• En Venezuela tener agua se convirtió en toda una rareza, y más si es limpia. Esto ya deja secuelas. “En todas las comunidades, por lo menos el 20% de los niños habían estado enfermos en el último mes por diarrea, parásitos o enfermedades gastrointestinales”, explica para El Diario Hasler Iglesias, creador de la iniciativa Agua Segura

Después de varios meses de sequía, en uno de los grifos del comedor Nutriendo El Futuro, en El Hatillo, ya sale agua. Y, por si fuera poco, es potable. Aunque en cualquier lugar del mundo puede llegar a ser algo habitual, en Venezuela se trata de toda una proeza. No es cuestión de un milagro; tampoco de algo imposible de replicar en otras zonas. Se hizo factible gracias al trabajo del proyecto comunitario Agua Segura, que desde junio de 2020 se encarga de instalar tanques y plantas potabilizadoras en sectores populares de forma gratuita, al mismo tiempo que educa a la población para así reducir la incidencia de las enfermedades hídricas ocasionadas por el consumo del líquido contaminado.

Para ser un proyecto relativamente nuevo, Agua Segura ha cosechado más de un éxito. Además del comedor en El Hatillo, estado Miranda, instalaron plantas en el comedor El Carmen, en La Vega, Distrito Capital; en el comedor Puntos Solidarios, en el Barrio Alianza de San Cristóbal, estado Táchira; y en el colegio Santo Domingo de Guzmán, en Caraballeda, estado Vargas. De igual manera, ha ganado múltiples reconocimientos y financiamientos. El último de ellos fue el 22 de abril por parte de la Fundación Shawn Mendes, que dirige el popular cantante canadiense.  

La historia del proyecto, sin embargo, es una cadena de hechos fortuitos.

Una idea que florece

Todo inició en 2019, con una inquietud de Hasler Iglesias. Aunque la mayoría de las personas lo reconocen por su faceta de líder estudiantil, también es ingeniero químico. Para ese momento, tras perder las elecciones internas para dirigir las juventudes de Voluntad Popular (VP), partido al cual pertenece, sintió la obligación de buscar ingresos económicos. Fue allí cuando tuvo el primer acercamiento con lo que posteriormente se convirtió en Agua Segura.

Hasler Iglesias creador de la iniciativa Agua Segura
Hasler Iglesias. Foto: Agua Segura

Iglesias consiguió trabajo en una empresa transnacional que hacía proyectos relacionados al agua principalmente para países Centroamérica. Siempre tuvo claro que su paso por allí era pasajero. “No me veía toda mi vida en la empresa, ni siquiera en el sector”, explica para El Diario. Lo suyo tiene que ver, más bien, con el servicio público. Por su mente pasaba la idea de desarrollar uno de esos proyectos en Venezuela.

“Sentía un mal sabor de boca porque veía cómo se montaban trabajos para esos países, y aquí en Venezuela, donde quizás es más necesario, yo no veía que se estuviese haciendo nada”, agrega.

Emergencia. De acuerdo con el reporte de la Emergencia Humanitaria Compleja que elaboraron varias ONG en 2020, solo 18% de los venezolanos tiene agua de manera continua y la que recibe es de escasa calidad o no potable.

Actualmente las plantas están instaladas, pero debido a la imposibilidad de acceder nuevamente a las zonas, ya sea por la pandemia o por la falta de gasolina, aún no evalúan el impacto de estas plantas en las comunidades.

La idea se cristalizó un año después, en 2020. Al mismo tiempo que renunció al trabajo y consiguió un cargo dentro de VP, se encargó, él solo, de hacer una aplicación para potabilizar el agua en Venezuela. A través de viejas amistades, dio con la organización +Verde +Humano, que acogió al proyecto bajo su nombre. Fue gracias a esa alianza que se materializó la postulación a un premio de una organización humanitaria que finalmente ganaron. Agua Segura debía hacer un plan para hacer realidad su propuesta: erradicar las enfermedades hídricas a través de la instalación de cuatro plantas de potabilización del agua en comedores o escuelas de cuatro estados del país.

Chocar con la realidad

Rápidamente, Iglesias se percató de que para hacer realidad su idea, debía contar con mucha más experiencia. En primer lugar, debió rodearse de un equipo de tres ingenieros más –dos ingenieros civiles y uno ambiental-. Para medir si en efecto las plantas tenían un impacto en la salud de las personas, debieron encuestas a más de 800 personas con respecto a sus situaciones con el agua. En total, son 70 los médicos voluntarios que han ayudado en la evaluación de la salud de los niños. La data la procesaron gracias a dos estudiantes de estadística que buscaban hacer su servicio comunitario. Fue, de nuevo, un hecho fortuito. O no. “Es obra de Dios”, dice Iglesias, quien es católico.

70 médicos voluntarios que han ayudado en la evaluación de la salud de los niños
Foto: Agua Segura

Para dar con los lugares a los cuales beneficiarían utilizaron tres criterios. El primero es que fuese gente de confianza o conocida, un problema menor para los cuatro ingenieros –incluyendo a Iglesias-, que tienen un pasado en la dirigencia estudiantil. El segundo es que en la zona efectivamente existieran personas con problemas de salud causados por el consumo de agua no potable. Y la tercera, que fuese un lugar de fácil acceso o que no arriesgara la vida de los integrantes del proyecto.

“En una comunidad en Petare nos dijeron que hacía mucha falta, pero que no podíamos porque el pran de la zona montó su negocio de agua. También estamos en La Vega y hemos tenido que suspender actividades porque ha habido tiroteos. No por el hecho de que haya violencia lo descartamos, pero si hace inviable el proyecto, no nos arriesgamos”, explica el líder de Agua Segura.

