• Con más de dos décadas en el graffiti, el artista venezolano señala que los altos costos de los materiales así como una falta de apoyo a esta disciplina han ido disminuyendo su presencia en espacios públicos. “Somos pocos los que nos quedamos pintando, porque nos gusta. Pero la mayoría se va porque afuera hay otro mercado que funciona un poco mejor o con más apoyo”, dice el creador de la vaca azul conocida como Cleta 

Al ver a Cleta, esa vaca humanizada que gesticula desde los muros abandonados de la ciudad, inmediatamente lo reconocen. Okso es su nombre en el medio artístico. Comenzó pintando  graffitis a finales de los años noventa, influenciado en cierta medida por sus dos hermanos mayores. Un accidente que le fracturó el brazo derecho a inicios de la década del 2000 fue un punto de inflexión en su alma creativa. A partir de allí, con las bases académicas de las escuelas de arte Cristóbal Rojas y Armando Reverón, Okso llevó su propuesta visual a otro nivel.

Poco a poco se fue haciendo un nombre en el medio, sobre todo en la ciudad de Maracaibo, donde sus obras han visto las salas del Museo de Arte Contemporáneo del Zulia (Maczul) y el Museo de Bellas Artes. En Caracas presentó en el primer trimestre de 2017 la exhibición Acto gestual en la Galería Siete al Cubo de Los Galpones. Y ha participado en la intervención de los espacios de la Galería de Arte Nacional, la Universidad de las Artes y en las XIII y XIV ediciones de la Bienal Miniaturas Gráficas Luisa Palacios.

Ha trabajado en la elaboración de campañas publicitarias y eventos de calle como el concierto Desorden en Petare, transmitido en diciembre de 2020, que la banda venezolana de ska Desorden Público ofreció en el Barrio 19 de Abril. Además, forma parte del colectivo Vagos Latin America, que estimula el apoyo al diseño gráfico.

Foto: : Cortesía Okso

La pandemia por el covid-19 lo agarró en marzo del año pasado llegando a Caracas, tras una temporada en Barranquilla, Colombia, y otra en Maracaibo. Desde la capital del país siguió trabajando. Entre sus proyectos más recientes está la participación en el cortometraje en stop motion Jüwai meda’cha, el primer chamán yekwana, en el diseño y caracterización de personajes. La cinta, producida por Wuadara Films y dirigida por el venezolano Juan de la Barra, se proyectará en el recién inaugurado museo Humboldt Forum de Berlín, que se ubica en el reconstruido Palacio Real de la ciudad alemana En paralelo, continúa con sus piezas de pintura y escultura, murales como el que elabora en el Barrio San Blas de Petare, así como con proyectos de diseño para marcas y para agrupaciones musicales locales como Suite Casino, del tecladista Nicolás Boada Rossi y el recientemente fallecido bajista y vocalista Eduardo Pérez. 

 “Estoy haciendo un montón de cosas porque quiero que en lo que la dinámica artística termine de arrancar como es hacer una exposición”, dice. Así que está en conversaciones con una galería caraqueña. “Vamos a ver si fluye”, agrega, a pesar de que asegura que es difícil entrar a los espacios para exhibir.

“Yo tengo alrededor de 23 años haciendo graffiti. Y en otros países, los artistas con trayectoria tienen más exposición. Aquí ahorita hay cierta movida y la gente toma más en cuenta el graffiti porque es cool y afuera está de moda Wynwood”, dice. Y agrega: “Una de las cosas que uno siempre ve es que se le da prioridad a las cosas de afuera. Aquí hay artistas increíbles en el graffiti, se están haciendo cosas muy buenas y a muchos ni siquiera los conocen”, y menciona a creadores como Spoty, Oda, Koz2, Uki, Senk, Daos y Dagor.

Foto: : Cortesía Okso

¿Cómo observas la receptividad hacia el graffiti actualmente en el país?

