• La obra del explorador, fotógrafo, naturalista y políglota venezolano es un referente para el conocimiento plural del mundo físico y ancestral. Su conversación con el equipo de El Diario es una raíz abierta de lecturas, anécdotas, experiencias y pedagogía

Las razones de la visita fueron trágicas, pero, más allá del asombro inmediato de las nubes de humo y el olor a hollín, se escondía tras el bigote enroscado y blanquecino de Charles Brewer-Carías una historia marcada por la filosofía del “ser y hacer”, dos verbos engrapados en la propia existencia de un hombre y su legado que todavía tiene mucho que decir. 

Su historia puede asimilarse a un relato escrito por Julio Verne, Jonathan Swift o Robert Louis Stevenson. Un texto escondido en algún baúl antiguo, empolvado por el tiempo, que encontró vida en la lectura de algunos curiosos. Sin embargo, los caminos reconocibles de la literatura son, por lo menos, inconclusos para determinar las variables de la vida y los relatos del explorador venezolano, en el interior de su hogar, se nutren de cada recuerdo estampado en las paredes, sea en forma de papel, tejido, hierro o, sencillamente, en la memoria imborrable de su narrador.

Charles Brewer-Carías (1938) tuvo desde muy pequeño una curiosidad insaciable por el mundo que lo rodeaba. Es, quizás, una perspectiva del conocimiento basada en la formación renacentista: un hombre no es una sola cosa, un solo instrumento de un oficio, sino, al contrario, es el asidero de las múltiples maneras de pensar la existencia. 

La exploración de la osadía con Charles Brewer-Carías
Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

A los 14 años de edad perteneció al departamento de antropología y arqueología de la Sociedad de Ciencias La Salle, junto a Juan Carlos Palisca y Alberto Méndez Arocha. En ese momento descubrió en la urbanización Valle Arriba el primer yacimiento arqueológico de Caracas: un conjunto de piezas de cerámica catalogadas como restos civilizatorios de los antiguos habitantes del territorio capitalino. “Desde esa edad ya estaba interesado en muchas cosas: en las chicharras, en la cerámica, en la lengua”, dice. 

En ese instante, una pequeña guacharaca se entromete en el relato de Brewer-Carías sobre sus primeros vestigios expedicionarios. Se llama Pilili. Picotea los libros y camina entre las teclas de la computadora, como si de un asistente se tratase y, de vez en cuando, interrumpe la conversación con un diminuto llamado de atención. 

Pilili dejo la sala y Brewer-Carías habla sobre los deseos de su padre enfocados en la profesionalización de él y sus hermanos. Su padre era un reconocido odontólogo de la época y deseaba que Charles siguiera sus pasos y dejara en el pasado juvenil la incertidumbre de las “muchas cosas”. Y así fue: Charles Brewer-Carías decidió estudiar odontología en la Universidad Central de Venezuela (UCV), pero, a su vez, mantuvo ese deseo de conocimiento pluralista e ingresó, al mismo tiempo, a las escuelas de Letras, Biología y Psicología. Mantuvo un registro de notas invaluable y el estudio, de una u otra manera, lo hizo sentirse un hombre engreído por sus capacidades en el espectro cultural conocido.

Continuó con su deseo de explorar los lugares inhóspitos del mundo y al terminar la carrera le pidió a su padre el apoyo para viajar al Himalaya, Nepal. Durante esos días de 1961, mientras preparaba el viaje para la montaña más alta del mundo, escuchó la conferencia del misionero católico y explorador Daniel de Barandiarán sobre una población escondida y aislada en las nacientes del río Caura, en el estado Bolívar. Él necesitaba un odontólogo para realizar la expedición y Charles se ofreció para visitar el hogar de los ye’kwána. El viaje entre las caudalosas aguas del río Caura duró un mes. Era adentrarse en el corazón de lo desconocido. 

Allá descubrí otro mundo, de otros valores, donde lo que se compraba no tenía valor, sino lo que se hace y para ser parte de la comunidad había que saber hacer las cosas necesarias para la comunidad: saber hacer barcos, la casa, tejer, etc”, comenta.

