• El periodista e historiador conversó con El Diario a propósito de su libro Venezuela: documentos para su estudio (1498-1999), en el cual compila 30 textos y discursos necesarios para comprender la historia venezolana. “Estudiar historia no solamente es grabarse las fechas”, comenta

Con la idea de acercar a los jóvenes a la historia de Venezuela a través de sus primeras fuentes, el periodista e historiador Jesús Piñero desarrolló una compilación documental que explica, en buena parte, lo que somos como país, sin necesidad de interpretaciones ni maniqueísmos. El resultado de ello es el libro Venezuela: documentos para su estudio (1498-1999), publicado bajo el sello editorial de Luis Felipe Capriles Editor. La presentación está a cargo de la historiadora Inés Quintero.

La iniciativa de crear el libro, sin embargo, responde a la necesidad de Piñero de difundir los documentos que explican el país para sus alumnos del colegio donde imparte clases. La respuesta hasta ahora ha sido toda una revelación: con su propia experiencia han derrumbado mitos y falsedades. Con ese mismo objetivo, abre el debate al resto de la ciudadanía. Solo así, dice para El Diario el periodista e historiador, las sociedades pueden evitar que manipulen su memoria histórica. “A medida que conozcamos nuestra historia tendremos más identidad con ella”, agrega.

La selección de los 30 textos y discursos presentes en el libro se hizo a partir de una encuesta que realizó Piñero a fines de 2019 a cinco historiadores: Inés Quintero, Tomás Straka, Margarita López Maya, Rafael Arráiz Lucca y María Elena González Deluca. No obstante, es una selección más bien personal del periodista e historiador. No se trata, aclara, de los documentos más importantes de la historia venezolana, sino de parte de ellos.

Por su parte, Quintero respalda en la presentación el valor del registro histórico: “Es mediante el análisis directo de las fuentes documentales, de los testimonios, interrogándolos, contrastando distintas miradas, que puede lograrse una lectura amplia, abierta, crítica y diversa de los procesos históricos; sin juicios de valor, sin antagonismos ni maniqueísmos polarizadores para, de esta manera, fomentar los valores democráticos y el espíritu de pluralidad que debe privar en el aula como un espacio de convivencia”.

Si el libro tiene un sesgo, concluye Piñero, es el de difundir la democracia.

Jesús Piñero: “No podemos responder a la visión sesgada de la historia con más sesgo”
El libro ya se encuentra disponible en Kalathos, El Buscón y Tecni Ciencia Libros. Foto: Cortesía

Explica usted que la idea es ofrecer un contenido que no esté sesgado, que esté alejado de cualquier interpretación. De tal manera que, si bien contextualiza los escritos en un breve párrafo, no ofrece usted ninguna explicación crítica de los documentos o discursos seleccionados. ¿Cómo llegó usted a esa idea?

—Llegué a eso, en principio, porque trabajé con la profesora Inés Quintero en un proyecto, cuando era estudiante de Historia, en el que analizábamos cómo se estaba enseñando la historia a través de los manuales de la Colección Bicentenario, que es la que publicó el gobierno. Allí encontramos intereses, omisiones y maniqueísmos. Ahora, después de eso, dando clases en bachillerato, me encuentro también con que ya muchos vienen con un sesgo natural desde casa. Entonces, frente a eso y después de haber trabajado con la profesora Inés la importancia de la enseñanza de la historia, pensé que una forma para acercarse a la historia sin el bate en la mano, como ella misma dice, es leyendo sus fuentes directas, por supuesto, yo siendo su guía. La idea es que el documento no tenga una lectura o interpretación, porque, claro, la historia, más allá de que intentemos llegar a la objetividad, siempre está cargada de la visión del historiador. Es subjetiva, de cierto modo. Por eso, y por el contexto en el que estamos viviendo, pensé en ese enfoque.

—Pero como dice, la historia, especialmente en los últimos 20 años, ha estado sesgada. Por eso mismo, ¿no cree que sea necesario reconducir esas interpretaciones sesgadas a través del análisis de quienes han estudiado la historia?

—No. No podemos responder a esa visión sesgada de la historia con más sesgo, caer en eso de “yo estoy del lado correcto de la historia y tú no”. Eso no existe el lado correcto de la historia. Eso es una tontería. Entonces no quise plantearme eso porque como profesor yo les doy la tribuna para que opinen con base en el documento y no repitan simplemente lo que dice la interpretación o el análisis que yo le pude haber hecho al documento, porque tiene muchas lecturas.

