• Julio Briceño, vocalista de la banda venezolana que cumple 30 años de trayectoria este 2021, cuenta cómo la pandemia ha obligado a los músicos a buscar trabajos alternativos, reflexiona sobre las nuevas dinámicas de los conciertos, los temas que lanzará próximamente la agrupación y descarta un reencuentro musical con los excompañeros de tarima: “No se ha hablado. Por los momentos no creo. Ya veremos”

Desde su casa en Miami, Estados Unidos, Julio Briceño da gracias al universo porque la pandemia lo agarró con dos hijos y una esposa, porque si no –dice– estuviera vendiendo cueritos en la frontera entre Bolivia y Argentina. O se hubiese ido a correr por el mundo a lo Forrest Gump. Pero no. Él es ahora más que nunca un hombre centrado, de vicios moderados. Deja en el escenario el bochinche que ha caracterizado a Los Amigos Invisibles –banda de la que es vocalista y percusión menor– y asume su rol de responsabilidades. “Me encanta ser así. Si todo el día fuese el tipo que soy en tarima no me soportaría ni a mí mismo. No se puede. Ya voy a cumplir 50”.

Y la banda que integra junto a José Rafael Torres “Catire” y Juan Manuel Roura “Mamel” llegó a sus 30. Mucho ha pasado desde aquellos años noventa, cuando ellos eran otros; y Caracas, otra ciudad. Mucho ha bailado la agrupación por el funk, lo tropical, el acid jazz, lo “cuchi” y lo más pop. Mucho se ha hablado del origen del nombre –la frase que solía decir Arturo Uslar Pietri en su programa televisivo Valores humanos– y de cómo el músico David Byrne (Talking Heads) descubrió su primer álbum en una discotienda en Nueva York. Se habla de los dos Grammys latinos, de los más de 14 discos que han producido. De la separación de tres de sus integrantes. Pero más allá de todo, para sus fieles seguidores hablar de la banda será siempre una venezuelan gozadera

Foto cortesía Los Amigos Invisibles

Este 2021 Los Amigos Invisibles cumple 30 años, ¿qué te parece eso?

—Durante la pandemia es difícil concentrarse en eso. Me hubiese gustado celebrarlo tocando. Me imagino que más pronto que tarde debería volver un poco la normalidad, los conciertos, porque esta es una industria a la que le ha pegado muy duro y que produce mucho dinero y sustento a las familias en el mundo. Te cuento, además, que siempre ha sido un trabajo de los mánager recordarnos la edad de la banda, uno está pendiente de otras cosas.

Este año trabajamos en un par de singles, se viene uno que hicimos con Xaxo, unos chicos de Miami; y con CimaFunk, un funkero cubano bien chévere. Antes de la pandemia habíamos decidido empezar a sacar singles, porque sentimos que hoy en día la creación de contenido es salvaje y vemos que el mercado va hacia allá.

¿Crees que se aproxima la muerte del disco?

—Sí y no. Puedo ver la diferencia entre si eres un artista nuevo o de trayectoria. Si estás comenzando vas a tener que romper en el mercado con algo bastante bueno y mejor que sea un disco. Ya como Los Amigos Invisibles, y hablo desde lo personal porque fui el primero que trajo este tema a la mesa, vamos a bajarle dos a los gastos. Porque el Catire, que es nuestro CEO principal y el encargado de las finanzas, siempre vivía estresado por la deuda del disco.

Un día le dije: te quiero más como amigo, socio y bajista que como administrador. No quiero que mi pana se muera de un infarto. Igual hoy en día tenemos material compuesto, entre demos y producciones, como para un álbum; pero terminarlo cuesta un dineral. Y en el mercado actual, sacas un disco hoy y en dos meses tus mismos fans te están pidiendo uno nuevo. Y lo que nos da la experiencia de 30 años tocando es que le puedes meter la misma energía a la promoción de un disco que a la de un single.

Entonces este tema que viene me mata, está listo desde hace un año y medio. Mis chamos están en los coros. Esperando que nos den luz verde para trabajar. El año pasado hicimos cinco streaming y dos show privados, que no fueron en Venezuela ni a la jeva de Jorge Rodríguez. Fue en otro país del Caribe y no a un venezolano”.