Los habitantes de la comunidad lo consideraban un “mendigo”, un “niño pequeño”, que no sabía hacer nada. Ese encuentro con una cosmogonía diferente y una percepción del mundo delimitado por la creencia de “hacer” los oficios primordiales para la vida permitió que el joven engreído, graduado y versado en distintos conocimientos occidentales, hablante de distintas lenguas, reconociera su lugar en el mundo. No era necesario el Himalaya, tampoco otro lugar en latitudes extranjeras, sino, simplemente, conocer la vida desde la perspectiva de la selva y verse a sí mismo como un ser vivo parte del ecosistema. 

La exploración de la osadía con Charles Brewer-Carías
Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

“La selva es un libro abierto: quien sepa leerlo obtiene un conocimiento monumental sobre los recursos que tiene a su disposición. Esta información fue transmitida con tal eficiencia durante mil generaciones, que si por alguna razón uno solo de estos hombres selváticos se encontrara en la necesidad de rehacer completamente su cultura hasta el límite de su imaginación, tan solo habría necesitado emplear sus recuerdos para volver a ubicar su alimento, fabricar su casa, sus embarcaciones, los remedios, las cestas y todos los artículos que pudiera considerar necesarios para rehacer su hogar, sin necesitar de los dioses occidentales, tecnología u otra ayuda que no fuera haberlos dejado en paz”, explica en su último libro titulado Simbología de la cestería ye’kwána.

Esos seres, los cuales han transmitido su cultura desde la oralidad y la cestería, mitificadores de la existencia de hombres con el rostro en el pecho y gigantes que se inmiscuyen entre las grandes grietas de los tepuyes han moldeado la enseñanza de Charles, quien nunca, desde ese primer viaje, ha dejado la selva que vive enmarañada en su memoria.  

50 años de investigación en el corazón de los ye’kwánas

La primera visita a los altos del río Caura, junto a la guiatura del misionero Daniel Barandiarán, modificó la relación del joven Charles Brewer-Carías con el mundo que se explayaba en distintas capas de un mismo ramaje. Nunca fue su objetivo la inclusión de conocimientos occidentales, con las miras de la prepotencia cultural, en el ecosistema de los pueblos indígenas de Guayana. Él era un experimentador de cada vivencia que la selva y sus habitantes vivos, mágicos, naturales son capaces de crear. Y lo sigue siendo.

En vez de insistir en introducir conceptos nuevos para modificar ese conocimiento que osadamente ha sido considerado como primitivo, me he empeñado en asimilarlo para divulgar la importancia de la infinidad de recursos que durante milenios lograron domesticar”, explica en su último libro sobre los ye’kwánas.

Asimismo, las lecturas sobre el lenguaje metafórico de los indígenas, explica Charles, ocurre desde una perspectiva diferente al uso común de esa lengua. Los documentos espolvoreados por la casa, algunos chamuscados en las esquinas, con hojas secas y manchadas de hollín, dan cuenta del amplio estudio investigativo sobre los referentes de la vida selvática. En ese instante, mientras las preguntas rondan los lugares del lenguaje y su variedad, Charles narra las diferencias que delimitan su pensamiento al cambiar de idioma. Es hablante de inglés, alemán, francés, portugués, italiano y varios dialectos indígenas como el ye’kwána y el yanomami. Cada uno es, trayendo al caso las palabras de Martin Heiddegger, una casa diferente que el individuo habita al introducirse en el habla.

La exploración de la osadía con Charles Brewer-Carías
Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

“Yo hablo varias lenguas y al hablar no tengo que buscarlas porque están instaladas en mi cabeza. En esa instalación viene el entorno donde las aprendí. Si hablas inglés te gusta la practicidad, si hablas italiano te gusta la gentileza y entendemos su dulzura; si hablas el español notas que es ambiguo. Eso para mí es muy sorprendente. Cuando hablo la lengua ye’kwána entro en un ambiente selvático”, enfatiza.

Los ye’kwánas tienen palabras puntuales y estrictas que remiten a su concepción existencial en el mundo: una sinergia entre la tradición ancestral y la obligación de la creación manual. Incluso, para Charles muchos de ellos poseen una sabiduría mayor a los grandes académicos del mundo occidental y su conexión guia, a su vez, la relación mítica con las deidades de su mundo. 

Cada acción humana es, primero, aceptada por los dioses y el hombre se entiende como un elemento más de la cosmogonía. La caza, por ejemplo, tiene sus características básicas y no se puede atentar, por la avaricia o cualquier enfermedad moral del mundo exterior, contra el equilibrio entre humanos y espíritus. 

