El que se pica es porque ají come.

—Tácito, no podemos decir eso: estamos escribiendo para El Diario.

De acuerdo. Entonces pon: “Quien se molesta por las críticas reconoce que las tenía merecidas”.

Aunque me haya arriesgado a iniciar este escrito de manera humorística, el juego lo hago a partir del muy serio Cornelio Tácito (ca.55-ca.120), el “mejor historiador romano”, según muchos especialistas, quien me acompañará al compartir estas ideas sobre la crítica, ese acto siempre arriesgado, entre otras cosas, por lo delgado de nuestra piel a la hora de recibirlas. ¿No debería ser un signo de evolución psicológica la capacidad de escucharlas, de meditar en su validez, asumirlas si de ellas se puede sacar provecho, o desecharlas sin enojo si las catalogamos como injustas?

Mucho se habla de la presunta arrogancia de quien ejerce la crítica y casi nunca de la soberbia de quien tiene dificultades para hacerse cargo de ella. Tal vez como un vestigio de nuestras etapas escolares, se asume erróneamente que quien indica una falla o emite una observación sobre otro, obligatoriamente demuestra “ínfulas de grandeza” y se cree superior a quien es objeto de su señalamiento; algo que no es de recibo porque, las más de las veces, una observación no es más que eso: mostrar una situación o hecho que otro ve que, por alguna razón, nosotros no estamos percibiendo. Por otro lado, contribuir con el perfeccionamiento de una idea, proyecto, obra o conducta, más bien refleja el aprecio o afecto que se siente por los mismos, porque, si así no fuera, ¿por qué dedicaríamos parte de nuestro valioso tiempo a evaluarlos y luego compartir alguna sugerencia con el protagonista del acto? De modo que estamos frente a una motivación completamente diferente de como frecuentemente se asume en cualquier escenario social: quien nos critica muestra preocupación y compromiso con nosotros y, al corregirnos, desea que no permanezcamos en el error y nos protege del ataque malsano de otro que, en el futuro, sí podría utilizar nuestra falla para tocar allí con la punta del florete y gritar con sorna: touché, mon ami!

Las ventajas de disponer de un buen crítico se multiplican cuando ya no se trata de mejorar una idea o proceso, sino de la formación de un ser querido o de nosotros mismos. ¿Quién no le agradece a un buen amigo, a su pareja, o a un familiar, un comentario discreto, pero franco, sobre alguna falta o desacierto de posibles implicaciones negativas inmediatas o futuras? ¿Acaso no estamos en deuda con nuestros maestros y otras figuras orientadoras, cuyas advertencias o admoniciones han significado un verdadero golpe de timón cuando nuestra ruta de navegación nos conducía directamente al naufragio? ¿No es prioritario en el ejercicio de la función paterna conducir a nuestros hijos por la senda que consideramos “correcta” —sí, claro que lo “correcto” también es subjetivo— y apartarlos del “mal camino”, como decían nuestros abuelos? Entonces, ¿por qué sufre la crítica de tan mala prensa? ¿Por qué desconfiar de nuestros críticos del momento y asumir, sin bases ciertas, que sus intervenciones tienen como objetivo “humillarnos”, denostar de nosotros o “exhibir” su supuesta superioridad en el tema tratado, o su superioridad, a secas? La buena fe se presume, la mala, hay que demostrarla.

Cuando la crítica se ejerce en el campo de la corrección gramatical pareciera que los egos se tornan más delicados, y una vía segura de ganar enemigos es señalar el maltrato al que muchos someten a nuestra noble lengua castellana. Hay quienes son de formación muy docta y, sin embargo, no hacen ningún señalamiento —aunque existan razones de sobra para hacerlo— para no “herir sensibilidades”. “Yo no corrijo a nadie porque, no solo no asumen el cambio, sino que me llaman antipático”, me comentaba recientemente algún colega corrector de textos, quien ha restringido dicha labor al campo estrictamente profesional, tentándome a hacer lo mismo, porque, al final, pesan más la incomodidad y el rechazo de muchos de los corregidos que la simpatía y el agradecimiento de unos pocos.

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La ambivalencia hacia la crítica es impresionante: por un lado se nos dice que se debe estimular el “pensamiento crítico”, pero a muy pocos les gusta ser objeto del fruto de esa tarea. Todos los días circula alguna frasecita de autoayuda donde se nos invita a abandonar la crítica, donde se castiga a quien se queja, donde se denigra a quien presenta alguna verdad incómoda: “Es un amargado, ¿quién se cree?”. Pero no se toma en cuenta que quien así se expresa apuesta por la censura y coarta la libertad de expresión, valor supremo que tanto ha costado establecer.

Nótese que me he mantenido en el ámbito de la crítica en la acepción de “esas pequeñas actividades polémicas”, como las denominaba Foucault, y no como la “alta empresa kantiana”, a la que él mismo dedicó tanto esfuerzo. Quizás valga la pena compartir algunas ideas al respecto y elevar la función de la crítica al nivel al que está llamada. Y es que el ejercicio de la crítica va mucho más allá de cuestionar esto o aquello, o de detectar tal o cual falla. Realmente se trata de la práctica de la libertad, de la posibilidad de pensar de otra manera para plantear propuestas personales, no generadas a partir de ningún capricho, sino fruto de un análisis serio que no se limita a “emitir un juicio” o a investirnos con el traje del “cazador de errores” —rol que tiene su morbo, cómo negarlo, y del que no es fácil escapar—. “Ser crítico” más bien tiene relación con un modo de pensar el mundo y de “pensarnos” a nosotros mismos. Ser crítico emana del derecho a cuestionar y de la práctica de nuestra autonomía, donde la fidelidad a la ley no surge de plegarnos bovinamente a ninguna instancia de poder, sino de una profunda reflexión sobre el sentido de la misma, sea en el ámbito de la política, de la educación o en el de la ciencia. Al asumir esta posición “crítica” vuelve a nosotros Kant y su mandato: Sapere aude! (“¡Atrévete a saber!”), en el sentido de abandonar una postura de “minoría de edad” y mirar el mundo de una forma adulta, analizando a fondo las referencias del “bien” y del “mal”, por muy abstractas que nos parezcan estas definiciones y por muy “anticuadas” que algunos las consideren, atados a la permanente frivolidad de su permanente relativismo.

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Por supuesto que esta noción de ser críticos no nos exime de la comisión de errores, pero tampoco nos retira la posibilidad de la reparación de los mismos. Porque el ejercicio de la crítica y todo lo que de él se deriva también son actos amorosos —aunque a algunos le suene cursi la palabra—. Así ya lo aclaró Tácito: Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si corriges, corregirás con amor… Y también agregó: si perdonas, perdonarás con amor.

Criticar y corregir, a quienes queremos y a quienes no tanto, a quienes les agradecemos que nos critiquen y nos corrijan y, sobre todo, a nosotros mismos. El largo recorrido desde las calientes sabanas del África hasta aquí está marcado por un sinfín de errores y desaciertos, las críticas que los señalaron y las correcciones necesarias para repararlos. Evolución, hemos llamado a ese camino, y su final estará cada día más cerca sin la presencia de la crítica, esa tal vez incómoda, pero siempre necesaria y estimulante compañía.

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