El tema de los show privados se ha vuelto más delicado…

—¿Por qué no vamos y ‘escrachamos’ a los carajos que hicieron los tequeños en esa fiesta? Vamos a Caramelos de Cianuro. Es un tema profundo y delicado.

Para todo artista, y más Los Amigos Invisibles, es clave el intercambio de energía con el público en los conciertos. ¿Cómo les ha ido con los streaming?

—Como cuando estás grabando, que buscas no equivocarte. Estás más concentrado en tu performance que en lo que está pasando enfrente. No diré que es bastante aburrido, pero sí un poco aburrido. Puedo sentir también que la energía desde la computadora, la casa, es casi nula. Nosotros siempre estamos a la orden de la gente, pero no creo que sea viable el streaming para los artistas. Tendrán que pasar muchos años, porque la experiencia de ver algo en vivo es inigualable. A Los Amigos nos gusta el en vivo, sabemos que podemos dar uno que guste y es un círculo vicioso: lo damos, ustedes lo gozan y ahí nos veremos todos los años. Aprendiendo, además, de los grandes: Depeche Mode, Oscar D’León, Los Rolling Stones.

Foto cortesía Los Amigos Invisibles

¿Cómo hace un músico para cobrar en medio de una pandemia?

—En la mañana me dedico a las clases online de mi hijo. Y ahí voy avanzando en cosas de la banda. Después de eso tengo reunión por los temas nuevos. Estuve nueve meses volviéndome loco, esta situación me afectaba sobre todo hacia el final de la tarde, cuando me preguntaba: qué estoy haciendo con mi vida. He disfrutado a mis hijos, sí, es la primera vez que estoy en casa tanto tiempo. De los 30 años de carrera, los últimos 20 han sido imparables, lo cual agradezco. Lo hago y seguiré haciendo con mucha disciplina hasta que me muera. Pero sí me afectó porque en Miami, donde vivo, muchos trabajos no pararon. Y fue como: ¡Por qué a nosotros!

Hasta el jardinero afuera pffmmñññññ cortando la grama y yo sin trabajo. Entonces dije: buscaré trabajo medio tiempo haciendo lo que sea. Y estoy en una empresa que vende piezas mecánicas, en la parte del depósito, cargando cajas, llevando y buscando órdenes. A la persona que me contrató y a los que trabajan conmigo les importa un bledo quién soy; les digo que soy ingeniero de sonido (risas). Estoy metido en otro personaje. Esto me ha ayudado a la mente y a la economía. También doy clases de canto, tengo dos alumnos. Y sé de muchos músicos que están en Uber, en Uber Eats. 

¿Los Amigos Invisibles sigue siendo una banda irreverente?

—De los inicios mantenemos eso de que no hacemos lo que está de moda. Y me encanta. Siempre tratamos de proponer musicalmente, no sé si la gente lo siente, creo que sí. Los fans queridos siempre lo agradecen. ¿Qué no ha cambiado tampoco? El trabajo. Con todo y pandemia, nos comunicamos un par de veces a la semana para hablar de proyectos. Hemos seguido avanzando en lo musical, con canciones nuevas. Hoy en día con la tecnología grabas y se hace un demo decente. Tal vez sí ha cambiado algo: no ensayamos tanto como antes. Ahora es más puntual: lo que se va a grabar o se va a tocar. Antes estábamos solteros, vivíamos cerca incluso cuando nos mudamos a Nueva York. Ensayábamos dos veces a la semana.

Es importante vivir esos momentos para entender cómo se pega un instrumento con otro en el en vivo. Hoy en día nos pasa que tenemos un mes sin tocar, volvemos al ensayo y es como si no hubiese pasado el tiempo. Ya eso tiene cayo.

¿Es parte de esa potencia en vivo de la banda?

—Nacimos de tocar en vivo. La nueva generación tiene artistas como Billie Eilish, que hace canciones increíbles pero en su cuarto con una máquina, no con el bajista cayéndose a palos en el instrumento. También porque nos dimos cuenta de que para ganar de la venta de discos tienen que ser millones de copias y no es el caso de Los Amigos Invisibles.