El último libro de Charles Brewer-Carías, publicado en 2019 por Juan Carlos Maldonado Art Collection y titulado Simbología de la cestería Ye’kwána, representa la recopilación de 50 años de trabajo en el corazón de la comunidad. El texto analiza desde los primeros escritos y mapas, publicados en los últimos 250 años, sobre las tribus Makiritare, Mayongkóng, ye’kwána, de’kwana, kunuhána, ihuruána y so’to. Además, las publicaciones de Marc de Civrieux, Daniel de Barandiarán, David Guss y las observaciones de Sir. Robert Schomburgk, Stanko Vraz, Theodor Kock-Grunberg y Walter Roth son referencias primordiales para el corpus de una experiencia de vida. 

Los habitantes de la comunidad están a la deriva de la minería ilegal que ha llegado a las cercanías del río Caura. Los jóvenes sienten atracción por el negocio y, además, la obligación de la educación estatal en sus comunidades los aleja de las enseñanzas prácticas y ancestrales de sus antepasados. Muchos de ellos, en un mundo contemporáneo que los trata como esclavos al mejor postor, han olvidado su estilo de vida y, por ende, la obligación principal de este texto es el resurgir de una cultura incomparable. “Parte de la filosofía mía es reforzar su identidad y hacerles entender que es mucho más importante que la nuestra, ya que la nuestra no tiene valores en la realidad, sino en la televisión, en los libros, en los teléfonos, pero propias hay muy pocas cosas”, agrega Charles.

La exploración de la osadía con Charles Brewer-Carías
Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Algunos ye’kwánas, hablantes de español, han leído el texto hasta las lágrimas por el reconocimiento de la riqueza perdida entre las escaramuzas de la violencia externa y los delirios fantasmagóricos de una sociedad simulada. Charles Brewer-Carías espera el apoyo económico para imprimir entre 500 y 1.000 ejemplares en lengua ye’kwána y dejar este libro como registro permanente de su cultura. Las planchas de impresión están listas, pero es necesario el dinero para financiar el proceso. La comunidad lo pide con ansias para revivir los vestigios de su tradición. 

Las profesiones de Charles se conjugan en el estudio de las comunidades y el territorio de Guayana. Un ejemplo de ello es el análisis dental de los ye’kwánas y yanomamis para observar las características fonéticas del lenguaje que dio como resultado que la parte palatina de los incisivos superiores era diferente a la dentadura común y, en cambio, se asemejaba a los incisivos en forma de pala de carbonero que eran únicos de los esquimales y los mongoles. 

Este descubrimiento representó una vertiente en el estudio antropológico de la vida en América. Posteriormente, la Universidad de Michigan, Estados Unidos, y el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) le sugirieron una serie de expediciones genéticas para estudiar la dentadura y la descendencia de estas comunidades aisladas.

Esas expediciones se hicieron con el antropólogo más famoso del mundo, Napoleón Chagnon, y el genetista James V. Neel y Marcel Roche. En ese momento hicimos las expediciones para estudiar la sangre de los yanomamis. Esos estudios de sangre y dentales los hicimos a lo largo de 20 años visitando las poblaciones no contactadas”, dice.

El trabajo de una vida enfocado en la inmensidad de Guayana

En uno de los pasajes de su obra Charles Brewer-Carías narra el sobrecogimiento que sintió al verse caminando por senderos selváticos ensombrecidos por la presencia de millares de árboles diferentes; miles de animales e insectos miran su caminar y realizan pequeños zumbidos comunicativos que enmarañan la tibieza de la noche. Es un religioso camino a la Tierra Santa. Es un hombre residente de la selva que, aunque vive en Caracas, duerme todas las noches, en la reproducción de sus sueños, siguiendo el balanceo de una hamaca amarrada en el centro de Guayana. 

Lo acompañan 240 expediciones, 80 a tepuyes, en las últimas décadas. En este tiempo ha descubierto lugares solo reconocibles en la imaginación mitológica de los relatos orales, como las cuevas del Cerro Autana en 1971, las simas de Sarisariñama en 1974 y las cuevas de cuarcita más grandes del mundo en la cumbre del cerro Chimantá a 2.300 metros de altura, que llevan su nombre por el respeto de los demás expedicionarios. 

