• Desde 2019, Ignacio Alvarado y María Ramírez escudriñan cuidadosamente una colección de 80.000 libros, periódicos y revistas, en busca de títulos que representen una muestra de los mejores textos escritos, publicados e impresos en Venezuela. Se propusieron escoger 1.000 ejemplares de acuerdo a su pertinencia, rareza, la belleza artística en su edición o el valor de su contenido para armar las exhibiciones del Museo del Libro Venezolano, una iniciativa que tiene por objetivo dar a conocer la riqueza bibliográfica del país

Una quinta en San Román, al este de Caracas, guarda casi como un secreto obras valiosas, antiguas y raras. Para descubrirlas hay que dejarse guiar puertas adentro por Ignacio Alvarado, ingeniero eléctrico, egresado de la Universidad Simón Bolívar, que con el tiempo desarrolló la habilidad de construir alrededor de los libros. En este espacio abrirá en 2023 el Museo del Libro Venezolano.

El  logotipo de color negro sobre una pared amarilla marca la entrada. Diseñado por Waleska Belisario, este símbolo dibuja la figura estilizada de un animal. En redes sociales, los usuarios coincidieron al identificarlo como un búho, ave que en el imaginario colectivo está muy vinculada al conocimiento y la lectura.

El guía se adelanta escaleras abajo, hasta perderse en la oscuridad de un sótano. Al descender los peldaños se siente el aire acondicionado y flota en el ambiente un intenso olor a libros viejos, que se revelan apenas se enciende la luz. Los hay de todos los tamaños: desde volúmenes enormes encuadernados en tapa dura con acabados artísticos hasta libros miniatura que caben en la palma de una mano. Están  distribuidos en vitrinas con puertas de vidrio, estantes de madera o apilados en mesas. Allí no entra el polvo, cerca de la puerta un hidrómetro registra la temperatura y el grado de humedad en la habitación, que se mantienen  constantes para conservarlos y “tratarlos con cariño”: Temperatura 16-20 (grados)  humedad 60-40”, se lee en un post it adherido al aparato. 

Libroria
Ignacio Alvarado ideó un museo para exhibir la riqueza bibliográfica de Venezuela. Foto: Kevin Meleán

Los libros en el cuarto son apenas una pequeña parte de la colección de 80.000 títulos -que también incluye periódicos y revistas- reunidos por Alvarado de 62 años:

Uno va acumulando como una ardilla, poco a poco. Con los años la acumulación logra maravillas. Tienes que hacer malabares y pelear con todos los de tu casa para que te permitan dedicarle más espacio a los libros, que primero están en el cuarto, después salen a la sala y al resto de la casa ”, relató el librero en entrevista para El Diario.

Resaltar libros valiosos pero desconocidos

Los cimientos del Museo del Libro Venezolano se remontan a la época en que Libroria, el primer espacio que Ignacio Alvarado construyó alrededor de sus libros, quedaba en la calle París de Las Mercedes. Abrir aquella librería fue “una aventura”, que él  asumió tras regresar a Venezuela desde México, divorciado y prácticamente en quiebra. Inicialmente pensaba alquilar el local de un piso superior, que llenaría con 5.000 ejemplares de su propia biblioteca.

Seis meses después de instalarse, se vació otro local con acceso directo a la calle, consiguió alquilarlo también y construyó una escalera para conectarlo con el primero. Ahora Alvarado tenía dos  pisos a su disposición. Fue allí donde inauguró Libroria, el 20 de febrero de 2005. A los 44 años de edad, por fin había encontrado la manera de vivir de su pasión por los libros, tras un recorrido personal de media vida como conocedor y coleccionista.

Libroria
 Libroria fue lo primero que Ignacio Alvarado construyó alrededor de los libros. Fotos: cortesía

“La Libroria tenía toda clase de libros usados, libros extranjeros, en otro idioma, libros nuevos, antiguos… me daba cuenta de que habían muchos libros venezolanos desconocidos, que la gente no sabía que existían. Yo veía que eran libros de mucha calidad, muy valiosos y sentí la necesidad de resaltarlos, de guardarlos y de que la gente supiera que existían. De ahí viene la idea del museo ”, precisó su artífice, que a finales de 2019 comenzó a acumular los títulos que consideraba debían exponerse como piezas clave de la historia del libro en Venezuela. 

