• A 104 años del nacimiento de Ramón José Velásquez, abogado, historiador, periodista y expresidente de Venezuela (1993-1994), el profesor universitario repasa su legado. “Fue uno de los hombres más importantes del siglo XX en Venezuela”, dice en exclusiva para El Diario. Foto principal: Vasco Szinetar

Hombre puente, hombre de diálogo, hombre democracia, es acaso Ramón José Velásquez (1916-2014) uno de los políticos más importantes de la historia de Venezuela en el siglo XX. Personaje de legado incalculable, solo falta revisar su pasado para entender algunos de sus olimpos, que son también nuestros: secretario general del gobierno de Rómulo Betancourt entre 1959 y 1963, hizo gala de su carácter unificador para fortalecer el incipiente proceso democrático venezolano; congresista y senador de trayectoria, se encargó de dejar memoria del pasado para comprender los designios del futuro; presidente interino de Venezuela luego de la destitución de Carlos Andrés Pérez en 1992, labró una transición de resultado inmejorable.

Es Velásquez, como lo define el profesor Rafael Arráiz Lucca, el arquetipo del demócrata, de esos que escasean en la política actual venezolana. Y este 28 de noviembre, a 104 años del natalicio del expresidente Velásquez, repasa la vida y obra de quien es también, para él, un viejo amigo. “Ese arquetipo que él encarnó, del político dialogante, que busca soluciones, siempre va a hacer falta en Venezuela”, dice en exclusiva para El Diario el también individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, abogado, poeta, Magister y Doctor en Historia.

Rafael Arráiz Lucca. Foto: Daniel Hernández/Clímax

—¿Recuerda usted la primera vez que conoció personalmente al doctor Ramón J. Velásquez?

—No, porque lo conozco casi desde niño. Él era un buen amigo de mi papá y no sé, seguramente me lo encontré con mi padre en alguna parte, siendo yo un niño o un adolescente. Y, además, yo empecé a leer los periódicos siendo un niño también, y me lo encontraba en todas partes. Director de El Nacional, ministro de Comunicaciones de (Rafael) Caldera. Velásquez tenía una presencia permanente en Venezuela. Imposible no encontrárselo. Ya entrando en lo cotidiano, en lo frecuente, de que conversábamos, yo tendría entre 24 o 25 años. Había empezado a escribir en El Nacional, a escribir poemas, y a frecuentarnos en los círculos culturales e intelectuales en Venezuela. Nos fuimos haciendo amigos, como era natural, de modo que me es un recuerdo ya lejano.

—¿Llegó a admirarlo?

—Muchísimo, por supuesto. Yo admiraba muchas facetas del doctor Velásquez. Muchas. Primero, el amor y el conocimiento que tenía por Venezuela. El doctor Velásquez conocía hasta las familias, por calles, de las ciudades del país. Yo presencié cómo le presentaban a alguien, le decían el apellido, y preguntaba si era de la familia tal, de la avenida tal. Cosas impresionantes, el conocimiento que tenía a fondo de toda Venezuela. Eso lo admiré mucho en él. Y ese amor, esa pasión por el país, lo llevaron a hacer un trabajo como historiador sumamente importante, como editor, un trabajo importantísimo. Hay que ver lo que son las colecciones del pensamiento político del XIX y la del pensamiento político del siglo XX. Esos son materiales fundamentales para los historiadores.

Después admiré mucho su faceta periodística, su gran reportaje Las confesiones imaginarias de Juan Vicente Gómez. También su faceta como hombre de Estado, porque él fue un hombre que tendía puentes entre la izquierda, la derecha, el centro. El doctor Velásquez tenía amigos en todas las esferas nacionales y eso lo hizo un personaje puente para muchas generaciones de venezolanos. Es un hombre con facetas muy respetables y muy útiles para Venezuela.

Ramón J. Velásquez tenía una presencia permanente en Venezuela». Rafael Arráiz Lucca (@rafaelarraiz).

—No recuerda usted la primera vez que lo vio, pero, ¿y la última?

—Sí. La última vez, tengo el recuerdo de que fuimos de la Academia Venezolana de la Lengua, de la que él formaba parte. Los individuos de número de la Academia tuvimos una sesión en su casa en homenaje a él, y fue muy bonito, muy conmovedor, porque él estaba sentado —ya muy viejo, creo que tenía 97 años—, y después de que habló el presidente de la Academia, que en ese momento era Francisco Javier Pérez, el doctor Velásquez quiso responderle y se levantó del asiento, y los hijos le decían “pero papá, habla sentado”, y él decía que no podía hablar sentado. Él tenía también un sentido de respeto hacia las instituciones, a las formas, a las personas, algo muy, muy bonito. Creo que esa fue la última vez que lo vi largamente. No recuerdo exactamente en qué año fue, pero él estaba ya muy viejo.

