• El cantante venezolano alista su tercer disco como solista, también prepara nuevo álbum de Tomates Fritos. Superó el covid-19. En Twitter es una de  figura conocida por sus opiniones sobre las tendencias de la red social

Reynaldo Goitía es considerado uno de los mejores cantantes de rock en Venezuela. Su presencia en tarima no pasa inadvertida. Su voz es difícil de solapar. 

Si alguien quiere comprobarlo, basta darle play a canciones como “Multicolor”, “Mientes” o “Aunque me falle tu querer” de Tomates Fritos, una de las pocas bandas de rock venezolanas surgidas en los noventas que no solo se mantiene activa, sino con especial atención de las nuevas generaciones y las llamadas radios juveniles. Sus temas no han quedado anquilosados en emisoras nostálgicas y cada estreno es noticia bien divulgada para los seguidores.

Sí, Reynaldo Goitía. Pero es más conocido como Boston Rex, como le dicen desde 2001. Hace cuatro años debutó como solista con un EP llamado Crímenes de guerra, bastante catártico, un registro hecho canciones de un momento apremiante y ofuscante. La muerte, la separación y el país asfixiante. 

En 2018 editó el segundo, El baúl de los sentimientos enteipados, una continuación de esas cavilaciones de un artista en sus miedos, reflexiones y nostalgias. En ambos, la guitarra acústica es el principal acompañante del autor, que vive en Lechería, estado Anzoátegui. 

Este año, ha estrenado tres temas: “Se fue”, “Sueño extraño” y “Contenido de valor”. Se nota un cambio. Es lo que prepara para su tercera producción en solitario, mientras también alista para 2021 el próximo disco de Tomates Fritos. 

Paralelamente a los estudios de grabación y tarimas, Boston Rex es una de las figuras más activas en ese mundo de Twitter que algunos llaman Twitterzuela. Una nación en la que se distingue por sus opiniones sobre hechos políticos, comentarios sobre alguna excentricidad que se vuelve tendencia, recomendaciones musicales, mofas a alguna incoherencia de otro usuario de la red o simplemente manifestar su descontento como ocurrió recientemente con las tiendas Traki, donde compró un pantalón. 

Al llegar a casa, la prenda tenía defectos. La fue a cambiar, pero le dijeron que tenía que pagar una diferencia porque el dólar había aumentado. Cuando tuiteó ni se imaginaba la repercusión. Hasta medios como La Patilla replicaron lo ocurrido. “25 años tocando, lo conocen por un peo de Traki”, tuiteó ante el aluvión. 

Hace poco compartió el siguiente mensaje: “Ale y yo celebramos el Día de Acción de Gracias. El año ha sido durísimo en todos los sentidos, pero sobrevivimos al covid-19. Hemos trabajado en nuestros proyectos, tenemos techo y no ha faltado comida. No sabemos mucho sobre la celebración pero las alitas siempre son buenas”. Junto al texto, una foto de unas envidiables alitas de pollo y unas papas al horno. 

—¿Las canciones nuevas fueron grabadas a distancia?

—No. El único que grabó a distancia fue Carlos Angola en los coros. Lo demás fue en el estudio. “Se fue” y “Contenido de valor” se hicieron con toda la banda en vivo, como es nuestra filosofía, en febrero antes de la pandemia. “Sueño extraño” se grabó en 2016. Fue para una película venezolano-chilena llamada Suficiente coraje dirigida por John E. Robertson. Participó en el Festival de Varsovia. Max Martínez y yo hicimos toda la música. 

—Noto también una intención de hacer canciones mucho más movidas que las publicadas anteriormente como solista.

—Siempre quise tener una diferencia con Tomates Fritos. No ser como Brandon Flowers, que como solista hace prácticamente lo mismo que con The Killers. (Ríe). Su carrera artística parece que la enfocara en esos temas que no quedan en el disco de su banda. Eso suele pasar con muchos. En este caso, quería tener el carácter de una banda pop de los ochenta como La Union, Duncan Dhu, Tam Tam Go!, Hombres G, en la que las guitarras eléctricas no son las distorsionadas rockeras. Quise tocar el bajo distinto a como lo hago con Tomates Fritos, que suele ser más punk. En esta ocasión es más post-punk. 

En cuanto a las letras, noto una coincidencia en temas como el vacío amoroso, esa nostalgia…

—Sí. Siempre he sido como cronista de lo que nos pasa a mí y a mis amigos. En este caso “Se fue” es la historia de un amigo. “Contenido de valor” es más o menos lo mismo. No todo el tiempo a uno le pasan demasiadas cosas como para andar contando. También hay mucha imaginación, uno hace una película.

Siento que no hay esa rabia que podía sentirse en canciones como “Me cago en todos”, de El baúl de los sentimientos enteipados.

—Creo que estoy tranquilo, con eso de la paz mental a pesar de todas las cosas. Estoy en calma escribiendo. En lo que preparamos para Tomates Fritos sí hay un poco de rabia, pero en este caso es más nostálgico como siempre. Menos dramático, pero sí melancólico.

—En “Se fue” canta que la distancia manipuló el miedo ¿Has aceptado que es así?

