Hay otro tipo de guerra –nueva en intensidad, antigua en su origen–: la Guerra de Guerrillas, subversiva, de insurgentes, de asesinatos; una guerra de emboscadas, en vez de combates, de infiltración en vez de agresión, que busca la victoria mediante la degradación y el agotamiento del enemigo en vez de enfrentarlo. Se aprovecha de los disturbios”. Presidente John F. Kennedy, 1962.

Una de las más relevantes contribuciones de fecha reciente al debate académico sobre los fenómenos de la violencia es un libro de Mary Kaldor titulado Las nuevas guerras.  La violencia organizada en la era global, la autora parte de la hipótesis de que durante los años ochenta y noventa “se desarrolló, sobre todo en África y Europa del Este un nuevo tipo de la violencia organizada, propio de la actual era de la globalización”.   La globalización es para esta autora “un proceso complejo, que en la realidad supone globalización y localización, integración y fragmentación, homogenización y diferenciación”, pero que de todas maneras supone la integración de una minoría y la exclusión y atomización de la gran mayoría, y podríamos acotar que casi es una radiografía de lo que padece nuestro amado país suramericano, llamado Venezuela. 

Es en esta situación que algunos Estados, incapaces de mantener sus funciones más básicas como el monopolio de la fuerza y la recaudación de los recursos, se convierten en “Estados fracasados”, los cuales entran en un proceso de descomposición múltiple que desemboca en estas nuevas guerras.  Las nuevas guerras son diferentes a los conflictos armados de otras épocas en cuanto que suponen la privatización y fragmentación de la política, de la guerra y de la economía que la sostiene.   

La desintegración de las capacidades del Estado en materia de seguridad, economía y atención social lleva a la privatización de la Fuerza Armada en sus múltiples modalidades: ejércitos más o menos regulares, paramilitares, autodefensas y grupos de mercenarios extranjeros.  Estos son actores que dejan de responder a una dirección política (verticalmente) superior y que comienzan a perseguir sus propias lógicas políticas y territoriales o que comúnmente corresponden prioritariamente a racionalidades económicas delincuenciales. 

Los que parecen ser ejércitos son, en realidad, coaliciones horizontales de unidades escondidas de las fuerzas armadas regulares; milicias locales o unidades de autodefensa; bandas criminales; grupos de fanáticos que han negociado asociaciones; proyectos comunes; divisiones de trabajo y repartos de los despojos.

Las formas de lucha de estas nuevas guerras son distintas y adoptan, según Kaldor, elementos tanto de la guerra revolucionaria como de la contrainsurgencia.  De la primera toma prestada la estrategia de dominar el territorio mediante el control político. Acerca de la segunda, la contrainsurgencia, Kaldor le hace una lectura de que esta implica “destruir el entorno en el que actúan los políticos de oposición y envenenar el mar para acabar con el pez”. También en estas guerras asimétricas o no convencionales es de suma importancia la manifestación de poder a través de acciones atroces contra la población civil, que envían un mensaje muy claro generando terrorismo psicológico para la dominación de las masas por unos pocos. Son muy importantes todos aquellos actos que pretenden destruir la identidad cultural del llamado enemigo. 

Probablemente, si paramos a personas en la calle y les preguntamos si nos pueden explicar el concepto de “guerra asimétrica”, tal vez ninguna podrá, pero si les cambiamos la pregunta por “guerra de guerrillas o Guerra Revolucionaria” es mucho más probable que encontremos quien nos pueda hacer una explicación bastante precisa.

La guerra revolucionaria es un conflicto armado interno de origen marxista o leninista (o ambos) que se manifiesta en un país, adoptado por diversos movimientos subversivos revolucionarios que se apoyan en la ideología marxista, leninista o una mixtura de ambos. Es fomentada y hasta auxiliada muchas veces desde el exterior, la conquista del poder con la ayuda de técnicas subversivas de característica política y militar, con auxilio de la población civil ya ganada por el control progresivo de la misma, y sobre la cual es desencadenada la agresión. No se trata de una simple técnica de combate (como la guerrilla), supone eso y mucho más: es una lucha a todo dar por el control total del Estado en lo político, social y económico, pero siempre desde la transformación del Estado y del ciudadano como control social y de dominación de las masas. 

Todo comienza por la dominación de masas y la lucha por la igualdad, generando una controversia social de lucha de clases, generando un adoctrinamiento ideológico que todo es de todos, que la riqueza es mala. Se basan en conceptos de que el rico oprime al pobre, que el problema es del latifundista, que el productor es robado por el comercializador, etc. En la obra La guerra revolucionaria, Mao Tse Tung la concibió en función a la lucha de clases a través del empleo de formaciones armadas irregulares de gran flexibilidad, dotados con fuerte adoctrinamiento ideológico y de eficientes elementos de propaganda. Con ello se procura desgastar progresivamente al adversario para, en el momento oportuno, enfrentarlo abiertamente con fuerzas regulares.

Por último nos preguntamos si Latinoamérica aprenderá. Recientemente el panorama político de nuestro continente apunta a un enquistamiento de ideales político-marxistas, que desde lo ideológico (y siendo una minoría) han venido logrando controlar a la mayoría, a las masas, aun en contra de su voluntad, solo por el parcelamiento del poder y el relajado control del daño que generan grupos armados organizados al margen de la ley y grupos armados regulares que han venido repartiendo sus cuotas de poder. Amanecerá y veremos, a donde llegan las economías de estas guerras no convencionales, o estas guerras no convencionales siguen con su economía. 

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