La exploración de la osadía con Charles Brewer-Carías
Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Cada historia lleva consigo una mezcolanza entre la preocupación científica y la representación mitológica de las comunidades cercanas.  Para lograr su cometido, adentrado entre los ramajes y fluviales acuosos de la selva, ha sido, a su vez, un explorador del conocimiento en la arqueología, botánica, ictiología, zoología, entomología, geología, geografía, antropología, historia y espeleología. 

En 1971 sobrevolaba con Luis Armando Roche y Harry Gibson, entre otros, la cima del cerro Autana y todos los tripulantes sospechaban sobre la existencia de un entramado de cuevas que atravesaban el tepuy de un lado a otro, como el ojo de una aguja. Charles había leído algunos relatos del siglo XVI sobre las cuevas e intuyó que una civilización anterior había estado ahí y que, incluso, su vejez podría datar del período Triásico. En ese momento, junto a Bob Madden y David Nott, decidió hacer el primer recorrido en la cueva al descender de la cima del cerro. El primer vistazo dio registros de un río, catalogado posteriormente como el más antiguo del mundo, que atravesó el tepuy y logró abrir el ojo de la aguja.

Por otra parte, el descubrimiento de las simas de Sarisariñama se remonta a una de sus primeras expediciones con Daniel de Barandiarán en 1965. Charles estaba asentado en la base sur del tepuy donde se encontraba una pista de aterrizaje. En esa expedición había logrado ver, junto a Harry Gibson y Salvador Maré, unos agujeros que se hundían en la cima del cerro. Sin embargo, la expedición tardó nueve años, hasta 1974, en hacerse por la dificultad del terreno y la imposibilidad de caminar por los extremos del tepuy. 

Gráfico: José Daniel Ramos @danielj2511

Fue una expedición interdisciplinaria entre el Museo Smithsonian, la Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales y la Fuerza Aérea. Charles Brewer-Carías, su hermano James y David Nott bajaron por el borde de 340 metros de diámetro, siendo, de esta manera, las simas con mayor volumen en el mundo. La profundidad es de 2.300 metros de altura y Charles recuerda que desde la cima era imposible ver a las personas del fondo y viceversa. 

La exploración de la osadía con Charles Brewer-Carías
Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Los tres expedicionarios pasaron ocho días en el fondo del sumidero porque, al finalizar la expedición, se dieron cuenta que era imposible volver a subir por las mismas cuerdas de rapel. En esos días el agua se acabó y tuvieron que recolectar el rocío, llamado por los kunuhana “saliva de estrellas”, en unas lonas extendidas en el fondo. Estas simas fueron consideradas por la población ye’kwána como la prueba fehaciente de que por allí salían los eneanna, quienes habitan el mundo subterráneo de la cosmogonía de la tribu, caracterizado por ser el lugar donde los condenados por sus malas obras “revolotean como murciélagos dentro de una inmensa soledad cavernosa donde se devoran entre sí”. 

Por la experiencia de vida Charles se jacta de ser el hombre que más ha recorrido, escrito e investigado sobre Guayana. Es capaz de reconocer un tepuy con tan solo una fotografía y categorizar, al mismo tiempo, la flora y fauna de los mismos con tan solo una pista. Este trabajo es parte de una larga vida que, en el último año, se vio marcada por el fuego y ahogada por la ceniza hasta recaer, nuevamente, en los recuerdos de su última expedición: la cueva que lleva su nombre.

La exploración de la osadía con Charles Brewer-Carías
Foto: Cueva Charles Brewer-Carías

La cueva Charles Brewer-Carías es la cueva de cuarcita más grande en el mundo y queda en la cumbre del Churí-Tepui del macizo de Chimantá. En una de las exploraciones el equipo notó una hendidura parecida a un puente de roca, excavado por el agua de una quebradita. La pared tenía 80 metros de altura. En la primera expedición lograron caminar 4 kilómetros en el interior y para la última, realizada en 2004, caminaron 23 kilómetros. “Es tan grande que una de las galerías de la entrada tiene un volumen de aire mayor que todo el volumen de aire que hay en toda la cueva del Guácharo. Eso para nosotros fue muy satisfactorio porque todos los miembros de la expedición decidieron bautizarla con mi nombre”, agrega. 