Para no caer en una lectura personal, por más objetividad que yo intente darle, quise que mis estudiantes, que fueron los lectores pensados inicialmente, se crearan un criterio propio. Que sean ellos mismos quienes lean a Rafael Caldera, a Carlos Andrés Pérez, Laureano Vallenilla Lanz o a Simón Bolívar. Crear conciencia crítica fue lo que yo me propuse. Además, si bien yo soy historiador, aún soy joven, no tengo un espacio de estudio tan amplio como para hablar de cada episodio o hacer un análisis completo sobre cada uno de los documentos que allí presento.

—Eso me lleva a otras preguntas. En una reciente entrevista que le hizo al historiador Tomás Straka, se refirió usted a las licencias para hablar de historia. Dijo que hay gente de profesiones ajenas que “con un par de libros pretenden dar clases de historia”. ¿Esto quiere decir, entonces, que solo los historiadores tienen licencia para enseñar la historia sin límite alguno? 

—Yo creo que la licencia para ser historiador te la dan los estudios, por supuesto, pero también el oficio, la teoría y el método. Si la persona que imparte una cátedra de historia o escribe sobre historia lo hace a través de la teoría y el método, y si además eso se adecúa al oficio, es historiador. Esa pregunta se la hice al profesor Tomás porque ahora en redes sociales abundan las personas que dicen que son historiadores, pero solo lo hacen para echar un cuento. Estudiar historia no solamente se trata de grabarse las fechas, no solamente es repetir un discurso, sino manejar el método y la teoría; entender que hay corrientes historiográficas; que existen ciertas herramientas, que el historiador José Ángel Rodríguez llama “la carpintería del historiador”, que son básicamente todos los elementos que tenemos para hacer y escribir la historia. Se trata de problematizar los períodos. Y claro también hay que tener cuidado con las lecturas políticas y superficiales, con las generalidades, hay que diferenciarlas de las lecturas históricas que hacemos los historiadores. 

Jesús Piñero: “No podemos responder a la visión sesgada de la historia con más sesgo”
Jesús Piñero con su libro, Venezuela: Documentos para su estudio (1498-1999). Foto: Cortesía

—Por otra parte, ¿los historiadores pueden ser “toderos” de la historia e incluso del presente?

—No creo que los historiadores tengan que ser “toderos” de la historia. Creo que existen especializaciones en áreas y períodos precisamente por eso, porque cada quien debe tener claro el terreno que está pisando y estudiando. Sin embargo, no por ello tampoco tengo que centrarme exclusivamente en un período de estudio, nuestro deber como ciudadanos es conocer la historia y manejar, al menos, medianamente algunos temas esenciales; pero tampoco hablar con autoridad sobre temas en los que, por ignorancia o falta de estudio, conocemos superficialmente. Debe haber un equilibrio. Hay que dejarle a cada experto su área.

—Volviendo a lo que comentaba sobre sus alumnos, ¿qué reacción ha tenido por parte de ellos? ¿Ha dado con el objetivo de incentivarlos a investigar y a elaborar su propia crítica?

—Sí. El libro surge porque yo les mando a ellos este tipo de documentos y luego en la evaluación les aparece un fragmento y deben identificar al autor o autores, responder por qué y cuándo lo escribieron, explicar el contexto, las interpretaciones. Básicamente, hacerle una crítica. Por ejemplo, ha pasado –y esto me lo dijo una representante– que uno de los niños, en plena cena familiar, dice: “¿Sabían que la frase ‘Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca’ no está confirmada realmente que la dijo Bolívar?”. Les genera interés porque leen directamente a los personajes de la época y no a un intérprete. O sea, esa anécdota me dice que la reacción ha sido muy buena, que se está logrando el objetivo. 

También en las clases, por ejemplo, los alumnos se han dado cuenta, al leer a las propias fuentes originales de la historia, de ciertas verdades que han estado ocultas. O de ciertas falacias que nos han inculcado. Ellos han ido derrumbando falsedades que la historiografía oficial ha creado por varias razones.

—En conclusión, usted hace una clara delimitación entre el registro histórico y la memoria histórica. ¿Cuál es, a su juicio, el límite entre ambos conceptos?

—La carga de subjetividad. El registro histórico es la fuente. Y la fuente también puede estar sesgada, también es subjetiva. Eso no solo es válido para la historia, también para los periodistas. La memoria histórica es lo que una persona recuerda o reconoce de un episodio histórico, bien sea porque lo vivió o porque se lo contaron. Creo que la línea está muy bien delimitada, pero eso sirve y es peligroso para la manipulación, porque muchos regímenes del presente se han valido de la memoria histórica para hacer historia y, como dices, no son lo mismo y hay que diferenciar.

