Cada año, la temporada seca llega acompañada de un calor intenso que obliga a muchos a buscar refugio en la playa. Son días de cielos despejados y un sol incandescente, pero también de racionamientos eléctricos e incendios forestales que se propagan como heridas que van desnudando la tierra. Un ciclo de vida y muerte que se repite entre los meses de noviembre y abril, tan fijos como las inundaciones por las lluvias.
Si bien la acción del fuego en Venezuela no suele ser tan catastrófica como en otros países, donde consume de golpe kilómetros enteros de bosques e incluso poblaciones, no deja de ser un problema que cada año deja su impacto en los ya vulnerables ecosistemas venezolanos. Entre el 28 de abril de 2025 y el 27 de abril de 2026, la organización Global Forest Watch registró 9.480 alertas de incendio notificadas mediante imágenes satelitales, de las cuales la mayoría se concentró entre febrero y marzo.
La situación afecta a más del 80 % del país, aunque con su principal foco en los Llanos centrales, el oriente y el norte del estado Bolívar, así como en toda la línea de la Cordillera de la Costa, especialmente entre Yaracuy y Aragua. En la región Capital, conformada por los estados Miranda, La Guaira y Distrito Capital, la acción de los incendios también representa un problema para Bomberos y Protección Civil, sobre todo por su cercanía a los centros urbanos.
“La temporada de sequía ahorita en Caracas es más seca que antes, y posiblemente más seca que cuando evolucionó todo esto”, afirma en entrevista para El Diario Carlos Peláez, biólogo y comunicador ambiental. Más allá del impacto que fenómenos como El Niño o el calentamiento global provocan en el mundo, en el caso específico del valle de Caracas, señala que este aumento del calor y los incendios son producto de la deforestación sistemática que han tenido los árboles y plantas nativos, reemplazados por especies invasoras.
Vegetación caraqueña
Carlos Peláez actualmente trabaja en el Programa de Biotecnología para Latinoamérica y el Caribe de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU). Fue director de Educación y Sostenibilidad de la organización Provita, donde dedicó su activismo a proyectos de concientización sobre el cambio climático. Durante años, también ha sido un férreo crítico de la cultura de quemas presente en sociedades como la venezolana.
Explica que la vegetación originaria del valle de Caracas, clasificadas acorde al grado de humedad que suelen recibir. Mientras en la montaña va desde la selva nublada llena de helechos y musgo hasta el pre-páramo, hacia el valle predominan el bosque seco tropical, marcados por el ciclo de la temporada seca y la lluviosa. Estos últimos, al igual que los bosques tropófilos de la vertiente norte del Ávila (hacia el litoral), se caracterizan por perder sus hojas durante los meses de sequía para conversar la humedad de sus árboles. “Es uno de los ecosistemas más diversos que existe en el planeta dentro de esa franja de precipitación”, comenta Peláez.
Agrega además, la presencia de sabanas que en su momento llegaron a ser extensas por las actividades agrícolas antes de la urbanización de la ciudad. Estas están formadas por vegetación herbácea y gramíneas como el gamelote. El biólogo señala que muchas son consideradas especies invasoras, pues fueron importadas desde la época colonial para el forraje del ganado.
Desplazamiento y destrucción
Entre las principales gramíneas que se trajeron a la región están el capín melao (Melinis minutiflora), originario de África; y la Trachypogon plumosus, o paja lisa, oriunda de los Llanos colombo-venezolanos. Ambas son especies pirófitas, es decir, que están adaptadas para favorecerse de entornos con incendios periódicos.
“No es que les encanta el fuego o que no perecen en el fuego ni que lo aguantan, pero tienen una ventaja competitiva cuando hay fuego, regularmente porque la gramínea, como tiene un ciclo de vida anual, solo crece durante la época de lluvia, deja las semillas y muere. Esas semillas aguantan el fuego y entonces, cuando hay quemas anuales, el fuego quema el bosque y eso lo conquista la gramínea porque es la que brota rápido”, indica Peláez.