La curaduría de las piezas que se exhiben en un museo requiere  ojo crítico y apegarse a criterios claramente definidos. Alvarado nos habla de los factores que determinan esta selección en el proceso para crear el suyo: 

 “Nosotros queremos resaltar libros valiosos. Ahora, ¿qué significa valioso? Eso es relativo y difícil de especificar, pueden ser valiosos por muchas razones: la rareza le da valor a cualquier objeto. Eso pasa con los libros antiguos, son raros simplemente porque a medida que pasa el tiempo quedan cada vez menos ejemplares. En el museo hay muchos libros que son valiosos porque son antiguos. Pero hay además, libros que son muy bonitos, están muy bien editados, el material con que se hicieron es muy valioso o hay arte en su manufactura”.

Prosigue: “También hay libros que son valiosos por el contenido. Pero claro , un libro que es valioso por su contenido se reedita. Cuando una novela tiene éxito… Cien años de soledad, por ejemplo, hay ediciones al infinito. En ese caso, nosotros quisiéramos tener la primera edición”.

El plural en las palabras de Ignacio Alvarado conduce al nombre de María Ramírez, licenciada en Filosofía, egresada de la Universidad Católica Santa Rosa y presidenta del Centro de Investigación y Estudios de la Venezolanidad (CIEV). Fue su experiencia al frente de esta iniciativa, lo que lo llevó proponerle que se uniera a su causa y posteriormente a designarla directora del museo: “Ella decide qué libros quedan y cuáles no, el orden de los libros. Yo la ayudo en esa decisión y los dos manejamos la página web, quizá ella un poquito más que yo”.

Entre las piezas más raras del museo destacan dos libros manuscritos (anteriores a la llegada de la imprenta a Venezuela). Ubicar información sobre estos textos es complicado. “Cuesta leerlos porque están escritos en una caligrafía difícil”, apunta Alvarado. Sin embargo, se conoce el contenido de uno de ellos, un documento religioso que data del año 1747: Constituciones. Estatuidas para el Regimen y Govierno de la cofradía, sita en la hermita de María Ssma. Sra. Na. con la advocación y título de la Divina Pastora y sus cofrades. Según la reseña disponible en la web del proyecto, se trata de un despacho en el que el papa Benedicto XIV refiere diversos asuntos y autoriza la creación de una ermita dedicada a la Divina Pastora en la ciudad de Caracas.

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Armar un museo, libro a libro

Alvarado y Ramírez suman casi tres años dedicados a materializar el Museo del Libro Venezolano. Durante ese tiempo han definido el tamaño de la colección, van a seleccionar 1.000 ejemplares de acuerdo a cinco categorías específicas: obras principales, editoriales e imprentas, hemeroteca, libros raros o especiales y siglo XXI. En la página web de la institución se puede leer una ficha bibliográfica, además de una reseña sobre la mayoría de los textos o publicaciones registradas.

Una exploración a profundidad del portal web del museo reveló que la base de datos, aunque útil y amplia, muestra secciones por completar. Esta es una tarea que se consolida progresivamente, a la par de la curaduría.

Al momento de decidir si un libro va a ser incluido en la colección o no, se toma en cuenta el contenido, su autor y  el origen de la edición (dónde se imprimió). Es muy frecuente que aparezcan obras de autores venezolanos, pero de fabricación extranjera. Por ejemplo, las primeras ediciones de: Doña Bárbara de Rómulo Gallegos (1929) editada por el sello Araluce en Barcelona, Las Lanzas Coloradas de Arturo Uslar Pietri, (1931) impresa en Madrid por la editorial Zeus y Las memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra (1929) distribuida en París por Le Livre Libre

Las tres son hechas en Europa. O sea, que no deberían calificar como un libro venezolano. Yo quiero que todos los libros (expuestos en el museo) sean impresos en Venezuela. Pero hacemos una excepción, porque son obras icónicas de autores venezolanos”, puntualizó Alvarado.

En cambio, la mayoría de los ejemplares del Quijote que pertenecen a la colección del museo son de factura venezolana. Destaca una edición de 1992, dividida en dos tomos distribuidos por la Academia Nacional de la Historia. Junto a los ejemplares de la novela, hay varios títulos de autores y sellos nacionales que ofrecen sus análisis de este clásico como El Quijote en tierra de gracia. 18 lecturas venezolanas, (Fundación para la Cultura Urbana, Caracas. 2005) y Don Quijote en América, recuento crítico de una novela centenaria. Tulio Febres Cordero (Universidad de los Andes. Mérida. 2005. 2 tomos).

