• Su trayectoria profesional de más de 20 años en Venezuela, Bélgica y otros países de Latinoamérica lo llevó a probar nuevas tecnologías para impulsar su arte. Siempre busca la manera de aprender y perfeccionar sus diseños. Conversó con el equipo de El Diario sobre su historia, su paso por la industria del tatuaje y sus proyectos a futuro

Muchas personas coinciden en que la piel es un lienzo y Darwin Enríquez lo tiene muy claro. El tatuador venezolano radicado en Manhattan (Nueva York, Estados Unidos) es pionero en Latinoamérica. No solo por su arte, sino porque es el primero en implementar tecnología 3D. Veinte años de trayectoria profesional lo impulsaron a avanzar en lo que él considera su más grande pasión.

Su estilo es el black and grey y realista, con texturas y volumen predominando sobre la piel, pero no se limita. Hace 10 años se topó con una imagen, que le llamó la atención por sus sombras, volumen y textura. Era una 3D. Buscó aprender al respecto para llevarlo a cabo en sus diseños. Se trataba de un programa especializado que no daba pie al margen de error. Desde entonces está en constante aprendizaje sobre tecnologías que destaquen su arte.

“Si quieres hacer un boceto, lo que hago con el programa es modificar su posición, perspectiva, iluminación, lo que hace que tenga mejor volumen y diseño. Uno tiene que especializarse en algo y hacerlo lo mejor posible”, explica en entrevista para El Diario el tatuador que este 2022 cumple siete años radicado en Estados Unidos. Su talento ha llegado a las pieles de cantantes urbanos venezolanos importantes como Akapellah y Cancerbero, así como otros criollos en el área deportiva.

Darwin Enríquez junto a Akapellah.

Una máquina de tatuar con historia

Desde pequeño siempre le gustó dibujar, diseñar e inspirarse en su natal Valencia (Carabobo). Siempre buscaba bocetos en libros y revistas de tatuaje, para copiar los diseños. No necesariamente porque le gustaran los tatuajes, comenta Enríquez. En un principio, solo eran llamativos para él. Le atraía el cómo estaban modificados, las sombras, todos los detalles. “Me inspiraba en todo eso para dibujar y allí comenzó mi historia con el tatuaje”, dice Darwin Enríquez.

La dificultad le atrae y por ello empezó dibujando rostros o familias, bocetos realistas, por la cantidad de detalles que conlleva hacerlos. Sus amigos le prestaban sus pieles para practicar. En ese momento, cuando empezó, no existía YouTube, relata, ni existía mayor información sobre el tatuaje, aparte de la que aparecía en las revistas. Pero todo fluyó en un proceso que denominó como orgánico; así fue aprendiendo, observando y practicando.

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No siempre se dedicó al arte del tatuaje. De joven le llamó la atención la mecánica aeronáutica y aprovechó que un vecino tenía un taller de aviones de pistón para explorar sus gustos. El valenciano asegura que le gustaba ese trabajo porque aprendió sobre los aviones por al menos cuatro años. Ese momento coincidió cuando le empezó a gustar el diseño sobre pieles. Luego decidió dedicarse de lleno a su pasión.

De Valencia a Caracas

“Yo solo quería dibujar en la piel. La gente confiaba en mí porque ya conocía mis dibujos”, subraya. Su primer tatuaje fue un diseño tribal, que ya estaba hecho y arregló con su estilo gracias a la invitación que le hizo un amigo, quien además le enseñó a hacerlo. Su primer trabajo lo obtuvo en el 2000, en un estudio en un centro comercial en Valencia.

Cuando yo dibujo en un papel, en un lienzo, es plano, no se mueve. En cambio, el cuerpo tiene formas, curvas, músculos y yo tengo que adaptarme a eso. Es un proceso interesante y lo más importante es que la persona tiene mi arte y está rodando por allí, caminando, orgullosa con su tatuaje. Es lo más valioso de mi trabajo”, dijo el artista.

Lo que para él puede ser un día de trabajo en su arte, pero para otra persona puede ser una etapa importante, pues es un dibujo que estará presente en la piel casi que para toda la vida.

En Valencia recibió una invitación para trabajar en Caracas, en el estudio de Emilio González. En la ciudad capital, aprendió y se dedicó a desarrollar un estilo propio y personalizado, que incluye un trato cercano al cliente y llevar a cabo sus ideas para hacer un diseño original.

“Antes el tatuador solo copiaba los dibujos preestablecidos en revistas de tatuajes y la gente solo elegía. Yo no las utilicé cuando empecé a trabajar formalmente más adelante. Siempre decía que tenía que ser algo original y personalizado. Evitaba copiar un diseño o los mejoraba”, comenta Darwin.