El explorador de bigotes enroscados y cabellera blanquecina ha publicado 16 libros sobre su trabajo en Guayana, entre los que figuran Las simas de Sarisariñama (1976), Venezuela y la vegetación del mundo perdido (1986), Cerro de la Neblina: resultados de la expedición entre los años 1983 y 1987 (1988) y Simbología de la cestería Ye’kwána (2019). Cada uno de ellos es una ventana al reconocimiento de los lugares remotos del mundo y su magnificencia. De esta forma, el lector de esos textos puede encontrar en su existencia un equilibrio con el mundo que lo rodea y también con el que desconoce. 

Un trabajo vigente en la sociedad venezolana

Mientras Brewer-Carías explica la razón de su pedagogía recibe el llamado de un antiguo estudiante de los campamentos de frontera, en los cuales participaron más de 250.000 jóvenes. Este último brindó su apoyo al maestro de su juventud en el momento cuando las llamas acabaron con la obra de una vida. Asimismo, relata los aprendizajes mantenidos de cada una de las visitas al Castillete, San Carlos de Río Negro, Barama, entre otros lugares. “En otros lados los muchachos participaron como obreros con el ganado y con la agricultura. También hicimos grupos de rescate en todas las ciudades y estados: estaban preparados en todas las áreas”, explica Charles.

La exploración de la osadía con Charles Brewer-Carías
Foto: Charles Brewer-Carías

Durante esa época implementó un mecanismo para estimular el deporte en las ciudades que todavía se mantiene y fue ejemplo para el resto de las capitales del continente. Caracas era una ciudad sedentaria de conductores enceguecidos por el humo del cigarrillo. Incluso, Charles relata una anécdota en la cual varias personas le tiraron piedras al verlo trotar, junto a varios amigos, con pantalones cortos. “Entonces, a mí se me ocurrió cerrar las principales avenidas de Caracas los domingos para que la gente entrara en una relación social, sin distingo de clase, donde el deporte fuera el objetivo. La gente jugaba básquet, voleibol, patinaba, entre otras cosas”, relata. 

Foto: Charles Brewer-Carías

Su presencia en el Estado fue corta, pero significativa, y la razón de su destitución es parte de un germen que ha corrompido la historia nacional. El relato de Brewer-Carías visita un momento decisivo en la historia de su carrera: una vez, en 1982, pensó en recuperar la zona en reclamación con Guyana. Entonces, preparó a 50 jóvenes de los campamentos para caminar desde Tumeremo, estado Bolívar, hasta un pueblo llamado Matheus Ridge. 

Foto: Charles Brewer-Carías

En ese recorrido descubrieron 126 aeródromos que funcionaban como conexión de abastecimiento entre Cuba y la revolución en Angola. La primera decisión de Charles fue hablar con el presidente y los dirigentes de la Fuerza Armada, que desconocían lo que ocurría a escasos 50 kilómetros de Venezuela. “Nuestra recomendación fue entrar en una relación con Guyana, no en guerra. Eso me costó el cargo por la presión de los militares que se vieron en ridículo”.

Foto: Charles Brewer-Carías

En el presente, con 82 años de edad, mantiene una postura firme ante este tema. La zona en reclamación es un espacio compartido entre dos naciones y no existe nacionalismo que irrumpa en ello. Sin embargo, el contexto actual del sur de Venezuela es sombrío y escabroso. 

La tragedia que ennegreció la obra de Charles Brewer-Carías

La casa Brewer-Carías es un recuerdo latente de vistazos de hollín en las paredes y restos de cenizas, en los cuales, a veces, se puede vislumbrar una fotografía o un texto quemado. En el momento de la visita los obreros levantaban paladas llenas del trabajo de una vida, de 70 años entregados a recolectar información sobre la vida en Guayana, para echarlas en un camión de escombros. La conversación estuvo enmarcada por la sensación de una tristeza que el explorador de talante renacentista era incapaz de mostrar. Quizás, en algunos momentos, miraba hacía la antigua biblioteca con melancolía y pensaba en aquello que había desaparecido con la rapidez de un chasquido. 

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Todo comenzó la madrugada del 31 de enero de 2021 con un cortocircuito. El deshumidificador de la biblioteca, comprado una semana antes para reducir la humedad de los miles de ejemplares, falló a las 3 de la mañana, mientras la familia dormía. Uno de los hijos se levantó al escuchar los ladridos de los perros y se encontró con las llamas que devoraban, en ese instante, todos el material bibliográfico y fotográfico que Charles Brewer-Carías había recopilado durante 70 años. 

