Lo interesante de la teoría del multiverso es que cada decisión –importante o no– genera una versión particular del mundo, corriendo hacia adelante, ramificándose de modo autónomo, usualmente en paralelo con las demás, y respetando, en gran medida, las leyes físicas. En dichos universos, cada ser se multiplica hasta el infinito; en algunos puede haber vivido hasta la ancianidad o haber fallecido en la cuna, descontando la inexistencia por otros múltiples factores como pueden ser la muerte de alguno de sus progenitores.

Michael Cunningham parece encantado con desarrollar esta idea, esa forma multiversal de narrar una historia siguiendo a los mismos personajes pero en sus diferentes aunque reconocidas versiones. Hasta dejar en evidencia que esa diversificación en el reparto de protagonistas no ocurre en términos dimensionales sino a lo largo del tiempo, donde cada uno se repliega a través de los años. Viven. Mueren. Renacen. Regeneran sus esencias para, así, estar destinados a reencontrarse a través de las distintas épocas de la Tierra.

En las fluctuaciones producidas por los eventos que se encadenan como eslabones, la novela El libro de los días –Editorial Fiordo, 2020–se nutre de tres historias cortas para construir una trama mayor que atraviesa la ciudad de Nueva York y que tiene, como eje central, la obra Hojas de hierba del poeta Walt Withman. En la primera de ellas (En la máquina), a mediados del siglo XIX, el pequeño y deforme Lucas acaba de perder a su hermano mayor, Simon, que trabajaba en una fábrica y estaba a punto de casarse con Catherine; embelesado por la joven, aunque también por la obra en proceso del poeta Walt –a quien casualmente se cruza en la calle–, el niño tomará la decisión de ocupar el lugar de su hermano en el trabajo para mantener a sus padres; será ahí, entre máquinas, donde empezará a oír la voz fantasmal de Simon.

En la segunda historia (La cruzada de los niños), la Nueva York inmediata al atentado del 11S se ve afectada por dispersos ataques terroristas que tienen como principales perpetradores a chicos cargados de bombas que, a su paso, recitan parte de la obra de Whitman; la encargada de resolver el caso será la psicóloga forense Cat, en pareja con el millonario Simon, y que se encontrará, con el correr de la investigación, con un niño del culto terrorista. 

La última parte (Como la belleza) sigue las filosóficas elucubraciones del androide Simon, que decide dejar Nueva York y viajar a Denver en busca de su creador para plantearle ciertas dudas que tiene sobre sí mismo –una de ellas es por qué lleva grabada en su memoria artificial los versos de un poeta del siglo XIX–; en el transcurso de la travesía unirá fuerzas con la extraterrestre Catareen y el joven rebelde Luke.

Walt Whitman

Como si fuera poco, y la cantidad de señales entrelazadas no alcanzaran, un misterioso cuenco blanco de porcelana con un entramado de flores azules aparecerá en manos de unos y otros, funcionando como pieza de colección o bien de intercambio, haciendo hincapié de que el azar funciona de maneras misteriosas y que los pequeños e imperceptibles detalles que conforman la realidad misma pueden volver una y otra vez a los lugares que ya han sido visitados para recordar que el pasado construye el futuro y que la más mínima chispa de esperanza es capaz de mantener encendido el fuego del progreso.

Atravesados por la pérdida y el amor, en persecución de las emociones más puras que también buscaba transmitir Whitman con su Hojas de hierba –la cual siguió revisando hasta el momento de su muerte–, los protagonistas de la disímil aunque entrelazada tríada de Cunningham comprenderán que nadie muere en realidad y que la unión de cada átomo del universo se traspasa de unos a otros porque, al final, como bien queda demostrado y ellos se encargarán de repetir, todos somos la misma persona.

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