• Con más de un centenar de dramáticos en su ficha personal, la actriz de teatro y televisión sube nuevamente al escenario con Sin fecha de vencimiento, una comedia que protagoniza junto a Carmen Julia Álvarez, dirigida por Daniela Alvarado. A finales de 2021, la artista fue diagnosticada con párkinson en fase 1, noticia que no la ha frenado: “Yo sigo trabajando y lo digo para darle fuerza y valor a todo: que sepan que la vida no se termina ahí”. En abril celebrará sus 80 años

Las ganas de Rosario Prieto de aprender son poderosísimas, como su risa. En sus comienzos, no la detuvieron ni carencias económicas ni críticas de una sociedad conservadora. No miró los muros, sino lo que había del otro lado. Así consiguió y desarrolló herramientas para la actuación y la docencia; indetenible, como su buen humor. 

Nació en abril en República Dominicana. Llegó a Venezuela cuando aún no había aprendido a hablar, hija de un refugiado político que huía de la Guerra Civil Española y de una mujer que había nacido rodeada de mar. Es referente de la actuación desde hace más de cinco décadas. En su biografía en Twitter lo confirma: 108 telenovelas, 50 obras de teatro, 12 películas, comerciales, “y he disfrutado lo bueno y malo de la vida”. Así les cuenta a sus más de 70 mil seguidores quien pronto celebrará 80 años de vida con una fiesta. 

A finales de 2021 Rosario Prieto fue diagnosticada con Párkinson, un trastorno del sistema nervioso central que afecta el movimiento. Fue un golpe duro, pero ella no se dejó tumbar. Continúa trabajando, al ritmo que le permite la pandemia. Sigue dictando sus clases de actuación, que ha ofrecido vía Zoom y de forma presencial, y en marzo se presentará en el Centro Cultural BOD, ubicado en La Castellana, con Sin fecha de vencimiento, comedia que protagoniza junto a Carmen Julia Álvarez, quien también es la autora del texto. La dirección está a cargo de Daniela Alvarado. 

Habían logrado estrenar la pieza en el último trimestre de 2019, esa época pre covid-19. La llevaron a Valencia (Carabobo) y a Margarita (Nueva Esparta). Más de dos años después estarán en Caracas para narrar las anécdotas de dos vecinas que se reúnen en el salón de la Junta de Condominio. “Y hasta ahí te puedo decir”, remata la actriz, vía telefónica desde su casa para El Diario

Previo a este montaje, Prieto estuvo en otros como Toc Toc, Ellas con humor, Humor con ovarios y también Mujer, mujer, la comedia, con la que ha ofrecido 600 funciones a lo largo de 25 años, cuando las obras de teatro permanecían en cartelera durante cinco meses, con funciones de miércoles a domingo. Su currículo también incluye propuestas de stand up comedy como No hay mujer fea sino pobre y Rosario Prieto, viuda de muchos: “Yo pasé como 15 años trabajando sola en los escenarios”.

Prieto –quien es mamá, abuela, y bisabuela de dos– va estampada en la memoria colectiva como uno de los rostros infaltables de dramáticos y comedias que transmitió Radio Caracas Televisión. “Nunca tuve problemas cuando me daban un papel y después me lo quitaban. Me decía: ‘Ya vendrá el mío, ese le tocaba a otra’. Y es algo que les enseño a mis alumnos. La envidia te resta poder, pierdes tu energía. Así que cree en ti. Yo nunca he tenido envidia. Nunca le he quitado el marido a ninguna compañera de trabajo. Bueno, el marido no se quita, ellos se van solos (risas)”, cuenta y afirma, sin titubeo alguno, que en ningún momento se cansó de su oficio ni se planteó dejar la actuación. 

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“El tiempo pasa y no perdona”

Rosario Prieto, el humor como la vida
Rosario Prieto | Foto: Cortesía de la artista

—Sus inicios en la televisión venezolana estuvieron ligados al ballet y El show de Renny, ¿qué es lo que más atesora de esa época?