—¡Claro! Especialmente en esa canción. La historia de ese tema es de una pareja que vivía en Argentina. Tuvieron un problema de esos irreconciliables. (Ríe). El chamo se portó bastante mal y ella se devolvió. Querían arreglar las cosas, pero ella estaba lejos. No querían intentar de nuevo así. Esa frase viene de ahí. 

—Hay quienes dicen que eres una de las mejores voces del rock en Venezuela. ¿Qué opinas al respecto?

—Me lo han dicho. En estos días estaba viendo el material que tenemos grabado de la última gira de Tomates Fritos. Hay una entrevista que le hacen a Horacio Blanco en la que afirma eso. A cada rato lo dice. No es la primera vez. Me parece fino que lo digan, es chévere. Espero no decepcionarlos. (Ríe). 

—Has colaborado también con muchos músicos venezolanos, como recientemente lo hiciste en el disco de Álvaro Casas. ¿Cómo evalúas el rock en Venezuela en este momento?

—Me contenta mucho lo que pasó en 2020. Estaba claro que en 2019 y 2020 iban a pasar muchas cosas porque uno está metido en el mundo de la música y sabe qué se estaba preparando. Si bien lo ocurrido impidió que se hicieran conciertos, de alguna manera muchos proyectos se adaptaron a las condiciones en las que estamos. A pesar del panorama poco alentador del país, fue un buen año con discos como el de Okills o Los Mesoneros. La Vida Bohème está estrenando canciones; incluso hay artistas nuevos que están publicando. Estuve revisando el playlist de Lorenzo Martínez de lanzamientos del año. Hay más de 30 en el género. Acá en la ciudad hay gente haciendo música de todo tipo. 

—¿Por qué surgió un movimiento musical tan interesante en Puerto La Cruz? 

—Es una pregunta que me han hecho varias veces y no sé cuál es el elemento que hace la diferencia. Pero creo que cuando en una manada hay proyectos que dan resultados, los otros se inspiran. Lo ven palpable. A finales de los ochenta y principio de los noventa había una banda llamada Ankla que fue muy conocida. Otras intentaron hacer cosas parecidas. Luego Tomates Fritos empezó a sonar en la radio y varios grupos de la zona vieron que era posible. Hay casos como Andreazulado, Planeador. Ahora está toda la movida con Irepelusa. Hay un colectivo llamado Piso 8 de música urbana alternativa. También creo que la ciudad se presta. No sé si llamarlo burbuja, pero en cierto modo te hace olvidar lo que pasa en el país. Te da chance de concentrarte un momento en otros asuntos. Más allá de eso, siempre he creído que es la retroalimentación.

Foto cortesía

—Además de músico, eres muy activo en Twitter. Quizá uno de los tuiteros venezolanos más conocidos. De hecho, hay personas que te siguen exclusivamente por lo que opinas en la red social.

—¡Así es! Me uní en 2009. He tenido éxito en la red. (Ríe). Mientras otras plataformas han bajado su popularidad, Twitter se ha mantenido. Ahora es mucho más importante que en otros años. 

—¿Y has tenido problemas por los comentarios expresados?

—Uno tiene que ser muy responsable con lo que expresa. Así como pasó lo del pantalón, hay otras cosas que me han traído tanto consecuencias buenas como malas. (Ríe).

Por ejemplo…

Una vez surgió una discusión sobre la industria musical, sobre el streaming. Eso llegó al intercambio de opiniones en WhatsApp entre amigos músicos. Discusiones que pueden ser fuertes, que no arrancan como una conversación sana. 

¿Y en lo político?

Sé que me leen. Me he encontrado a personas políticamente fuertes en la zona que me han ofrecido trabajar en la política. Creen mucho en el poder que puedo tener como persona influyente. Realmente no sé qué ven, pero tres veces me han hecho la oferta. No me llama la atención.

—¿Pero nunca te has sentido tentado?

¡Por supuesto! Si uno pasa toda la vida criticando y crees que puedes hacer posibles las cosas, desaprovechar la oportunidad es como tonto. Lo que pasa es que no veo mi vida como político, sino como músico. Cerrar las puertas ahorita puede ser tonto. He tratado de aplazar esa idea, que no es la principal. Lo que pasa es que siento que en este momento los políticos no tienen ese poder. Quizá sí en un país en el que lo que yo diga o haga tenga una incidencia. Ahora solo sería un cargo, y dañaría mi imagen.

—¿Cómo han hecho los integrantes de Tomates Fritos para mantenerse unidos?

—Cuando comenzamos a crear estábamos en un proceso musical más difícil que ahora. En esa época quienes tenían chance eran los artistas con disqueras. Nos dimos cuenta de qué queríamos hacer en nuestra vidas. Cada uno hizo proyectos vinculados a la música. Los que tomaron una vida para mantenerse con otros trabajos siempre pensaron en la posibilidad de que surgieran giras. Hemos tenido siempre una idea de que las cosas no son fáciles. De hecho, cuando empezamos a sonar en radio, la banda tenía ocho años tocando. Quizá no seamos eternos, pero eso nos mantiene unidos. Además, nos seguimos divirtiendo con la música.