—De tal manera que para usted debió haber sido muy duro su fallecimiento.

—Cuando las personas tienen tanta edad, uno se va acostumbrando a que eso puede ocurrir en cualquier momento. Entonces son muertes, digamos, que uno ya ha metabolizado y cuando ocurren, te afectan menos. Pero, por supuesto, fue doloroso, muy triste porque el doctor Velásquez tuvo una presencia muy importante.

—Lo entrevistó usted en el año 2002 en su casa de Altamira, en Caracas. Aunque dijo usted que allí no se tenía la sensación de estar en la capital, sino que los dueños parecían haber imantado el espíritu andino en el espacio. ¿A qué se refiere con “espíritu andino”? Y, por otra parte, más allá de la amena conversación, ¿qué otro recuerdo se lleva usted de aquel encuentro?

—Era una casa muy sencilla, la Quinta Regina, en Altamira. Creo que todavía existe. Era una casa muy sencilla, que no tenía ese estilo caraqueño, que es de otro orden. Esa era como una casa del interior de Venezuela, aquí en Caracas. La biblioteca era muy grande, ocupaba un espacio muy grande de la parte de atrás de la casa. Yo creo que estaba cerca de los 30.000 volúmenes, quizás más, que después fueron donados a la Universidad Metropolitana, y allí están a la orden de los estudiantes y de los profesores. Yo me sirvo mucho de esa biblioteca en mis investigaciones.

Esa conversación fueron varias reuniones. Las teníamos en el porche de la casa, esa zona de alguna forma recuerda a los viejos zaguanes de las casas caraqueñas, aunque no es exactamente igual. Era como una pequeña terraza que tenía antes de llegar a un jardincito. Fueron encuentros muy agradables, unas conversaciones largas allí. Y bueno, yo creo que él me reveló en esos diálogos aspectos que nunca antes había dicho. Siempre le agradecí esa gran confianza que tuvo en mí, al punto de que esa es una de las entrevistas más completas, reveladoras y largas que dio el doctor Velásquez en su vida.

—Nace Ramón José Velásquez en noviembre de 1916 en San Juan de Colón, en el estado Táchira. De tal manera que lo andino, como cualquier otro hijo de la región, siempre marcó el ritmo y el actuar de su vida. Pero no pertenecía él, sin embargo, al campesinado. Venía, más bien, de una familia de estirpe intelectual. ¿Qué puede decirnos de sus orígenes que nos ayude a comprender lo que devino luego como persona y profesional, esa rebeldía?

—Primero, él fue hijo único, eso es un dato importante, la psicología de cualquiera. Y después, él era el hijo de unos intelectuales. Su madre era profesora. Sus padres eran gente del mundo de la cultura de allá. No provenían del campo, no tenían fincas de café, sino que eran urbanos y desempeñaban tareas vinculadas con el intelecto. Eso yo creo que fue muy importante. Y lo otro que fue muy importante, me parece a mí, fue la vinculación con Colombia. Él siempre comentaba que se formó leyendo los periódicos de Bogotá, porque llegaban primero a Colón que los periódicos de Caracas, que se tardaban varios días más, de modo que por allí hay unas claves interesantes en sus orígenes familiares. La madre y el padre eran personas que, en alguna medida, también hacían a lo que él se dedicó después con mucho énfasis. Aunque Velásquez, no podemos olvidar, fue un político, y de larguísima trayectoria.

—Creo no equivocarme, pues, si digo que hablamos de un eslabón más de esa cadena familiar intelectual.

—Yo creo que sí, se puede hablar de eso.

Ramón J. Velásquez. Foto: Cortesía

—Pero no era una cuestión netamente de consanguinidad. Se educó con hombres como Carlos Rangel Lamus, Mario Briceño Iragorry, Caracciolo Parra León, Juan Francisco Reyes Baena, Julio Planchart y Juan Francisco Stolk. ¿Cómo incidieron ellos en su formación?

