• El equipo de El Diario conversó con algunos adultos mayores que trabajan en las calles de San Cristóbal para conocer las razones que los obligaron a sacrificar su descanso

De acuerdo con la organización no gubernamental (ONG) Convite, más del 86 % de los adultos mayores en Venezuela viven en pobreza extrema. El estado Táchira no escapa de esa realidad y, a diario, observar ancianos vendiendo productos o pidiendo dinero en las calles de la ciudad de San Cristóbal y otros municipios se ha convertido en una constante.

El 70 % de estos venezolanos cuenta con una pensión de vejez (tomando como referencia el estudio de Convite) pero el dinero otorgado por el régimen de Nicolás Maduro solo representa, tras el reciente incremento salarial y a taza del Banco Central de Venezuela al momento de redactar esta nota, 28 dólares mensuales, es decir, menos de un dólar diario.

“Hace un mes me caí, me fracturé una costilla y no he podido trabajar más en la calle vendiendo mis cositas”, dijo Gladys Salas en exclusiva para El Diario.

Vejez sin descanso: la otra cara de la tercera edad en Táchira

Gladys tiene 65 años de edad y solía vender suspiros, aleados (dulce típico tachirense a base de pata de res) y paledonias en un semáforo de San Cristóbal, pero su accidente doméstico la obligó a guardar reposo. No obstante, ha pasado un mes desde ese incidente y se vio en la necesidad de salir de su hogar a pedir dinero para adquirir medicamentos que le ayuden a mitigar el dolor que siente en su cuerpo y que se acentúa por las noches.

La investigación de Convite plasma que “más del 80 % de las personas mayores entrevistadas requieren tomar algún tipo de medicamento pero solo 5 % puede comprarlos con regularidad”. 

Salas explicó que, desde el establecimiento comercial donde se encontraba solicitando colaboración económica, la pastilla que necesita tiene un precio de 20.000 pesos colombianos (unos 6 dólares), pero no ha podido adquirirla porque no cuenta con ningún tipo de ayuda.

Ella sale a diario de su casa, ubicada en el sector Madre Juana, y camina más de dos kilómetros y medio hasta llegar a la avenida 19 de Abril, donde pasa todos los días desde muy temprano en la mañana hasta que oscurece. A veces corre con suerte y consigue que algún conductor la acerque hasta su destino.

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Vive con su esposo, quien también es una persona mayor sin empleo o ingresos fijos que le garanticen estabilidad económica. Y aunque tienen tres hijos, están fuera del país y no se preocupan por ellos o por enviarles dinero para su alimentación y medicamentos. 

“Entre mi esposo y yo nos rebuscamos y lo que medio conseguimos por ahí pidiendo”.

A veces no tienen qué comer y recurren a la Casa Hogar Medarda Piñero, ubicada en el centro de San Cristóbal, a pedir una porción de alimentos para ella y su pareja. Agradece a Dios por la buena voluntad y disposición de quienes le tienden la mano en ese lugar.

Gladys anhela que la situación mejore. Añora una pensión que dignifique su vejez y no la obligue a salir de casa en contra de su voluntad para conseguir el pan de cada día.

“Es difícil sobrevivir”

María Inés Parada es un rostro ya conocido en San Cristóbal. Muchas personas en Barrio Obrero, zona comercial muy concurrida de la ciudad, la conocen e incluso le dicen “la abuelita de los tapabocas” con cariño y afecto.

María tiene 68 años de edad y desde hace un año vende tapabocas, y ahora galletas, en un semáforo. Cada día sale caminando a las 6:00 am de su vivienda y se planta en el mismo punto con un sombrero de paja para cubrirse del sol y un bolso donde guarda toda su mercancía. 

Antes debía sostener el peso de ese morral sobre sus hombros desde temprano hasta que caía el sol y regresaba caminando a su casa. Sin embargo, una persona le regaló hace unos meses un carrito de mercado con ruedas donde acomoda las cajas con tapabocas y así trabaja con mayor comodidad. También le permiten guardar la mercancía en un local comercial muy cerca de donde se apuesta a diario. 

“La gente por aquí es como mi familia, me dejan usar el baño, descansar e incluso me permiten comer en un negocio aquí mismo y todo. Hasta me dan la cola de vez en cuando”, dijo María para El Diario.