—Ahorita hay más receptividad. Incluso, estás pintando y llega la gente y se toma fotos. Si consigues personas cool te pueden dar agua. Pero antes era todo lo contrario. Entonces te veían pintando y te gritaban un montón de cosas o te lanzaban botellas. Hemos recibido botellazos, hemos recibido disparos, de civiles y de la policía. Porque aquí estamos claros en que un arma la puede tener cualquiera. Una vez, estábamos pintando en la autopista y nos lanzaron unos tiros. No vimos si los habían dirigido hacia nosotros o al aire, pero obviamente cualquiera se asusta. Son situaciones graves. Varias veces también recibes golpes de la policía. Te hacen cualquier humillación que ellos sientan que es divertida.

¿Y por qué seguiste?

—Porque es mi pasión. Desde muy pequeño quise ser artista. Siempre estaba dibujando. Cuando estaba chamito, una amiga de mi tía que era docente en la Escuela de Arte Cristóbal Rojas nos dijo que optara para una beca allí. Pero mi papá estaba negado. Así que no se dio y yo me quedé con esa espinita. En el colegio yo era malísimo, muy mal estudiante. Repetía y me botaban. Creo que por eso mi papá tenía la duda. Entonces fui a un parasistemas y me terminé graduando allí. Y dije: Ahí está el título, ahora me voy a estudiar lo que yo quiero. Y me fui a la Cristóbal Rojas. Y fue brutal. Después estudié en la Escuela Armando Reverón y, si lo primero fue bestial, esta era la mamá de la bestialidad. Dos escuelas increíbles, que obviamente ya no son así. 

De esa época surge la idea de representar animales humanizados, ¿cómo se dio el proceso?

—Yo tuve un accidente, no recuerdo en qué época, en el que me partí el brazo derecho. Y estuve enyesado como un año, el hueso no pegaba. Y la vaina era una tragedia, yo no podía hacer nada. Los amigos míos pintaban mucho en esos años y me iba con ellos. Comencé a pintar otra vez y fue hacer ejercicio tanto mental, porque estaba en un hueco, como con la caligrafía, que me ayudó muchísimo. Además, traía la influencia de haber estado en el Instituto Estudios Sancho, una escuela de caricatura. Con todo eso, yo empecé a dibujar unas vacas, no tengo idea de por qué. Y un pana me dijo: sería fino que convirtieras ese personaje en tu firma. Yo antes del accidente solo hacía tag y rayar, sí pintaba alguna cosita, pero después comencé con proyectos más elaborados. Entonces era la época de la Escuela Cristóbal Rojas, donde teníamos que conceptualizar los trabajos. Yo arranqué un proyecto con una metáfora: comparar lo que sucedió con la enfermedad de “las vacas locas” y el bombardeo de imágenes en los medios y en la publicidad de las operaciones estéticas, ofertas de cirugías de senos. Los cuerpos cambiaban de pronto. Yo llamé a eso canibalismo social, el título del proyecto era “Somos lo que comemos” y lo comparaba con esa perfección de la mujer que nos meten culturalmente. Todo lo veía como un adoctrinamiento. Y empecé a hacer cuadros de mujeres operadas con caras de vaca. Pero el problema era que no mezclaba el graffiti con lo que hacía en arte. Un conflicto interno. Después todo se fue dando. 

¿Consideras que existen políticas de apoyo y fomento del arte urbano?

—La mayoría de los espacios aquí están súper viciados. Es chimbo que uno lo diga, pero si no eres amigo del amigo, si no estás de moda o no tienes dinero es más difícil. Yo tuve muchísima receptividad en Maracaibo, se dio súper espontáneo. Viajé en 2010 a una Velada Santa Lucía e hicimos proyectos chéveres allá. Iba a los eventos y, en paralelo, pintaba en la calle. Se creó una movida toda loca en la que la gente se tomaba fotos y tenían como una versión de Pokemon Go: iban buscando los graffitis por las calles para fotografiarlos. Fluyó muchísimo trabajo allá. Después, vine a hacer una exposición en el Centro Cultural Chacao en Caracas y luego de que me ofrecieran la sala empezaron a cambiar la fecha. Se supone que haces curaduría y tienes que buscar cosas nuevas, no solamente lo que será bien vendido y ya. Pero todos sabemos que esto es un negocio y todos queremos ganar; aunque también tienes que buscar la manera de renovar y hacer otras cosas. El arte que venden acá como urbano, el art toy, el lowbrow, la mayoría son un chiste. Hay muchos que son diseñadores industriales que hacen adornos para la casa y no es lo mismo que un trabajo de arte que conceptualices. Son objetos decorativos. Y a veces yo también los hago, pero trabajo una línea conceptual. Puede ser decorativo pero hay un trabajo de investigación también ahí. No fue que me bajé algo de Internet, lo imprimí, lo lijé y ya es una pieza. Y ves que a veces son el refrito del refrito y entre ellos todos tienen la misma obra.