El gobierno de Hugo Chávez, por ejemplo, creó el Centro Nacional de la Historia en el año 2007 y su propósito, como organismo, es ser rector de la memoria histórica nacional. Eso te dice claramente lo que ellos quieren hacer: construir una versión de la historia a partir de su memoria, de su visión del pasado, que no necesariamente es la que tenemos el resto de los venezolanos. De hecho, su revista de difusión se llama Memorias, eso da cuenta de qué es lo que están haciendo para justificar un régimen político. A pesar de que, paradójicamente, muchos de los que trabajan en el Centro Nacional de Historia sean profesores, estudiantes o hayan salido de la Escuela de Historia de la UCV (Universidad Central de Venezuela), pero allí son más militantes que historiadores.

Jesús Piñero: “No podemos responder a la visión sesgada de la historia con más sesgo”
Jesús Piñero. Foto: Ramsés

—¿Y es posible evitar que las sociedades, principalmente las democráticas, hagan un uso interesado y parcializado de la historia?

—Sí, se puede evitar. Cito a la profesora Inés Quintero: “Si conoces tu historia, no te la pueden cambiar”. Es sencillamente siendo ciudadanos activos, más conscientes de lo que somos y de lo que hemos sido como país en el pasado. En principio, porque forma parte de algo identitario. A medida en que conozcamos nuestra historia tendremos más identidad con ella. Y también porque nos ayuda a hacer mayor contrapeso a estas visiones totalizantes, que buscan manejar el presente, a través de la ignorancia y de la manipulación del pasado. Como dijo (George) Orwell en su momento: “Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro”. La única forma de evitarlo es criticando, debatiendo, discutiendo, abriendo espacios que generen interés por el pasado. Y eso tiene que ser siempre y no solamente algo coyuntural por estas circunstancias que vivimos.

—Usted es una de las raras y prometedoras excepciones a ese imaginario de que los historiadores son ya gente mayor que habla incluso desde su experiencia en algunos hechos pasados. ¿Cuál es el futuro del historiador en Venezuela?

—El historiador se tiene que adaptar a la realidad que estamos viviendo. Y ojo, con esto no quiero decir que ahora todos tenemos que escribir para el público común, o que tienen que abrirse un par de redes sociales y empezar a hablar de historia por allí. Por supuesto, hay generaciones y se entiende la negativa de muchos en ese sentido. Pero el futuro del oficio depende de la medida en la que nosotros nos relacionemos con las nuevas realidades y con la tecnología, manteniendo rigurosidad, por supuesto. Es tratar de utilizar los recursos que nos ofrece el presente para enseñar historia y de una manera cercana llegar más al ciudadano que al erudito, que también es válido dentro del gremio, pero el oficio no se tiene que remitir solamente a eso. Se tiene que hacer historia para que el gremio avance, para que las investigaciones continúen, pero también se tiene que hacer historia para la gente porque esa es parte de la responsabilidad social de los historiadores.

—Yendo a los documentos del libro, son varias las cosas que llaman la atención. Por un lado, hay tres textos de Simón Bolívar: la Proclama de Guerra a Muerte de 1813, la Carta de Jamaica de 1815 y el Discurso de Angostura de 1819. Cada uno de ellos parece presentar distintas facetas ya no solo del proyecto republicano sino del mismo Libertador. ¿Fue esa la intención?

—Sí, y mucha gente podrá preguntar por qué tres documentos de Bolívar y ninguno de Juan Germán Roscio. Bueno, sencillamente porque para leer la gran obra de Roscio, que es El triunfo de la libertad sobre el despotismo,se necesita un nivel importante de erudición para entenderlo, y aquí estamos hablando de estudiantes de bachillerato, de los cuales la gran mayoría no quieren ser historiadores. Metemos a Bolívar porque es importante –le guste o no a algunos–, y hay que valorarlo en su justa dimensión sobre todo por lo que estamos viviendo. Se trata de tres facetas del Libertador que parecieran ser contrarias porque él fue un hombre que tuvo que atender circunstancias difíciles con decisiones difíciles y esto es completamente coherente, es natural que existan esas variaciones en el pensamiento. Como me dijo una vez el profesor Elías Pino: “El que no evoluciona es un idiota”. Así mismo. 

Por ejemplo, el Bolívar de la Proclama de Guerra a Muerte es totalmente diferente al Bolívar del Discurso de Angostura, que es mucho más político. O diferente al de la Carta de Jamaica, que es un Bolívar que encuentra el foco hacia donde cree que debe ir en medio de las adversidades en las que se encuentra. Pues claro que esas tres lecturas son fundamentales dentro del mar de documentos que tiene el Libertador, pero eso no significa que sean las únicas o las más importantes de él.