—Recordemos que él termina el bachillerato y se viene a vivir a Caracas para poder estudiar derecho en la Universidad Central de Venezuela. Velásquez tenía lo que se puede llamar el don de gentes, es decir, él hacía amigos en donde estaba. De milagro no les sacaba palabras a las piedras. De modo que todos esos amigos que él te va señalando, son sus profesores, sus compañeros de estudio. En esos años se hace muy amigo de Eduardo Mendoza Goiticoa, porque estudiaban juntos o coincidían en el Parque Carabobo, donde había unas tertulias en las tardes.

Él va haciendo amigos en Caracas porque eso formaba parte de su talante natural. Y hay una cosa importante: eso forma parte del talante natural del político. El Político con “p” mayúscula es una persona que le gusta la gente, que le gusta hablar con los demás, que la conversación es uno de los instrumentos centrales, y eso lo tenía Velásquez ¡y de qué manera, ah! Él participó durante años en las tertulias que convocaba Pedro Grases los sábados por las mañanas en su casa. Y una vez muerto Grases, Velásquez siguió de tertuliano —como dicen los españoles—, en la librería de Rafael Ramón Castellanos, en Chacaíto. Y antes, en la librería Historia, de los hermanos Castellanos, en el centro de Caracas. Donde él estaba, había una conversación y por lo general, versaba sobre la historia de Venezuela. La historia política, económica. Esa era su gran pasión. Yo no lo veo como un hombre cosmopolita, era un venezolano de la “a” a la “z”. Un venezolano, además, experto en Colombia, quizás el mayor que ha tenido Venezuela en temas colombianos.

Ramón J. Velásquez tenía lo que se puede llamar el don de gentes, es decir, él hacía amigos en donde estaba. De milagro no les sacaba palabras a las piedras». Rafael Arráiz Lucca (@rafaelarraiz)

—Actualmente, me atrevo a decir, los historiadores se inclinan más hacia la historia política, social y económica. Entonces, ¿cuál es, a su juicio, la importancia de rescatar, si la cree usted perdida, la historia intelectual de Venezuela?

—No, no la creo perdida, y tiene mucha importancia la historia intelectual de Venezuela. Hay autores trabajándola. Por ejemplo, en este momento recuerdo que David Ruiz Chataing tiene ya un buen tiempo trabajando la historia intelectual. Recuerdo también que hace años lo hizo Domingo Miliani, con unos libros interesantes. Velásquez también le ponía atención a eso, pero el epicentro de trabajo de historiador de Ramón Velásquez era, fundamentalmente, la historia política.

—En eso de indagar y documentar la historia, de rescatarla, hizo Ramón J. Velásquez innumerables contribuciones al país.

—Sin dudas. Te señalé antes la colección del pensamiento político venezolano del siglo XIX, los 60 tomos del pensamiento político del siglo XX. También hay que señalar los doscientos y tantos libros publicados en la biblioteca de autores tachirenses; el trabajo de Velásquez en Funres, la Fundación del Rescate del Acervo Documental de Venezuela; también su participación en la creación de la Comisión para la Reforma del Estado; su trabajo como senador fue importantísimo; su participación en el segundo gobierno de Rómulo Betancourt fue tan importante que mucha gente comenzó a pensar en él como un posible candidato a la presidencia de la República. De modo que es una vida de grandes realizaciones, de grandes logros.

—Ahora, uno espera de un historiador, desde luego, una conciencia sobre los errores pasados para comprender la sociedad presente y preparar los caminos del futuro. Pero al mismo tiempo, como usted ha dicho en otras ocasiones, la historia no se repite. E incluso llegó a decir Ramón J. Velásquez que Venezuela ha sido siempre un país que encuentra las soluciones más inesperadas a sus crisis políticas. Teniendo en cuenta todo esto, ¿de qué sirvió al Velásquez político, especialmente en su etapa de presidente, ser también historiador?

—Muchísimo, porque entendió mejor que nadie lo que él estaba viviendo. Vislumbró, presintió, lo que le iba a tocar vivir. Por ejemplo, él me relata a mí en esa entrevista que, cuando lo van a buscar los dos partidos políticos para ofrecerle que sea presidente de la transición, él propone otros nombres, me acuerdo que nombró al Curro (Francisco) Aguerrevere, que era un hombre muy prestigioso cuando era presidente de la Electricidad de Caracas. Y ellos volvieron al día siguiente y le dijeron “no, hicimos la consulta, y la persona es usted”. Entonces él aceptó. Inmediatamente me relató que apenas dijo que sí, los partidos políticos lo dejaron solos porque ellos se iban a la campaña electoral y no podían cargar con el peso de un gobierno que le tocaba finalizar el periodo de Pérez. Digamos que todo eso él ha podido advertirlo por su conocimiento de la historia de Venezuela. Yo creo que la sustancia esencial de un político es el conocimiento histórico. Los políticos que no se dan cuenta de eso, están completamente al margen de lo esencial en ellos. La sustancia en la política es el conocimiento histórico y eso Velásquez lo tenía muy, muy claro.

