Junio soltó las garúas

y anda apagando luceros…

a Mariela Arvelo Ramos.

Entrecierra los ojos y recuerda nostálgica a su padre. Pasados los ochenta, su amor filial y eterno aviva la perseverancia para llegar a su destino: la edición definitiva de la obra del poeta, con sus sentidos comentarios de hija, también letrada. Desde El Tocuyo, Mariela Arvelo nos ha entregado el mejor regalo: la edición digital y de libre acceso de las obras completas del estupendo poeta, su padre, Alberto Arvelo Torrealba.

Aunque para los admiradores de su obra —que los hay, y muchos— nos resulte casi incomprensible, en las nuevas generaciones, incluso dentro de los más cultivados, el nombre de Arvelo no suscita especial resonancia, posiblemente porque su obra se ha incorporado al acervo cultural venezolano con la naturalidad de cierta poesía y de muchos cantos, que se asumen parte de nuestro “inconsciente colectivo”, sin que preocupe demasiado la autoría de los mismos. Pero quien se haya dedicado, así sea mínimamente, a la lectura de nuestros grandes poetas, sabe que Arvelo Torrealba forma parte, con toda justicia, de ese magnífico grupo de elegidos.

Por eso avanzo, con emoción, en la pantalla: Allá va un encobijado/ por el peladal pampero…, y recuerdo las tardes de ensayo en la coral, los versos de Arvelo en el aire, envueltos en la tersa música de Lauro, primero compositor que guitarrista: así se va mi esperanza/ sin ti por el llano adentro. Los rostros se tornan pensativos y quienes escuchan la perfecta mixtura de poesía y de canto elevan su pensamiento a no se sabe dónde, hechizados por la brillante facultad de Arvelo Torrealba de traer ese enorme paisaje ante nuestros ojos, sin importar donde estemos: Llanos, y llanos, y llanos/ crucé por ir a “Tu Olvido”/ y tras tanto caminar/ llegué a “Te quiero lo mismo”. Sin ti por el alma adentro/ me acordé de cuando iba/ por la llanura lloviendo.

Luego es mi hijo Samuel, recitando al alimón conmigo las recias estrofas del Por aquí pasó, compadre/ hacia aquellos montes, lejos… Incluso Samuel, habitualmente reservado y poco dado a expresiones emocionales muy abiertas, no puede contener su impresión frente al entusiasmo y la fuerza que transmite el poeta en esta obra admirable: dolido, gallardo, eterno/El sol de la tarde estira/su perfil sobre el desierto. Y entonces reparo en que Arvelo Torrealba siempre ha estado con nosotros, en que su voz llegó hace más de un siglo para no marcharse nunca: Catire quitapesares, contéstame esta pregunta. ¿Quién no conoce del tenso duelo, a lo largo de la noche, entre ese Florentino arrojado y valiente, contra el peor enemigo imaginable, el Señor de las Tinieblas, tan soberbio como peligroso, que fue vencido por la fe y el talento del coplero, asistido al filo del alba por la fuerza de la Divinidad, a través de la intercesión de Nuestra Señora, en sus distintas advocaciones en Venezuela? 

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Tras el ropaje de lo “popular”, hay honda sabiduría en la poesía de Arvelo, que nos lleva a degustar el sabor de lo antiguo, de la sustancia que nutre historias cuyos orígenes se pierden entre mitos y leyendas: Usted cantará mañana/ qué rumbo cogen los muertos. Tal y como lo señalaron alguna vez Pedro Sotillo y Alexis Márquez, se es injusto con Arvelo Torrealba cuando se le encasilla como el “poeta del llano”, quizás porque los lectores desprevenidos y algo superficiales se confunden por el uso de la copla como su forma expresiva predilecta. Raro, porque cuando Manrique y Lorca la usan, nadie disminuye un ápice sus obras. Claro que Arvelo nos habla del y a partir del llano, pero también lo utiliza como el marco para que sus pinceles llenen de color el blanco del horizonte: la naturaleza como instrumento para llevarnos a otros paisajes del alma: el amor, la soledad, la memoria, la dureza del abandono; pero también el éxtasis por la belleza, la hondura de la fe, la esperanza y la ilusión de cara al porvenir.

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Por los rumbos del te quiero/ paso de la huella íngrima/ sabana del nunca llegas /duna del quizás me olvidas.

¿Poesía del paisaje de nuestro llano? ¿Poesía del ganado que rumia en los hatos, de garzas entre los bancos, de cuatros sonando en las tardes y nidos colgando de las ceibas, resecas en el verano y frondosas bajo el chubasco? Sí, pero también poesía reflexiva y profunda, refugio de penas y de sueños, de estelas en el alma que dejan los sufrimientos viejos, de murmullos del espíritu, más allá de los ríos que se pierden en el arenal y de la mirada lejana sobre los barrancos. Poesía de delicada ternura frente a sus pequeñas hijas y de caricias en las mejillas de la inocencia.

Bajo la resolana, avanzamos cada día, con la briosa montura al pasitrote, a la orilla de los juncales. De repente, se escucha un grito a lo lejos. Es Arvelo Torrealba, que nos llama de nuevo: Ah, caramba, compañero. Cuánta urgencia en ese grito, que atraviesa el silencio como un trueno. Hundimos las espuelas, y con el aliciente de su voz, soltamos las riendas y seguimos adelante. Esta noche nos espera la luna entre las cañas: se puso a soñar la sombra/se acordó de tus cabellos…

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