Al morir, las gramíneas se convierten en paja seca que sirve de combustible para el ciclo de fuego, aunque en la mayoría de los casos estos no ocurren naturalmente, sino por acción del ser humano. No obstante, la destrucción de la flora nativa que no resiste estos incendios ni puede competir con el rápido crecimiento de las gramíneas ha hecho que gane terreno y convirtiéndolo en sabana.
“El bosque normal no se incendia tan fácilmente como la sabana de gramíneas porque los troncos permanecen con agua y porque no genera tanto material combustible como la gramínea. Pero siempre hay una penetración del fuego a zonas donde no se había quemado antes, y así es como la frontera de la sabana se va expandiendo”, advierte.
Consecuencias
El cambio de un ecosistema de bosque a uno de sabana por supuesta que deja un impacto ecológico grave, no solo por la pérdida de especies locales y el desplazamiento de los animales y hongos que coexistían allí, sino también por la erosión de los suelos. Toda esa biodiversidad se va perdiendo, atrapada entre la expansión de las sabanas y de las zonas urbanas.
Otra consecuencia que deja es el incremento de los incendios, justamente por la mezcla del ciclo de vida de las gramíneas y las quemas intencionales, que muchas veces terminan saliéndose de control. Además de los riesgos evidentes de estos incendios, contribuyen a que la temporada de sequía termine volviéndose más caliente e insoportable para muchas personas debido al humo.
“La temperatura sube cuando se pierde la vegetación, simplemente porque el suelo al sol se calienta mucho más que en un bosque. También los incendios aumentan la temperatura que uno percibe por el humo. El humo, que son partículas sólidas y opacas, también se calienta al sol. No tiene nada que ver con la temperatura del fuego, sino que el humo, al ser opaco, se calienta y por lo tanto estás en una atmósfera que es mucho más capaz de acumular calor de la radiación solar. Entonces eso contribuye a esta sensación de agobio cada vez que hay calina en Caracas en un día soleado”, explica el activista.
Esto en una ciudad como Caracas, que en la última década ha experimentado una alarmante deforestación por la tala indiscriminada de árboles en sus parques y avenidas, ha hecho además que la temperatura general de muchas zonas se haya incrementado sin importar la temporada del año.
Por otro lado, la calina, un fenómeno meteorológico que asemeja una neblina, pero formada por la acumulación de partículas de polvo y humo, es considerada por los especialistas en salud como uno de los principales agravantes de enfermedades respiratorias como el asma. Igualmente, una parte de la población caraqueña posee sensibilidad al polen del Capin Melao, cuya floración ocurre entre noviembre y marzo, lo que suele provocar tos y alergias estacionales comúnmente llamadas “gripes decembrinas”.
Romper la sabana
El Ávila no siempre fue la gran montaña verde que coronaba los paisajes de Caracas. En las pinturas de finales del siglo XIX y principios del XX, se ve de tonos marrones, incluso rojizos, pues en aquella época sus faldas se habían convertido en vastas sabanas tras siglos de pastoreo y extracción de leña. Ya para 1936 comenzaron los primeros planes de reforestación de la ladera sur, para proteger las cuencas del río Macarao y las quebradas que surtían de agua a la ciudad.
En 1958, el Ávila fue declarado parque nacional, pero en 1960 un incendio de casi 15 días arrasó con gran parte de su superficie. Fue entonces cuando se emprendió un ambicioso plan de restauración ecológica a cargo del ingeniero José Rafael García, con la siembra de pioneras (plantas que fijan nutrientes para restaurar suelos dañados) como la tara amarilla y el hayuelo. Posteriormente se plantaron miles de árboles de especies autóctonas o afines al ambiente, por parte de más de 400 trabajadores y decenas de voluntarios.