—Se echa eso de menos en la actual política venezolana, ¿no cree? ¿qué deberían aprender de él nuestros políticos?

—Totalmente. Yo lo echo muchísimo de menos. Me consta que muchos políticos jóvenes se están formando en materia histórica y conociendo la historia de Venezuela, que es lo primero que tienen que conocer, antes que la historia de los Estados Unidos, por cierto. Pero falta mucho todavía.

La sustancia en la política es el conocimiento histórico y eso Ramón J. Velásquez lo tenía muy, muy claro». Rafael Arráiz Lucca (@rafaelarraiz)

—Mencionaba usted ese momento en el que los adecos y los copeyanos lo dejaron solo cuando asume la presidencia. Supongo que se habrá sentido solo, no sé si traicionado.

—No creo que traicionado, porque él intuía que eso iba a pasar, que eso tenía que pasar. De modo que no sé si traicionado como tal. Él comprendía que le habían lanzado un hueso duro de roer, pero que tenía que llevar a la República a las elecciones, sin que le dieran un golpe de Estado, cosa que intentaron, y entregarle el poder a quien resultara electo en las elecciones de 1993, como en efecto ocurrió. De tal manera que él hizo su trabajo.

Último día del gobierno de Ramón J. Velásquez. Foto: Archivo Fotografía Urbana

—Volviendo a la cuestión regional, le comentó él en aquella entrevista de 2002 que no fue sino hasta los años 50 que Táchira se integró verdaderamente al país. ¿Cree que aquella preocupación juvenil por la integración, aunado al desdén de los gobiernos previos a esa época, hicieron de Velásquez un político más abierto hacia las regiones? ¿Cómo llevó eso a su forma de hacer y entender la política?

—Eso fue muy importante. El hecho de que Velásquez fuera de la frontera, y de la frontera tachirense, es un dato muy importante en su biografía como para dejarlo de lado. A pesar de que hace toda su vida en Caracas, desde los 16 años en adelante, el vínculo que tuvo con el Táchira fue muy estrecho. Era un hombre que viajaba permanentemente a su tierra, y que además se dedicó a conocer a Venezuela completamente. Sí, sí incidió en su visión de la política el hecho de que él no fuese caraqueño y que él tuviese la conciencia del interiorano, pero además del interiorano que vive en la frontera con Colombia. Todo eso forma parte de una concepción de la política muy particular, y también saberse heredero de la tradición tachirense, especialmente, es un dato que no es menor porque es un gentilicio que ha tenido una vocación de poder en Venezuela extraordinariamente poderosa. Entonces él de alguna manera, aunque era un demócrata, formaba parte de esa tradición de búsqueda del poder.

—En el año 1945, clave para la democracia venezolana, Ramón J. Velásquez era periodista. En esta rama hizo también muchos aportes a lo largo de su vida, pero, ¿llegó a ejercer un periodismo verdaderamente independiente o respondía a sus intereses políticos?

—No. Totalmente independiente. De hecho, cuando él está ejerciendo el periodismo en Últimas Noticias y hace aquel famoso reportaje sobre Diógenes Escalante, no tenía un vínculo partidista como tal con Acción Democrática, él está ejerciendo el periodismo con criterio propio.

 —Gracias a la profesión, descubre él que Escalante estaba mal de la cabeza.

—Claro, sí. Cuando Escalante lee el reportaje, se asombra con que ese muchacho sepa más de Escalante que Escalante mismo. Entonces lo llama para que sea su secretario. Escalante pierde la cabeza, y Ramón Velásquez es testigo de eso porque es el secretario que él tiene en el Hotel Ávila.

—Durante la dictadura de Pérez Jiménez, estuvo preso. Pasó por la cárcel hasta tres veces, en diferentes ocasiones y por distintos motivos. ¿Cómo lidia él con el encarcelamiento y cómo configura su personalidad tales experiencias?

—Fue una cárcel dura. Velásquez, si mi memoria no me falla, estuvo preso en la cárcel de Ciudad Bolívar, lo llevan desde Caracas en un autobús. Fue una cosa exigente para su vida, para su personalidad. En ese momento era un hombre que ya tenía hijos, que ya estaba casado. Es toda una circunstancia muy dura y muy exigente, así que sí, seguramente formó parte de su formación política.

