La memoria está en el lenguaje,
es cuestión de hacerla regresar en los cuerpos y las miradas.
Baptiste Morizot, Tras el rastro animal.

El lenguaje, originariamente, responde a las necesidades. La palabra debe significar, como dice el Humpty Dumpty de Alicia, lo que uno decida que signifique. Nombramos para diferenciar y categorizar, y así mantener los recuerdos a flote; porque olvidar es olvidarnos a nosotros mismos, es degradar nuestra propia individualización dentro del Todo y estropear el lugar que nos corresponde –heredado o adquirido– para ya no poder señalarnos y afirmar “yo”. Sin lenguaje perdemos entidad e identidad. Lo demuestran Babel 17 de Samuel R. Delany, Incrustados de Ian Watson, La historia de tu vida de Ted Chiang.

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Lo que pensamos no es tan importante. Al fin y al cabo, la forma y el contenido del pensamiento, con el tiempo, es un reflejo del lenguaje. Para pensar, hace falta establecer un código que designe el alrededor. Vista, tacto, gusto, olfato, audición. Traslucir, en un esquema simbólico, la realidad. Para, de ese modo, pensar. Entonces, lo que pensamos no es tan importante; solo cuenta lo que percibimos.

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Especie salvaje, del argentino Denis Fernández (Buenos Aires, 1986), editado por Notanpüan, demuestra que el lenguaje es permanencia. Es dejar una huella, una pista. Si muta, si se modifica, es probar la existencia de lo anterior; un pasado que deviene en futuro. Como realizara en sus últimas obras, Monstruos geométricos y Cero Gauss, Fernández recurre a elementos fantásticos ligados a tópicos culturales como la ciencia y la religión para darle forma a este trabajo que, citando al mismo libro, “no es una novela/ no es un ensayo/ no tiene la estructura de un relato/ no es una guía/ es un embrión”. Por momentos, juega con paisajes oníricos que lindan con las pinturas bosquianas y que se sumergen en el mismo new weird contemporáneo de Blake Butler y Jeff VanderMeer.

“Especie salvaje”: lenguaje, memoria, realidad
Especie Salvaje

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El mal de Simeón, conocido como “Pata de cabra”, es una creencia popular argentina según la cual un gusano recorre la columna vertebral de los bebés; en su viaje hacia el cerebro, se alimenta de la criatura y acaba por matarlo. El protagonista de Especie salvaje es un niño infectado de nueve años que, a costa de que su madre lo abandonara en la ciénaga, se degenerará y cambiará hasta formar un nuevo ser. En el transcurso, su capacidad lingüística declinará, para bien o para mal, ampliando su relación con el mundo, y le enseñará que el amor es la única herramienta para sobrellevar la carga cósmica de la vida.

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“Invento palabras nuevas que correspondan a las cosas” escribe Paul Auster en Ciudad de cristal. La mecánica cuántica postula que las partículas no tienen posición definida hasta ser observadas; lo que tenemos en mente afecta a lo observado. De ser cierto, las palabras –el lenguaje mismo– cumplen una función cuántica ya que afectan lo observado. La etnia inuit, como sostuvo el lingüista y antropólogo Franz Boas, posee varias palabras para “nieve”: aput, nieve sobre el suelo; qana, nieve cayendo; piqsirpoq, nieve a la deriva; qimuqsuq, nieve arrastrada por el viento. De esa manera, tal como sucede con la amplitud de miras que los kanjis japoneses otorgan, crece la observación del mundo.

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El físico Erwin Schrödinger y su gato en la caja –que puede estar simultáneamente vivo o muerto– dejaron en claro que la existencia depende de la observación. Por lo tanto, un animal descubierto existe pero no aquel que aún queda por descubrir. Reemplazando la observación por los demás sentidos, tampoco existe el árbol que cae en el bosque sin que nadie lo oiga. La aleatoriedad de la realidad está ligada directamente al espectador y sus sentidos. El determinismo lingüístico de la hipótesis de Sapir-Whorf (Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf) plantea que todos los pensamientos teóricos están basados en, y condicionados por, el lenguaje.

Si de esa forma el lenguaje crea al pensamiento, y este es un mecanismo para percibir y, a su vez, categorizar la realidad circundante, se concluye que el lenguaje funciona de manera cuántica: para observar –o  percibir– y luego existir, hace falta nombrar. En un ciclo irrefrenable, y como si de una trampa lógica se tratase, el lenguaje construye la realidad para percibirla y construir el lenguaje.

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Denis Fernández cuenta en una entrevista que el archivo original donde escribía el borrador de Especie salvaje se corrompió por un error en su computadora. Pensando ya en una pérdida, y tras contactarse con un amigo al que le pudo acercar la máquina, logró recuperar el archivo que ya no era el mismo: ahora tenía ochocientas noventa páginas y estaba conformado por códigos binarios, números y oraciones sueltas. Así fue que Fernández rearmó el libro. El mismo, a partir del lenguaje –el nuevo lenguaje–, cambió. La pérdida del archivo, como la pérdida del lenguaje que ataca al protagonista a razón de la “Pata de cabra”, modificó la realidad, transformó el mundo, mutó el futuro. Porque quizá, al final, lo importante no gira en torno a la pérdida, sino a las variadas y caprichosas maneras de comunicarse para transmitir las ideas que construyen un universo siempre oscilante.

“Especie salvaje”: lenguaje, memoria, realidad
El lenguaje

LAUTARO VINCON (Buenos Aires, 1991)

Ha publicado cuentos en medios digitales de España y Latinoamérica. En sus historias conviven la ciencia ficción, la fantasía, el thriller, el terror y la weird fiction. Además de su afición por la música y la fotografía, le gustan el café, los videojuegos y los gatos. Integra la antología Cuentos META (Magma Editorial, 2019).

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