Peláez considera este plan como uno de los más exitosos y estudiados en el mundo. En cuestión de décadas no solo se logró reducir la sabanización de la montaña, sino que se crearon protocolos eficientes para prevenir incendios como el de 1960. Cientos de kilómetros de cortafuegos, puestos de guardabosques y un sistema de riego por tubería que a su vez sirve para extinguir cualquier potencial foco en las zonas como más incidencia de incendio.
José Rafael García, quien fue director fundador del Instituto Nacional de Parques (Inparques) y creador del Sistema de Parques Nacionales, llamó a este proceso “Romper la sabana”. Las pioneras, nativas de la zona y de rápido crecimiento, frenaban la densidad de las gramíneas, a la vez que revierten la erosión del suelo y generan condiciones ideales para el resto de vegetación. Así, en solo 10 años, se pudo ver una reducción de las gramíneas en las zonas trabajadas, desde San Bernardino hasta Caurimare y El Marqués. Para finales de los setenta, el Ávila lucía mucho más verde, ahora con arbustos y árboles más fuertes y densos.
Recuperación de espacios
Peláez rescata la experiencia de El Ávila como un ejemplo de cómo se pueden combatir los incendios forestales a través de la recuperación ecológica de los bosques. Al romper el ciclo del fuego, las gramíneas ya no pueden competir contra las plantas nativas, por lo que los bosques van recuperando espacio a las sabanas. Esto a vez resulta beneficioso para la biodiversidad, pues los animales también aprovechan la restauración de sus ecosistemas y poco a poco se restablecen las interacciones naturales entre especies.
“Hay un caso que a mí me parece muy interesante en el Parque Nacional Henri Pittier y en los bosques de la zona de Maracay, que están muy pegados a los llanos. Esto yo lo he visto, no sé si está documentado, pero lo que está empezando a pasar es que la sabana de gramínea está empezando a ser invadida por chaparros, que es una planta llanera, un árbol de baja estatura, pero árbol finalmente, que sí aguanta el fuego. Entonces es un fenómeno interesante, en el que hay un bosque pirófito que empieza a sustituir a la sabana. En la zona de Caracas no pasa eso. Simplemente invade el gamelote y ya”, explica.
Si bien considera que la reforestación y recuperación ecológica son buenas estrategias para prevenir los incendios forestales, reconoce que su prevención, sobre todo en espacios como carreteras, depende de estudiar las características del lugar y las acciones que resulten más convenientes. Aun así, advierte que no hay plan, por más vanguardista que sea, que funcione si no se combaten primero los incendios provocados deliberadamente por personas irresponsables.
“El Ávila está mucho mejor que como estaba en los años cuarenta, después de este programa. Pero ahora que hay como una anomia en donde ya a eso no se le para demasiado y la gente empezó a quemar otra vez, la sabana ha adquirido terreno nuevamente. Entonces, claro, una vez que se establece, no hay cosa que evite más la propagación del fuego que un bosque, pero si todos los años tú vas y prendes en el mismo sitio, ese bosque se hace cada vez más pequeño”, comenta.
Cultura de quemas
Actualmente la legislación venezolana establece normas para regular las quemas de vegetación. Por ejemplo, la Ley de Bosques, en su artículo 154, considera una infracción grave con una sanción de 3000 unidades tributarias, las quemas que no cuenten con autorización correspondiente o que, teniéndola, violen las condiciones bajo las cuales se otorgó.
Otras leyes como la Ley Penal del Ambiente o el Código Penal, así como los reglamentos de Inparques y del Ministerio de Ecosocialismo, contemplan multas y sanciones administrativas para las quemas no permisadas, aunque estas pueden pasar a tener un rango penal si afecta propiedad privada o un área protegida. Aun así, Peláez afirma que la línea entre una quema controlada en un terreno propio o con fines agrícolas, y los incendios provocados es bastante difusa, por lo que en la práctica rara vez tiene consecuencias para las personas responsables de estos daños ambientales.
