• Con una réplica especial que viajó desde el Zulia, desde hace cinco años a la Virgen de Chiquinquirá se la homenajea tal cual como si fuera en Maracaibo. La parranda se retomó por todo lo alto luego de una edición diezmada en 2020 por la pandemia

Se siente como si se estuviera dentro de un horno. Durante la semana una ola de calor mantiene las temperaturas en torno a los 35 grados centígrados, con un sofocón que no cesa ni por el viento ni bajo la sombra. Quienes han visitado o vivido en Maracaibo, estado Zulia, se sienten en su ambiente. Más cuando entran a la iglesia y se encuentran de frente con una bandera de Venezuela que decora el altar, y a un costado escuchan el cuatro, los tambores y las gaitas de toda la vida con un grupo de músicos que recuerdan que el 18 de noviembre hubo un milagro / ha llegado nuestra virgen del Rosario / La Chinita que la luz de Dios nos trajo.

Dentro, abundan las camisetas de béisbol, de equipos como las Águilas, los Leones del Caracas o Cardenales de Lara. También las gorras tricolor, o las vinotinto con la V blanca de la selección venezolana. Casi no hay de fútbol: se impone la pelota sobre el balón. Y se escuchan palabras como “chamo”, “convive”, o frases como “qué es lo que es”, “háblame, (her) mano”.

A La Chinita la adoptaron como la Virgen de los venezolanos en Argentina
Iglesia de la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, Ciudad de Buenos Aires, Argentina | Foto: Luis Pico

Alguno desliza que se siente en otra época, de buenos recuerdos y abundancia. Otros olvidan, entre una cosa y la otra, que se hallan a miles de kilómetros. Se difuminan las nociones del espacio y el tiempo. Es que no están en la Basílica Nuestra Señora de Chiquinquirá ni en el Zulia ni en las décadas de la democracia venezolana previas al chavismo. Están en la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, en el barrio de Caballito de la Ciudad de Buenos Aires, en Argentina.

Desde hace cinco años, en este lugar veneran a La Chinita al más puro estilo zuliano, con una réplica especial que viajó desde esas tierras gracias a Denglys Romero, una maracucha que, junto con otros venezolanos y argentinos, a través de la ONG Baires de Libertad tienen como objetivo promover la integración cultural y social entre personas de ambos países. Y estas fechas no solo sirven para mantener vivas las tradiciones o creencias religiosas, sino también para unir a la gente, darles ánimos a los recién llegados y a quienes ya tienen tiempo como inmigrantes puedan reencontrarse con sus paisanos.

A La Chinita la adoptaron como la Virgen de los venezolanos en Argentina
Iglesia de la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, Ciudad de Buenos Aires, Argentina | Foto: Luis Pico

“El Señor sabe por qué nos ha traído a la Argentina. Algunos se han preguntado con lágrimas qué hacen acá. Pero Él sabe. Por eso también les ha dado hermanos que los ayudan a sentirse como en casa; vinieron a hacer más grande esta patria”, dice durante la misa, en primera persona, el párroco Eusebio Hernández.

Durante sus intervenciones habla en primera persona del plural. En nosotros. Es argentino pero siente propias varias de las vivencias y sentimientos de los venezolanos. De ahí a que se incluya durante las reflexiones que deja entre sus oyentes.

Nosotros hemos tenido que experimentar dejar la patria para salvaguardar nuestra dignidad y seguir ayudando a los nuestros que no han podido migrar; Jesús también experimentó la pobreza, el exilio. Sabe lo que sienten en sus corazones. Igual que La Chinita, que cuando pasaba vio que más de uno lloraba. Esas lágrimas las sentimos con el corazón, nos mantienen firmes, con raíces cuidadas para que no olvidemos quiénes somos, ni de dónde venimos ni adónde queremos volver”, agrega Hernández.

No solo empatiza. Demuestra que algo ha aprendido de geografía. Pregunta si además de maracuchos hay gochos, guaros, llaneros y orientales. Confiesa que le parece hermoso eso de pedir la bendición. Consulta sobre si ya en casa pusieron el árbol de Navidad (en Argentina no se suele decorar con tanta anticipación).

Y quizá en el momento más álgido, desata las risas: “¿Cómo se puede creer en Cristo cuando se recuerda la tristeza de los que quedaron en casa cada vez que se hace una llamada o se los ve por video? Es lo que tienen ustedes ―hace una excepción al momento de conjugar, luego vuelve―: no se dejan comer la esperanza ni que les diluyan la fe, y si hay esperanza podemos seguir echándole bolas pa’lante”, remata, entre risas y aplausos. 

Lejos de ser el único conmovido, las emociones les quedaron a muchos a flor de piel. Es el caso de Leonor Beccaglia, una argentina de 87 años que acudió a la liturgia como cada domingo.