Perdí 250.000 fotografías, 5.300 volúmenes de exploraciones sobre la Guayana. Todos los escritos de los antropólogos y exploradores se vaporizaron y no pude rescatar ni una milésima parte de lo que había”, dice.
Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Una biblioteca con ejemplares escritos entre el siglo XVII y el siglo XXI desapareció en un instante. La familia intentó detener el incendio, pero fue imposible; solo quedaba mirar cómo se consumía hasta el final y proteger el resto de la casa. Paradójicamente, como si los filamentos del destino, las pequeñas aristas inentendibles por la razón, manejaran la historia, Fanny Brewer, su esposa, había movido la computadora y los textos necesarios para la escritura reciente de Charles a otro lado de la casa. 

Charles Brewer-Carías mantiene una esperanza irredimible, incluso al caminar entre los restos de fotografías quemadas, con vistazos del pasado o pedazos de hoja que, de repente, remiten a una información perdida para siempre. Su tragedia no la considera como tal y su recuperación fue rápida, comenta, porque todavía queda mucho que hacer, escribir y conocer. Está trabajando en cuatro libros simultáneos y nada es capaz de perturbar su oficio. No importa la edad, tampoco el covid-19 y, mucho menos, el incendio para detener la obligación que se ha cargado el explorador de 82 años para seguir su trabajo.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511
Quiero decir que, aunque la tragedia es muy grande, pienso que la peor tragedia es la gente obligada a irse del país sin nada. Estar en otro país sin ningún apoyo e información, pienso, es mucho peor que mi tragedia. Por lo tanto, mi función es seguir trabajando en lo que he hecho y guardado para transmitirlo y darle ánimo a la gente para dar a entender que la vida hay que continuarla”, comenta.

El libro más importante, por el momento se titula Las plantas del mundo perdido, financiado por el Banco Nacional de Crédito. En este texto Brewer-Carías recopila y escoge miles de fotos de la flora y fauna de los tepuyes. Algunas remiten a la década de los setenta en la cima del cerro Neblina, en el cual, sin imaginarlo, estuvo durante 4 años y logró recolectar en fotografías y escritos el funcionamiento de las plantas. En algunos vistazos de la computadora, como un profesor frente a su clase, explica el interior de una planta insectívora que con pequeños filamentos pegajosos atrae a su presa para alimentarse. 

Relata que en algunos momentos de la madrugada se levanta con el pensamiento de un texto que recoger en su biblioteca, como hizo durante más de 20 años, hasta que recuerda que todo eso desapareció y parece un sueño vívido. Por ahora, está enfocado en su escritura durante ocho horas al día para completar cada uno de los textos y, además, encaminar un proyecto universitario llamado “Escuela para el día siguiente”. 

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

La cátedra busca enseñar aspectos de sobrevivencia en una sociedad automatizada para generar, de una u otra forma, una filosofía de vida donde el “hacer” es parte primordial del “ser”.Todavía espera el financiamiento para la idea, pero, como es posible ver en un par de horas caminando entre los rincones de la casa, todavía el hombre políglota, cargado de conocimientos en distintas ramas, mantiene una búsqueda incesante.

Luego, Pilili camina entre los hombros del explorador venezolano mientras este último relata algunos objetos que hacen parte del hogar. Existe una colección de cuchillos, de los cuales muchos han sido creados por Charles y, además, es el diseñador de uno de los más reconocidos en el mundo: el cuchillo de supervivencia Marto-Brewer. Los listones de Karen Brewer, su hija, están exhibidos con orgullo y los restos de algunos documentos están repartidos por la mesa. Al finalizar, mientras la noche aparece, recomienda a todo joven mantener una curiosidad inacabable para no estancarse en una sola especialidad. 

En la tragedia de un incendio, con algunos destellos de nostalgia, se mantienen en la memoria de Charles Brewer-Carías sus caminatas bajo los grandes ramajes de la selva. Nunca se ha ido de ese lugar y, quizás, al ver el horizonte de su casa piensa en la inmensidad de Guyana que se disecciona frente a sus ojos. Solo necesita de un equipo de expedición, una cámara fotográfica y una libreta para descubrir aquello que todavía, en 70 años de trabajo, no ha podido visitar. 

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