• El dramaturgo, actor y director teatral venezolano trabaja en la producción de La lección de flauta, bajo el patrocinio de la Embajada de Alemania en Caracas, proyecto que quisiera presentar este año, aunque “el hombre propone y el covid dispone”, advierte. Desde el encierro, reflexiona sobre la escritura, la herencia familiar, el arte, sus personajes y la cuarentena: “El aislamiento te deja a solas con tu yo y verse hacia adentro siempre es complejo”. Foto: Nicola Rocco

Solitario, existencial, ha hecho de la escritura su antídoto contra los lacerantes efectos de la pandemia. Así pasó Luigi Sciamanna su 2020. Y así continúa; porque el teatro –el arte– siempre vuelve a reclamar sus espacios. 

Se inició en la dramaturgia como un cauteloso ejercicio durante la adolescencia. Aunque desde la niñez, sus encuentros con los autocines ya le habían alborotado las ganas de seguir el camino de la actuación. La dirección teatral vino después. Egresado de la Escuela de Artes, Mención Cine, de la Universidad Central de Venezuela (UCV), a lo largo de tres décadas de trabajo artístico, Sciamanna ha combinado estas tres disciplinas en un intento, quizás, por comprenderse a sí mismo. Sigue en ello. 

En cine ha protagonizado largometrajes como Reverón, dirigida por Diego Rísquez, en el que encarnó al pintor de la luz, que ha definido como “una autopista de varios canales”: el histórico, el emocional, el psíquico, el físico. Para abordar a Armando Reverón, contó Sciamanna en una entrevista: “Respiras profundo y te lanzas desde el acantilado”. 

Además, participó en la cinta de César Bolívar Muerte en alto contraste y en la colombiana El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, nominada a Mejor Película Extranjera para los Premios de la Academia en 2016, entre otros filmes. 

Pero su formación actoral inició en las tablas, bajo la guía de Ugo Ulive y Fernando Gómez. No llegaba aún a los 20 años de edad cuando debutó con Juan de la noche, una pieza sobre el poeta español San Juan de la Cruz escrita por la venezolana Alicia Álamo Bartolomé, y Nuestro Hamlet, para la UCV. A lo largo de los años, se sumarían títulos como El enfermo imaginario de Moliere,  El jardín de los cerezos de Antón Chejov, Escrito y sellado de Isaac Chocrón, Los productores de Mel Brooks y Un informe sobre la banalidad del amor de Mario Diament.  

En el ámbito de la escritura teatral ha dedicado sus más recientes trabajos a desarrollar una serie de piezas que tienen como hilo conductor Italia y la guerra: El gigante de mármol, La novia del gigante, 400 sacos de arena, Monna Lisa y más recientemente La Mamma. “No es un ejercicio nuevo que el arte observe el pasado para tratar de comprender su presente”, señala para El Diario.

Actualmente trabaja en el montaje La lección de flauta, aunque la continuidad de la pandemia y el incremento de casos de pacientes de covid-19 en Venezuela han obligado a nuevos cierres y una cuarentena estricta. “Lamentablemente nos encontramos a un paso en el que la posibilidad de hacer las funciones se postergue a un punto de no poder sostenerlo más. La realidad del país es avasallante. Así que en este momento estoy enfocado en cerrar la producción –cuando digo cerrar me refiero a terminarla de hacer– y presentar un puñado de funciones, cuatro, seis, porque no se puede hablar de temporada. De todos modos, para un espectáculo como La lección de flauta, y los que vengo haciendo recientemente, la palabra ‘temporada’ comienza a ser más cada vez más difícil en nuestro teatro”. 

La solitaria realidad del encierro  

—¿Cómo ha incidido en usted la pandemia, desde el punto de vista creativo?

—Cuando el 13 de marzo del pasado 2020 se decretó oficialmente la cuarentena y nos metimos en casa, comenzó un período donde coexistían el miedo, la inseguridad, la duda y la sensación de que se abría la posibilidad de transitar un período intenso de escritura que es, como se sabe, un oficio solitario. Escribir fue lo que me ayudó a llevar la cuarentena en 2020 al punto de que diciembre llegó casi sin darme cuenta. Cuando comenzó el periodo de flexibilidad y radicalidad, muy tímidamente, una vez a la semana, retomamos los ensayos de una obra que la pandemia detuvo.

Pero, como te digo, comenzamos tímidamente; somos nueve en el elenco, y nos veíamos dos, tres, cuatro y, en principio, una vez llegamos a cinco. Muy poco a poco. Tomándole el pulso a la ciudad, a nuestras vidas y ajustándonos, en principio, al denominado 7+7. Ya hacia finales de 2020 el teatro comenzó a reclamar su espacio, porque el teatro es así. Él se va instalando poco a poco y, cuando te das cuenta, no haces otra cosa sino ensayar y producir. Me refiero en este caso a La lección de flauta y bajo el patrocinio de la Embajada de Alemania en Caracas. Proyecto que queremos mostrar este año, pero, como se sabe, el hombre propone y el covid dispone. 

—En sus piezas teatrales ha trabajado la soledad a consecuencia de la guerra o del abuso de poder, ¿qué significa la soledad que ha surgido de la pandemia?

—La soledad de la pandemia es intensa. Vivo solo. Conozco la soledad. Pero cuando los días comienzan a tener la misma cualidad, el mismo tono, el mismo color y sabor, la misma sonoridad o la ausencia de ella, puede ser duro. Hay muchas lecciones en torno a la soledad en pandemia. Cómo administrar el tiempo. Cómo administrar la comida. Cómo administrar la energía física. La valorización de los muy escasos encuentros con los seres queridos. La ausencia del tacto. Yo soy táctil. A mí me gusta abrazar. No poder hacerlo en tanto tiempo es una ausencia emocional muy lacerante. Por lo que esta reapertura de espacios culturales, así sea con obstáculos, es necesaria y sanadora. No agregaré nada nuevo al respecto, pero lo más difícil es que este aislamiento y soledad no es voluntario, sino más bien impuesto por una fuerza superior, invisible y poderosa: la pandemia.