Foto: : Cortesía Okso

¿Crees que en Venezuela se ha ido construyendo una identidad en el graffiti?

—Esa fue una de las razones por las que puse el enfoque en la vaca como una firma: sentía que mucho de lo que se hacía aquí era copiar el estilo de afuera. Veían algo extranjero y lo adaptaban a sus letras. Y está cool, hay muchos que me gustan muchísimo. Pero siento que nunca se desarrolló un estilo propio. Ves que Brasil trabajó su caligrafía, tienen sus variantes. En Europa es igual. Acá no sucedía igual. 

¿Los nuevos graffiteros qué trabajan? ¿Se puede hablar de generaciones de relevo?

—Aquí el factor económico hizo que todo disminuyera demasiado. El primer problema es el alto costo de la pintura. Las marcas se consiguen, pero como de contrabando, no sé de dónde salen. Es muy raro. Y muchas veces las marcas extranjeras son más baratas que las nacionales. También desde el punto de vista de calidad y rendimiento, valen más la pena las de afuera. Es muy absurdo. Yo quisiera que acá hubiera una marca que pudieses comprar, y así apoyarla. Pero no vale la pena. Las nacionales son muy desastrosas; terminas gastando el doble, no rinden, te terminas cansando más porque son más duras, el dedo termina todo inflamado. Son cosas que pueden parecer tontas, porque yo comencé pintando así. Pero luego empiezas a conocer otras cosas y dices: por qué me voy a sacrificar. Y tampoco es que consigues todo lo que quieres, aunque puedes medio resolver para hacer los trabajos. Pero no es como afuera que vas con tu carta y eliges los colores que quieres. No tenemos ese privilegio. Es el factor que mató en mayor medida el graffiti en Venezuela.

En este contexto de crisis país, pandemia e incertidumbre en el mundo del arte, ¿cómo ves el desarrollo del graffiti?

—Uno no quisiera que se perdiera el legado. Uno quiere seguir pintando para que las nuevas generaciones vean que sí se pueden hacer cosas. Pero es difícil. Antes podías agarrar el dinero que te sobraba de la mesada o con lo que ganabas de algún trabajo y comprar cuatro latas de spray. Ahora es tan complicado. Una pared la puedes cobrar en 600 o en 800 dólares, que para uno suena un realero, pero cuando vienes a ver en pintura se diluye y en verdad cobras la mitad o hasta menos. Un galón de pintura cuesta 40 dólares. A veces con un galón no puedes hacer mucho, solo fondear. Y si usas tres colores, pues son tres galones. Y si es una pared gigante, el cuñete cuesta 150 dólares. Si es un proyecto muy grande, son cuatro cuñetes solo para fondear. Después vienen los spray, las válvulas… y son proyectos en los que la gente no quiere invertir. Con respecto al graffiti, es muy difícil decirte si va a evolucionar o no, porque los mismos chamos no tienen la posibilidad de costearlo. A veces no tienen ni para comer, qué van a estar buscando un spray. Y si pintas en la calle, la gente a veces lo llama mancha, no lo apoyan. Los chamos no van a gastar lo poquito que pueden conseguir en pintura para que después se los dañen. Son muchas cosas que se van desencadenando. Y no hay estabilidad para decirte si puede funcionar. Somos pocos los que nos quedamos pintando, porque nos gusta. Pero la mayoría se va porque afuera hay otro mercado que funciona un poco mejor o con más apoyo, o donde puedes trabajar y tener esto como hobbie.

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