—Yo comencé a estudiar ballet a los 4 años, porque en el siglo pasado (risas) todas las niñitas iban a ballet, que era lo elegante, lo bello. Pero nosotros éramos pobres y yo no podía estar en una academia. Las clases que quedaban más cerca de mi casa eran en la Escuela Experimental Venezuela, yo de chiquita iba y me ponía en la ventana –porque antes no había muros ni nada que te alejara de una ventana– y hacía la clase desde allí. Un día me descubrieron y me llevaron a la dirección. Hablaron con la profesora, con mis papás. Entonces me pasaron al salón a hacer la clase, que se hacía con pianista. La profesora le dijo a la directora: ‘Fíjese que es la mejor, ¿por qué? Porque ella quiere hacerlo. La mayoría de las niñas están aquí porque sus mamás las obligan’. Y, bueno, años después cuando buscaban una bailarina clásica para El show de Renny, que era en vivo, visitaron academias y cuando el coreógrafo de Renny Ottolina llegó a la de las Hermanas Contreras, ahí en la avenida Bogotá, me vieron y les gusté. Recuerdo que las bailarinas del show eran muy buenas, excelentes, algunas venían del Tropicana. Pero Renny quería que fueran más elegantes, entonces yo les daba una hora de clase para movimiento de manos y de piernas. Tenía 17 años en ese momento. Para mí el baile fue la entrada a mi sueño, porque de pequeña, cuando mi papá me llevaba al cine a ver a los grandes comediantes, yo le decía: ‘Voy a estar ahí con ellos’. Recuerdo a Fernandel, Luis Sandrini, Mario Moreno. Entonces yo me dediqué a mi baile y a seguir estudiando, porque el bailarín siempre tiene que hacer su trabajo fuera de cámara o del escenario. Toda la vida he sido como soy, no he cambiado: echadora de broma, juguetona, amiga de todo el mundo. Aunque ser artista en aquella época era una mancha para la familia, porque decían que las artistas eran prostitutas. 

—¿Esa percepción del artista le generó inconvenientes?

—Para mi papá, que era europeo, eso no era ningún problema. Él estaba enamorado de Édith Piaf. Entonces cuando empecé a trabajar me botaron del liceo y mis amiguitas no me trataron más, hasta que fui famosa. Pero después de que fui famosa ya no las quise tratar más. Yo esperé hasta los 21 años para hacer el bachillerato libre, que era en la noche. Un día me dijo una de ellas, que eran todas jovencitas y casadas: ‘Mira, ¿tú eres la que trabaja en El show de Renny? ¿La bainarina?’. Bueno, todo el mundo se negó a que yo estuviera en el instituto porque sus esposos, que eran jóvenes también, las iban a buscar después de clases y como yo era artista podía causar algún problema matrimonial. Una cosa horrible. Pero luego se arregló; antes era una mancha.

Rosario Prieto | Foto: Cortesía de la artista

—¿Y a usted no le importaba esa “mancha”?

—¡No, hombre! (Risas) Me dio mucho dolor, pero después tuve la suerte de que, al pasarme eso, entré a Radio Caracas Televisión y me tocó conocer a la señora Amalia Pérez Díaz, a Reneé de Pallás, Adelaida Torrente, que es la mamá de Carmen Julia Álvarez; y con ellas me terminé de criar. Ellas me enseñaron: Reneé, drama; Adelaida, comedia; Olga Castillo, que también estaba, a memorizar y a concentrarme en los textos. Entonces mi escuela fue allí, con esas estrellas. 

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—Luego fue creciendo en la televisión…

—Radio Caracas tenía un programa que se llamaba Se necesita una amiga, que presentaba casos de problemas de pareja, pero actuados. La gente enviaba cartas contando lo que sucedía y nosotros lo interpretábamos. Allí les daban oportunidad a los nuevos talentos. Después pasé a trabajar con Julián Pacheco, con “Chuchín” Marcano, que eran comediantes. Trabajé en muchos programas de comedia, me dieron libertad. Trabajé en un programa con Pepeto, Qué gozadera. Después estuve en El club del clan y logré un rating tan grande que recién entrando a la televisión gané, por votación popular, Miss Televisión, superando a grandes estrellas del país. Ahora soy ‘Abuela Televisión’, porque nunca repitieron el concurso y yo me quedé con la corona (risas).

Rosario Prieto, el humor como la vida

—¿Hubo algún episodio o rol con el que se sintiera finalmente actriz y experimentó una evolución más bien orgánica?

—Se fue dando poco a poco, porque yo siempre quise ser actriz. Nunca quise ser protagonista, sino coprotagonista. Porque la protagonista se enamoraba del ‘protagonisto’, pasaban 5 o 6 capítulos, ella quedaba embarazada o se iba, se desaparecía, y la antagonista –que era yo– se pasaba todos los 400 capítulos con el galán. Al final iba presa o la mataban, a mí no me importaba (risas), por lo echadora de broma que soy yo. Yo nací artista, lo que necesitaba eran las herramientas y las fui consiguiendo a medida que trabajaba. Llegué a hacer tres telenovelas en simultáneo, con tres personajes muy distintos: en San Sebastián de Los Reyes, Pura Sangre; en Guatire-Guarenas, De Oro Puro; Alejandra en el Hospital Pérez Carreño; y en Cuánto Vale el Show grabábamos 4 programas en un día para todo el mes.

—De sus años como maestra de actores, ¿cuál es la principal enseñanza para quienes se están preparando? 

—Primero, que ellos descubran si realmente les gusta. Hay un trabajo actoral que les coloco para que vean si de verdad les gusta, porque es muy fastidioso ponerte ante la cámara y no saber cómo vas a desenvolverte. El miedo escénico se quita con eso, con grabaciones, buscando cuál es el gancho. Y Venezuela tiene talento para regalar, en el interior de la república es igual. 