El aislamiento te deja a solas con tu yo y verse hacia adentro siempre es complejo. No es solo un asunto de tener comida, agua, luz, calefacción y una despensa llena –condiciones gravemente vulneradas”.

Allí está El Resplandor (The Shinning), la versión fílmica de Kubrick, película maravillosa y, entre otros temas, sobre el aislamiento y los desajustes emocionales que puede ocasionar. 

La palabra del actor

¿Qué lo lleva a escoger un personaje en una obra teatral o largometraje?

—Que sea un buen personaje; que su participación en la trama detone algo, mueva algo, desarrolle un conflicto, lo revele, lo complique o lo solucione. Comprenderás que con 33 años de carrera se tienen otras necesidades estéticas o artísticas. No hablo de protagonizar, me gusta estar en buenos proyectos. Hace mucho que aprendí la lección del valor global del espectáculo y no solo de lo que debe hacer el yo (el ego). En el cine me ocurre exactamente igual. La cantidad de películas que he dejado de hacer a causa de los guiones. Se supone que un actor no debería pensar así y quizás sea cierto.

Pero cuando una película se estrena, para mí se abre un período de sufrimiento y/o gozo que camina a la par del resultado final. El teatro, en este sentido, te ofrece la oportunidad de mejorar noche a noche. En el cine, como se sabe, lo que quedó mal seguirá saliendo mal y lo que quedó bien seguirá saliendo bien. Claro, también hay que aprender a vivir con eso. Cuando eres, como en mi caso, un solitario existencial, quieres que lo sembrado sea de la mayor calidad posible. 

¿Cuándo se ha sentido realmente libre interpretando un personaje?

—Cuando soy el director. El resto es una interminable e inagotable (y muchas veces injusta) negociación. 

Luigi Sciamanna
Foto: Adán Zárate

De la dramaturgia y la dirección 

¿Cuándo comenzó a escribir para teatro? ¿Qué buscaba entonces?

—Comencé con mucha cautela en la adolescencia. Haciendo la casi infinita tarea de poner orden en mi cuarto de trabajo me he encontrado más intentos de dramaturgia de los que recordaba. De esos ejercicios, solo hay un solo texto terminado y del que puedo tener una impresión de lo que buscaba porque incluso intentamos montarlo en la universidad. En esa obra hay preguntas sobre Dios y la fe. Se titula Nuntius

¿Cuántas obras tiene sin estrenar y por qué no las ha sacado aun de la gaveta?

—Producir, dirigir y hacer la puesta en escena no es tarea ni fácil ni breve. Mi ritmo es de una obra al año. Y trato de ir siempre hacia adelante. 

¿Cuáles son las diferencias entre dirigir sus propias obras y las de otros dramaturgos?

—Que las mías las modifico las veces que sea necesario; es un proceso riquísimo y de mucho aprendizaje. Nadie sabe más que el escenario.  

Comentó en una entrevista que es un apasionado del vestuario, pues creció viendo a su madre tomar medidas para vestir a otros. ¿Cómo es esa mística que ha creado con las telas?

—Bueno, imagínate, crecí en una casa en la que se hacía ropa. Mi madre recibía gente a diario y vi hacer a mi madre los más variados vestidos; desde trajes de novia hasta un vestido sencillo de diario. En muchas ocasiones la asistí anotando las medidas que ella tomaba y me dictaba. Mi abuelo, Oliviero Denti, le dedicó su vida a la sastrería; mi tío Giuseppe Denti, y sus hijos, mis primos, le han dedicado la vida al diseño y confección de moda masculina. Comprenderás que algo de eso corre por las venas. El sobrenombre de la familia de mi madre es “Los sastres”. La frase de mi abuelo era: “Con una sencilla aguja he levantado una familia”. Mi personaje favorito en El violinista sobre el tejado es el del sastre, pero Michel Hausmann no se animaba a dármelo. Es una pasión salir a ver telas, caminar las mercerías. Es estimulante. Divertido.

Cuando ya está adelantado el proceso de escritura de una obra, comienza un período de búsqueda de imágenes para alimentar y estimular la creatividad dramatúrgica y allí, inevitablemente, aparecen trajes, modos de vestir, detalles; elementos que enriquecen el proceso de la escritura y de una probable puesta en escena. Una vez que comienza la preproducción, siempre ya tengo guardado un álbum de imágenes para compartir. Los almacenes de telas son para mí un parque de diversiones.

Proviene de una familia de inmigrantes italianos que llegó escapando de la guerra, ¿en qué se ha convertido Venezuela para esta colonia en la actualidad?

—Para muchos de los que llegaron, Venezuela es su otro país o su nuevo país y por esto lo sufren como propio aunque no hayan nacido en él. Mi papá, que murió hace casi treinta años, decía que su vida estaba aquí y que a Italia quería ir solo a hacer una vacación y a ser enterrado, porque, de morir en Venezuela, pedía que se hiciera un esfuerzo para que sus restos regresaran al suelo donde estaban, están, sus antepasados más cercanos y lejanos. Así que Venezuela para muchos mal llamados “extranjeros” se ha convertido en una herida. 

Acerca del arte

¿Cree que el arte sirve para algo?

—Afortunadamente no. 

El arte podría ser un intento por comprendernos, ¿usted lo ha logrado?

—¿Comprenderme? Tengo años en esa búsqueda… 

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