“Ha habido bastante interés por Cervantes y El Quijote en Venezuela, ahora y en el pasado, esta es la prueba”, destacó el librero apuntando hacia un estante detrás de su escritorio, donde los “libros quijotescos” disponen de una repisa solo para ellos.

Algunas veces, un hallazgo inesperado suma otro título a la colección: “En el depósito me encuentro con libros que no sabía que teníamos o que no sabía que eran valiosos. Recientemente encontramos el libro sobre Checoslovaquia (el socialismo como problema) de Teodoro Petkoff, una obra muy importante, la primera edición no se consigue y la encontramos dedicada por el autor a Manuel Caballero, el ejemplar que él le regaló al historiador”, destacó el fundador del Museo del Libro Venezolano.

Entre otras tareas cotidianas, están llevar  exposiciones de los títulos más valiosos que tienen, con charlas sobre la necesidad de preservarlos así como resaltar su valor, a  colegios u otros espacios que lo soliciten y la adquisición de libros por cuenta de Ignacio Alvarado, quien permanentemente ubica textos para las exhibiciones o títulos que añade al catálogo virtual de Libroria, en sitios como el Puente de Fuerzas Armadas o por ofertas de terceros, además de algunas donaciones de la bibliotecas que pertenecieron a migrantes o personas fallecidas: “Nos contacta mucha gente, casi siempre para vendernos libros y no pretendemos que nos lo regalen, excepto los que son para el museo, esos sí esperamos que los donen. Se ha dado el caso y espero que se dé más en el futuro”.

Exposición Museo del Libro
Exposición del Museo del Libro Venezolano en el Colegio Ávila. Foto: cortesía 

“No somos biblioteca ni librería”

Un matiz de orgullo aflora en la voz de Ignacio Alvarado cuando asegura que el valor, la antigüedad y rareza de los libros con los que ha ido armando la colección del museo está a la altura  del catálogo de la Biblioteca Nacional. Considera que su proyecto vendrá a cumplir el mismo propósito que esta institución, al resguardar los libros venezolanos, aún tratándose de una iniciativa privada y más pequeña.

“Algunos de los libros que he conseguido y no solamente libros, también tenemos revistas y periódicos, son muy viejos, muy raros, muy escasos, no los he visto ni siquiera en el catálogo en línea de la Biblioteca Nacional. En todo caso, seguramente están en la Biblioteca Nacional, pero no en otras bibliotecas. Entonces, podrían servirle a más de uno, incluso a investigadores, para saber que existen y por qué no, aquí podrían ser ojeados”.

Pero la imagen de muchas manos tocando los ejemplares raros y valiosos que ha reunido por tantos años inquieta a Alvarado, quien en otra entrevista subrayó  tajantemente  que estos no podrán ser consultados por  los visitantes del museo. “Queremos conservarlos, no tenemos eso claro, pero no me gusta la idea de que sean para consultar. En un museo tú no puedes tocar las piezas. La idea es que sepas que existe el libro, no que lo leas, mucho menos que lo pidas prestado. No somos biblioteca ni librería”, argumentó.

Cuestionado por la rigidez de esta medida, se muestra dispuesto a estudiar algunas alternativas: “Puntualmente podrías revisar uno que otro libro, yo puedo prestarlo para digitalizarlo, tomarle fotos. Claro que sí, concedió en tono salomónico.

Exhibiciones interactivas para leer Venezuela

Las exhibiciones del Museo del Libro Venezolano están pensadas como un recorrido interactivo. Al lado de cada ejemplar se dispondrá un código QR, que el visitante podrá escanear en su teléfono móvil para ser redirigido a la página web de la iniciativa, donde podrá ampliar la información, como parte de lo que Ignacio Alvarado llama una “experiencia de inmersión”. 

A continuación, un repaso por las distintas secciones y sus libros más destacados:

Obras principales: esta sección puede considerarse la columna vertebral de la muestra. Agrupa documentos y libros de todos los géneros, imprescindibles para leer y comprender Venezuela. Hasta el momento, el registro va desde 1493, con una copia de la carta que envió Cristóbal Colón para anunciar el descubrimiento de América, hasta 2008, año en que se publicó la novela El Pasajero de Truman, del escritor neoespartano Francisco Suniaga.