“Me encontré esto de sorpresa. Cuando llegué estaba triste por unos problemas personales, pero todo esto me llenó de una energía inmensa”, expresó Beccaglia para El Diario, con un hilo de voz y los ojos llorosos.

A La Chinita la adoptaron como la Virgen de los venezolanos en Argentina
Leonor Beccaglia | Foto: Luis Pico

Es vecina del barrio. Vive a un par de cuadras y es devota de la virgen de Luján, patrona de la Argentina. Aunque desde ahora, también de La Chinita. “No la conocía. Ahora la voy a adoptar. Al final todos podemos ayudarnos entre todos, unos con otros, porque todos somos uno”.

Para Luz Rodríguez participar de esta fiesta es todo un reencuentro. Oriunda de Puerto La Cruz (Anzoátegui), vivió 10 años en Maracaibo, por lo que se considera maracucha por adopción. Con 12 años en Argentina, jamás pensó que pudiera revivir una ceremonia que antes le era tan cotidiana, menos aún rodeada de tantos venezolanos.

“Se parece mucho a lo que hacíamos allá, con todo esto de la gaita, la gente, las frases tan geniales del cura. Es algo indescriptible”, festejó Rodríguez, de 49 años de edad, a la salida de la misa.

Veneración a La Chinita con gaitazo incluido

Una bandera y mil adornos de Venezuela no son suficientes. Cuando se ponen como meta que la fiesta sea lo más parecida a las de Maracaibo, lo dicen en serio.

Al otro lado de la calle donde está la parroquia de Caacupé se encuentra el Parque Rivadavia, uno de los más emblemáticos de Caballito. Casualidad o señal del destino, justo en su centro se erige un monumento perteneciente a la Nación Argentina, en dedicatoria a Simón Bolívar, que está inmortalizado montado a caballo, espada en mano, listo para la batalla como en cientos de plazas de Venezuela.

A La Chinita la adoptaron como la Virgen de los venezolanos en Argentina
Parque Rivadavia | Foto: Luis Pico

A los ojos del Libertador, en una tarima lista para la parranda comienzan a desfilar distintos grupos de músicos venezolanos que se han abierto espacio entre la movida cultural porteña. La gaita, como en Maracaibo, es el género principal, que va alternándose con éxitos de la salsa caribeña, los tambores que recuerdan a Choroní (Aragua), y también hay cabida, cómo no, para rendir tributo a las bandas Desorden Público y Caramelos de Cianuro. Es, sin duda, otro viaje en el tiempo y en el espacio, bien sea a la playa, la discoteca, la rumba o la parranda de otras épocas.

Más de 300 años de fe

Cuentan los relatos populares que en 1709 una lavandera llamada María Cárdenas sacó del agua una tablita de madera, la cual decidió llevar a casa para tapar los recipientes del agua que guardaba para los quehaceres del hogar.
Aconteció de un momento a otro, como sucede con todos los milagros: Cárdenas sintió que alguien llamaba a su puerta, y cuando volteó la madera yacía iluminada sobre una de las paredes de su casa, por lo que enseguida gritó “milagro” y al poco tiempo cientos de vecinos se reunieron, amontonados, ante el suceso.
En la actualidad a “La Chinita” se la homenajea cada 18 de noviembre, no es casualidad, pues fue en esa misma fecha de 1709 cuando, sobre aquella tablita se delineó la figura de la Virgen de Chiquinquirá

No faltan, tampoco, los deleites para el paladar con tequeños, la torta tres leches o la chicha. Ni los perros calientes “con todo”, los de verdad, distintos a los panchos, como se los conoce localmente y que solo constan de una salchicha, papas y una sola salsa entre kétchup o mostaza.

Unos cantan, otros ríen, muchos bailan, en lo que probablemente haya sido la pista de baile más grande de la Ciudad de Buenos Aires en ese momento. Pero todos, de una manera u otra, se emocionan. Le ocurre a Alfredo Briceño, uno de los fundadores de Migración Gaitera, agrupación que cantó en la misa y que en el parque, cuando está por llegar la medianoche, resume lo que sienten cuando ven a esa Virgen rodeada de tanta gente, se desahoga: “Todo esto es muy hermoso, no tiene nombre. Se me hace un nudo en la garganta y no estoy pasando el puente”.

7.000 kilómetros más allá, la devoción y las tradiciones siguen intactas. Ni siquiera la pandemia de coronavirus en 2020, que impidió una parranda como la que ahora se pudo retomar, pudo frenar un intercambio cultural que llegó para quedarse y traspasar, incluso, las generaciones argentovenezolanas que están por venir.

Parque Rivadavia en la noche | Foto: Luis Pico
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