De Caracas a Bélgica y de nuevo a Venezuela

Trabajando en el estudio de González le atrajo la idea de viajar, al igual que lo hacían sus compañeros para participar en convenciones, competir o continuar aprendiendo. Un amigo en Bélgica lo invitó a trabajar en otro estudio en Amberes. “Tomé la decisión de irme, no porque sentía que me fuera mal en Venezuela, era para crecer artísticamente”, señala el tatuador.

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Lo que más le costó fue comunicarse y adaptarse a la nueva dinámica. Aunque el tatuaje es un idioma universal, que habla por sí solo cuando se le ve a una persona, para conversar con sus compañeros sobre cualquier cosa adicional tenía que ingeniárselas, pues hablaban italiano, francés o inglés. También se sintió limitado con los clientes durante el 2006 y 2007, cuando laboró en el país europeo.

Su paso por ese país, aunque corto, le dio la oportunidad de participar en eventos de tatuaje donde ganó premios. La vida y las oportunidades lo trajeron de nuevo a su país, a Caracas, pero a otro estudio. Estando en Venezuela recibió invitaciones para participar en eventos de tatuaje en Brasil, Argentina y Colombia. Su carrera tuvo mayor auge a su regreso.

El idioma y la cultura fueron un choque para mí. Cuando estamos en Venezuela pensamos que todo es mejor afuera y más moderno, pero cuando llego a Bélgica me preguntaba por qué todo era tan antiguo, el cielo era gris todo el tiempo, siempre estaba lloviendo, las personas son frías. Fue un tiempo frustrante, no pude comunicarme adecuadamente. Me deprimí un poco, pero ese tipo de cosas te hacen más fuerte luego”, resaltó Henríquez.

Estados Unidos, el país que vio nacer su empresa

Estando en Venezuela le llamó la atención ir a Estados Unidos. Para conocer a otros artistas y continuar aprendiendo. Por suerte, o por talento y destino, comenta el tatuador, llegó trabajando “entre los mejores”. Luego de tramitar su visa de artista, se radicó en Nueva York en 2015, trabajó para el estudio Last Rites Tattoo y comenzó una nueva vida, una que lo ha mantenido anclado por siete años en una de las ciudades más importantes y multiculturales del mundo. Se sintió en casa.

“Me vine para acá y allí comencé a darme a conocer y crear clientela. El estudio que tengo ahora, Inknation Studio, es el resultado de mi experiencia en todo el mundo. Ya sé qué funciona y qué no, también sé cuáles son las cosas que a un artista le gusta, cómo hacer crecer el negocio, cómo adaptarlo a estos tiempos”, explica.

Abrió su estudio en mayo de 2021, y Enríquez asegura que ese espacio es uno de los mejores de Estados Unidos. Tiene ocho artistas que incluyen tatuadores de países como su natal Venezuela, así como España, Colombia, Cuba y Argentina. Busca retribuir todo lo aprendido con su equipo, así como pasó con él. Comenta que en ese país se tiene una percepción de que los venezolanos “son los mejores tatuando”.

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“Yo le di una visión al estudio moderno. No se puede seguir llevando de forma antigua o tradicional. Renté un penthouse en Manhattan, en una ubicación importante, donde la gente se puede sentir exclusiva. Es el mejor nivel, me gusta mucho la tecnología y la aplico a mi trabajo”, dice el tatuador.

Su principal clientela son personas que quieren tatuarse todo el brazo. Para ellos busca inspiración cada vez que puede. Comenta que se inspira en la gente que es creativa y que siempre busca crecer o superarse, así como la gente que le rodea. La pasión por el tatuaje mueve a la gente a traspasar fronteras. Enríquez relata que tuvo un cliente que viajó de México únicamente para tatuarse en su estudio.

La eterna nostalgia de la diáspora venezolana

Una de las cosas que más extraña, además de su familia, es la comida en diciembre. Para él, la Navidad es una de las festividades que más destacan en Venezuela y la que más añora. Para los venezolanos es importante, pero en donde él ha estado, la relevancia a esas fechas no es la misma. “No existe ese sentimiento que yo recuerdo de niño con mi gente”, comenta el venezolano. Eso mismo sintió viviendo en Europa también.

Se considera una persona humilde y respeta el tiempo de los demás. No anda detrás de celebridades, influenciadores, pues cree que el trabajo llega solo. Con su empresa, quiere crecer y brindar oportunidades y mostrar el “poder latino”. Por ahora, Nueva York, esa ciudad que le abrió las puertas, seguirá siendo su hogar.

Espera llevar a su equipo a convenciones. Considera que el secreto en la industria del tatuaje es tener dedicación, tratar de hacer las cosas bien y hacerlo con pasión. También espera apoyar a las nuevas generaciones y consolidarse en un ambiente que cada día se hace más competitivo. Cada diseño que termina se acerca a la idea de “perfección” que pasaba por su mente cuando era niño y dibujaba. De momento, su arte seguirá siendo expuesto, no en un museo, sino en las calles, donde las personas fluyen a diario al igual que su tinta. 

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