Sin embargo, lo más difícil no sería el proceso, sino lo que descubrieron a través de su trabajo.

“Nos sorprendió muchísimo la cantidad de enfermedades que nos encontramos. En todas las comunidades, por lo menos el 20% de los niños que van a los comedores donde nosotros estábamos haciendo las plantas, habían estado enfermos en el último mes por diarrea, parásitos o enfermedades gastrointestinales. Obviamente, cuando ya están sanos, no hay posibilidad de saber qué fue, pero suelen estar asociadas al consumo de agua contaminada. Eso sobre todo en niños”, explica.

Ahora los niños cuentan con agua potable
Foto: Agua Segura

Por otra parte, evidenciaron uno de los problemas que más afecta a los venezolanos. Ninguno de los análisis de agua que hicieron en las comunidades a las cuales asistieron arrojó que el líquido fuese potable. “No hubo ni uno. Todos estaban contaminados tanto en lo físico-químico, que tiene que ver con contaminantes inorgánicos, como en lo bacteriológico, que son los más graves porque causan enfermedades”, afirma Iglesias.

En ocasiones la calidad del agua era tan mala, que incluso pasando varios filtros de potabilización no conseguían los estándares óptimos para el consumo. Debieron replantear la idea y experimentar con nuevos ajustes hasta conseguirlo. Tampoco fue fácil, dice, debido a que la mayoría de los proveedores de los equipos desconocen el funcionamiento de los mismos.

Línea de acción

El proyecto Agua Segura no se queda solo en la instalación de las plantas potabilizadoras para mejorar la salud de los beneficiados. Iglesias explica que otra línea de acción es la de generar una productividad económica a los comedores a través del agua. Es decir, además de consumir el agua potable, los encargados de estos lugares también pueden vender botellones con el líquido, de tal manera de que con el dinero puedan hacer el mantenimiento de la planta. También aspiran a que genere tantos ingresos que puedan destinar una parte a la compra de alimentos u otros bienes necesarios.

Asimismo, en las comunidades en las que el agua llega de dos a tres días por semana, instalan también tanques para garantizar el serivicio el resto de los días. En casos en los que no hay un tiempo establecido para que llegue el agua, optan por un modelo de “subsidio cruzado”, en el que cisternas entran en la estructura de costos de los ingresos que generan las plantas.

La instalación de los equipos potabilizadores oscila entre 1.400 y 3.000 dólares. Sin embargo, el modelo de Agua Segura incluye otros costos adicionales como las nóminas; el transporte a las zonas, que son en su mayoría remotas; el proceso de educación para mejorar las prácticas del uso del agua; así como los estudios para la verificación de la salud de los beneficiarios.

Por ahora Agua Segura no contempla la construcción de pozos, dice Iglesias. Las plantas tienen una vida útil de al menos 10 años.

Acción urgente

El pasado 30 de marzo, el régimen de Nicolás Maduro publicó la providencia N.° 001-2021. A través de ella, pretende supervisar los donantes y beneficiarios de las organizaciones sin fines de lucro. Como explicó para El Diario Alí Daniels, abogado y director de Acceso a la Justicia, esto podría incrementar el control social del chavismo a la sociedad, al tener un control de las personas que son beneficiadas por estas agrupaciones de la sociedad civil.

Esta medida, explica Iglesias, podría afectar al proyecto Agua Segura. Muchos de los beneficiarios dependen de los bonos o alimentos que reparte el régimen, por lo que podrían resistirse a recibir el apoyo del proyecto para evitar represalias por parte del Estado.

El 22 de abril, Amnistía Internacional emitió una acción urgente por las ONG, víctimas y beneficiarios de Venezuela. “Estas medidas violan el derecho de asociación, el derecho a la privacidad y la presunción de inocencia (…)”, señaló la organización.

Si bien Iglesias explica que están a la espera de que se resuelva el conflicto, asegura que desde Agua Segura no están dispuestos a dar al Estado los datos de los beneficiarios.

Hacer mucho con poco

Son más las veces en las que las arcas de Agua Segura han estado vacías que llenas. El suyo es un trabajo que han hecho con pequeñas y grandes colaboraciones en momentos puntuales.

El primer gran premio lo recibieron gracias una competencia patrocinada por el Banco Interamericano de Desarrollo. Se trata del E-Hackaton, que buscaba startups de América Latina que trabajaran en agua, saneamiento e higiene. Agua Segura resultó ganadora por la categoría Agua. El premio incluía 5.000 dólares y un año de mentorías, para hacer más sustentable el proyecto y menos dependiente de donaciones externas. Con eso instalaron la planta en Petare y terminaron la de San Cristóbal, que ya estaba avanzada.

E-Hackaton, que buscaba startups de América Latina que trabajaran en agua, saneamiento e higiene
Foto: Agua Segura

También quedaron en el tercer lugar del Concurso Ideas, en 2020, el cual es patrocinado por empresas venezolanas, y recibieron una certificación en una universidad de Brasil, que incluye a 80 emprendimientos que tienen impacto social verificado.

La subvención más reciente la obtuvieron de la Fundación Shawn Mendes, a la cual accedieron también gracias a otra organización de Suiza en la cual habían presentado el proyecto. Si bien hasta el momento desconocen de cuánto será el financiamiento, la idea es que les permita ampliar su acción en más lugares del país.

El objetivo de cara al futuro, dice Hasler, es poder llegar a suficientes comunidades y tener suficientes plantas para dejar de depender de donaciones y que los ingresos que generan las plantas den suficiente para instalar más. También aspiran a convertirse en un modelo que puedan adquirir empresas a través de su responsabilidad social empresarial y poder ampliar sus integrantes y voluntarios. 

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