Admite que la ganancia de los tapabocas es mínima, pues se trata de un producto económico (vende 10 unidades en 3.000 pesos o 0,78 centavos de dólar). El dinero de la venta lo destina a reponer mercancía y a comprar “algunas cositas de mercado”, aunque la proteína no es parte de su menú.

“La misma situación difícil de la vida me motivó a hacer esto. Yo soy pensionada, trabajé muchos años de joven y realmente ahorita con 7 bolívares que uno recibía de pensión es difícil sobrevivir”, explicó María.

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Años atrás tenía un empleo próspero. Era vendedora de una empresa confitera en la entidad andina, viajaba constantemente a diversos municipios para ofrecer los productos y ganaba comisiones por ventas. Gracias a ese trabajo compró una vivienda y un vehículo. 

“Todo fue cambiando, se volvió costosa la vida, el mantenimiento del carrito salía muy caro y tuve que vender mi chevetico para no dejarlo deteriorar”, añadió María.

Actualmente, vive sola en un galpón donde le permiten quedarse a cambio de cuidar el lugar. La casa que tenía la puso a nombre de su hija y esta no le permitió seguir viviendo en el hogar que María consiguió fruto de su esfuerzo. 

Pese a ese episodio triste en su vida, no le guarda rencor. Al contrario, con nobleza afirmó que la ilusión y motivación de un padre para progresar siempre serán sus hijos y que no viven juntas “por circunstancias de la vida”.

“Mi casa ahora es de ella (…) no la veo nunca porque cada quien tiene sus ocupaciones. La extraño, la amo y es mi vida, le pido a Dios que la cuide y la bendiga siempre”, enfatizó.

María jamás imaginó que su vida daría un vuelco así. Menos tras tener un trabajo estable con el que esperaba asegurarse una vejez tranquila, sin embargo, está conforme con la realidad que vive ahora y asegura que si Dios le da la oportunidad de cambiar su estado actual “sería maravilloso”. 

“Hay que pedirle mucho a Dios”

La mayoría de las personas mayores que venden productos o piden dinero en las calles de la ciudad capital son mujeres. Jesusa García Rodríguez tiene 78 años de edad, vive en un sector llamado El Hoyo y, a diario, camina desde allí hasta el viaducto nuevo con una pequeña cesta llena de dulces y caramelos para venderlos y ayudarse económicamente.

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“Tengo como seis meses viniendo a este punto y a veces la gente me compra productos, otros días no, pero ahí vamos, poco a poco”, admitió Jesusa para El Diario.

Antes trabajaba como empleada doméstica. Limpiaba casas y planchaba ropa pero luego, por el desgaste propio de su edad y el cansancio que le producían esas actividades, decidió sopesar nuevas opciones. Así que pensó que vender productos económicos era lo más viable para ella.

Afortunadamente no tiene ninguna patología que le exija tomar medicamentos de manera regular y lo poco que hace día a día con su venta lo destina a la alimentación. 

“Con esto me va más o menos, hay que pedirle mucho a Dios porque la situación está candela. Esto es una ayuda pero me toca esperar mucho para comprar un arrocito por lo menos”.

García tiene cuatro hijos. Uno se fue a Chile recientemente y trabaja para enviarle dinero a su esposa e hijos en Venezuela, quienes atraviesan una situación económica precaria. Otra hija trabaja en el Hospital Central de San Cristóbal, pero ella asegura que el salario es insuficiente y no se atreve a pedirle ayuda económica.

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“Mis otros dos hijos viven en El Piñal, a veces vienen y me visitan pero no es constante y realmente ninguno me da aporte monetario, yo me resuelvo solita”, precisó.

Por si fuera poco, Jesusa afirma que le quitaron la pensión y no sabe cómo recuperar ese ingreso. Se ha dirigido en distintas oportunidades a las instalaciones del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales en San Cristóbal y no le dan respuesta o solución alguna.

“Yo duré dos años en El Piñal enferma del colon y la vesícula, luego vino la pandemia, quedé atrapada allá y cuando volví ya no la tenía (la pensión). Desde entonces no he podido cobrarla”, aseveró Jesusa.

Tanto ella como María y Gladys tienen realidades similares. Son personas mayores que trabajaron durante toda su vida en distintas actividades esperando un descanso digno en la vejez pero la crisis económica del país y, en algunos casos, el abandono de sus familias las obligó a buscar alternativas para subsistir con sacrificio en medio de las dificultades.

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