Entonces sabes que la cosa está en el en vivo. Además, hay algo bonito, de lo que me he dado cuenta con los años, y es que en Venezuela existe esa competencia de las bandas, a veces sana y otras no, que hace al público exigente. Allí empiezas a tener éxito porque te ven en vivo y les gusta. Se lo vimos hacer a Desorden Público, Sentimiento Muerto, Zapato 3. Nosotros venimos del mismo bar de Sabana Grande que Caramelos de Cianuro. Éramos y somos panitas. Esa competencia en vivo hace que la banda sea buena. 

¿Cómo fue para el grupo la salida progresiva de tres de sus miembros fundadores?

—Primero fue un momento de mucha incertidumbre. Aunque en ningún momento las relaciones personales llegaron al punto de “te odio, te vas”. Fueron decisiones de ellos, influenciadas por el ritmo de trabajo. No fue tampoco una pelea, sino un “los quiero mucho, chao”. También incidió la incertidumbre económica, porque como vives de los en vivo no sabes cuánto vas a ganar en el año, si harás 30 conciertos o 15. Ese momento te hace pensar: ¿quién tendrá la razón, él que se va o yo que me quedo?

Porque después de tanto tiempo juntos hay un cariño, un vínculo. Al final, seguimos los que nos quisimos quedar. Cambia la dinámica porque ellos tres (José Luis “Cheo” Pardo, Armando Figueredo, Mauricio Arcas) eran los que más componían. Y ahora nos tocaba a nosotros. Hubo presión tal vez del mánager que en ese momento empezó a trabajar con nosotros y nos dijo: para seguir necesito que ahora ustedes hagan las canciones y para dentro de tres meses necesito 25 temas.

Y fue súper chévere, porque nos metimos en la composición, con músicos nuevos, e hicimos 26 canciones. Salieron 11 para Paradise y de repente nominan este álbum para los Grammy americanos. No ganamos, pero fue un espaldarazo bonito. También la crítica y los fans lo recibieron bien”.
Foto cortesía Los Amigos Invisibles

En esta etapa, ¿cómo se han acoplado los músicos invitados Daniel Saa y Agustín Espina?

—Unos panas más. Daniel, el guitarrista, es el más callado; es pana de Catire desde kínder. Y Agustín es un maracucho demasiado buena nota, ultra talentoso, tocó con Guaco, Frank Quintero, Pedro Castillo, Karina. Era el tecladista de Mermelada Bunch. Muy profesional, igual que Daniel, que es tremendo ingeniero de sonido, se ha encargado de grabar las últimas canciones de la banda. De verdad que es un equipo muy bonito. Y ellos agradecidos de poder girar por el mundo. En la percusión, desde que salió Mauri, cuya última etapa fue intermitente, hemos tenido varios percusionistas. Hoy en día contamos con el de Europa, los del este y oeste de Estados Unidos, el de México, el de Colombia y el de Argentina. 

—Su primer disco A typical and autoctonal venezuelan dance band, que les abrió las puertas de todo lo que vino después, cumplió 25 años en 2020 y celebraron con una remasterización. ¿Cómo ha sido la receptividad del público 2.0?

—Muchos fans agradecidos, otros que no tenían ni idea de que este disco existía, y los que nos dijeron que habían dejado de ir a los show porque dejamos de tocar ese disco. Viendo en retrospectiva, una de las cosas que más me gustan, y trato de jalar a la banda para allá, es que en esa época no nos importaba el pop, o si pegaba o no un tema. Hay canciones que tienen como tres solos. Es bien experimental, dentro de todo. Nos funcionó para meter el concepto del funk bailable. Tratábamos de romper el molde, no habíamos probado las mieles del pop porque no nos interesaba. Ya después lo pruebas y te envenenas.

¿Vendrá para Los Amigos Invisibles un reencuentro sensacional?

—No sé. No se ha hablado. Por los momentos no creo. Porque ninguno se ha acercado, cada uno está en su vida. Ya veremos. Nos encantaría que fuese como el de Soda Stereo, que nos den un millón de dólares a cada uno, pero no creo que vaya a ser tanto (risas). Sí sería bonito, tal vez una gira importante, pero para que eso pase primero tiene que pasar la pandemia.

Y ahora, solo respuestas incorrectas. 30 años después:

Yo lo que quiero es ponerte a ti… en  20 uñas

Me abre la puerta la suegra y le digo… eso sí ta’ bello. 

Yo no quiero plata yo no quiero tu dinero. Solo necesito un… sueldo fijo y un seguro de salud.

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