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Aquí también se encuentra el Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela para el año de 1810, señalado como el primer libro impreso en el país. Este compendio, redactado por Andrés Bello, reúne fechas e información de interés sobre las regiones venezolanas. El ejemplar del museo (Edición Facsimilar. Ediciones del Ministerio de Educación. Dirección de Cultura y Bellas Artes. Caracas. 1952) está expuesto en la entrada. Se encuentra  tras el cristal de un mueble de madera, dispuesto debajo del logo.

Libroria Museo del Libro
La web del Museo del Libro Venezolano registra datos y reseñas de cada título en la colección

Editoriales e imprentas: aquí hay un registro muy amplio de quienes han editado, impreso y resguardado libros en Venezuela, desde principios del siglo XIX hasta la actualidad. La cronología comienza en 1806 con la imprenta de Francisco de Miranda y termina en 2020, año en que se fundó la editorial Ítaca. Asimismo, se incluye un apartado sobre las bibliotecas y archivos  más importantes, muchos de ellos pertenecientes a universidades o academias nacionales.  

Hemeroteca: en este apartado vamos a encontrar registros y algunos ejemplares de periódicos, revistas y publicaciones humorísticas, que circularon en Venezuela durante los siglos XIX y XX. La estrella es la colección completa de El Cojo Ilustrado. En el museo se encuentra una primera edición facsimilar de la  célebre revista -que publicó 599 números, durante sus 23 años de circulación: desde el 1° de enero de 1892 hasta el 1° de abril de 1915- (Fotociencia. Caracas.1960. 12 paquetes de folletos) y un segundo lote (Ediciones Emar. Impreso en España. 1977, edición completa en formato reducido. 44 tomos).

También resaltan  una variedad de revistas editadas y distribuidas por las compañías petroleras Shell y Creole.

Libros raros y especiales: esta sección  incluye obras monumentales, como la edición conmemorativa de Doña Bárbara, (Enzo Papi, Editor, Caracas 1984) por el centenario de Rómulo Gallegos, un ejemplar de 46 centímetros de alto por 32 centímetros de ancho, con ilustraciones a cargo de los pintores Gabriel Bracho, Giorgio Gori, Pedro León Castro, Luis Guevara Moreno, Régulo Pérez y César Rengifo.

No puede dejar de mencionarse la primera edición miniatura de El Quijote (Ediciones Castilla, 1952). Impresa en España, se compone de dos tomos, que en contraste con la monumental de Doña Bárbara, miden 6.2 centímetros de alto por 4.3 centímetros de ancho, encuadernados en piel verde con detalles de oro en el lomo. Ambos casos son un claro ejemplo de libros concebidos como objetos de arte.

Miniatura de Don Quijote
En el Museo del Libro hay una repisa entera de ediciones de El Quijote. Foto: cortesía

Siglo XXI: con esta sección se busca responder una pregunta: ¿qué ha pasado con el sector del libro en Venezuela durante los últimos años? Sin embargo, todavía está pendiente definir de qué manera se abordará el tema: “No hemos decidido que vamos a hacer con este siglo XXI, porque se puede politizar con mucha facilidad y no quiero entrar en eso. No quiero mostrar que el siglo XXI ha sido un desastre para el libro. La idea es comparar las maravillas que tuvimos antes y lo pobre que ha sido el desempeño  ahora”, señaló Alvarado.

El librero agrega que, para esta exhibición está previsto incorporar títulos y autores contemporáneos: “Tenemos pensado dedicar algo de espacio y tiempo a los libros más vendidos en Venezuela y eso obviamente incluye las novelas contemporáneas: El Falke de (Federico) Vegas, los libros de (Francisco) Suniaga, el gran bestseller de Scannone, los libros de Mi Cocina”.

Alvarado aclara que está por decidirse si las salas se llenarán  de acuerdo a las diferentes categorías o las van a dedicar a exposiciones que vayan cambiando cada semana o cada mes. En cuanto a la dinámica interactiva, subraya que a través de la web, podrán recorrer el museo virtualmente quienes estén fuera de Venezuela, no vivan en Caracas y quienes no puedan o no quieran hacer el viaje hasta San Román. Sin embargo, el portal está todavía muy lejos de eso y en su estado actual, ofrece una amplia base de datos en lugar de un recorrido propiamente dicho. La solución más acertada sería recrear las salas del museo en un espacio virtual.