—Pero luego llegó la democracia y, con ella, el ascenso político de J. Velásquez, cuando se convierte en Secretario de la Presidencia de Rómulo Betancourt. Allí hizo lo que el presidente no podía: generar consenso en torno al gobierno nacional. ¿Cree que, de no ser por Ramón J. Velásquez, hubieran derrocado a Betancourt?

—No, no tanto. Yo no exageraría, pero sí tuvo un papel importante, sobre todo vinculando a sectores adversos a Betancourt, acercándolos al gobierno, o por lo menos dialogando con esos sectores porque Velásquez tenía amigos en todos los sectores de Venezuela y Betancourt no. De modo que el papel de Velásquez fue importante, fue valioso, pero decir que fue fundamental para que el gobierno de Betancourt no cayera, creo que es una exageración.

Ramón J Velásquez y Rómulo Betancourt. Foto: Archivo

—¿Y esa buena relación la tenía también con los militares?

—Tenía una buena relación con los militares, por supuesto, y sobre todo con los militares tachirenses a quienes, por razones del terruño, los conocía. Velásquez era amigo de todo el que le tocara la puerta, era un hombre muy amable, de diálogo. En este sentido, Velásquez era un arquetipo del demócrata, porque el político demócrata es un hombre de diálogo con sus adversarios. Y eso lo demostró hasta la saciedad a lo largo de toda su vida.

—¿Entonces es, a su juicio, uno de los hombres más importantes del siglo XX para la preservación de la democracia en Venezuela?

—Sí, es un hombre muy importante. Su papel en la transición, después de la destitución de Carlos Andrés Pérez, es muy valioso. El papel que él desempeña como un hombre de encuentro, de diálogo, de puente, fue un factor muy importante para la consolidación de la democracia. Sí, fue uno de los hombres más importantes del siglo XX.

—En el año 1974, luego de ser ministro de Comunicación de Rafael Caldera, se mete de lleno en la faena parlamentaria. En su trayectoria como congresista y senador, ¿cuál cree que es su legado?

—Él dirige la Oficina de Investigaciones Históricas del Senado, y ahí es donde se hace la colección del pensamiento político del siglo XX. Solo eso ya es un gran aporte al país, más allá de lo que hizo en las comisiones del Senado y las comisiones de las relaciones con Colombia, que fueron aportes muy importantes también. Pero fue un senador activo que desempeñó trabajos muy valiosos.

El papel que Ramón J. Velásquez desempeña como un hombre de encuentro, de diálogo, de puente, fue un factor muy importante para la consolidación de la democracia». Rafael Arráiz Lucca (@rafaelarraiz)

—Cuando destituyen al presidente Carlos Andrés Pérez en el año 1992, hubo consenso en la cúpula política nacional en torno a que fuese Ramón J. Velásquez quien asumiera la presidencia de forma interina. ¿Generó ese mismo apoyo en la sociedad? Eran esos años de cierto hartazgo de los políticos tradicionales, y él, se podía decir, era parte del establishment. Por otra parte, no era tan popular o, mejor dicho, no era el típico populacho, figura tan anhelada por buena parte del electorado venezolano.

—Dentro el estamento político era unánime que el personaje que reunía las condiciones para la transición era Velásquez. De hecho, fue el primer nombre que estuvo sobre la mesa y el que terminó escogiéndose. Ha podido ser otro, pero él era el que tenía mayores cuotas de aceptación. Que él fuese un personaje popular, no lo creo. Velásquez creo que no fue nunca un personaje popular como lo fue Carlos Andrés Pérez o Caldera, porque él no era un político de calle, digamos así. Él era, más bien, un político de partido, de conciliábulo, de parlamento, de reuniones. Su fuerza no estaba en dar discursos y enardecer a las masas. Ahí no estaba la fuerza política de Velásquez.

El presidente Ramón J. Velásquez y su esposa Ligia Betancourt

—Es decir, si en manos de la gente hubiera quedado, nunca hubiera sido presidente.

—No lo sabemos, no lo sabemos. Antes, por ejemplo, en 1968 hubo mucha gente que pensó en él para ser un candidato de consenso en Venezuela, y estuvo muy cerca de serlo, pero finalmente no lo fue. Insisto, yo no creo que la fuerza de Velásquez estuviera en su capacidad para mover las emociones populares. Yo lo veo más como un político intramuros, que un político volcado a la calle.