¿Está sobre la mesa partir a otros rumbos? Una vez corrió un rumor de que se iban.

—Teníamos pensado irnos a otro país, pero que fuera en familia. La banda, unos amigos, allegados. Y así desarrollar otros proyectos que nos mantuvieran. Pero no hubo posibilidades económicas. Pero la idea está. Tal vez no emigrar del todo, sino estar temporadas en algún país, en un lugar en el que sea más fácil tomar un avión o armar un tour. Preparamos ahora este disco que comenté, con la idea de girar por América Latina o España.

—Cuando revisan las estadísticas de las plataformas de streaming, ¿cuál es el país, además de Venezuela, donde escuchan más a la banda?

—Chile, México, España y Argentina.

—En junio se cumplieron 10 años de Hombre bala, el disco que lo cambió todo

—Nuestros pasos siempre han sido poco a poco. Cuando hemos visto que otras bandas pasan de un escalón al segundo piso, nosotros hemos hecho las cosas diferentes. Odissey (1999) tuvo un éxito relativo. Hizo que nos conocieran en la fauna musical de aquella época. Conocimos a figuras importantes de la música de entonces…

—Cayayo Troconis…

—Sí, Cayayo. La banda empezó a tener cierto nombre. Cuando sacamos el segundo álbum, no éramos unos desconocidos. Publicamos M0lly (2006), un disco diferente. Empezamos a tener éxito radial. Llegaron los contratos. Todo se consolidó en Hombre bala, cuando surgieron los temas más importantes.

—Uno ve los créditos de Odissey y hay nombres de personas como Diego Márquez y Pablo Estacio, por citar algunos.

—¡Totalmente! Está Iván Gózon, un técnico muy conocido actualmente en la movida venezolana.

En diciembre se cumple un año del Cúsica Fest. Hace unas semanas Chapis Lasca me contó que temía cómo reaccionaría un público tan joven ante el regreso de Malanga, que además no tocaba desde hace mucho tiempo. ¿Cómo fue la experiencia de ustedes?

—Tuvimos muchos problemas técnicos desde el día anterior, en la prueba de sonido. Por eso no disfruté del todo la presentación. Igual fue un buen show. Tal vez la gente no notó todo lo que ocurrió. Pero si pudiera viajar en el tiempo, me encantaría disfrutar de ese concierto sin todos esos problemas.

—Hace unos meses en Twitter defendiste el nivel de producción y la calidad de los discos de cantantes como Bad Bunny. Sin dudas, un tema que seguramente generó muchas reacciones por la predisposición que hay ante géneros como el reguetón y el trap. Pero son géneros que cada vez se afianzan más en la música latinoamericana y que músicos de otras tendencias, ahora también se adentran en ellos, como es el caso de Linda Briceño.

—No tengo problemas con el género. Sí creo que hay artistas que no lo están haciendo bien. En ese caso, no es culpa del  género. Pero hay muchos que brillan. Lo he dicho en varias oportunidades, soy un defensor de Bad Bunny. Me gusta, hay cierta genialidad. También es normal que cuando un género la está partiendo, hay otros que quieran pertenecer. No sabía que Linda Briceño lo había hecho. Pero eso ha pasado en todas las épocas.

En su momento, se hablaba así del rock. Que tenía letras obscenas, con música vacía y simple. Es un proceso repetitivo (Ríe). Soy un amante de la electrónica. Me gustan los sintetizadores, la programación. Me parece que el género se ha enriquecido con muy buenos músicos, de los cuales muchos de estos productores son rockeros. Hay gente responsable como artista que intentan romper lo normal. Te encuentras también a los productores de Bad Bunny, J Balvin, C. Tangana, Dellafuente. Acá en la zona está Irepelusa. Pero entiendo que hay gente que no le gusta y siente que es una entidad satánica (Ríe). 

En cierta forma las plataformas parecen haber cambiado la manera de componer de algunos músicos. Podemos ver obras que dan todo en el primer minuto, hasta el coro. Maneras de enganchar a las audiencias en tiempos de tantos estímulos. ¿Eso puede influir en su forma de componer?

—No es la primera vez que pasa. En la época de la radio, en cierta forma se sobreentendía que se tenían que hacer intros largos para que el locutor pudiera presentar. Esto de mostrar todo en los primeros 30 segundos es adaptarse a las exigencias top del momento. Pero si eres responsable de tu arte y consideras que no está bien, no lo haces. No debe verse como una ley, al menos que debas competir en ese mundo.

Sé que con Tomates Fritos y mi proyecto en solitario no competiremos con cualquier artista nuevo como Dua Lipa. No es mi mundo. En los ochenta todas las intro sonaban igual. En la época del rock venezolano, el V-Rock como dice Félix Allueva, a todo el mundo le decían que los sencillos debían durar menos de 3 minutos y medio. La cantidad de sencillos con esa duración es increíble. Siempre han existido condiciones a la que la gente se adapta. Mostrar todo en los primeros 30 segundos le quita profundidad a la música, queda muy expuesta. Es como hacer música para Instagram o TikTok. 

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