Cuando le preguntamos si el concepto de inmersión implica un mayor desarrollo de la web, respondió sin inmutarse: “Implica que la página web funcione bien, que sea bonita, útil, fácil de utilizar. Todo eso requiere trabajo, pensar y dinero. Es algo con lo que vamos a tener trabajo mucho tiempo”.

Camino andado  y pasos por dar 

El recorrido hacia el Museo del Libro Venezolano es también el de Ignacio Alvarado y la pulsión de hacer su vida alrededor de los libros. Cuando por fin siguió el llamado, dijo que quizás lo había hecho demasiado tarde. “Me detuvo el miedo de poder vivir de los libros, porque todos sabemos que eso es muy difícil, que no da suficiente y no estuve dispuesto ni siquiera a intentarlo. Sencillamente no se me ocurrió nunca una manera de vivir de ellos hasta que monté la librería. Yo me lancé arriesgado y de loco, hice todo solo y sin ayuda, fue una aventura”.

Como gerente de Libroria tuvo una tregua de siete años, antes de que volviera a caer sobre sus hombros aquel peso de que “los libros no son un negocio rentable”. Alvarado, que tiene un máster en Economía y Administración de la Universidad de Boston y es fundador de la empresa de galletas Chocochitas, quiere creer que esos estudios y su experiencia como empresario lo ayudaron a sobrellevar mejor la época de crisis aunque no puede decir cómo. En 2012 anunció que cerraría la sede física y pasaría a ser una librería virtual. Las restricciones para importar libros derivaron en números rojos: “Se hicieron muchos bautizos, pero los ingresos no son suficientes para mantener un lugar así. Quedará la nostalgia”, le dijo al reportero de El Universal que cubrió la noticia.

“Por ahí pasaron casi todos los escritores venezolanos”,   dice ahora y la vieja nota del diario caraqueño, preservada en un blog, recoge algunos nombres; Manuel Caballero, Federico Vegas, políticos como Henry Ramos Allup, incluso misses… y entre los post de @Libroria aparece la memoria de otros dos visitantes: el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, “allá por el año 2009, visitó Libroria. Nos habló de Palinuro, una librería de viejo que fundó en Medellín con sus amigos el caricaturista Elkin Obregón, el humorista Sergio Valencia y el librero Luis Alberto Arango en 2003”, también la legendaria periodista y promotora cultural Sofía Ímber “fue a la librería cuando ya le costaba caminar. Aun así, indagó y preguntó por todo”.

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El cierre de Libroria trajo nostalgia, pero también persistencia por parte de su librero. A pesar de que originalmente debía entregar ambos locales en diciembre de 2012, logró mantener parte del espacio, que durante un año y pocos meses pasó a funcionar más como depósito. “Fue un golpe duro, la librería era como mi  hija”, reconoció Alvarado, quien no se lamentó en exceso cuando el desalojo fue inminente. Algo que sí lo abrumó fue trasladar los 80.000 libros acumulados a lo largo de esos años. Atrás había quedado la época en la que podía meter su biblioteca en un container y llevársela de un país a otro.

Ignacio Alvarado libros
 Los tesoros de Libroria ahora tendrán su museo. Foto: cortesía

“Fue muy incómodo mover esos libros, traumático. No sabía dónde meterlos. Estuve mucho tiempo con libros en cajas, alquilé otro espacio, los traje aquí, los tenía  arrumados en distintos lugares de esta casa y de mi casa también. Mientras tuve la librería supe de esta casa, pude negociar el pago con los dueños y comencé a reformarla. Estamos hablando de 2014”.

Ocho años después, nuevos trabajos de remodelación preparan la casona de San Román para ser la sede del Museo del Libro Venezolano. Con la inauguración prevista para 2023, todavía quedan cosas por hacerse: lo principal es desocupar el piso superior, que por el momento funciona como depósito, pues será allí donde van abrirse las cinco salas de exposición. Aunque en un inicio el espacio habilitará una sola: “Es un comienzo, en el transcurso de ese año y de los otros recibiremos más y las iremos llenando. Con el tiempo esperamos también poder contar con personal fijo, por ahora tenemos amigos que nos apoyan consiguiéndonos libros y contactos”, añadió  Alvarado.