Velásquez creo que no fue nunca un personaje popular como lo fue Carlos Andrés Pérez o Caldera, porque él no era un político de calle». Rafael Arráiz Lucca (@rafaelarraiz)

—¿Qué opinión le merece a usted esa transición que llevó a cabo y qué podríamos tomar de ella para, cuando le toque a esta generación, construir y ser parte de una transición hacia un nuevo gobierno democrático?

—Es una transición muy breve, es un gobierno de nueve meses, y creo que todo lo que le tocó hacer lo hizo bastante bien. Continuó las líneas políticas de Pérez que estaban en lo correcto, e incluso profundizó otras que no se le habían admitido a Pérez. Por ejemplo, en el paquete de medidas económicas de Pérez, el Congreso, que le era adverso porque su propio partido le era adverso, no le aprobaron el IVA, que era fundamental para los recursos del Estado, y sí se lo aprobaron a Ramón Velásquez, prácticamente de inmediato. Y él también designa como ministro de la descentralización a Allan Brewer Carías, quien también fue importante para profundizar ese proceso del cual él había sido adalid con la creación de la Copre (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado), porque de las reformas de la Copre más importantes es la descentralización política y administrativa. El nombramiento de Brewer Carías creo que fue lógico y muy bien aceptado.

De modo que yo creo que ese gobierno hizo lo que tenía que hacer, y sorteó una crisis militar importante, porque en diciembre de 1993 –su gobierno va del 5 de junio del año 93 a febrero del año 94–, hubo una crisis militar importante, una conspiración montada que Velásquez logró desarticular.

—¿Y cuál fue su reacción, tanto en su etapa como presidente como años más tarde, sobre esas ideas totalitarias y golpistas de la izquierda radical?

—Él nunca suscribió el izquierdismo radical ni el totalitarismo. Velásquez era un demócrata, y eso hay que decirlo mil veces. El proyecto político de Velásquez, desde que era un adolescente, fue la democracia, y por eso luchó durante toda su vida. Totalitarismos, nada. Ni de izquierda ni de derecha.

—Pero no creo yo, profesor, y seguramente usted tampoco, en los hombres perfectos, infalibles, y mucho menos si son políticos. De tal manera que me gustaría saber cuál o cuáles fueron los mayores errores y defectos que ve usted en la trayectoria de Velásquez.

—Es difícil, porque es un hombre de muchos éxitos. Es difícil ubicar algunos momentos que uno diga “bueno, allí se equivocó, no hizo lo que tenía que hacer”. Me pones en un aprieto, porque tendría que inventar algunos defectos, aunque seguramente los tuvo, pero que yo no los conozco o no los advierto desde mi distancia. Fíjate, si tú haces una revisión, enfrentó una dictadura, la pagó con cárcel; cuando llega la democracia, como Secretario General hace un trabajo extraordinario, valiosísimo para el gobierno de Betancourt y para la consolidación de la democracia; después en el gobierno de Raúl Leoni pasa a ser director de El Nacional, los periodistas de allí lo recuerdan como uno de los mejores; después, como ministro de Comunicación, es quizás, pudiera ser ese año, a lo mejor no hizo mayor cosa, es posible, pero tampoco cometió errores que se puedan recordar.

De tal manera que me estás haciendo una pregunta difícil de responder. Seguramente tuvo defectos y cometió errores, como todos los seres humanos, pero el balance que uno hace es bastante positivo.

Él nunca suscribió el izquierdismo radical ni el totalitarismo. Ramón J. Velásquez era un demócrata, y eso hay que decirlo mil veces». Rafael Arráiz Lucca (@rafaelarraiz)

—¿Se le conoció algún enemigo?

—Bueno, yo me imagino que Marcos Pérez Jiménez era un enemigo de Velásquez, por supuesto. La dictadura militar lo perseguía primero, y luego lo metieron preso. De modo que seguramente habrán sido enemigos de él.

—Profesor Arráiz Lucca, me temo que mi última pregunta raya en lo cliché, pero reconozco que me genera mucha curiosidad la respuesta: Si pudiera decirle algo al doctor Ramón J. Velásquez, ¿qué le diría?

Se ríe. 

—Que ojalá hubiera vivido unos años más, porque una persona como Velásquez en la Venezuela de hoy hace mucha falta.

Ese arquetipo que él encarnó, del político dialogante, que tiende puentes y que busca soluciones, siempre va a hacer falta en Venezuela. 

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