respiratorias. 

Cordero telefoneó al #811, que había habilitado una línea para orientación de posibles casos de Covid-19.

Cuando describió los síntomas le advirtieron que Daniel debía aislarse en casa. La situación alarmó a la pareja, ya que si Daniel realmente tenía Covid-19 la inmunodeficiencia hacía a Cordero peligrosamente vulnerable.

El psicoanalista le dijo: “Julieta, estoy de acuerdo con el doctor Tovar, enciérrate. El coronavirus es una lluvia de citoquinas. Y ya tú padeciste una tormenta de citoquinas. Por nada en el mundo te puede dar esto”.

Al día siguiente, Daniel se realizó la prueba PCR. Resultó negativa. La amigdalitis se disipó, como siempre, con los días.

Una mañana de junio, ya en cuarentena absoluta, Cordero y Daniel sintieron simultáneamente que el pecho les ardía. Se ahogaban. Decidieron que lo mejor, pese a las restricciones, era salir a dar un paseo por el bosque cercano a la casa. Respirar aire fresco después de tantos días de encierro. 

Cuando regresaron y apenas cruzaron el umbral, la pareja sintió cómo, de pronto, la consistencia del aire se modificaba y amagaba con volverse una materia más densa y acaso repulsiva. Un vaho de otra atmósfera.

Cordero revivió aquel 28 de febrero de 2019 cuando no podía entrar a la casa. Y aquella víspera de Año Nuevo, cuando removieron los hongos.

Repitieron la operación. Movieron muebles. Sacaron ropa y comprobaron que el hongo había regresado. Estaba plantado exactamente en las mismas zonas de donde lo habían removido. Un copy and paste orgánico. 

Como un eco volvieron las palabras de Tashi: “Ya sabes, Julieta, el moho cuando se hace visible es porque toda la estructura está contaminada. Las esporas se adentran y nada ni nadie los saca de allí. El hongo siempre regresará”.

La pareja aprovechó una oferta de cuarentena en purificadores de aire. De alguna manera, debían acabar con el hongo. Gastaron buena parte de sus ahorros en un arsenal de productos químicos abrasivos fabricados exclusivamente para el exterminio del moho,  bolsas de basura, guantes. 

Instalaron el purificador de aire como un tótem de una secta prohibida, un amuleto de ozono. 

Después de la batalla, Daniel, en medio de broncoespasmos, fue diagnosticado con asma. 

—El hongo nos está matando —le dijo Cordero a Daniel—. Tenemos que irnos de aquí.

Ya no había dudas. Tanto la enfermedad de Cordero como las amigdalitis que prologaron el asma de Daniel se debían al moho. Intoxicación por micotoxinas. 

—Debemos irnos —dijo Daniel—. No podemos estar afuera por el Covid-19, pero tampoco podemos estar en esa casa por el moho de Vancouver. 

Cordero estuvo totalmente de acuerdo. 

El Naturópata griego los alentó: 

—Y deben dejarlo todo. Ropa, cobijas, objetos. Esa, mis queridos pacientes, es la única solución.

Foto: Daniel Álvarez

IV. Dos camiones

Cordero redactó una carta a la administración de las residencias universitarias solicitando el traslado a otra casa. Explicó que la mudanza debía ser lo más pronto posible. La vida de ella y la de su familia estaban en riesgo. El moho siempre estuvo aquí. Y no se va a ir.

La administración de la universidad le prometió que para fin de mes una casa se desocuparía y se podía realizar la mudanza sin inconvenientes.

Una semana después, Ruba, una chica de Somalia, con dos bebés de brazos tocó la puerta. Deseaba conocer la casa que Cordero estaba por deshabitar. Ruba le dijo que a ella y a su esposo les agradaba cómo se veía y la administración inmobiliaria les había dado la dirección.

Esto desconcertó a Cordero.

—No, Ruba, no te mudes para acá. Esta casa está enferma. Por eso huyo de aquí.

La puso al tanto de la situación. Intercambiaron teléfonos. Prometieron escribirse. Cordero se quejó con la administración. Si le alquilaban una casa infestada a Ruba, consumarían una estafa.

La universidad al día siguiente envió a dos inspectores de infraestructura. Solo así comprobaron el estado de humedad de la casa, algunas filtraciones. Una estructura a la que se le dejaron de hacer los debidos mantenimientos por años.

—Mañana volveremos y examinaremos el techo. Es plano, pero desde aquí se puede ver cierta vegetación que está creciendo.

Se necesitaron dos camiones Lugger de basura para llevarse todo el musgo que alfombraba el techo.

V. Picnic

El 20 de agosto, Cordero y Daniel se mudaron de casa luego de trámites administrativamente laberínticos. La universidad les ha reembolsado parte de los gastos médicos e higiénicos que la pareja ha reclamado. Aún faltan otros y en enero continuarán con los reclamos.

Ambos cumplirán un tratamiento de desintoxicación largo, pero lejos del moho, las probabilidades de curarse con prontitud crecen. 

Una semana después de mudarse, con un semblante mucho más saludable, Cordero participó en conjunto con algunos compañeros de trabajo en una charla vía Zoom con el fotógrafo venezolano Nelson Garrido.

En la más reciente consulta con la doctora Claire, Cordero se quedó dormida mientras doce agujas intradermales se distribuían estratégicamente en su cuerpo. Soñó levemente que viajaba a Taipei y tomaba té con Claire en una choza provista de fuentes de bambú. La acupunturista le dijo sonriente que la emocionaba visitar de vez en cuando su país, así fuera en sueños ajenos. 

Apenas despertó, Cordero observó cuando Claire volvía al consultorio. Le preguntó si era de Taipéi.

—¡Sí!, ¿cómo supiste?

—Ah, eh…, no sé, ¡me lo imaginé!

En 2021, Cordero retomará el kung fu y le enseñará a Camilo algunos movimientos básicos y espera que a Daniel no le vuelva a dar amigdalitis. También piensa seguir visitando a Claire, (secretamente) se gurú espiritual. 

Cordero hoy se encuentra bien. Además de sus investigaciones académicas, ha leído los últimos hallazgos científicos sobre su padecimiento. En la actualidad, hay varias teorías, pero Cordero le explica a sus amigos vía chat que el sistema inmune es un universo misterioso del que aún poco conocemos. 

Este fin de semana de inicios de diciembre, Cordero, Daniel y Camilo organizarán un picnic con la familia de Ruba. Hace buen sol por estos días y se ven más cuervos que nunca. En la mitología indígena de la costa oeste, el cuervo también es el contador de historias. Cordero me ha contado la suya y sigue conversando consigo misma. Su tesis y su cuerpo danzan con la canción de los cuervos.

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