Se busca mecenas

Gestionar un museo no es lo mismo que ser dueño de una librería, el primero  obedece a una dinámica más colectiva e institucional, a diferencia de la última que, sea rentable o no, se maneja como un negocio. Aun así ambos demandan recursos y generan gastos.  Ignacio Alvarado es consciente de ello y lo asume con optimismo, “Vamos lento por falta de dinero (…) pero tampoco es física nuclear lo que estamos haciendo aquí. No es tan difícil”, asegura en tono jocoso, sin que eso signifique relativizar su compromiso. Ahora mismo tiene dos objetivos en la mira: la inauguración y que el proyecto trascienda.  

 —¿Cómo será la exposición inaugural?

—Me imagino que al comienzo lo que trataremos de hacer será separar las piezas más importantes. Los libros que consideremos más valiosos, y esos serán los que expondremos. Las tres novelas principales del Siglo XX: Doña Bárbara, Lanzas coloradas y Memorias de Mamá Blanca. Esos libros antiquísimos, los más viejos que tengamos de Venezuela, algunos libros que tenemos por la belleza con la que fueron editados, rarezas como la de Checoslovaquia de Petkoff, no creo que pasen de 20, tampoco hace falta que sean tantos para echar una buena historia de cada uno de ellos.

—Aunque el museo todavía no está abierto, ha habido mucho interés, incluso por parte de personajes destacados para acercarse, y recorrerlo. Aquí estuvo el embajador de Francia en Venezuela, Romain Nadal, también la escritora y  periodista estadounidense, ganadora del Premio Pulitzer,  Anne Applebaum.

—Han venido varios embajadores y otros intelectuales. No se puede recorrer con comodidad, pero sí se enteran de cómo vamos. No ha habido ninguna persona que haya entrado  aquí y no haya quedado encantada. Todos quedan gratamente emocionados y contentos con lo que estamos haciendo.

—¿El Museo del Libro Venezolano va a cobrar entrada al público?

—No sabemos. Quizás cuando seamos exitosos, si lo somos alguna vez, podremos darnos el lujo de cobrar, pero en principio no. No he pensado en eso.

¿Cómo han articulado todo el tema del financiamiento?

—Vamos lento por falta de dinero, ríe. Todo lo estoy poniendo yo.  La mayoría de los fondos vienen de Libroria. Tenemos varias campañas de recaudación, pero obviamente no es de eso que hemos vivido. De hecho, estamos en un proceso de solicitud de recursos a la embajada americana, a la embajada francesa y lo haremos con otras también.

Museo del Libro
Ignacio Alvarado y María Ramírez junto al embajador de Francia en Venezuela, Romain Nadal. Foto: cortesía

—¿Algo de su experiencia como gerente de una librería puede aplicarse a la gestión del museo?

—Claro que sí. Este espacio no genera ingresos, pero genera gastos y los gastos hay que hacerlos con sentido común, con cuidado, pero tampoco es física nuclear lo que estamos haciendo aquí. No es tan difícil.

—Ahora mismo la meta más cercana es inaugurar el Museo del Libro Venezolano en 2023. ¿Cómo visualiza el proyecto a largo plazo?

—Como un proyecto que se autosustente a través de donaciones, que siga a pesar de las circunstancias, a pesar de la falta de dinero, de los años que pasen. Ojalá consiga alguien que me releve. Espero que sea mi hija Ena Ignacia, que maneja nuestras redes sociales, quien siga adelante con el museo cuando yo ya no esté. Lo único que  quiero es asegurar su continuidad, que no desaparezca, que estemos seguros de que dentro de 10 o 20 años siga habiendo un Museo del Libro.

El año 2021 trajo una buena noticia, la apertura de Librería Insomnia, en los espacios de La Poeteca, en Altamira ¿Hay espacio para soñar con el regreso de Libroria en un nuevo local?

—Buena pregunta. Yo quiero volver a Libroria, pero no completamente solo como lo hice en el pasado. Me da un poquito de miedo, necesito otra persona que se asocie conmigo o ayuda financiera, pero de que quiero hacerlo, quiero hacerlo. Estoy abierto a la posibilidad.

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