—Hacia el final de la era democrática, recoge los discursos de Rafael Caldera y de Carlos Andrés Pérez en los que auguran los tiempos oscuros que vendrán en Venezuela.

—Sí, porque fíjate: yo arranco la democracia en el año 1945, con la llamada Revolución de Octubre. De hecho, el discurso de apertura a la democracia es Motivos y objetivos de la Revolución de Octubre. El criterio en ese período fue seleccionar a cuatro actores –Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez–, quienes son los protagonistas más célebres o más representativos de esa época. Por supuesto, los tres primeros porque además son quienes firman el Pacto de Puntofijo, acuerdo sumamente importante para el país. En el caso de Carlos Andrés porque fue un actor protagónico desde que empezaron los problemas con su primera presidencia, como comenta Rafael Arráiz Lucca, hasta la forma en la que terminó su segundo mandato, el 20 de mayo de 1993.

Como dices, Caldera y Carlos Andrés ya auguraban tiempos oscuros. Ellos, sin saber que Hugo Chávez iba a llegar a la presidencia, ya sabían que posiblemente vendría un cambio, que su presente les estaba diciendo algo. Con los discursos de Caldera y el de Carlos Andrés, uno el 4 de febrero de 1992 y otro el 20 de mayo de 1993, se comienza a bajar el telón de la democracia. Allí se reconocen errores y se auguran cosas, ellos en ese momento –sin saberlo, tal vez– le están poniendo punto y final a su periodo histórico. Son la génesis de todo lo que estamos viviendo ahora.

Rafael Caldera, Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba.

—¿Y con cuál Hugo Chávez nos encontramos?

—Con un Chávez que estaba claro de lo que quería para el país. Algo que me gustaría resaltar es que se trata de un Chávez que, si bien no habla de socialismo, esboza a grandes rasgos –bastante grandes, la verdad: es el documento más extenso de todos– sus intenciones políticas y lo que termina construyendo o destruyendo a principios del siglo XXI. Lo que Chávez delinea en ese discurso, que se llama Ideas fundamentales para la Constitución Bolivariana de la V República, es cómo va a ser su régimen e ideales políticos. Eso sin duda marcó una ruptura con el pasado y abrió al país a una nueva etapa. Es un discurso muy largo, con partes en las que se señalan los aplausos. Ahí tú ves su megalomanía, su jocosidad populista, sus intenciones. Hay ciertas cosas que estuvieron claras desde el principio y es importante reconocerlas ahora. Claro, poco a poco, mientras fue avanzando en su gobierno se fueron incorporando otras más, como es el caso del socialismo del siglo XXI y todo el proyecto de izquierda atrasada que Nicolás Maduro heredó y tiene hoy.

—Son 30 documentos que, aclara usted en su explicación inicial, no es que sean los más importantes. ¿De los que se han quedado fuera de su selección, cuál cree que merezcan también una mención y por qué?

—Gracias, buen punto. Esta selección de documentos no es completa, no es absoluta ni recoge los documentos más importantes para muchos. Incluso, más allá de que se hizo una encuesta a cinco historiadores, diría que es un criterio personal lo que prima allí. Por lo tanto, creo que sí, faltan documentos relativos a lo que se conoce como el “periodo conservador” o, mejor dicho, al periodo de 1830-1848; falta la presencia de José Antonio Páez; una presencia más importante de José María Vargas, porque las que recogí son sus renuncias; falta el nepotismo de los Monagas, porque solo dejo ver esa luz entre las tinieblas del siglo XIX, que fue la Ley de la abolición de la esclavitud, pero faltaría algo que representara el autoritarismo de los Monagas, así como el de Antonio Guzmán Blanco, quien sale bien parado con el Decreto de Instrucción Pública, Gratuita y Obligatoria. Claro que faltan y siempre será así, es imposible poner todo.

Por ejemplo, allí hay una persona que está ausente: Isaías Medina Angarita. De él pensé en poner la Ley de Hidrocarburos, pero creo que Medina entraba dentro del Programa de Febrero de Eleazar López Contreras. Más allá de que Medina haya abierto la puerta mucho más que López, fue a este quien le tocó las decisiones más fuertes porque venía directamente de la dictadura gomecista. Pero estoy abierto a estas discusiones, porque de eso se trata la historia. El objetivo de este compendio es abrir el debate. Creo que si tiene algún sesgo es el de promover la democracia.

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