“El tema con la legalidad es quién le pone el cascabel al gato, porque si hay algo difícil en esta vida es identificar a un pirómano. Es identificar a alguien que limpió su terreno y sin querer se extendió, es identificar a alguien que no quería que las vacas cruzaran la calle y quemó los bordes de carretera y se extendió. Y en un país anónimo,además puede ser que tú lo identifiques pero no hay una sanción”, lamenta.
Esto, sobre todo, porque la cultura de las quemas está bastante arraigada en la sociedad venezolana, bien para ahorrar el trabajo y dinero de podar un monte, por deshacerse de la basura ante la falta de servicios de recolección eficientes, o simplemente por irresponsabilidad. Peláez señala que diariamente debía combatir con la desinformación provocada alrededor del mito de que la hierba crece más verde tras una quema, e incluso de académicos que las defienden en foros aludiendo a “saberes ancestrales”.
El activistas y especialista en ecología, explica que hay una malinterpretación generalizada de las quemas de subsistencia practicadas por pueblos indígenas en el sur del país. “Es un tema muy delicado, porque estamos hablando de la Gran ,en donde la cultura de quemas ha convivido con ese ecosistema por más de 12.000 y de alguna manera y tú dices, ok, este es el ecosistema. Pero la Gran Sabana sería un bosque si no la estuvieran quemando. Entonces uno puede decir, conviene que sea un bosque, no conviene que sea un bosque, pero el hecho es que igual es un tema antropogénico”, dice.
Igualmente, indicó que él éxodo de jóvenes de estos pueblos y fallas en la preservación de sus conocimientos han hecho que se pierdan técnicas para acotar las quemas sin dañar al entorno. En el ámbito agrícola, estas quemas también suelen ser usadas, por ejemplo, para la extracción de caña de azúcar o el cultivo de conucos, donde tras recoger la cosecha se suele quemar la tierra y mudar la nueva siembra a otro terreno cercano. Peláez aclara que las quemas no son viables para la agricultura moderna a gran escala.
“Cuando había poca gente en este territorio, eso te funcionaba porque a los seis ciclos de hacer nuevos conucos, el primer conuco ya era un barbecho que se podía volver a utilizar. Eso no pasa en un país de 30 millones de habitantes. Entonces el saber ancestral puede ser, ¿pero funciona o no funciona en este contexto? Esa es la razón por la que uno relativiza ese tema de que si es o no es conocimiento ancestral, porque quieren vender que siempre es bueno o funciona y no necesariamente es así”, opina.
Acción ciudadana
Por ese motivo, para Peláez es importante que la sociedad tome consciencia de que los incendios forestales no son naturales, sino que en la mayoría de las veces involucra acciones humanas que pueden tener consecuencias. El 11 de febrero de 2026, dos bomberos forestales murieron en el cumpliendo de su deber, mientras trataban de extinguir un voraz incendio en el sur del estado Monagas.
En un video difundido en redes sociales, Bomberos del estado Miranda compartieron la imagen explícita de una pereza y su cría que murieron calcinadas durante un incendio en un terreno del municipio Guaicaipuro. Una consecuencia directa de las quemas en un contexto donde los funcionarios bomberiles y de Protección Civil no siempre cuentan con equipos o incluso cisternas de agua para controlar las llamas.
Por ese motivo, Peláez recomienda que la comunidad se organice para evitar focos de incendios. Acciones que pueden ir desde limpiar las áreas verdes de materiales como cauchos o vidrio, hasta crear protocolos para apagar el fuego antes de que se extienda. No obstante, aconseja siempre llamar a los bomberos forestales para estos casos, sobre todo cuando ya se propagó.
Pero sobre todo, lo que más pide el biólogo es frenar la cultura de la quema. Aprender a no normalizarla y confrontar o exigir permisos a las personas que sean vistas haciéndolo. Solo así, y con voluntad política para retomar los programas de reforestación y recuperación ecológica, se podría evitar un daño ambiental irreversible, y estaciones cada vez más calientes y peligrosas cuando el fuego ya no pueda conquistar el monte.