—¿Han variado las exigencias para la formación de artistas?

—En Venezuela primero fue la radio y después la televisión. Entonces la gente quería ver a sus artistas de la radio en la pantalla. Después se implantó el teatro. Y la gente quería ver a sus artistas de televisión en el teatro. Había dos o tres escuelas de teatro culto, como suele llamarse, porque el inculto era Chacaíto. Guillermo González es el autor de que se abrieran los teatros comerciales en el país, él es quien abre ese camino. La gran escuela realmente fue la radio, para mí. En ese entonces había un sindicato, ahí tenías que presentar un examen para ser actriz: primero racionista, que es más o menos un extra, pero que tiene alguna participación en la escena. Tenías que hacer 100 presentaciones como racionista, en las que contaban las funciones en teatro, radio y televisión. Y después te daban el permiso para presentar tu examen como actriz o actor de reparto, que eran personajes pequeños. Tú tenías un carnet, no podías trabajar en ninguna parte si no tenías tu carnet del sindicato, que era el que te apoyaba y te cuidaba. Después todo se politizó con los años. 

—Prácticamente toda su carrera televisiva la realizó en RCTV. ¿Cómo recuerda el cierre del canal?

—Para mí fue como si hubiese habido un gran desastre, un terremoto, y se hubiese caído mi casa. Así de sencillo. No sufrí ni lloré por los ejecutivos ni por los dueños. Lloré por mis compañeros de trabajo, empezando por los que barrían lo estudios. Muchos habían comprado casas con hipotecas que no iban a poder terminar de pagar, y las perdieron. Otros murieron. Vi gente vendiendo raspados en Quinta Crespo sin yo poder hacer nada por ellos, porque no podía hacer nada por 6.000 trabajadores. Mi dolor fue muy grande. Esa fue una pena muy grande. Y he perdido 15 años de trabajo en televisión que no puedo recuperar, porque el tiempo no se recupera. El tiempo pasa y no perdona. 

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Rosario Prieto | Foto: Cortesía de la artista

—¿Cómo se encuentra de salud actualmente?

—Tengo diagnóstico de párkinson. Me costó mucho aceptarlo, porque pensé que se me acababa la vida. Ahora estoy en un tratamiento, estoy con FundaParkca, con mi fisioterapeuta y lo más importante: cuidando mi memoria. No tengo nada cercano al alzhéimer, pero hay que cuidarla porque uno no sabe cómo va a funcionar el cerebro. Yo sigo trabajando y lo digo para darle fuerza y valor a todo el que esté en condiciones de párkinson: que sepan que la vida no se termina ahí. 

—¿De qué manera han cambiado sus dinámicas diarias?

—Tengo una terapeuta y un terapeuta muy bueno desde el comienzo. Llegó un momento en que no caminé, daba tres pasos y ya. No me podía levantar de la cama sola, tenían que ayudarme. Pero un día dije que no me iba a dejar vencer por esto. ¡Qué va, nojuegue, aaahh! ¡Pa’ la calle, que no hay cama pa’ tanta gente! Y le he echado pichón. Pero me ha costado, ¿sabes? Me ha costado, porque no soporto la lástima. Y hay cosas que he visto que me han hecho llorar. Porque a una persona que ha sido artista, que ha entretenido, que ha hecho reír a la gente, tú no la puedes presentar temblando y sin poder hablar. No. En mi época, las actrices de Hollywood cuando llegaban a los 40 o 45 años ya no aparecían más nunca. 

—Cumple 80 años este abril, ¿qué representa para usted?

—En todas partes dice 13 de abril, pero yo realmente cumplo el 20 de abril. Me quito una semana de edad (risas). Nunca pensé que llegarían tan rápido los 80. Nunca lo creí. Es más, le digo a mi psiquiatra Arturo Rodríguez: ‘Mira, yo tengo un problema muy grande y es que el coco mío se divorció del cuerpo. Yo pienso de una manera y actúo de una manera mental y el cuerpo no me deja’ (risas). Mi humor me ayuda. A veces sí caigo en depresión por lo que está pasando en el mundo con la pandemia. Porque si al menos uno estuviera trabajando, bueno, okey. Chévere. Estás trabajando, quizás un poquito menos, pero lo haces, como hacían las señoras de 80 años de antes. Muchos de mis antecesores en la actuación trabajaron hasta los 85 años, como Carlos Márquez. Me pareció que los 80 era como muy leeeejos y ahora digo que no. Digo que la vida es como un rollo de papel ‘tualé’: cuando empieza, falta para que termine; pero cuando se está acabando, se va rapidito (risas).

—¿Qué certezas tiene en este momento de su vida?

—Dios existe. Que uno no es el dueño del destino. Todo está definido en la vida, lo he constatado. Yo le digo a Dios: estoy en tus manos y de tus manos llévame por los caminos que merezca.

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